CAPÍTULO
PRIMERO
"AMARÁS
AL SEÑOR TU DIOS
CON TODO TU CORAZÓN,
CON TODA TU ALMA
Y CON TODAS TUS FUERZAS"
2083
Jesús resumió los deberes del hombre para con Dios en
estas palabras: "Amarás al Señor tu Dios con todo
tu corazón, con toda tu alma y con toda tu mente" (Mt
22, 37; Cf. Lc 10, 27: "...y con todas tus fuerzas"). Estas
palabras siguen inmediatamente a la llamada solemne: "Escucha,
Israel: el Señor nuestro Dios es el único Señor"
(Dt 6, 4).
Dios
nos amó primero. El amor del Dios Único es recordado
en la primera de las "diez palabras". Los mandamientos explicitan
a continuación la respuesta de amor que el hombre está
llamado a dar a su Dios.
Artículo
1
EL
PRIMER MANDAMIENTO
Yo,
el Señor, soy tu Dios, que te ha sacado del país de
Egipto, de la casa de servidumbre. No habrá para ti otros dioses
delante de mí. No te harás escultura ni imagen alguna
ni de lo que hay arriba en los cielos, ni de lo que hay abajo en la
tierra, ni de lo que hay en las aguas debajo de la tierra. No te postrarás
ante ellas ni les darás culto (Ex 20, 2-5).
Está escrito: Al Señor tu Dios adorarás, sólo
a él darás culto (Mt 4, 10).
I
"ADORARÁS AL SEÑOR TU DIOS, Y LE SERVIRÁS"
2084
Dios se da a conocer recordando su acción todopoderosa, bondadosa
y liberadora en la historia de aquel a quien se dirige: "Yo te
saqué del país de Egipto, de la casa de servidumbre".
La primera palabra contiene el primer mandamiento de la ley: "Adorarás
al Señor tu Dios y le servirás... no vayáis en
pos de otros dioses" (Dt 6, 13-14). La primera llamada y la justa
exigencia de Dios consiste en que el hombre lo acoja y lo adore.
2085
El Dios único y verdadero revela ante todo su gloria a Israel
(Cf. Ex 19, 16-25; 24, 15-18). La revelación de la vocación
y de la verdad del hombre está ligada a la revelación
de Dios. El hombre tiene la vocación de hacer manifiesto a
Dios mediante sus obras humanas, en conformidad con su condición
de criatura hecha "a imagen y semejanza de Dios":
No
habrá jamás otro Dios, Trifón, y no ha habido
otro desde los siglos sino el que ha hecho y ordenado el universo.
Nosotros no pensamos que nuestro Dios es distinto del vuestro Es el
mismo que sacó a vuestros padres de Egipto "con su mano
poderosa y su brazo extendido". Nosotros no ponemos nuestras
esperanzas en otro, que no existe, sino en el mismo que vosotros:
el Dios de Abraham, de Isaac y de Jacob. (S. Justino, dial. 11, 1).
2086
"El primero de los preceptos abarca la fe, la esperanza y la
caridad. En efecto, quien dice Dios, dice un ser constante, inmutable,
siempre el mismo, fiel, perfectamente justo. De ahí se sigue
que nosotros debemos necesariamente aceptar sus Palabras y tener en
El una fe y una confianza completas. Él es todopoderoso, clemente,
infinitamente inclinado a hacer el bien. ¿Quién podría
no poner en él todas sus esperanzas? ¿Y quién
podrá no amarlo contemplando todos los tesoros de bondad y
de ternura que ha derramado en nosotros? De ahí esa fórmula
que Dios emplea en la Sagrada Escritura tanto al comienzo como al
final de sus preceptos: "Yo soy el Señor"" (Catec.
R. 3, 2, 4).
La
fe
2087
Nuestra vida moral tiene su fuente en la fe en Dios que nos revela
su amor. San Pablo habla de la "obediencia de la fe" (Rm
1, 5; 16, 26) como de la primera obligación. Hace ver en el
"desconocimiento de Dios" el principio y la explicación
de todas las desviaciones morales (Cf. Rm 1, 18-32). Nuestro deber
para con Dios es creer en Él y dar testimonio de Él.
2088
El primer mandamiento nos pide que alimentemos y guardemos con prudencia
y vigilancia nuestra fe y que rechacemos todo lo que se opone a ella.
Hay diversas maneras de pecar contra la fe:
La duda
voluntaria respecto a la fe descuida o rechaza tener por verdadero
lo que Dios ha revelado y la Iglesia propone creer. La duda involuntaria
designa la vacilación en creer, la dificultad de superar las
objeciones con respecto a la fe o también la ansiedad suscitada
por la oscuridad de ésta. Si la duda se fomenta deliberadamente,
puede conducir a la ceguera del espíritu.
2089
La incredulidad es el menosprecio de la verdad revelada o el rechazo
voluntario de prestarle asentimiento. "Se llama herejía
la negación pertinaz, después de recibido el bautismo,
de una verdad que ha de creerse con fe divina y católica, o
la duda pertinaz sobre la misma; apostasía es el rechazo total
de la fe cristiana; cisma, el rechazo de la sujeción al Sumo
Pontífice o de la comunión con los miembros de la Iglesia
a él sometidos" (CIC can. 751).
La
esperanza
2090
Cuando Dios se revela y llama al hombre, éste no puede responder
plenamente al amor divino por sus propias fuerzas. Debe esperar que
Dios le dé la capacidad de devolverle el amor y de obrar conforme
a los mandamientos de la caridad. La esperanza es aguardar confiadamente
la bendición divina y la bienaventurada visión de Dios;
es también el temor de ofender el amor de Dios y de provocar
su castigo.
2091
El primer mandamiento se refiere también a los pecados contra
la esperanza, que son la desesperación y la presunción:
Por la
desesperación, el hombre deja de esperar de Dios su salvación
personal, el auxilio para llegar a ella o el perdón de sus
pecados. Se opone a la Bondad de Dios, a su Justicia -porque el Señor
es fiel a sus promesas - y a su Misericordia.
2092
Hay dos clases de presunción. O bien el hombre presume de sus
capacidades (esperando poder salvarse sin la ayuda de lo alto), o
bien presume de la omnipotencia o de la misericordia divinas (esperando
obtener su perdón sin conversión y la gloria sin mérito).
La
caridad
2093
La fe en el amor de Dios encierra la llamada y la obligación
de responder a la caridad divina mediante un amor sincero. El primer
mandamiento nos ordena amar a Dios sobre todas las cosas y a las criaturas
por Él y a causa de Él (Cf. Dt 6, 4-5).
2094
Se puede pecar de diversas maneras contra el amor de Dios. La indiferencia
descuida o rechaza la consideración de la caridad divina; desprecia
su acción preveniente y niega su fuerza. La ingratitud omite
o se niega a reconocer la caridad divina y devolverle amor por amor.
La tibieza es una vacilación o negligencia en responder al
amor divino; puede implicar la negación a entregarse al movimiento
de la caridad. La acedía o pereza espiritual llega a rechazar
el gozo que viene de Dios y a sentir horror por el bien divino. El
odio a Dios tiene su origen en el orgullo; se opone al amor de Dios
cuya bondad niega y lo maldice porque condena el pecado e inflige
penas.
II
"A ÉL SÓLO DARÁS CULTO"
2095
"Las virtudes teologales de la fe, la esperanza y la caridad,
informan y vivifican las virtudes morales. Así, la caridad
nos lleva a dar a Dios lo que en toda justicia le debemos en cuanto
criaturas. La virtud de la religión nos dispone a esta actitud.
La
adoración
2096
La adoración es el primer acto de la virtud de la religión.
Adorar a Dios es reconocerle como Dios, como Creador y Salvador, Señor
y Dueño de todo lo que existe, como Amor infinito y misericordioso.
"Adorarás al Señor tu Dios y sólo a él
darás culto" (Lc 4, 8), dice Jesús citando el Deuteronomio
(6, 13).
2097
Adorar a Dios es reconocer, con respeto y sumisión absolutos,
la "nada de la criatura", que sólo existe por Dios.
Adorar a Dios es alabarlo, exaltarle y humillarse a sí mismo,
como hace María en el Magnificat, confesando con gratitud que
Él ha hecho grandes cosas y que su nombre es santo (Cf. Lc
1, 46-49). La adoración del Dios único libera al hombre
del repliegue sobre sí mismo, de la esclavitud del pecado y
de la idolatría del mundo.
La
oración
2098.
"Los actos de fe, esperanza y caridad que ordena el primer mandamiento
se realizan en la oración. La elevación del espíritu
hacia Dios es una expresión de nuestra adoración a Dios:
oración de alabanza y de acción de gracias, de intercesión
y de súplica. La oración es una condición indispensable
para poder obedecer los mandamientos de Dios. "Es preciso orar
siempre sin desfallecer" (Lc 18, 1).
El
sacrificio
2099.
Es justo ofrecer a Dios sacrificios en señal de adoración
y de gratitud, de súplica y de comunión: "Toda acción
realizada para unirse a Dios en la santa comunión y poder ser
bienaventurado es un verdadero sacrificio" (S. Agustín,
civ. 10, 6).
2100
El sacrificio exterior, para ser auténtico, debe ser expresión
del sacrificio espiritual. "Mi sacrificio es un espíritu
contrito..." (Sal 51, 19). Los profetas de la Antigua Alianza denunciaron
con frecuencia los sacrificios hechos sin participación interior
(Cf. Am 5, 21-25) o sin relación con el amor al prójimo
(Cf. Is 1, 10-20). Jesús recuerda las palabras del profeta Oseas:
"Misericordia quiero, que no sacrificio" (Mt 9, 13; 12, 7;
Cf. Os 6, 6). El único sacrificio perfecto es el que ofreció
Cristo en la cruz en ofrenda total al amor del Padre y por nuestra salvación
(Cf. Hb 9, 13-14). Uniéndonos a su sacrificio, podemos hacer
de nuestra vida un sacrificio para Dios.
Promesas
y votos
2101
En varias circunstancias, el cristiano es llamado a hacer promesas a
Dios. El bautismo y la confirmación, el matrimonio y la ordenación
las exigen siempre. Por devoción personal, el cristiano puede
también prometer a Dios un acto, una oración, una limosna,
una peregrinación, etc. La fidelidad a las promesas hechas a
Dios es una manifestación de respeto a la Majestad divina y de
amor hacia el Dios fiel.
2102
"El voto, es decir, la promesa deliberada y libre hecha a Dios
acerca de un bien posible y mejor, debe cumplirse por la virtud de la
religión" (CIC can. 1191, 1). El voto es un acto de devoción
en el que el cristiano se consagra a Dios o le promete una obra buena.
Por tanto, mediante el cumplimiento de sus votos entrega a Dios lo que
le ha prometido y consagrado. Los Hechos de los Apóstoles nos
muestran a san Pablo cumpliendo los votos que había hecho (Cf.
Hch 18, 18; 21, 23-24).
2103
La Iglesia reconoce un valor ejemplar a los votos de practicar los consejos
evangélicos (Cf. CIC can. 654).
La
santa Iglesia se alegra de que haya en su seno muchos hombres y mujeres
que siguen más de cerca y muestran más claramente el
anonadamiento de Cristo, escogiendo la pobreza con la libertad de
los hijos de Dios y renunciando a su voluntad propia. Estos, pues,
se someten a los hombres por Dios en la búsqueda de la perfección
más allá de lo que está mandado, para parecerse
más a Cristo obediente (LG 42).
En
algunos casos, la Iglesia puede, por razones proporcionadas, dispensar
de los votos y las promesas (Cf. CIC can. 692; 1196- 1197).
El
deber social de la religión y el derecho a la libertad religiosa
2104
"Todos los hombres están obligados a buscar la verdad, sobre
todo en lo que se refiere a Dios y a su Iglesia, y, una vez conocida,
a abrazarla y practicarla" (DH 1). Este deber se desprende de "su
misma naturaleza" (DH 2). No contradice al "respeto sincero"
hacia las diversas religiones, que "no pocas veces reflejan, sin
embargo, un destello de aquella Verdad que ilumina a todos los hombres"
(NA 2), ni a la exigencia de la caridad que empuja a los cristianos
"a tratar con amor, prudencia y paciencia a los hombres que viven
en el error o en la ignorancia de la fe" (DH 14).
2105
El deber de rendir a Dios un culto auténtico corresponde al hombre
individual y socialmente considerado. Esa es "la doctrina tradicional
católica sobre el deber moral de los hombres y de las sociedades
respecto a la religión verdadera y a la única Iglesia
de Cristo" (DH 1). Al evangelizar sin cesar a los hombres, la Iglesia
trabaja para que puedan "informar con el espíritu cristiano
el pensamiento y las costumbres, las leyes y las estructuras de la comunidad
en la que cada uno vive" (AA 13). Deber social de los cristianos
es respetar y suscitar en cada hombre el amor de la verdad y del bien.
Les exige dar a conocer el culto de la única verdadera religión,
que subsiste en la Iglesia católica y apostólica (Cf.
DH 1). Los cristianos son llamados a ser la luz del mundo (Cf. AA 13).
La Iglesia manifiesta así la realeza de Cristo sobre toda la
creación y, en particular, sobre las sociedades humanas (Cf.
León XIII, enc. "Inmortale Dei"; Pío XI, enc.
"Quas primas").
2106
"En materia religiosa, ni se obligue a nadie a actuar contra su
conciencia, ni se le impida que actúe conforme a ella, pública
o privadamente, solo o asociado con otros" (DH 2). Este derecho
se funda en la naturaleza misma de la persona humana, cuya dignidad
le hace adherirse libremente a la verdad divina, que trasciende el orden
temporal. Por eso, "permanece aún en aquellos que no cumplen
la obligación de buscar la verdad y adherirse a ella" (DH
2).
2107
"Si, teniendo en cuenta las circunstancias peculiares de los pueblos,
se concede a una comunidad religiosa un reconocimiento civil especial
en el ordenamiento jurídico de la sociedad, es necesario que
al mismo tiempo se reconozca y se respete el derecho a la libertad en
materia religiosa a todos los ciudadanos y comunidades religiosas"(DH
6).
2108
El derecho a la libertad religiosa no es ni la permisión moral
de adherirse al error (Cf. León XIII, enc. "Libertas praestantissimum"),
ni un supuesto derecho al error (Cf. Pío XII, discurso 6 diciembre
1953), sino un derecho natural de la persona humana a la libertad civil,
es decir, a la inmunidad de coacción exterior, en los justos
límites, en materia religiosa por parte del poder político.
Este derecho natural debe ser reconocido en el ordenamiento jurídico
de la sociedad de manera que constituya un derecho civil (Cf. DH 2).
2109
El derecho a la libertad religiosa no puede ser de suyo ni ilimitado
(Cf. Pío VI, breve "Quod aliquantum"), ni limitado
solamente por un "orden público" concebido de manera
positivista o naturalista (Cf. Pío IX, enc. "Quanta cura").
Los "justos límites" que le son inherentes deben ser
determinados para cada situación social por la prudencia política,
según las exigencias del bien común, y ratificados por
la autoridad civil según "normas jurídicas, conforme
con el orden objetivo moral" (DH 7).
III
"NO HABRÁ PARA TI OTROS DIOSES DELANTE DE MÍ"
2110
El primer mandamiento prohíbe honrar a dioses distintos del Único
Señor que se ha revelado a su pueblo. Proscribe la superstición
y la irreligión. La superstición representa en cierta
manera una perversión, por exceso, de la religión. La
irreligión es un vicio opuesto por defecto a la virtud de la
religión.
La
superstición
2111
La superstición es la desviación del sentimiento religioso
y de las prácticas que impone. Puede afectar también al
culto que damos al verdadero Dios, por ejemplo, cuando se atribuye una
importancia, de algún modo, mágica a ciertas prácticas,
por otra parte, legítimas o necesarias. Atribuir su eficacia
a la sola materialidad de las oraciones o de los signos sacramentales,
prescindiendo de las disposiciones interiores que exigen, es caer en
la superstición (Cf. Mt 23, 16-22).
La
idolatría
2112
El primer mandamiento condena el politeísmo. Exige al hombre
no creer en otros dioses que el Dios verdadero. Y no venerar otras divinidades
que al único Dios. La Escritura recuerda constantemente este
rechazo de los "ídolos, oro y plata, obra de las manos de
los hombres", que "tienen boca y no hablan, ojos y no ven..."
Estos ídolos vanos hacen vano al que les da culto: "Como
ellos serán los que los hacen, cuantos en ellos ponen su confianza"
(Sal 115, 4-5.8; Cf. Is 44, 9-20; Jr 10, 1-16; Dn 14, 1-30; Ba 6; Sb
13, 1-15,19). Dios, por el contrario, es el "Dios vivo" (Jos
3, 10; Sal 42, 3, etc.), que da vida e interviene en la historia.
2113
La idolatría no se refiere sólo a los cultos falsos del
paganismo. Es una tentación constante de la fe. Consiste en divinizar
lo que no es Dios. Hay idolatría desde el momento en que el hombre
honra y reverencia a una criatura en lugar de Dios. Trátese de
dioses o de demonios (por ejemplo, el satanismo), de poder, de placer,
de la raza, de los antepasados, del Estado, del dinero, etc. "No
podéis servir a Dios y al dinero", dice Jesús (Mt
6, 24). Numerosos mártires han muerto por no adorar a "la
Bestia" (Cf. Ap 13-14), negándose incluso a simular su culto.
La idolatría rechaza el único Señorío de
Dios; es, por tanto, incompatible con la comunión divina (Cf.
Gál 5, 20; Ef 5, 5).
2114
La vida humana se unifica en la adoración del Dios Único.
El mandamiento de adorar al único Señor da unidad al hombre
y lo salva de una dispersión infinita. La idolatría es
una perversión del sentido religioso innato en el hombre. El
idólatra es el que "aplica a cualquier cosa, en lugar de
a Dios, la indestructible noción de Dios" (Orígenes,
Cels. 2, 40).
Adivinación
y magia
2115
Dios puede revelar el porvenir a sus profetas o a otros santos. Sin
embargo, la actitud cristiana justa consiste en entregarse con confianza
en las manos de la providencia en lo que se refiere al futuro y en abandonar
toda curiosidad malsana al respecto. Sin embargo, la imprevisión
puede constituir una falta de responsabilidad.
2116
Todas las formas de adivinación deben rechazarse: el recurso
a Satán o a los demonios, la evocación de los muertos,
y otras prácticas que equivocadamente se supone "desvelan"
el porvenir (Cf. Dt 18, 10; Jr 29, 8). La consulta de horóscopos,
la astrología, la quiromancia, la interpretación de presagios
y de suertes, los fenómenos de visión, el recurso a "mediums"
encierran una voluntad de poder sobre el tiempo, la historia y, finalmente,
los hombres, a la vez que un deseo de granjearse la protección
de poderes ocultos. Están en contradicción con el honor
y el respeto, mezclados de temor amoroso, que debemos solamente a Dios.
2117
Todas las prácticas de magia o de hechicería mediante
las que se pretende domesticar potencias ocultas para ponerlas a su
servicio y obtener un poder sobrenatural sobre el prójimo -aunque
sea para procurar la salud -, son gravemente contrarias a la virtud
de la religión. Estas prácticas son más condenables
aún cuando van acompañadas de una intención de
dañar a otro, recurran o no a la intervención de los demonios.
Llevar amuletos es también reprensible. El espiritismo implica
con frecuencia prácticas adivinatorias o mágicas. Por
eso la Iglesia advierte a los fieles que se guarden de él. El
recurso a las medicinas llamadas tradicionales no legítima ni
la invocación de las potencias malignas, ni la explotación
de la credulidad del prójimo.
La
irreligión
2118
El primer mandamiento de Dios reprueba los principales pecados de irreligión:
la acción de tentar a Dios con palabras o con obras, el sacrilegio
y la simonía.
2119
La acción de tentar a Dios consiste en poner a prueba, de palabra
o de obra, su bondad y su omnipotencia. Así es como Satán
quería conseguir de Jesús que se arrojara del templo y
obligase a Dios, mediante este gesto, a actuar (Cf. Lc 4, 9). Jesús
le opone las palabras de Dios: "No tentarás al Señor
tu Dios" (Dt 6, 16). El reto que contiene este tentar a Dios lesiona
el respeto y la confianza que debemos a nuestro Creador y Señor.
Incluye siempre una duda respecto a su amor, su providencia y su poder
(Cf. 1 Co 10, 9; Ex 17, 2-7; Sal 95, 9).
2120
El sacrilegio consiste en profanar o tratar indignamente los sacramentos
y las otras acciones litúrgicas, así como las personas,
las cosas y los lugares consagrados a Dios. El sacrilegio es un pecado
grave sobre todo cuando es cometido contra la Eucaristía, pues
en este sacramento el Cuerpo de Cristo se nos hace presente substancialmente
(Cf. CIC can. 1367; 1376).
2121
La simonía (Cf. Hch 8, 9-24) se define como la compra o venta
de cosas espirituales. A Simón el mago, que quiso comprar el
poder espiritual del que vio dotado a los apóstoles, Pedro le
responde: "Vaya tu dinero a la perdición y tú con
él, pues has pensado que el don de Dios se compra con dinero"
(Hch 8, 20). Así se ajustaba a las palabras de Jesús:
"Gratis lo recibisteis, dadlo gratis" (Mt 10, 8; Cf. Is 55,
1)]. Es imposible apropiarse de los bienes espirituales y de comportarse
respecto a ellos como un poseedor o un dueño, pues tienen su
fuente en Dios. Sólo es posible recibirlos gratuitamente de Él.
2122
"Fuera de las ofrendas determinadas por la autoridad competente,
el ministro no debe pedir nada por la administración de los sacramentos,
y ha de procurar siempre que los necesitados no queden privados de la
ayuda de los sacramentos por razón de su pobreza" (CIC can.
848). La autoridad competente puede fijar estas "ofrendas"
atendiendo al principio de que el pueblo cristiano debe contribuir al
sostenimiento de los ministros de la Iglesia. "El obrero merece
su sustento" (Mt 10, 10; Cf. Lc 10, 7; 1 Co 9, 5-18; 1 Tm 5, 17-18).
El
ateísmo
2123
"Muchos de nuestros contemporáneos no perciben de ninguna
manera esta unión íntima y vital con Dios o la rechazan
explícitamente, hasta tal punto que el ateísmo debe ser
considerado entre los problemas más graves de esta época"
(GS 19, 1).
2124
El nombre de ateísmo abarca fenómenos muy diversos. Una
forma frecuente del mismo es el materialismo práctico, que limita
sus necesidades y sus ambiciones al espacio y al tiempo. El humanismo
ateo considera falsamente que el hombre es "el fin de sí
mismo, el artífice y demiurgo único de su propia historia"
(GS 20, 1). Otra forma del ateísmo contemporáneo espera
la liberación del hombre de una liberación económica
y social para la que "la religión, por su propia naturaleza,
constituiría un obstáculo, porque, al orientar la esperanza
del hombre hacia una vida futura ilusoria, lo apartaría de la
construcción de la ciudad terrena" (GS 20, 2).
2125
En cuanto rechaza o niega la existencia de Dios, el ateísmo es
un pecado contra la virtud de la religión (Cf. Rm 1, 18). La
imputabilidad de esta falta puede quedar ampliamente disminuida en virtud
de las intenciones y de las circunstancias. En la génesis y difusión
del ateísmo "puede corresponder a los creyentes una parte
no pequeña; en cuanto que, por descuido en la educación
para la fe, por una exposición falsificada de la doctrina, o
también por los defectos de su vida religiosa, moral y social,
puede decirse que han velado el verdadero rostro de Dios y de la religión,
más que revelarlo" (GS 19, 3).
2126
Con frecuencia el ateísmo se funda en una concepción falsa
de la autonomía humana, llevada hasta el rechazo de toda dependencia
respecto a Dios (GS 20, 1). Sin embargo, "el reconocimiento de
Dios no se opone en ningún modo a la dignidad del hombre, ya
que esta dignidad se funda y se perfecciona en el mismo Dios" (GS
21, 3). "La Iglesia sabe muy bien que su mensaje conecta con los
deseos más profundos del corazón humano" (GS 21,
7).
El
agnosticismo
2127
El agnosticismo reviste varias formas. En ciertos casos, el agnóstico
se resiste a negar a Dios; al contrario, postula la existencia de un
ser trascendente que no podría revelarse y del que nadie podría
decir nada. En otros casos, el agnóstico no se pronuncia sobre
la existencia de Dios, manifestando que es imposible probarla e incluso
afirmarla o negarla.
2128
El agnosticismo puede contener a veces una cierta búsqueda de
Dios, pero puede igualmente representar un indiferentismo, una huida
ante la cuestión última de la existencia, y una pereza
de la conciencia moral. El agnosticismo equivale con mucha frecuencia
a un ateísmo práctico.
IV
"NO TE HARÁS ESCULTURA ALGUNA..."
2129
El mandamiento divino implicaba la prohibición de toda representación
de Dios por mano del hombre. El Deuteronomio lo explica así:
"Puesto que no visteis figura alguna el día en que el Señor
os habló en el Horeb de en medio del fuego, no vayáis
a prevaricar y os hagáis alguna escultura de cualquier representación
que sea..." (Dt 4, 15-16). Quien se revela a Israel es el Dios
absolutamente Trascendente. "Él lo es todo", pero al
mismo tiempo "está por encima de todas sus obras" (Si
43, 27- 28). Es la fuente de toda belleza creada (Cf. Sb 13, 3).
2130
Sin embargo, ya en el Antiguo Testamento Dios ordenó o permitió
la institución de imágenes que conducirían simbólicamente
a la salvación por el Verbo encarnado: la serpiente de bronce
(Cf. Nm 21, 4-9; Sb 16, 5-14; Jn 3, 14-15), el arca de la Alianza y
los querubines (Cf. Ex 25, 10-12; 1 R 6, 23-28; 7, 23-26).
2131
Fundándose en el misterio del Verbo encarnado, el séptimo
Concilio Ecuménico (celebrado en Nicea el año 787), justificó
contra los iconoclastas el culto de las sagradas imágenes: las
de Cristo, pero también las de la Madre de Dios, de los ángeles
y de todos los santos. El Hijo de Dios, al encarnarse, inauguró
una nueva "economía" de las imágenes.
2132
El culto cristiano de las imágenes no es contrario al primer
mandamiento que proscribe los ídolos. En efecto, "el honor
dado a una imagen se remonta al modelo original" (S. Basilio, spir.
18, 45), "el que venera una imagen, venera en ella la persona que
en ella está representada" (Cc de Nicea II: DS 601); Cf.
Cc de Trento: DS 1821-1825; Cc Vaticano II: SC 126; LG 67). El honor
tributado a las imágenes sagradas es una "veneración
respetuosa", no una adoración, que sólo corresponde
a Dios:
El
culto de la religión no se dirige a las imágenes en
sí mismas como realidades, sino que las mira bajo su aspecto
propio de imágenes que nos conducen a Dios encarnado. Ahora
bien, el movimiento que se dirige a la imagen en cuanto tal, no se
detiene en ella, sino que tiende a la realidad de la que ella es imagen.
(S. Tomás de Aquino, s. th. 2-2, 81, 3, ad 3).
RESUMEN
2133
"Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón,
con toda tu alma y con todas tus fuerzas" (Dt 6, 59).
2134
El primer mandamiento llama al hombre para que crea en Dios, espere
en Él y lo ame sobre todas las cosas.
2135
"Al Señor tu Dios adorarás" (Mt 4, 10). Adorar
a Dios, orar a Él, ofrecerle el culto que le corresponde, cumplir
las promesas y los votos que se le han hecho, son todos ellos actos
de la virtud de la religión que constituyen la obediencia al
primer mandamiento.
2136
El deber de dar a Dios un culto auténtico corresponde al hombre
individual y socialmente considerado.
2137
El hombre debe "poder profesar libremente la religión
en público y en privado" (DH 15).
2138
La superstición es una desviación del culto que debemos
al verdadero Dios, la cual conduce a la idolatría y a distintas
formas de adivinación y de magia."
2139
La acción de tentar a Dios de palabra o de obra, el sacrilegio
y la simonía son pecados de irreligión, prohibidos por
el primer mandamiento.
2140
El ateísmo, en cuanto niega o rechaza la existencia de Dios,
es un pecado contra el primer mandamiento.
2141
El culto de las imágenes sagradas está fundado en el
misterio de la Encarnación del Verbo de Dios. No es contrario
al primer mandamiento.