CAPÍTULO
II
LA
LIBERTAD RELIGIOSA A LA LUZ DE LA REVELACIÓN
La
doctrina de la libertad religiosa ahonda sus raíces en la Revelación
9.
Cuando este Concilio Vaticano declara acerca del derecho del hombre
a la libertad religiosa, tiene su fundamento en la dignidad de la
persona, cuyas exigencias se han ido haciendo más patentes
cada vez a la razón humana a través de la experiencia
de los siglos. Es más; esta doctrina de la libertad tiene sus
raíces en la divina Revelación, por lo cual ha de ser
tanto más religiosamente observada por los cristianos. Pues
aunque la Revelación no afirme expresamente el derecho a la
inmunidad de coacción externa en materia religiosa, sin embargo
manifiesta la dignidad de la persona humana en toda su amplitud, demuestra
el proceder de Cristo respecto a la libertad del hombre en el cumplimiento
de la obligación de creer en la palabra de Dios, y nos enseña
el espíritu que deben reconocer y seguir en todo los discípulos
de tal Maestro. Todo esto aclara los principios generales sobre los
que se funda la doctrina de esta Declaración acerca de la libertad
religiosa. Sobre todo, la libertad religiosa en la sociedad está
de acuerdo enteramente con la libertad del acto de fe cristiana.
La
libertad del acto de fe
10.
Es uno de los más importantes principios de la doctrina católica,
contenido en la palabra de Dios y enseñado constantemente por
los Padres, que el hombre, al creer, debe responder voluntariamente
a Dios, y que, por tanto, nadie debe ser forzado a abrazar la fe contra
su voluntad. Porque el acto de fe es voluntario por su propia naturaleza,
ya que el hombre, redimido por Cristo Salvador y llamado por Jesucristo
a la filiación adoptiva , no puede adherirse a Dios que se
revela a sí mismo, a menos que, atraído por el Padre,
rinda a Dios el obsequio racional y libre de la fe. Está por
consiguiente en total acuerdo con la índole de la fe que quede
excluido cualquier género de imposición por parte de
los hombres en materia religiosa. Por consiguiente, un régimen
de libertad religiosa contribuye no poco a favorecer aquel estado
de cosas en que los hombres puedan ser invitados fácilmente
a la fe cristiana, a abrazarla por su propia determinación
y a profesarla activamente en toda la ordenación de la vida.
El
comportamiento de Cristo y de los Apóstoles
11.
Dios llama ciertamente a los hombres a servirle en espíritu
y en verdad, y por eso éstos quedan obligados en conciencia,
pero no coaccionados. Porque Dios tiene en cuenta la dignidad de la
persona humana que El mismo ha creado, que debe regirse por su propia
determinación y gozar de libertad. Esto se hizo patente sobre
todo en Cristo Jesús, en quien Dios se manifestó perfectamente
a sí mismo y descubrió sus caminos. En efecto, Cristo,
que es Maestro y Señor nuestro , manso y humilde de corazón
, atrajo pacientemente e invitó a los discípulos . Es
verdad que apoyó y confirmó su predicación con
milagros, para excitar y robustecer la fe de los oyentes, pero no
para ejercer coacción sobre ellos. Reprobó ciertamente
la incredulidad de los que le oían, pero dejando a Dios el
castigo para el día del juicio . Al enviar a los Apóstoles
al mundo les dijo: "El que creyere y fuere bautizado se salvará;
mas el que no creyere se condenará" (Mc 16, 16). Pero
Él, sabiendo que se había sembrado cizaña juntamente
con el trigo, mandó que los dejaran crecer a ambos hasta el
tiempo de la siega, que se efectuará al fin del mundo . Renunciando
a ser Mesías político y dominador por la fuerza , prefirió
llamarse Hijo del Hombre, que ha venido "a servir y dar su vida
para redención de muchos" (Mc 10, 45). Se manifestó
como perfecto Siervo de Dios, que "no rompe la caña quebrada
y no extingue la mecha humeante" (Mt 12, 20). Reconoció
la autoridad civil y sus derechos, mandando pagar el tributo al César,
pero avisó claramente que había que guardar los derechos
superiores de Dios: "dad al César lo que es del César,
y a Dios lo que es de Dios" (Mt 22, 21). Finalmente, al consumar
en la cruz la obra de la redención, para adquirir la salvación
y la verdadera libertad de los hombres, completó su revelación.
Dio testimonio de la verdad , pero no quiso imponerla por la fuerza
a los que le contradecían. Pues su reino no se defiende a golpes
, sino que se establece dando testimonio de la verdad y prestándole
oído, y crece por el amor con que Cristo, levantado en la cruz,
atrae a los hombres a Sí mismo.
Los
Apóstoles, enseñados por la palabra y por el ejemplo
de Cristo, siguieron el mismo camino. Desde los primeros días
de la Iglesia los discípulos de Cristo se esforzaron en inducir
a los hombres a confesar Cristo Señor, no por acción
coercitiva ni por artificios indignos del Evangelio, sino ante todo
por la virtud de la palabra de Dios . Anunciaban a todos resueltamente
el designio de Dios Salvador, "que quiere que todos los hombres
se salven, y lleguen al conocimiento de la verdad" (1 Tim 2,
4); pero al mismo tiempo respetaban a los débiles, aunque estuvieran
en el error, manifestando de este modo cómo "cada cual
dará a Dios cuenta de sí" (Rom 14, 12) , debiendo
obedecer entretanto a su conciencia. Lo mismo que Cristo, los Apóstoles
estuvieron siempre empeñados en dar testimonio de la verdad
de Dios, atreviéndose a proclamar cada vez con mayor abundancia,
ante el pueblo y las autoridades, "la palabra de Dios con confianza"
(Act 4, 31) . Pues creían con fe firme que el Evangelio mismo
era verdaderamente la virtud de Dios para la salvación de todo
el que cree. Despreciando, pues, todas "las armas de la carne"
, y siguiendo el ejemplo de la mansedumbre y de la modestia de Cristo,
predicaron la palabra de Dios confiando plenamente en la fuerza divina
de esta palabra para destruir los poderes enemigos de Dios y llevar
a los hombres a la fe y al acatamiento de Cristo. Los Apóstoles,
como el Maestro, reconocieron la legítima autoridad civil:
"no hay autoridad que no provenga de Dios", enseña
el Apóstol, que en consecuencia manda: "toda persona esté
sometida a las potestades superiores...; quien resiste a la autoridad,
resiste al orden establecido por Dios" (Rom 13, 1-2). Y al mismo
tiempo no tuvieron miedo de contradecir al poder público, cuando
éste se oponía a la santa voluntad de Dios: "hay
que obedecer a Dios antes que a los hombres" (Act 5, 29). Este
camino siguieron innumerables mártires y fieles a través
de los siglos y en todo el mundo.
La
Iglesia sigue los pasos de Cristo y de los Apóstoles
12.
La Iglesia, por consiguiente, fiel a la verdad evangélica,
sigue el camino de Cristo y de los Apóstoles cuando reconoce
y promueve la libertad religiosa como conforme a la dignidad humana
y a la revelación de Dios. Conservó y enseñó
en el decurso de los tiempos la doctrina recibida del Maestro y de
los Apóstoles. Aunque en la vida del Pueblo de Dios, peregrinó
a través de las vicisitudes de la historia humana, se ha dado
a veces un comportamiento menos conforme con el espíritu evangélico,
e incluso contrario a él, no obstante, siempre se mantuvo la
doctrina de la Iglesia de que nadie sea forzado a abrazar la fe.
De
este modo el fermento evangélico fue actuando durante largo
tiempo en la mente de los hombres y contribuyó poderosamente
a que éstos, en el decurso de los siglos, percibieran con más
amplitud la dignidad de su persona y madurara la persuasión
de que, en materia religiosa, esta dignidad debía conservarse
dentro de la sociedad inmune de cualquier coacción humana.
La
libertad de la Iglesia
13.
Entre las cosas que pertenecen al bien de la Iglesia, más aún,
al bien de la misma sociedad temporal, y que han de conservarse en
todo tiempo y lugar y defenderse contra toda injusticia, es ciertamente
importantísimo que la Iglesia disfrute de tanta libertad de
acción, cuanta requiera el cuidado de la salvación de
los hombres . Porque se trata de una libertad sagrada, con la que
el Unigénito Hijo de Dios enriqueció a la Iglesia, adquirida
con su sangre. Es en verdad tan propia de la Iglesia, que quienes
la impugnan, obran contra la voluntad de Dios. La libertad de la Iglesia
es un principio fundamental en las relaciones entre la Iglesia y los
poderes públicos y todo el orden civil.
La
Iglesia vindica para sí la libertad en la sociedad humana y
delante de cualquier autoridad pública, puesto que es una autoridad
espiritual, constituida por Cristo Señor, a la que por divino
mandato incumbe el deber de ir por todo el mundo y de predicar el
Evangelio a toda criatura . Igualmente reivindica la Iglesia para
sí la libertad, en cuanto es una sociedad de hombres, que tienen
derecho a vivir en la sociedad civil según las normas de la
fe cristiana.
Ahora
bien, donde rige como norma la libertad religiosa, no solamente proclamada
con palabras, ni solamente sancionada con leyes, sino también
llevada a la práctica con sinceridad, allí, en definitiva,
logra la Iglesia la condición estable, de derecho y de hecho,
para una necesaria independencia en el cumplimiento de la misión
divina, independencia que han reivindicado con la mayor insistencia
dentro de la sociedad las autoridades eclesiásticas . Y al
mismo tiempo los fieles cristianos, como todos los demás hombres,
gozan del derecho civil a que no se les impida vivir según
su conciencia. Hay, pues, concordancia entre la libertad de la Iglesia
y aquella libertad religiosa que debe reconocerse como un derecho
a todos los hombres y comunidades y sancionarse en el ordenamiento
jurídico.
Obligación
de la Iglesia
14.
La Iglesia católica, para cumplir el mandato divino: "enseñad
a todas las gentes" (Mt 18, 19-20), debe emplearse denodadamente
"para que la palabra de Dios sea difundida y glorificada"
(2 Tes 3, 1).
Ruega,
pues, encarecidamente a todos sus hijos que ante todo eleven "peticiones,
súplicas, plegarias y acciones de gracias por todos los hombres...
Porque esto es bueno y grato a Dios nuestro Salvador, el cual quiere
que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la verdad"
(I Tim 2, 1-4).
Por
su parte, los fieles, en la formación de su conciencia, deben
prestar diligente atención a la doctrina sagrada y cierta de
la Iglesia . Pues por voluntad de Cristo la Iglesia católica
es la maestra de la verdad, y su misión consiste en anunciar
y enseñar auténticamente la verdad, que es Cristo, y
al mismo tiempo declarar y confirmar con su autoridad los principios
de orden moral que fluyen de la misma naturaleza humana. Procuren
además los fieles cristianos, comportándose con sabiduría
con los que no creen, difundir "en el Espíritu Santo,
en caridad no fingida, en palabras de verdad" (2 Cor 6, 6-7)
la luz de la vida, con toda confianza y fortaleza apostólica,
incluso hasta el derramamiento de sangre.
Porque
el discípulo tiene la obligación grave para con Cristo
Maestro de conocer cada día mejor la verdad que de El ha recibido,
de anunciarla fielmente y de defenderla con valentía, excluyendo
los medios contrarios al espíritu evangélico. Al mismo
tiempo, sin embargo, la caridad de Cristo le acucia para que trate
con amor, prudencia y paciencia a los hombres que viven en el error
o en la ignorancia de la fe . Deben, pues, tenerse en cuenta tanto
los deberes para con Cristo, el Verbo vivificante que hay que predicar,
como los derechos de la persona humana y la medida de la gracia que
Dios por Cristo ha concedido al hombre, que es invitado a recibir
y profesar voluntariamente la fe.
CONCLUSIÓN
15.
Es patente, pues, que los hombres de nuestro tiempo desean poder profesar
libremente la religión en privado y en público; y aún
más, que la libertad religiosa se declara como derecho civil
en muchas Constituciones y se reconoce solemnemente en documentos
internacionales.
Pero
no faltan regímenes en los que, si bien su Constitución
reconoce la libertad de culto religioso, sin embargo, las mismas autoridades
públicas se empeñan en apartar a los ciudadanos de profesar
la religión y en hacer extremadamente difícil e insegura
la vida de las comunidades religiosas.
Saludando
con alegría los venturosos signos de este tiempo, pero denunciando
con dolor estos hechos deplorables, el sagrado Concilio exhorta a
los católicos y ruega a todos los hombres que consideren con
toda atención cuán necesaria es la libertad religiosa,
sobre todo en las presentes condiciones de la familia humana.
Es
evidente que todos los pueblos se unen cada vez más, que los
hombres de diversa cultura y religión se ligan con lazos más
estrechos, y que se acrecienta la conciencia de la responsabilidad
propia de cada uno. Por consiguiente, para que se establezcan y consoliden
las relaciones pacíficas y la concordia en el género
humano, se requiere que en todas las partes del mundo la libertad
religiosa sea protegida por una eficaz tutela jurídica y que
se respeten los supremos deberes y derechos de los hombres para desarrollar
libremente la vida religiosa dentro de la sociedad.
Quiera
Dios, Padre de todos, que la familia humana, mediante la diligente
observancia de la libertad religiosa en la sociedad, por la gracia
de Cristo y el poder del Espíritu Santo, llegue a la sublime
e indefectible "libertad de la gloria de los hijos de Dios"
(Rom 8, 21).
Todas
y cada una de las cosas de esta Declaración fueron del agrado
a los Padres del Sacrosanto Concilio. Y Nos, con la Apostólica
autoridad conferida por Cristo, juntamente con los Venerables Padres,
en el Espíritu Santo, las aprobamos, decretamos y establecemos
y mandamos que, decretadas sinodalmente, sean promulgadas para gloria
de Dios.
Roma,
en San Pedro, día 7 de diciembre del año 1965
Yo,
PABLO, Obispo de la Iglesia Católica