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Vicaría      de Pastoral

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IV. FIN Y FORMA

58. Fin propio e inmediato de la educación cristiana es cooperar con la Gracia divina a formar el verdadero y perfecto cristiano, es decir, al mismo Cristo, en los regenerados con el Bautismo, según la viva expresión del Apóstol: Hijitos míos, por quienes segunda vez padezco dolores de parto hasta formar a Cristo en vosotros 63. Ya que el verdadero cristiano debe vivir la vida sobrenatural en Cristo: Cristo, que es nuestra vida 64, y manifestarla en todas sus operaciones: Para que la vida de Jesús se manifieste asimismo en nuestra carne mortal 65.

El verdadero cristiano

59. Por esto precisamente la educación cristiana comprende todo el ámbito de la vida humana sensible y espiritual, intelectual y moral, individual, doméstica y social, no para menoscabarla en manera alguna, sino para elevarla, regularla y perfeccionarla según los ejemplos y la doctrina de Cristo.

De suerte que el verdadero cristiano, fruto de la educación cristiana, es el hombre sobrenatural, que piensa, juzga y obra constante y coherentemente, según la recta razón iluminada por la luz sobrenatural de los ejemplos y de la doctrina de Cristo, o, por decirlo con el lenguaje ahora en uso, el verdadero y completo hombre de carácter. Pues no es cualquier coherencia y tenacidad de conducta, según principios subjetivos, lo que constituye el verdadero carácter, sino solamente la constancia en seguir los principios eternos de la justicia, como lo reconoce hasta el poeta pagano, cuando alaba, inseparablemente, al hombre justo y constante en su propósito 66, y, por otra parte, no puede existir completa justicia sino dando a Dios lo que se debe a Dios, como lo hace el verdadero cristiano.

60. Tal meta y término de la educación cristiana parece a los profanos como una abstracción, o más bien como una cosa irrealizable, sin arrancar o menoscabar las facultades naturales y sin renunciar a las obras de la vida terrenal; por lo tanto, ajena a la vida social y a la prosperidad temporal, contraria a todo progreso en las letras, en las ciencias, en las artes y en toda otra obra de civilización. A semejante objeción, movida por la ignorancia y el prejuicio de los paganos, aun eruditos, de aquel tiempo —repetida, desgraciadamente, con más frecuencia e insistencia en tiempos modernos— había ya respondido Tertuliano:

No vivimos fuera de este mundo. Bien nos acordamos de que debemos agradecimiento a Dios, Señor Creador: no rechazamos fruto alguno de sus obras; solamente nos refrenamos, para no usar de ellas desmesurada o viciosamente. Así que no habitamos en este mundo sin foro, sin mercado, sin baños, casas, tiendas, caballerizas, sin vuestras ferias y demás suertes de comercio. También nosotros navegamos y militamos con vosotros, cultivamos los campos y negociamos, y por eso trocamos nuestros trabajos y ponemos a vuestra disposición nuestras obras. Cómo podamos, pues, pareceros inútiles para vuestros negocios, con los cuales y de los cuales vivimos, francamente no lo veo 67.

Por lo tanto, el verdadero cristiano, lejos de renunciar a las obras de la vida terrena o amenguar sus facultades naturales, más bien las desarrolla y perfecciona coordinándolas con la vida sobrenatural, hasta el punto de ennoblecer la misma vida natural y de procurarla un auxilio más eficaz, no sólo en orden espiritual y terreno, sino también material y temporal.

El mejor ciudadano

61. Lo dicho se ve claro en toda la historia del cristianismo y de sus instituciones, que se identifica con la historia de la verdadera civilización y del genuino progreso hasta nuestros días; y particularmente en los Santos, de que es fecundísima la Iglesia y solamente ella, los cuales han alcanzado en grado perfectísimo la meta de la educación cristiana, y han ennoblecido y aprovechado a la sociedad civil en todo género de bienes. Efectivamente, los Santos han sido, son y serán siempre los más grandes bienhechores de la sociedad humana, como también los más perfectos modelos de toda clase y profesión, en todo estado y condición de vida, desde el campesino sencillo y rústico hasta el hombre de ciencias y letras, desde el humilde artesano hasta el que capitanea ejércitos, desde el oscuro padre de familia hasta el monarca que gobierna pueblos y naciones, desde las sencillas niñas y mujeres del hogar doméstico hasta las reinas y emperatrices. Y ¿qué decir de la inmensa labor, aun en pro del bienestar temporal, de los misioneros evangélicos, que junto con la luz de la Fe han llevado y llevan a los pueblos bárbaros los bienes de la civilización; de los fundadores de múltiples obras de caridad y asistencia social, y de la interminable falange de santos educadores y santas educadoras, que han perpetuado y multiplicado su propia obra en sus fecundas instituciones de educación cristiana para bien de las familias y con inestimable beneficio de las naciones?

JESÚS, MAESTRO DIVINO

62. Estos son los frutos, sobre manera benéficos, de la educación cristiana, precisamente a causa de la vida y virtud sobrenatural de Cristo, que ella desarrolla y forma en el hombre; ya que Cristo nuestro Señor, Maestro Divino, es también fuente y dador de tal vida y virtud, y a la vez modelo universal y accesible, con su ejemplo, a todos los hombres, cualquiera que sea su condición, particularmente a la juventud, en el periodo de su vida escondida, laboriosa, obediente, adornada de todas las virtudes individuales, domésticas y sociales, delante de Dios y delante de los hombres.

LA IGLESIA, MADRE EDUCADORA

63. Todo el cúmulo de los tesoros educativos de infinito valor, que hasta ahora hemos venido indicando apenas en parte, es de tal modo propio de la Iglesia, que constituye su misma sustancia, siendo ella el Cuerpo místico de Cristo, la Esposa inmaculada de Cristo, y por esto mismo Madre fecundísima y educadora soberana y perfecta.

Por eso el grande y genial San Agustín —de cuya dichosa muerte vamos a celebrar el decimoquinto centenario— prorrumpía, lleno de santo afecto, para con tal Madre, en estos acentos: ¡Oh Iglesia Católica, Madre muy verdadera de los cristianos, con razón no solamente prédicas que hay que honrar purísima y castísimamente al mismo Dios, cuya posesión es dichosísima vida, sino que también haces de tal manera tuyo el amor y la caridad del prójimo, que en ti hallamos toda medicina, potentemente eficaz para los muchos males que, por causa de los pecados, aquejan a las almas! Tú adiestras y amaestras puerilmente a los niños, con fortaleza a los jóvenes, con delicadeza a los ancianos, según las exigencias de su cuerpo y de su espíritu: Tú, con una, estoy por decir, libre servidumbre, sometes los hijos a los padres y pones a las madres delante de los hijos con dominio de piedad. Tú, con vínculo de religión más fuerte y más estrecho que el de la sangre, unes a hermanos con hermanos... Tú, no sólo con vínculo de sociedad, sino también de una cierta fraternidad, ligas a ciudadanos con ciudadanos, a naciones con naciones: en una palabra, a todos los hombres con el recuerdo de los primeros padres. A los Reyes enseñas a mirar por los pueblos: a los pueblos amonestas que obedezcan a los Reyes. Enseñas con diligencia a quien se debe honor, a quién afecto, a quién respeto, a quién temor, a quién consuelo, a quién amonestación, a quién exhortación, a quién corrección, a quién reprensión, a quién castigo: mostrando cómo no se debe todo a todos, pero sí a todos la caridad, a ninguno la ofensa 68.

Levantemos al Cielo, Venerables Hermanos y amados hijos, los corazones y manos suplicantes, al Pastor y Obispo de nuestras almas, al Rey Divino, que da leyes a los gobernantes, para que Él, con su virtud omnipotente, haga de modo que estos sabrosos frutos de la educación cristiana se recojan y multipliquen en todo el mundo con provecho siempre creciente de los individuos y de las naciones.

Como prenda de estas gracias celestiales, con paternal afecto, a vosotros, Venerables Hermanos, a vuestro clero y a vuestro pueblo damos la Bendición Apostólica.

Dado en Roma, junto a San Pedro, el 31 de diciembre de 1929, año octavo de Nuestro Pontificado.

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