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Vicaría      de Pastoral

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I. LA COMUNIÓN EN LA MISIÓN EDUCATIVA

8. Cada ser humano está llamado a la comunión en razón de su naturaleza, creadaa imagen y semejanza de Dios (Cf. Gn 1, 26-27). Por tanto, desde la perspectiva de la antropología bíblica, el hombre no es un individuo aislado, sino una persona: un ser esencialmente relacional. La comunión a la que el hombre está llamado implica siempre una doble dimensión:vertical (comunión con Dios) y horizontal (comunión entre los hombres). Resulta esencial reconocer la comunión como don de Dios, como fruto de la iniciativa divina realizada en el misterio pascual10.

La Iglesia, misterio de comunión y misión

9. El proyecto original de Dios se vio perjudicado por el pecado que ha dañado todo tipo de relación: entre el hombre y Dios, entre el hombre y el hombre. Sin embargo, Dios no abandonó al hombre a la soledad y, en la plenitud de los tiempos, mandó a su Hijo, Jesucristo, como Salvador11, para que el hombre pudiera recobrar, en el Espíritu, la plena comunión con el Padre. A su vez, la comunión con la Trinidad, hecha posible por el encuentro con Cristo, une a los hombres entre sí.

10. Cuando los cristianos hablan de comunión, se refieren al misterio eterno, revelado en Cristo, de la comunión de amor que es la vida misma de Dios-Trinidad. Al mismo tiempo, también se dice que el cristiano es copartícipe de esta comunión en el cuerpo de Cristo, que es la Iglesia (Cf. Flp 1, 7; Ap 1, 9). La comunión es, pues, "esencia" de la Iglesia, fundamento y fuente de su misión de ser en el mundo "la casa y la escuela de la comunión"12, para conducir a todos los hombres y mujeres a entrar cada vez más profundamente en el misterio de la comunión trinitaria y, juntos, extender y consolidar las relaciones en el interior de la comunidad humana. En este sentido, "la Iglesia es como una familia humana, pero es también, al mismo tiempo, la gran familia de Dios, mediante la cual él establece un espacio de comunión y unidad en todos los continentes, culturas y naciones"13.

11. Consecuencia de ello es, pues, que en la Iglesia, en cuanto icono del amor encarnado de Dios, “la comunión y la misión están profundamente unidas entre sí, se compenetran y se implican mutuamente, hasta tal punto que la comunión representa a la vez la fuente y el fruto de la misión: la comunión es misionera y la misión es para la comunión14.

Educar en comunión y para la comunión

12. La educación, precisamente porque aspira a hacer al hombre más hombre, sólo puede realizarse auténticamente en un contexto relacional y comunitario. No es casual que el ambiente educativo primero y originario esté constituido por la comunidad natural de la familia15. La escuela, a su vez, se sitúa junto a la familia como un espacio educativo comunitario, orgánico e intencional que acompaña su compromiso educativo, según la lógica de la subsidiariedad.

13. La escuela católica, que se caracteriza principalmente como comunidad educativa, se configuratambién como escuela para la persona y de las personas. En efecto, mira a formar la persona en la unidad integral de su ser, interviniendo con los instrumentos de la enseñanza y del aprendizaje allí donde se forman “los criterios de juicio, los valores determinantes, los puntos de interés, las líneas de pensamiento, las fuentes inspiradoras y los modelos de vida”16. Pero, sobre todo, implicándola en la dinámica de las relaciones interpersonales, que constituyen y vivifican la comunidad escolar.

14. Por otra parte, esta comunidad, en razón de su identidad y su raíz eclesial, debe aspirar a constituirse en comunidad cristiana, o sea, comunidad de fe, capaz de crear relaciones de comunión, educativas por sí mismas, cada vez más profundas. Y es precisamente la presencia y la vida de una comunidad educativa en la que todos los miembros son partícipes de una comunión fraterna, alimentada por la relación viva con Cristo y con la Iglesia, lo que hace de la escuela católica un ámbito propicio para una experiencia auténticamente eclesial.

Las personas consagradas y los fieles laicos juntos en la escuela

15. “Uno de los frutos de la doctrina de la Iglesia como comunión en estos últimos años ha sido la toma de conciencia de que sus diversos miembros pueden y deben aunar esfuerzos, en actitud de colaboración e intercambio de dones, con el fin de participar más eficazmente en la misión eclesial. De este modo se contribuye a presentar una imagen más articulada y completa de la Iglesia, a la vez que resulta más fácil dar respuestas a los grandes retos de nuestro tiempo con la aportación coral de los diferentes dones”17. En tal contexto eclesial, la misión de la escuela católica, vivida por una comunidad constituida por personas consagradas y fieles laicos, asume un significado completamente particular y manifiesta una riqueza que es necesario saber reconocer y valorar. Esta misión exige de todos los miembros de la comunidad educativa la conciencia de que una responsabilidad ineludible de fomentar el estilo cristiano original corresponde a los educadores, como personas y como comunidad. Requiere de ellos que sean testigos de Jesucristo y que manifiesten que la vida cristiana es portadora de luz y sentido para todos. Al igual que la persona consagrada está llamada a testimoniar su vocación específica a la vida de comunión en el amor18, para ser en la comunidad escolar signo, memoria y profecía de los valores del Evangelio19, así también el educador laico está llamado a realizar “su ministerio en la Iglesia viviendo desde la fe su vocación secular en la estructura comunitaria de la escuela”20.

16. Lo que hace de verdad eficaz este testimonio es la promoción, también dentro de la comunidad educativa de la escuela católica, de la espiritualidad de comunión que ha sido señalada como la gran perspectiva que se le abre a la Iglesia del tercer milenio. Espiritualidad de comunión significa “capacidad de sentir al hermano de fe en la unidad profunda del Cuerpo místico y, por tanto, como "uno que me pertenece"“21; “capacidad de la comunidad cristiana de hacer espacio a todos los dones del Espíritu”22, en una relación de reciprocidad entre las diversas vocaciones eclesiales. También en aquella expresión particular de la Iglesia que es la escuela católica, la espiritualidad de comunión tiene que convertirse en la respiración de la comunidad educativa, el criterio para la plena valorización eclesial de sus miembros y el punto de referencia esencial para la realización de una misión auténticamente compartida.

17. Así, en las escuelas católicas nacidas de las familias religiosas, o bien de las diócesis, de las parroquias o de los fieles, y que hoy cuentan con la presencia de movimientos eclesiales, esta espiritualidad de comunión tendrá que traducirse en una actitud de profunda fraternidad evangélica entre las personas que se identifican, respectivamente, en los carismas de los institutos de vida consagrada, en los de los movimientos o las nuevas comunidades, o bien en los demás fieles que actúan en la escuela. De este modo, la comunidad educativa hace espacio a los dones del Espíritu y reconoce esta diversidad como riqueza. Una auténtica madurez eclesial, alimentada en el encuentro con Cristo en los sacramentos, permitirá valorar, “tanto en sus modalidades más tradicionales como en las más nuevas de los movimientos eclesiales (...), una vitalidad que es don de Dios”23, para toda la comunidad escolar y para el mismo itinerario educativo.

18. Las asociaciones católicas que agrupan a operarios del ámbito educativo constituyen otra instancia de “comunión”, una ayuda estructurada a la misión educativa, y son un espacio de diálogo entre las familias, las instituciones del territorio y la escuela. Esas asociaciones, con su organización a nivel local, nacional e internacional, son una riqueza que da una contribución particularmente fecunda al mundo educativo, en el plano de las motivaciones y de la profesionalidad. Muchas de ellas agrupan a maestros y responsables presentes tanto en la escuela católica como en otras realidades escolares. Gracias al pluralismo de las procedencias, pueden desempeñar una importante función de diálogo y cooperación entre instituciones diversas, pero unidas por las mismas finalidades educativas. Estas realidades asociativas están llamadas a tener en cuenta el continuo cambio de las situaciones, adaptando, eventualmente, su estructura y su modo de actuar, para seguir siendo una presencia eficaz e incisiva en el sector educativo. Además, deben intensificar la colaboración recíproca, sobre todo para garantizar el logro de los objetivos comunes, respetando plenamente la identidad y la especificidad de cada asociación.

19. Además, es de fundamental importancia que el servicio prestado por dichas asociaciones tome impulso de la plena participación en la actividad pastoral de la Iglesia. A las Conferencias episcopales y a sus agrupaciones a nivel continental se les encomienda un papel de promotores para valorar las particularidades de cada asociación, favoreciendo y animando un trabajo más coordinado en el sector escolar.

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