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Vicaría      de Pastoral

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II. UN CAMINO DE FORMACIÓN PARA EDUCAR JUNTOS

20. Educar a las generaciones jóvenes en la comunión y para la comunión, en la escuela católica, es un compromiso serio que no se improvisa. Ha de ser oportunamente preparado y sostenido a través de un proyecto de formación, inicial y permanente, capaz de captar los desafíos educativos del momento presente y de aportar los instrumentos más eficaces para poder afrontarlos, en la línea de la misión compartida. Esto implica, con respecto a los educadores, una disponibilidad al aprendizaje y al desarrollo de los conocimientos, a la renovación y a la actualización de las metodologías, pero también a la formación espiritual, religiosa, y a la misión compartida. En el contexto actual, esto es particularmente necesario para responder a las instancias que vienen de un mundo en continuo y rápido cambio, en el que se hace cada vez más difícil educar.

Formación profesional

21. Uno de los requisitos fundamentales del educador de la escuela católica es que posea una sólida formación profesional. La poca calidad de la enseñanza, debida a la insuficiente preparación profesional o al inadecuado uso de los métodos pedagógicos, repercute inevitablemente en perjuicio de la eficacia de la formación integral del educando y en el testimonio cultural que el educador debe ofrecer.

22. La formación profesional del educador no sólo exige un vasto abanico de competencias culturales, psicológicas y pedagógicas, caracterizadas por la autonomía, la capacidad proyectiva y estimativa, la creatividad, la apertura a la innovación, a la actualización, a la investigación y a la experimentación; también exige la capacidad de hacer una síntesis entre competencias profesionales y motivaciones educativas, con una atención particular a la disposición relacional requerida hoy por el ejercicio, cada vez más colegial, de la profesionalidad docente. Por otra parte, en las expectativas de los alumnos y de las familias, el educador es visto y deseado como un interlocutor acogedor y preparado, capaz de motivar a los jóvenes a una formación integral, de suscitar y orientar sus mejores energías hacia una construcción positiva de sí mismos y de la vida, y de ser un testigo serio y creíble de la responsabilidad y la esperanza de las cuales la escuela es deudora ante la sociedad.

23. La continua y acelerada transformación, que afecta al hombre y a la sociedad de nuestro tiempo en todos los campos, produce el rápido envejecimiento de los conocimientos adquiridos y requiere nuevas aptitudes y métodos. Ello exige del educador una constante actualización de los contenidos de las materias que enseña y de los métodos pedagógicos que utiliza. La vocación de educador requiere, por tanto, una capacidad disponible y constante de renovación y adaptación. No basta alcanzar sólo inicialmente un buen nivel de preparación; es necesario mantenerlo y elevarlo mediante un camino de formación permanente. Además, la formación permanente, por la variedad de los aspectos que abarca, exige una constante búsqueda personal y comunitaria de sus formas de actuación; sin olvidar la necesidad de un itinerario formativo compartido y alimentado por el intercambio y la confrontación entre educadores consagrados y laicos de la escuela católica.

24. La sola atención a la actualización profesional en sentido estricto, no es suficiente. En efecto, la síntesis entre fe, cultura y vida que los educadores de la escuela católica están llamados a realizar, se logra “mediante la integración de los diversos contenidos del saber humano, especificado en las diversas disciplinas, a la luz del mensaje evangélico, y mediante el desarrollo de las virtudes que caracterizan al cristiano”24. Esto exige en los educadores católicos la maduración de una sensibilidad particular respecto de la persona que hay que educar, para saber captar, además de las exigencias de crecimiento en conocimientos y competencias, también la necesidad de crecimiento en humanidad. Ello requiere del educador la dedicación “al otro con atenciones que brotan del corazón, para que el otro experimente su riqueza de humanidad”25.

25. Por esto, los educadores católicos “necesitan también y sobre todo una "formación del corazón": se les ha de guiar hacia ese encuentro con Dios en Cristo, que suscite en ellos el amor y abra su espíritu al otro, de modo que, para ellos, el amor al prójimo ya no sea un mandamiento por así decir impuesto desde fuera, sino una consecuencia que se desprende de su fe, la cual actúa por la caridad (Cf. Ga 5, 6)”26. En efecto, también "la preocupación por la instrucción es amor" (Sb 6, 17). Sólo así ellos podrán hacer que su enseñanza sea una escuela de fe, es decir, una transmisión del Evangelio, como se pide al proyecto educativo de la escuela católica.

Formación teológica y espiritual

26. La transmisión del mensaje cristiano a través de la enseñanza implica dominio en el conocimiento de las verdades de la fe y de los principios de la vida espiritual, lo cual requiere un continuo perfeccionamiento. Por eso, es necesario que los educadores de la escuela católica, consagrados y laicos, recorran un adecuado itinerario formativo teológico27. Ello ayuda a articular mejor la inteligencia de la fe con el compromiso profesional y el actuar cristiano. Además de la formación teológica, es necesario que los educadores cultiven también su formación espiritual, para hacer que crezca su relación con Jesucristo y se configuren con él, que es el Maestro. En este sentido, el camino formativo, tanto de los laicos como de los consagrados, debe integrarse en el camino de construcción de la propia persona buscando siempre una configuración con Cristo cada vez mayor (Cf. Rm 8, 29) y de la comunidad educativa en torno a Cristo Maestro. Por otra parte, la escuela católica es consciente de que la comunidad que ella constituye debe alimentarse y confrontarse continuamente con las fuentes de donde deriva su razón de ser: la palabra salvadora de Dios en la sagrada Escritura y la Tradición, sobre todo litúrgica y sacramental, iluminadas por el Magisterio de la Iglesia28.

La aportación de los consagrados a la formación compartida

27. Las personas consagradas, por la profesión de los consejos evangélicos, manifiestan vivir para Dios y de Dios. De esta forma se convierten en testimonios concretos del amor trinitario, para que los hombres puedan sentir el atractivo de la belleza divina. Por tanto, la primera y original contribución a la misión compartida es la radicalidad evangélica de la vida de las personas consagradas. Por razón de su camino vocacional, poseen una preparación teológico-espiritual que, basada en el misterio de Cristo, que vive en la Iglesia, necesita progresar incesantemente en sintonía con la Iglesia que camina en la historia hacia “la verdad plena” (Jn 16, 13). En esta misma dinámica exquisitamente eclesial, las personas consagradas son invitadas, también, a compartir los frutos de su formación con los laicos, sobre todo con aquellos que se sienten llamados “a vivir aspectos y momentos específicos de la espiritualidad y de la misión del instituto”29. De este modo, los institutos de vida consagrada y las sociedades de vida apostólica dedicados a la educación lograrán asegurar la apertura indispensable a la Iglesia y conservar vivo el espíritu de las fundadoras y los fundadores, renovando además un aspecto particularmente importante de la tradición de la escuela católica. En efecto, desde su origen, las fundadoras y los fundadores han puesto atención particular en la formación de los formadores y a ella han dedicado a menudo las mejores energías. Esa formación, hoy como ayer, no solamente debe mirar a consolidar las competencias profesionales, sino sobre todo a reforzar la dimensión vocacional de la profesión docente, favoreciendo la maduración de una mentalidad inspirada en los valores evangélicos, según los rasgos específicos de la misión del Instituto. Por tal motivo, “resultan muy provechosos aquellos programas de formación que comprenden cursos periódicos de estudio y reflexión orante sobre el fundador, el carisma y las Constituciones”30.

28. En muchos institutos religiosos, la misión educativa compartida con los laicos existe desde hace mucho tiempo, dado que nació con la misma comunidad religiosa presente en la escuela. El desarrollo de las “familias espirituales”, de los grupos de “laicos asociados” u otras formas quepermiten a los fieles laicos encontrar fecundidad espiritual y apostólica en el carisma original, se presenta como un elemento positivo y de gran esperanza para el futuro de la misión educativa católica.

29. Resulta superfluo observar que, desde la perspectiva de la Iglesia-comunión, estos programas de formación para compartir la misión y la vida con los laicos, a la luz del carisma propio, se deben pensar y actuar también donde las vocaciones a la vida consagrada son numerosas.

La aportación de los laicos a la formación compartida

30. Los laicos, a la vez que son invitados a profundizar su vocación como educadores de la escuela católica en comunión con los consagrados, también son llamados a ofrecer al itinerario formativo común la aportación original e insustituible de su propia identidad eclesial. Esto implica, ante todo, que descubran y vivan en su “vida laical (...) una vocación específica "admirable" dentro de la Iglesia31: la vocación a “buscar el reino de Dios tratando y ordenando según Dios los asuntos temporales”32. En cuanto educadores, están llamados a vivir “desde la fe su vocación secular en la estructura comunitaria de la escuela, con la mayor calidad profesional posible y con una proyección apostólica de esa fe en la formación integral del hombre”33.

31. Conviene subrayar que la contribución peculiar que los educadores laicos pueden aportar al camino formativo brota precisamente de su índole secular, que los hace particularmente capaces de captar “los signos de los tiempos”34. En efecto, viviendo su fe en las condiciones ordinarias de la familia y de la sociedad, pueden ayudar a toda la comunidad educativa a distinguir con más precisión los valores evangélicos y los contravalores que estos signos encierran.

32. Con la progresiva maduración de su vocación eclesial, los laicos son cada vez más conscientes de participar en la misión educativa de la Iglesia. Al mismo tiempo, son impulsados a desarrollar un papel activo también en la animación espiritual de la comunidad que construyen junto con los consagrados. “La comunión y la reciprocidad en la Iglesia no son nunca en sentido único”35. En efecto, si en otros tiempos han sido sobre todo los sacerdotes y los religiosos quienes han alimentado espiritualmente y dirigido a los laicos, hoy puede suceder que sean “los mismos fieles laicos [quienes] pueden y deben ayudar a los sacerdotes y religiosos en su camino espiritual y pastoral”36.

33. En el contexto de la formación, los fieles laicos y las personas consagradas, compartiendo la vida de oración y, en las formas oportunas, también de comunidad, podrán alimentar su propia reflexión, el sentido de la hermandad y de la dedicación generosa. En este camino formativo común catequético-teológico y espiritual podemos ver el rostro de una Iglesia que presenta el de Cristo, orando, escuchando, aprendiendo y enseñando en comunión fraterna.

Formación en el espíritu de comunión para educar

34. Por su misma naturaleza, la escuela católica exige la presencia y la vinculación de educadores no sólo cultural y espiritualmente formados, sino también intencionalmente orientados a crecer en su compromiso educativo comunitario en un auténtico espíritu de comunión eclesial.

35. Los educadores, también a través del itinerario formativo, deben construir sus relaciones, tanto en el ámbito profesional como en el personal y espiritual, según la lógica de la comunión. Esto implica que cada uno asuma actitudes de disponibilidad, de acogida y de profundo intercambio, de convivialidad y vida fraterna, dentro de la misma comunidad educativa. La parábola de los talentos (Mt 25, 14-30) puede ayudar a entender cómo cada uno está llamado a hacer fructificar sus dones personales y a acoger las riquezas de los demás en la misión educativa compartida.

36. Por otra parte, la misión compartida se enriquece con las diferencias de que son portadoras las personas consagradas y los laicos, cuando convergen en la unidad de expresiones de los diferentes carismas. Estos carismas no son más que los diferentes dones con los que el mismo Espíritu enriquece a la Iglesia y al mundo37. Por tanto, en la escuela católica “la reciprocidad de las vocaciones, evitando tanto la contraposición como la homologación, se sitúa como perspectiva de especial fecundidad para enriquecer el valor eclesial de la comunidad educativa. En esta, las diversas vocaciones (...) son caminos correlativos, diversos y recíprocos, que concurren a la plena realización del carisma de los carismas: la caridad”38.

37. La comunidad educativa de la escuela católica, articulada en la diversidad de personas y vocaciones, pero vivificada por el mismo espíritu de comunión, aspira a crear relaciones de comunión, por sí mismas educativas, cada vez más profundas. Y, precisamente así “expresa la variedad y la hermosura de las diversas vocaciones y la fecundidad, en el plano educativo y pedagógico, que ello aporta a la vida de la institución escolar”39.

Testimonio y cultura de la comunión

38. Esta fecundidad se expresa, ante todo, en el testimonio ofrecido por la comunidad educativa. Ciertamente, en la escuela la educación se realiza de modo completo mediante la enseñanza, que es el vehículo a través del cual se comunican ideas y convicciones. En este sentido, “la palabra es el camino real en la educación de la mente”40. Eso no quita que la educación se desarrolle también en otras situaciones de la vida escolar. Así los maestros, como toda persona que vive y trabaja en un ámbito escolar, educan o pueden también deseducar con su comportamiento verbal y no verbal. “En la obra educativa, y especialmente en la educación en la fe, que es la cumbre de la formación de la persona y su horizonte más adecuado, es central en concretola figura del testigo”41. “Hoy más que nunca esto exige que el testimonio, alimentado por la oración, sea el medio principal de toda escuela católica. Los maestros, en cuanto testigos, deben dar razón de la esperanza que alimenta su vida (Cf. 1 P 3, 15), viviendo la verdad que proponen a sus alumnos, siempre en referencia a Aquel con quien se han encontrado y cuya gran bondad han experimentado con alegría (Cf. Discurso a la Asamblea eclesial de la diócesis de Roma, 6 de junio de 2005, p. 4). Y así, con san Agustín, dicen: "Tanto nosotros, que hablamos, como vosotros, que escucháis, somos discípulos y seguidores de un solo Maestro" (Sermón 23, 2)”42. Por tanto, en la comunidad educativa el estilo de vida tiene un gran influjo, sobre todo si las personas consagradas y los laicos obran conjuntamente, compartiendo plenamente el compromiso de construir, en la escuela, “un ambiente comunitario escolástico, animado por el espíritu evangélico de libertad y de caridad”43. Ello exige que cada uno aporte el don específico de su propia vocación, para construir una familia animada por la caridad y el espíritu de las bienaventuranzas.

39. Dando testimonio de comunión, la comunidad educativa católica es capaz de formar en la comunión, la cual, como don que viene de lo alto, anima el proyecto de formación para la convivencia y la acogida. No sólo cultiva en los alumnos los valores culturales propios de la visión cristiana de la realidad, sino que también implica a cada uno de ellos en la vida de la comunidad, donde los valores se transmiten mediante relaciones interpersonales auténticas entre los distintos miembros que la componen y mediante la adhesión individual y comunitaria a dichos valores. De este modo, la vida de comunión de la comunidad educativa asume el valor de principio educativo, de paradigma que orienta su acción formativa como servicio para la realización de una cultura de la comunión. Por tanto, la comunidad escolar católica, a través de los instrumentos de la enseñanza y el aprendizaje, “no transmite (...) la cultura como medio de poder y de dominio, sino como un medio de comunión y de escucha de la voz de los hombres, de los acontecimientos y de las cosas”44. Este principio informa toda actividad escolar, la didáctica y también todas aquellas actividades extra-escolares como el deporte, el teatro y el empeño en lo social, que favorecen la aportación creativa de los alumnos y su socialización.

Comunidad educativa y pastoral vocacional

40. La misión compartida vivida por una comunidad educativa de laicos y consagrados, con una viva conciencia vocacional, hace de la escuela católica un lugar pedagógico favorable a la pastoral vocacional. En efecto, por su misma composición, la comunidad educativa de la escuela católica resalta la diversidad y complementariedad de las vocaciones en la Iglesia45, de la cual también ella es expresión. En este sentido, la dinámica comunitaria de la experiencia formativa se convierte en el horizonte dentro del cual el educando puede experimentar qué significa ser miembro de la comunidad más amplia, que es la Iglesia. Hacer experiencia de la Iglesia significa encontrarse personalmente con Cristo que vive en ella. Además, “sólo si hace una experiencia personal de Cristo, el joven puede comprender en verdad su voluntad y, por lo tanto, su vocación”46. En esta línea, la escuela católica se siente impulsada a guiar a los alumnos hacia el conocimiento de sí mismos, de sus propias aptitudes y de sus propios recursos interiores, para educarlos a emplear la vida con sentido de responsabilidad, como respuesta cotidiana a la llamada de Dios. Obrando así, la escuela católica acompaña a los alumnos a opciones de vida conscientes: a seguir la vocación al sacerdocio o a una vida de especial consagración, o bien a realizar la propia vocación cristiana en la vida familiar, profesional y social.

41. En efecto, el diálogo cotidiano y la confrontación con educadores, laicos y consagrados, que dan un testimonio gozoso de su propia llamada, orientará con más facilidad al joven en formación a considerar la vida misma como una vocación, como un camino para vivir juntos, captando los signos a través de los cuales Dios conduce a la plenitud de la existencia. Análogamente, le hará comprender cuán necesario es saber escuchar, interiorizar los valores, aprender a asumir compromisos y realizar opciones de vida.

42. De tal manera, la experiencia formativa de la escuela católica constituye un formidable muro de contención contra el influjo de una mentalidad generalizada que induce, sobre todo a los más jóvenes, a “considerar la propia vida y a sí mismo como un conjunto de sensaciones que hay que experimentar más bien que como una obra a realizar”47. Y, al mismo tiempo, contribuye a “formar personalidades fuertes, capaces de resistir al relativismo debilitante y a vivir coherentemente las exigencias del propio bautismo”48.

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