Artículo
8
EL
OCTAVO MANDAMIENTO
No
darás testimonio falso contra tu prójimo (Ex 20, 16).
Se
dijo a los antepasados: No perjurarás, sino que cumplirás
al Señor tus juramentos (Mt 5, 33).
2464
El octavo mandamiento prohíbe falsear la verdad en las relaciones
con el prójimo. Este precepto moral deriva de la vocación
del pueblo santo a ser testigo de su Dios, que es y que quiere la
verdad. Las ofensas a la verdad expresan, mediante palabras o acciones,
un rechazo a comprometerse con la rectitud moral: son infidelidades
básicas frente a Dios y, en este sentido, socavan las bases
de la Alianza.
I
VIVIR EN LA VERDAD
2465
El Antiguo Testamento lo proclama: Dios es fuente de toda verdad. Su
Palabra es verdad (Cf. Pr 8, 7; 2 S 7, 28). Su ley es verdad (Cf. Sal
119, 142). "Tu verdad, de edad en edad" (Sal 119, 90; Lc 1,
50). Puesto que Dios es el "Veraz" (Rm 3, 4), los miembros
de su pueblo son llamados a vivir en la verdad (Cf. Sal 119, 30).
2466
En Jesucristo la verdad de Dios se manifestó en plenitud. "Lleno
de gracia y de verdad" (Jn 1, 14), él es la "luz del
mundo" (Jn 8, 12), la Verdad (Cf. Jn 14, 6). El que cree en él,
no permanece en las tinieblas (Cf. Jn 12, 46). El discípulo de
Jesús, "permanece en su palabra", para conocer "la
verdad que hace libre" (Cf. Jn 8, 31-32) y que santifica (Cf. Jn
17, 17). Seguir a Jesús es vivir del "Espíritu de
verdad" (Jn 14, 17) que el Padre envía en su nombre (Cf.
Jn 14, 26) y que conduce "a la verdad completa" (Jn 16, 13).
Jesús enseña a sus discípulos el amor incondicional
de la verdad: "Sea vuestro lenguaje: "sí, sí";
"no, no"" (Mt 5, 37).
2467
El hombre busca naturalmente la verdad. Está obligado a honrarla
y atestiguarla: "Todos los hombres, conforme a su dignidad, por
ser personas..., se ven impulsados, por su misma naturaleza, a buscar
la verdad y, además, tienen la obligación moral de hacerlo,
sobre todo con respecto a la verdad religiosa. Están obligados
también a adherirse a la verdad una vez que la han conocido y
a ordenar toda su vida según sus exigencias" (DH 2).
2468
La verdad como rectitud de la acción y de la palabra humana,
tiene por nombre veracidad, sinceridad o franqueza. La verdad o veracidad
es la virtud que consiste en mostrarse veraz en los propios actos y
en decir verdad en sus palabras, evitando la duplicidad, la simulación
y la hipocresía.
2469
"Los hombres no podrían vivir juntos si no tuvieran confianza
recíproca, es decir, si no se manifestasen la verdad" (S.
Tomás de Aquino, s. th. 2-2, 109, 3 ad 1). La virtud de la veracidad
da justamente al prójimo lo que le es debido; observa un justo
medio entre lo que debe ser expresado y el secreto que debe ser guardado:
implica la honradez y la discreción. En justicia, "un hombre
debe honestamente a otro la manifestación de la verdad"
(S. Tomás de Aquino, s. th. 2-2, 109, 3).
2470
El discípulo de Cristo acepta "vivir en la verdad",
es decir, en la simplicidad de una vida conforme al ejemplo del Señor
y permaneciendo en su Verdad. "Si decimos que estamos en comunión
con él, y caminamos en tinieblas, mentimos y no obramos conforme
a la verdad" (1 Jn 1, 6).
II
"DAR TESTIMONIO DE LA VERDAD"
2471
Ante Pilato, Cristo proclama que había "venido al mundo:
para dar testimonio de la verdad" (Jn 18, 37). El cristiano no
debe "avergonzarse de dar testimonio del Señor" (2
Tm 1, 8). En las situaciones que exigen dar testimonio de la fe, el
cristiano debe profesarla sin ambigüedad, a ejemplo de san Pablo
ante sus jueces. Debe guardar una "conciencia limpia ante Dios
y ante los hombres" (Hch 24, 16).
2472
El deber de los cristianos de tomar parte en la vida de la Iglesia,
los impulsa a actuar como testigos del Evangelio y de las obligaciones
que de él se derivan. Este testimonio es transmisión de
la fe en palabras y obras. El testimonio es un acto de justicia que
establece o da a conocer la verdad (Cf. Mt 18, 16):
Todos
los fieles cristianos, dondequiera que vivan, están obligados
a manifestar con el ejemplo de su vida y el testimonio de su palabra
al hombre nuevo de que se revistieron por el bautismo y la fuerza
del Espíritu Santo que les ha fortalecido con la confirmación
(AG 11).
2473
El martirio es el supremo testimonio de la verdad de la fe; designa
un testimonio que llega hasta la muerte. El mártir da testimonio
de Cristo, muerto y resucitado, al cual está unido por la caridad.
Da testimonio de la verdad de la fe y de la doctrina cristiana. Soporta
la muerte mediante un acto de fortaleza. "Dejadme ser pasto de
las fieras. Por ellas me será dado llegar a Dios" (S. Ignacio
de Antioquía, Rom 4, 1).
2474
Con el más exquisito cuidado, la Iglesia ha recogido los recuerdos
de quienes llegaron hasta el extremo para dar testimonio de su fe. Son
las actas de los Mártires, que constituyen los archivos de la
Verdad escritos con letras de sangre:
No
me servirá nada de los atractivos del mundo ni de los reinos
de este siglo. Es mejor para mí morir (para unirme) a Cristo
Jesús que reinar hasta los confines de la tierra. Es a Él
a quien busco, a quien murió por nosotros. A Él quiero,
al que resucitó por nosotros. Mi nacimiento se acerca... [S.
Ignacio de Antioquía, Rom. 6, 1-2).
Te
bendigo por haberme juzgado digno de este día y esta hora,
digno de ser contado en el número de tus mártires...
Has cumplido tu promesa, Dios de la fidelidad y de la verdad. Por
esta gracia y por todo te alabo, te bendigo, te glorifico por el eterno
y celestial Sumo Sacerdote, Jesucristo, tu Hijo amado. Por Él,
que está contigo y con el Espíritu, te sea dada gloria
ahora y en los siglos venideros. Amén. (S. Policarpo, mart.
14, 2-3).
III
LAS OFENSAS A LA VERDAD
2475
Los discípulos de Cristo se han "revestido del Hombre Nuevo,
creado según Dios en la justicia y santidad de la verdad"
(Ef 4, 24). "Desechando la mentira" (Ef 4, 25), deben "rechazar
toda malicia y todo engaño, hipocresías, envidias y toda
clase de maledicencias" (1 Pe 2, 1).
2476
Falso testimonio y perjurio. Una afirmación contraria a la verdad
posee una gravedad particular cuando se hace públicamente. Ante
un tribunal viene a ser un falso testimonio (Cf. Pr 19, 9). Cuando es
pronunciada bajo juramento se trata de perjurio. Estas maneras de obrar
contribuyen a condenar a un inocente, a disculpar a un culpable o a
aumentar la sanción en que ha incurrido el acusado (Cf. Pr 18,
5); comprometen gravemente el ejercicio de la justicia y la equidad
de la sentencia pronunciada por los jueces.
2477 El
respeto de la reputación de las personas prohíbe toda
actitud y toda palabra susceptibles de causarles un daño injusto
(Cf. CIC can. 220). Se hace culpable:
-
de juicio temerario el que, incluso tácitamente, admite como
verdadero, sin tener para ello fundamento suficiente, un defecto
moral en el prójimo;
-
de
maledicencia el que, sin razón objetivamente válida,
manifiesta los defectos y las faltas de otros a personas que los
ignoran;
-
de
calumnia el que, mediante palabras contrarias a la verdad, daña
la reputación de otros y da ocasión a juicios falsos
respecto a ellos.
2478
Para evitar el juicio temerario, cada uno debe interpretar, en cuanto
sea posible, en un sentido favorable los pensamientos, palabras y
acciones de su prójimo:
Todo
buen cristiano ha de ser más pronto a salvar la proposición
del prójimo, que a condenarla; y si no la puede salvar, inquirirá
cómo la entiende, y si mal la entiende, corríjale con
amor; y si no basta, busque todos los medios convenientes para que,
bien entendiéndola, se salve (S. Ignacio de Loyola, ex. spir.
22).
2479
La maledicencia y la calumnia destruyen la reputación y el
honor del prójimo. Ahora bien, el honor es el testimonio social
dado a la dignidad humana y cada uno posee un derecho natural al honor
de su nombre, a su reputación y a su respeto. Así, la
maledicencia y la calumnia lesionan las virtudes de la justicia y
de la caridad.
2480
Debe proscribirse toda palabra o actitud que, por halago, adulación
o complacencia, alienta y confirma a otro en la malicia de sus actos
y en la perversidad de su conducta. La adulación es una falta
grave si se hace cómplice de vicios o pecados graves. El deseo
de prestar un servicio o la amistad no justifica una doblez del lenguaje.
La adulación es un pecado venial cuando sólo desea hacerse
grato, evitar un mal, remediar una necesidad u obtener ventajas legítimas.
2481
"La vanagloria o jactancia constituye una falta contra la verdad.
Lo mismo sucede con la ironía que trata de ridiculizar a uno
caricaturizando de manera malévola tal o cual aspecto de su
comportamiento.
2482
"La mentira consiste en decir falsedad con intención de
engañar" (S. Agustín, mend. 4, 5). El Señor
denuncia en la mentira una obra diabólica: "Vuestro padre
es el diablo... porque no hay verdad en él; cuando dice la
mentira, dice lo que le sale de dentro, porque es mentiroso y padre
de la mentira" (Jn 8, 44).
2483
La mentira es la ofensa más directa contra la verdad. Mentir
es hablar u obrar contra la verdad para inducir a error al que tiene
el derecho de conocerla. Lesionando la relación del hombre
con la verdad y con el prójimo, la mentira ofende el vínculo
fundamental del hombre y de su palabra con el Señor.
2484
La gravedad de la mentira se mide según la naturaleza de la
verdad que deforma, según las circunstancias, las intenciones
del que la comete, y los daños padecidos por los que resultan
perjudicados. Si la mentira en sí sólo constituye un
pecado venial, sin embargo llega a ser mortal cuando lesiona gravemente
las virtudes de la justicia y la caridad.
2485.
La mentira es condenable por su misma naturaleza. Es una profanación
de la palabra cuyo objeto es comunicar a otros la verdad conocida.
La intención deliberada de inducir al prójimo a error
mediante palabras contrarias a la verdad constituye una falta contra
la justicia y la caridad. La culpabilidad es mayor cuando la intención
de engañar corre el riesgo de tener consecuencias funestas
para los que son desviados de la verdad.
2486
La mentira, por ser una violación de la virtud de la veracidad,
es una verdadera violencia hecha a los demás. Atenta contra
ellos en su capacidad de conocer, que es la condición de todo
juicio y de toda decisión. Contiene en germen la división
de los espíritus y todos los males que ésta suscita.
La mentira es funesta para toda sociedad: socava la confianza entre
los hombres y rompe el tejido de las relaciones sociales.
2487
Toda falta cometida contra la justicia y la verdad entraña
el deber de reparación, aunque su autor haya sido perdonado.
Cuando es imposible reparar un daño públicamente, es
preciso hacerlo en secreto; si el que ha sufrido un perjuicio no puede
ser indemnizado directamente, es preciso darle satisfacción
moralmente, en nombre de la caridad. Este deber de reparación
se refiere también a las faltas cometidas contra la reputación
del prójimo. Esta reparación, moral y a veces material,
debe apreciarse según la medida del daño causado. Obliga
en conciencia.
IV
EL RESPETO DE LA VERDAD
2488
El derecho a la comunicación de la verdad no es incondicional.
Todos deben conformar su vida al precepto evangélico del amor
fraterno. Este exige, en las situaciones concretas, estimar si conviene
o no revelar la verdad a quien la pide.
2489
La caridad y el respeto de la verdad deben dictar la respuesta a toda
petición de información o de comunicación. El
bien y la seguridad del prójimo, el respeto de la vida privada,
el bien común, son razones suficientes para callar lo que no
debe ser conocido, o para usar un lenguaje discreto. El deber de evitar
el escándalo obliga con frecuencia a una estricta discreción.
Nadie está obligado a revelar una verdad a quien no tiene derecho
a conocerla (Cf. Si 27, 16; Pr 25, 9-10).
2490
El secreto del sacramento de la Reconciliación es sagrado y
no puede ser revelado bajo ningún pretexto. "El sigilo
sacramental es inviolable; por lo cual está terminantemente
prohibido al confesor descubrir al penitente, de palabra o de cualquier
otro modo, y por ningún motivo" (Cf. CIC can. 983, 1).
2491
Los secretos profesionales -que obligan, por ejemplo, a políticos,
militares, médicos, juristas - o las confidencias hechas bajo
secreto deben ser guardados, salvo los casos excepcionales en los
que el no revelarlos podría causar al que los ha confiado,
al que los ha recibido o a un tercero daños muy graves y evitables
únicamente mediante la divulgación de la verdad. Las
informaciones privadas perjudiciales al prójimo, aunque no
hayan sido confiadas bajo secreto, no deben ser divulgadas sin una
razón grave y proporcionada."
2492
Se debe guardar la justa reserva respecto a la vida privada de la
gente. Los responsables de la comunicación deben mantener un
justo equilibrio entre las exigencias del bien común y el respeto
de los derechos particulares. La ingerencia de la información
en la vida privada de personas comprometidas en una actividad política
o pública, es condenable en la medida en que atenta contra
su intimidad y libertad.
V
EL USO DE LOS MEDIOS DE COMUNICACIÓN SOCIAL
2493
Dentro de la sociedad moderna, los medios de comunicación social
desempeñan un papel importante en la información, la
promoción cultural y la formación. Su acción
aumenta en importancia por razón de los progresos técnicos,
de la amplitud y la diversidad de las noticias transmitidas, y la
influencia ejercida sobre la opinión pública.
2494
La información de estos medios es un servicio del bien común
(Cf. IM 11). La sociedad tiene derecho a una información fundada
en la verdad, la libertad, la justicia y la solidaridad:
El
recto ejercicio de este derecho exige que, en cuanto a su contenido,
la comunicación sea siempre verdadera e íntegra, salvadas
la justicia y la caridad; además, en cuanto al modo, ha de
ser honesta y conveniente, es decir, debe respetar escrupulosamente
las leyes morales, los derechos legítimos y la dignidad del
hombre, tanto en la búsqueda de la noticia como en su divulgación.
(IM 5, 2).
2495
"Es necesario que todos los miembros de la sociedad cumplan sus
deberes de caridad y justicia también en este campo, y, así,
con ayuda de estos medios, se esfuercen por formar y difundir una
recta opinión pública" (IM 8). La solidaridad aparece
como una consecuencia de una información verdadera y justa,
y de la libre circulación de las ideas, que favorecen el conocimiento
y el respeto del prójimo.
2496
Los medios de comunicación social (en particular, los mass-media)
pueden engendrar cierta pasividad en los usuarios, haciendo de éstos,
consumidores poco vigilantes de mensajes o de espectáculos.
Los usuarios deben imponerse moderación y disciplina respecto
a los mass-media. Han de formarse una conciencia clara y recta para
resistir más fácilmente las influencias menos honestas.
2497
Por razón de su profesión en la prensa, sus responsables
tienen la obligación, en la difusión de la información,
de servir a la verdad y de no ofender a la caridad. Han de esforzarse
por respetar con una delicadeza igual, la naturaleza de los hechos
y los límites el juicio crítico respecto a las personas.
Deben evitar ceder a la difamación.
2498
"La autoridad civil tiene en esta materia deberes peculiares
en razón del bien común, al que se ordenan estos medios.
Corresponde, pues, a dicha autoridad... defender y asegurar la verdadera
y justa libertad" (IM 12). Promulgando leyes y velando por su
aplicación, los poderes públicos se asegurarán
de que el mal uso de los medios no llegue a causar "graves peligros
para las costumbres públicas y el progreso de la sociedad"
(IM 12). Deberán sancionar la violación de los derechos
de cada uno a la reputación y al secreto de la vida privada.
Tienen obligación de dar a tiempo y honestamente las informaciones
que se refieren al bien general y responden a las inquietudes fundadas
de la población. Nada puede justificar el recurso a falsas
informaciones para manipular la opinión pública mediante
los mass-media. Estas intervenciones no deberán atentar contra
la libertad de los individuos y de los grupos.
2499
La moral denuncia la llaga de los estados totalitarios que falsifican
sistemáticamente la verdad, ejercen mediante los mass-media
un dominio político de la opinión, manipulan a los acusados
y a los testigos en los procesos públicos y tratan de asegurar
su tiranía yugulando y reprimiendo todo lo que consideran "delitos
de opinión".
VI
VERDAD, BELLEZA Y ARTE SACRO
2500
La práctica del bien va acompañada de un placer espiritual
gratuito y de belleza moral. De igual modo, la verdad entraña
el gozo y el esplendor de la belleza espiritual. La verdad es bella
por sí misma. La verdad de la palabra, expresión racional
del conocimiento de la realidad creada e increada, es necesaria al
hombre dotado de inteligencia, pero la verdad puede también
encontrar otras formas de expresión humana, complementarias,
sobre todo cuando se trata de evocar lo que ella entraña de
indecible, las profundidades del corazón humano, las elevaciones
del alma, el Misterio de Dios. Antes de revelarse al hombre en palabras
de verdad, Dios se revela a él, mediante el lenguaje universal
de la Creación, obra de su Palabra, de su Sabiduría:
el orden y la armonía del cosmos, que percibe tanto el niño
como el hombre de ciencia, "pues por la grandeza y hermosura
de las criaturas se llega, por analogía, a contemplar a su
Autor" (Sb 13, 5), "pues fue el Autor mismo de la belleza
quien las creó" (Sb 13, 3).
La
sabiduría es un hálito del poder de Dios, una emanación
pura de la gloria del Omnipotente, por lo que nada manchado llega
a alcanzarla. Es un reflejo de la luz eterna, un espejo sin mancha
de la actividad de Dios, una imagen de su bondad (Sb 7, 25-26). La
sabiduría es en efecto más bella que el Sol, supera
a todas las constelaciones; comparada con la luz, sale vencedora,
porque a la luz sucede la noche, pero contra la sabiduría no
prevalece la maldad (Sb 7, 29-30). Yo me constituí en el amante
de su belleza (Sb 8, 2).
2501
El hombre, "creado a imagen de Dios" (Gn 1, 26), expresa
también la verdad de su relación con Dios Creador mediante
la belleza de sus obras artísticas. El arte, en efecto, es
una forma de expresión propiamente humana; por encima de la
satisfacción de las necesidades vitales, común a todas
las criaturas vivas, el arte es una sobreabundancia gratuita de la
riqueza interior del ser humano. Este brota de un talento concedido
por el Creador y del esfuerzo del hombre, y es un género de
sabiduría práctica, que une conocimiento y habilidad
(Cf. Sb 7, 16-17) para dar forma a la verdad de una realidad en lenguaje
accesible a la vista y al oído. El arte entraña así
cierta semejanza con la actividad de Dios en la creación, en
la medida en que se inspira en la verdad y el amor de los seres. Como
cualquier otra actividad humana, el arte no tiene en sí mismo
su fin absoluto, sino que está ordenado y se ennoblece por
el fin último del hombre (Cf. Pío XII, discurso 25 diciembre
1955 y discurso 3 septiembre 1950).
2502
El arte sacro es verdadero y bello cuando corresponde por su forma
a su vocación propia: evocar y glorificar, en la fe y la adoración,
el Misterio trascendente de Dios, Belleza sobreeminente e invisible
de Verdad y de Amor, manifestado en Cristo, "Resplandor de su
gloria e Impronta de su esencia" (Hb 1, 3), en quien "reside
toda la Plenitud de la Divinidad corporalmente" (Col 2, 9), belleza
espiritual reflejada en la Santísima Virgen Madre de Dios,
en los Ángeles y los Santos. El arte sacro verdadero lleva
al hombre a la adoración, a la oración y al amor de
Dios Creador y Salvador, Santo y Santificador.
2503
Por eso los obispos deben personalmente o por delegación vigilar
y promover el arte sacro antiguo y nuevo en todas sus formas, y apartar
con la misma atención religiosa de la liturgia y de los edificios
de culto todo lo que no está de acuerdo con la verdad de la
fe y la auténtica belleza del arte sacro (Cf. SC 122-127).
RESUMEN
2504
"No darás falso testimonio contra tu prójimo"
(Ex 20, 16). Los discípulos de Cristo se han "revestido
del Hombre Nuevo, creado según Dios, en la justicia y santidad
de la verdad" (Ef 4, 24).
2505
La verdad o veracidad es la virtud que consiste en mostrarse verdadero
en sus actos y en sus palabras, evitando la duplicidad, la simulación
y la hipocresía.
2506
El cristiano no debe "avergonzarse de dar testimonio del Señor"
(2 Tm 1, 8) en obras y palabras. El martirio es el supremo testimonio
de la verdad de la fe.
2507
El respeto de la reputación y del honor de las personas prohíbe
toda actitud y toda palabra de maledicencia o de calumnia.
2508
La mentira consiste en decir algo falso con intención de
engañar al prójimo que tiene derecho a la verdad.
2509
Una falta cometida contra la verdad exige reparación.
2510
La regla de oro ayuda a discernir en las situaciones concretas si
conviene o no revelar la verdad a quien la pide.
2511
"El sigilo sacramental es inviolable" (CIC can. 983, 1),
Los secretos profesionales deben ser guardados. Las confidencias
perjudiciales a otros no deben ser divulgadas.
2512
La sociedad tiene derecho a una información fundada en la
verdad, la libertad, la justicia. Es preciso imponerse moderación
y disciplina en el uso de los medios de comunicación social.
2513
Las bellas artes, sobre todo el arte sacro, "están relacionadas,
por su naturaleza, con la infinita belleza divina, que se intenta
expresar, de algún modo, en las obras humanas. Y tanto más
se consagran a Dios y contribuyen a su alabanza y a su gloria, cuanto
más lejos están de todo propósito que no sea
colaborar lo más posible con sus obras a dirigir las almas
de los hombres piadosamente hacia Dios" (SC 122).
Artículo
9
EL
NOVENO MANDAMIENTO
No
codiciarás la casa de tu prójimo, ni codiciarás
la mujer de tu prójimo, ni su siervo, ni su sierva, ni su
buey, ni su asno, ni nada que sea de tu prójimo (Ex 20, 17).
El
que mira a una mujer deseándola, ya cometió adulterio
con ella en su corazón (Mt 5, 28).
2514
San Juan distingue tres especies de codicia o concupiscencia: la concupiscencia
de la carne, la concupiscencia de los ojos y la soberbia de la vida
(Cf. 1 Jn 2, 16). Siguiendo la tradición catequética
católica, el noveno mandamiento prohíbe la concupiscencia
de la carne; el décimo prohíbe la codicia del bien ajeno.
2515
En sentido etimológico, la "concupiscencia" puede
designar toda forma vehemente de deseo humano. La teología
cristiana le ha dado el sentido particular de un movimiento del apetito
sensible que contraría la obra de la razón humana. El
apóstol san Pablo la identifica con la lucha que la "carne"
sostiene contra el "espíritu" (Cf. Gal 5, 16.17.24;
Ef 2, 3). Procede de la desobediencia del primer pecado (Gn 3, 11).
Desordena las facultades morales del hombre y, sin ser una falta en
sí misma, le inclina a cometer pecados (Cf. Cc Trento: DS 1515).
2516
En el hombre, porque es un ser compuesto de espíritu y cuerpo,
existe cierta tensión, y se desarrolla una lucha de tendencias
entre el "espíritu" y la "carne". Pero,
en realidad, esta lucha pertenece a la herencia del pecado. Es una
consecuencia de él, y, al mismo tiempo, confirma su existencia.
Forma parte de la experiencia cotidiana del combate espiritual:
Para
el apóstol no se trata de discriminar o condenar el cuerpo,
que con el alma espiritual constituye la naturaleza del hombre y su
subjetividad personal, sino que trata de las obras -mejor dicho, de
las disposiciones estables-, virtudes y vicios, moralmente buenas
o malas, que son fruto de sumisión (en el primer caso) o bien
de resistencia (en el segundo caso) a la acción salvífica
del Espíritu Santo. Por ello el apóstol escribe: "si
vivimos según el Espíritu, obremos también según
el Espíritu" (Ga 5, 25) (Juan Pablo II, DeV 55).
I
LA PURIFICACIÓN DEL CORAZÓN
2517
El corazón es la sede de la personalidad moral: "de dentro
del corazón salen las intenciones malas, asesinatos, adulterios,
fornicaciones" (Mt 15, 19). La lucha contra la concupiscencia
de la carne pasa por la purificación del corazón:
Mantente
en la simplicidad, la inocencia y serás como los niños
pequeños que ignoran el mal destructor de la vida de los
hombres (Hermas, mand. 2, 1).
2518
La sexta bienaventuranza proclama: "Bienaventurados los limpios
de corazón porque ellos verán a Dios" (Mt 5,8).
Los "corazones limpios" designan a los que han ajustado
su inteligencia y su voluntad a las exigencias de la santidad de Dios,
principalmente en tres dominios: la caridad (Cf. 1 Tm 4, 3-9; 2 Tm
2, 22), la castidad o rectitud sexual (Cf. 1 Ts 4, 7; Col 3, 5; Ef
4, 19), el amor de la verdad y la ortodoxia de la fe (Cf. Tt 1, 15;
1 Tm 3-4; 2 Tm 2, 23-26). Existe un vínculo entre la pureza
del corazón, del cuerpo y de la fe:
Los
fieles deben creer los artículos del Símbolo "para
que, creyendo, obedezcan a Dios; obedeciéndole, vivan bien;
viviendo bien, purifiquen su corazón; y purificando su corazón,
comprendan lo que creen" (S. Agustín, fid. et symb. 10,
25).
2519
A los "limpios de corazón" se les promete que verán
a Dios cara a cara y que serán semejantes a Él (Cf.
1 Co 13, 12, 1 Jn 3, 2). La pureza de corazón es el preámbulo
de la visión. Ya desde ahora esta pureza nos concede ver según
Dios, recibir al otro como un "prójimo"; nos permite
considerar el cuerpo humano, el nuestro y el del prójimo, como
un templo del Espíritu Santo, una manifestación de la
belleza divina.
II
EL COMBATE POR LA PUREZA
2520
El Bautismo confiere al que lo recibe la gracia de la purificación
de todos los pecados. Pero el bautizado debe seguir luchando contra
la concupiscencia de la carne y los apetitos desordenados. Con la
gracia de Dios lo consigue
-
mediante la virtud y el don de la castidad, pues la castidad permite
amar con un corazón recto e indiviso;
-
mediante
la pureza de intención, que consiste en buscar el fin verdadero
del hombre: con una mirada limpia el bautizado se afana por encontrar
y realizar en todo la voluntad de Dios (Cf. Rm 12, 2; Col 1, 10);
-
mediante
la pureza de la mirada exterior e interior; mediante la disciplina
de los sentidos y la imaginación; mediante el rechazo de
toda complacencia en los pensamientos impuros que inclinan a apartarse
del camino de los mandamientos divinos: "la vista despierta
la pasión de los insensatos" (Sb 15, 5);
-
mediante
la oración:
Creía que la continencia dependía de mis propias fuerzas,
las cuales no sentía en mí; siendo tan necio que no
entendía lo que estaba escrito: que nadie puede ser continente,
si tú no se lo das. Y cierto que tú me lo dieras,
si con interior gemido llamase a tus oídos, y con fe sólida
arrojase en ti mi cuidado (S. Agustín, conf. 6, 11, 20).
2521
La pureza exige el pudor. Este es parte integrante de la templanza.
El pudor preserva la intimidad de la persona. Designa el rechazo a
mostrar lo que debe permanecer velado. Está ordenado a la castidad,
cuya delicadeza proclama. Ordena las miradas y los gestos en conformidad
con la dignidad de las personas y con la relación que existe
entre ellas.
2522
El pudor protege el misterio de las personas y de su amor. Invita
a la paciencia y a la moderación en la relación amorosa;
exige que se cumplan las condiciones del don y del compromiso definitivo
del hombre y de la mujer entre sí. El pudor es modestia; inspira
la elección de la vestimenta. Mantiene silencio o reserva donde
se adivina el riesgo de una curiosidad malsana; se convierte en discreción.
2523
Existe un pudor de los sentimientos como también un pudor del
cuerpo. Este pudor rechaza, por ejemplo, los exhibicionismos del cuerpo
humano propios de cierta publicidad o las incitaciones de algunos
medios de comunicación a hacer pública toda confidencia
íntima. El pudor inspira una manera de vivir que permite resistir
a las solicitaciones de la moda y a la presión de las ideologías
dominantes.
2524
Las formas que reviste el pudor varían de una cultura a otra.
Sin embargo, en todas partes constituye la intuición de una
dignidad espiritual propia al hombre. Nace con el despertar de la
conciencia personal. Educar en el pudor a niños y adolescentes
es despertar en ellos el respeto de la persona humana.
2525
La pureza cristiana exige una purificación del clima social.
Obliga a los medios de comunicación social a una información
cuidadosa del respeto y de la discreción. La pureza de corazón
libera del erotismo difuso y aparta de los espectáculos que
favorecen el exhibicionismo y los sueños indecorosos.
2526
Lo que se llama permisividad de las costumbres se basa en una concepción
errónea de la libertad humana; para llegar a su madurez, ésta
necesita dejarse educar previamente por la ley moral. Conviene pedir
a los responsables de la educación que impartan a la juventud
una enseñanza respetuosa de la verdad, de las cualidades del
corazón y de la dignidad moral y espiritual del hombre.
2527
"La buena nueva de Cristo renueva continuamente la vida y la
cultura del hombre caído; combate y elimina los errores y males
que brotan de la seducción, siempre amenazadora, del pecado.
Purifica y eleva sin cesar las costumbres de los pueblos. Con las
riquezas de lo alto fecunda, consolida, completa y restaura en Cristo,
como desde dentro, las bellezas y cualidades espirituales de cada
pueblo o edad" (GS 58, 4).
RESUMEN
2528
"Todo el que mira a una mujer deseándola, ya cometió
adulterio con ella en su corazón" (Mt 5, 28).
2529
El noveno mandamiento pone en guardia contra el desorden o concupiscencia
de la carne.
2530
La lucha contra la concupiscencia de la carne pasa por la purificación
del corazón y por la práctica de la templanza
2531
La pureza del corazón nos alcanzará el ver a Dios:
nos da desde ahora la capacidad de ver según Dios todas las
cosas.
2532
La purificación del corazón es imposible sin la oración,
la práctica de la castidad y la pureza de intención
y de mirada.
2533
La pureza del corazón requiere el pudor, que es paciencia,
modestia y discreción. El pudor preserva la intimidad de
la persona.
Artículo
10
EL
DÉCIMO MANDAMIENTO
No
codiciarás... nada que sea de tu prójimo (Ex 20, 17).
No
desearás... su casa, su campo, su siervo o su sierva, su
buey o su asno: nada que sea de tu prójimo (Dt 5, 21).
Donde
esté tu tesoro, allí estará también
tu corazón (Mt 6, 21).
2534
El décimo mandamiento desdobla y completa el noveno, que versa
sobre la concupiscencia de la carne. Prohíbe la codicia del
bien ajeno, raíz del robo, de la rapiña y del fraude,
prohibidos por el séptimo mandamiento. La "concupiscencia
de los ojos" (Cf. 1 Jn 2, 16) lleva a la violencia y la injusticia
prohibidas por el quinto precepto (Cf. Mi 2, 2). La codicia tiene
su origen, como la fornicación, en la idolatría condenada
en las tres primeras prescripciones de la ley (Cf. Sb 14, 12). El
décimo mandamiento se refiere a la intención del corazón;
resume, con el noveno, todos los preceptos de la Ley.
I
EL DESORDEN DE LA CONCUPISCENCIA
2535
El apetito sensible nos impulsa a desear las cosas agradables que
no poseemos. Así, desear comer cuando se tiene hambre, o calentarse
cuando se tiene frío. Estos deseos son buenos en sí
mismos; pero con frecuencia no guardan la medida de la razón
y nos empujan a codiciar injustamente lo que no es nuestro y pertenece,
o es debido a otra persona.
2536
El décimo mandamiento prohíbe la avaricia y el deseo
de una apropiación inmoderada de los bienes terrenos. Prohíbe
el deseo desordenado nacido de la pasión inmoderada de las
riquezas y de su poder. Prohíbe también el deseo de
cometer una injusticia mediante la cual se dañaría al
prójimo en sus bienes temporales:
Cuando
la Ley nos dice: "No codiciarás", nos dice, en
otros términos, que apartemos nuestros deseos de todo lo
que no nos pertenece. Porque la sed del bien del prójimo
es inmensa, infinita y jamás saciada, como está escrito:
"El ojo del avaro no se satisface con su suerte" (Si 5,
9) (Catec. R. 3, 37).
2537
No se quebranta este mandamiento deseando obtener cosas que pertenecen
al prójimo siempre que sea por medios justos. La catequesis
tradicional señala con realismo "quiénes son los
que más deben luchar contra sus codicias pecaminosas"
y a los que, por tanto, es preciso "exhortar más a observar
este precepto":
Los
comerciantes, que desean la escasez o la carestía de las
mercancías, que ven con tristeza que no son los únicos
en comprar y vender, pues de lo contrario podrían vender
más caro y comprar a precio más bajo; los que desean
que sus semejantes estén en la miseria para lucrarse vendiéndoles
o comprándoles... Los médicos, que desean tener enfermos;
los abogados que anhelan causas y procesos importantes y numerosos...
(Catec. R. 3, 37).
2538
El décimo mandamiento exige que se destierre del corazón
humano la envidia. Cuando el profeta Natán quiso estimular
el arrepentimiento del rey David, le contó la historia del
pobre que sólo poseía una oveja, a la que trataba como
una hija, y del rico que, a pesar de sus numerosos rebaños,
envidiaba al primero y acabó por robarle la oveja (Cf. 2 S
12, 1-4). La envidia puede conducir a las peores fechorías
(Cf. Gn 4, 3-7; 1 R 21, 1-29). La muerte entró en el mundo
por la envidia del diablo (Cf. Sb 2, 24).
Luchamos
entre nosotros, y es la envidia la que nos arma unos contra otros...
Si todos se afanan así por perturbar el Cuerpo de Cristo, ¿a
dónde llegaremos? Estamos debilitando el Cuerpo de Cristo...
Nos declaramos miembros de un mismo organismo y nos devoramos como
lo harían las fieras. (S. Juan Crisóstomo, hom. in 2
Cor. 28, 3-4).
2539
La envidia es un pecado capital. Manifiesta la tristeza experimentada
ante el bien del prójimo y el deseo desordenado de poseerlo,
aunque sea en forma indebida. Cuando desea al prójimo un mal
grave es un pecado mortal:
San
Agustín veía en la envidia el "pecado diabólico
por excelencia" (ctech. 4,8). "De la envidia nacen el
odio, la maledicencia, la calumnia, la alegría causada por
el mal del prójimo y la tristeza causada por su prosperidad"
(S. Gregorio Magno, mor. 31, 45).
2540
La envidia representa una de las formas de la tristeza y, por tanto,
un rechazo de la caridad; el bautizado debe luchar contra ella mediante
la benevolencia. La envidia procede con frecuencia del orgullo; el
bautizado ha de esforzarse por vivir en la humildad:
¿Querríais
ver a Dios glorificado por vosotros? Pues bien, alegraos del progreso
de vuestro hermano y con ello Dios será glorificado por vosotros.
Dios será alabado -se dirá- porque su siervo ha sabido
vencer la envidia poniendo su alegría en los méritos
de otros (S. Juan Crisóstomo, hom. in Rom. 7, 3).
II
LOS DESEOS DEL ESPÍRITU
2541
La economía de la Ley y de la Gracia aparta el corazón
de los hombres de la codicia y de la envidia: lo inicia en el deseo
del Supremo Bien; lo instruye en los deseos del Espíritu Santo,
que sacia el corazón del hombre.
El Dios
de las promesas puso desde el comienzo al hombre en guardia contra
la seducción de lo que, desde entonces, aparece como "bueno
para comer, apetecible a la vista y excelente para lograr sabiduría"
(Gn 3, 6).
2542
"La Ley confiada a Israel nunca fue suficiente para justificar
a los que le estaban sometidos; incluso vino a ser instrumento de
la "concupiscencia" (Cf. Rm 7, 7). La inadecuación
entre el querer y el hacer (Cf. Rm 7, 10) manifiesta el conflicto
entre la "ley de Dios", que es la "ley de la razón",
y la otra ley que "me esclaviza a la ley del pecado que está
en mis miembros" (Rm 7, 23).
2543
"Pero ahora, independientemente de la ley, la justicia de Dios
se ha manifestado, atestiguada por la ley y los profetas, justicia
de Dios por la fe en Jesucristo, para todos los que creen" (Rm
3, 21-22.]. Por eso, los fieles de Cristo "han crucificado la
carne con sus pasiones y sus apetencias" (Ga 5, 24); "son
guiados por el Espíritu" (Rm 8, 14) y siguen los deseos
del Espíritu (Cf. Rm 8, 27).
III
LA POBREZA DE CORAZÓN
2544
Jesús exhorta a sus discípulos a preferirle a Él
respecto a todo y a todos y les propone "renunciar a todos sus
bienes" (Lc 14, 33) por Él y por el Evangelio (Cf. Mc
8, 35). Poco antes de su pasión les mostró como ejemplo
la pobre viuda de Jerusalén que, de su indigencia, dio todo
lo que tenía para vivir (Cf. Lc 21, 4). El precepto del desprendimiento
de las riquezas es obligatorio para entrar en el Reino de los cielos.
2545
"Todos los cristianos... han de intentar orientar rectamente
sus deseos para que el uso de las cosas de este mundo y el apego a
las riquezas no les impidan, en contra del espíritu de pobreza
evangélica, buscar el amor perfecto" (LG 42).
2546
"Bienaventurados los pobres en el espíritu" (Mt 5,
3). Las bienaventuranzas revelan un orden de felicidad y de gracia,
de belleza y de paz. Jesús celebra la alegría de los
pobres, a quienes pertenece ya el Reino (Lc 6, 20):
El
Verbo llama "pobreza en el Espíritu" a la humildad
voluntaria de un espíritu humano y su renuncia; el apóstol
nos da como ejemplo la pobreza de Dios cuando dice: "Se hizo
pobre por nosotros" (2 Co 8, 9) (S. Gregorio de Nisa, beat, 1).
2547
El Señor se lamenta de los ricos porque encuentran su consuelo
en la abundancia de bienes (Cf. Lc 6, 24). "El orgulloso busca
el poder terreno, mientras el pobre en espíritu busca el Reino
de los cielos" (S. Agustín, serm. Dom. 1, 3). El abandono
en la providencia del Padre del cielo libera de la inquietud por el
mañana (Cf. Mt 6, 25-34). La confianza en Dios dispone a la
bienaventuranza de los pobres: ellos verán a Dios.
IV
"QUIERO VER A DIOS"
2548
El deseo de la felicidad verdadera aparta al hombre del apego desordenado
a los bienes de este mundo, y tendrá su plenitud en la visión
y la bienaventuranza de Dios. "La promesa de ver a Dios supera
toda felicidad. En la Escritura, ver es poseer. El que ve a Dios obtiene
todos los bienes que se pueden concebir" (S. Gregorio de Nisa,
beat. 6).
2549
Corresponde, por tanto, al pueblo santo luchar, con la gracia de lo
alto, para obtener los bienes que Dios promete. Para poseer y contemplar
a Dios, los fieles cristianos mortifican sus concupiscencias y, con
la ayuda de Dios, vencen las seducciones del placer y del poder.
2550
En este camino hacia la perfección, el Espíritu y la
Esposa llaman a quien les escucha (Cf. Ap 22, 17) a la comunión
perfecta con Dios:
Allí
se dará la gloria verdadera; nadie será alabado allí
por error o por adulación; los verdaderos honores no serán
ni negados a quienes los merecen ni concedidos a los indignos; por
otra parte, allí nadie indigno pretenderá honores,
pues allí sólo serán admitidos los dignos.
Allí reinará la verdadera paz, donde nadie experimentará
oposición ni de sí mismo ni de otros. La recompensa
de la virtud será Dios mismo, que ha dado la virtud y se
prometió a ella como la recompensa mejor y más grande
que puede existir: "Yo seré su Dios, y ellos serán
mi pueblo" (Lv 26, 12)... Este es también el sentido
de las palabras del apóstol: "para que Dios sea todo
en todos" (1 Co 15, 28). Él será el fin de nuestros
deseos, a quien contemplaremos sin fin, amaremos sin saciedad, alabaremos
sin cansancio. Y este don, este amor, esta ocupación serán
ciertamente, como la vida eterna, comunes a todos (S. Agustín,
civ. 22,30).
2551
"Donde está tu tesoro allí estará tu corazón"
(Mt 6,21).
2552
El décimo mandamiento prohíbe el deseo desordenado,
nacido de la pasión inmoderada de las riquezas y del poder.
2553
La envidia es la tristeza experimentada ante el bien del prójimo
y el deseo desordenado de apropiárselo. Es un pecado capital.
2554
El bautizado combate la envidia mediante la caridad, la humildad
y el abandono en la providencia de Dios.
2555
Los fieles cristianos "han crucificado la carne con sus pasiones
y sus concupiscencias" (Gal 5,24); son guiados por el Espíritu
y siguen sus deseos.
2556
El desprendimiento de las riquezas es necesario para entrar en el
Reino de los cielos. "Bienaventurados los pobres de corazón".
2557
El hombre que anhela dice: "Quiero ver a Dios". La sed
de Dios es saciada por el agua de la vida (Cf. Jn 4,14).
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