PRIMERA
PARTE
LUCES
Y SOMBRAS DE LA FAMILIA
EN LA ACTUALIDAD
Necesidad
de conocer la situación
4.
Dado que los designios de Dios sobre el matrimonio y la familia afectan
al hombre y a la mujer en su concreta existencia cotidiana, en determinadas
situaciones sociales y culturales, la Iglesia, para cumplir su servicio,
debe esforzarse por conocer el contexto dentro del cual matrimonio y
familia se realizan hoy.(8)
Este
conocimiento constituye consiguientemente una exigencia imprescindible
de la tarea evangelizadora. En efecto, es a las familias de nuestro
tiempo a las que la Iglesia debe llevar el inmutable y siempre nuevo
Evangelio de Jesucristo; y son a su vez las familias, implicadas en
las presentes condiciones del mundo, las que están llamadas a acoger
y a vivir el proyecto de Dios sobre ellas. Es más, las exigencias y
llamadas del Espíritu Santo resuenan también en los acontecimientos
mismos de la historia, y por tanto la Iglesia puede ser guiada a una
comprensión más profunda del inagotable misterio del matrimonio y de
la familia, incluso por las situaciones, interrogantes, ansias y esperanzas
de los jóvenes, de los esposos y de los padres de hoy.(9)
A
esto hay que añadir una ulterior reflexión de especial importancia en
los tiempos actuales. No raras veces al hombre y a la mujer de hoy día,
que están en búsqueda sincera y profunda de una respuesta a los problemas
cotidianos y graves de su vida matrimonial y familiar, se les ofrecen
perspectivas y propuestas seductoras, pero que en diversa medida comprometen
la verdad y la dignidad de la persona humana. Se trata de un ofrecimiento
sostenido con frecuencia por una potente y capilar organización de los
medios de comunicación social que ponen sutilmente en peligro la libertad
y la capacidad de juzgar con objetividad.
Muchos
son conscientes de este peligro que corre la persona humana y trabajan
en favor de la verdad. La Iglesia, con su discernimiento evangélico,
se une a ellos, poniendo a disposición su propio servicio a la verdad,
libertad y dignidad de todo hombre y mujer.
Discernimiento
evangélico
5.
El discernimiento hecho por la Iglesia se convierte en el ofrecimiento
de una orientación, a fin de que se salve y realice la verdad y la dignidad
plena del matrimonio y de la familia.
Tal
discernimiento se lleva a cabo con el sentido de la fe(10)
que es un don participado por el Espíritu Santo a todos los fieles.(11)
Es por tanto obra de toda la Iglesia, según la diversidad de los diferentes
dones y carismas que junto y según la responsabilidad propia de cada
uno, cooperan para un más hondo conocimiento y actuación de la Palabra
de Dios. La Iglesia, consiguientemente, no lleva a cabo el propio discernimiento
evangélico únicamente por medio de los Pastores, quienes enseñan en
nombre y con el poder de Cristo, sino también por medio de los seglares:
Cristo “los constituye sus testigos y les dota del sentido de la fe
y de la gracia de la palabra (cfr. Act 2, 17-18; Ap 19,
10) para que la virtud del evangelio brille en la vida diaria familiar
y social”.(12)
Más aún, los seglares por razón de su vocación particular tienen el
cometido específico de interpretar a la luz de Cristo la historia de
este mundo, en cuanto que están llamados a iluminar y ordenar todas
las realidades temporales según el designio de Dios Creador y Redentor.
El
“sentido sobrenatural de la fe”(13)
no consiste sin embargo única o necesariamente en el consentimiento
de los fieles. La Iglesia, siguiendo a Cristo, busca la verdad que no
siempre coincide con la opinión de la mayoría. Escucha a la conciencia
y no al poder, en lo cual defiende a los pobres y despreciados. La Iglesia
puede recurrir también a la investigación sociológica y estadística,
cuando se revele útil para captar el contexto histórico dentro del cual
la acción pastoral debe desarrollarse y para conocer mejor la verdad;
no obstante tal investigación por sí sola no debe considerarse, sin
más, expresión del sentido de la fe.
Dado
que es cometido del ministerio apostólico asegurar la permanencia de
la Iglesia en la verdad de Cristo e introducirla en ella cada vez más
profundamente, los Pastores deben promover el sentido de la fe en todos
los fieles, valorar y juzgar con autoridad la genuidad de sus expresiones,
educar a los creyentes para un discernimiento evangélico cada vez más
maduro.(14)
Para
hacer un auténtico discernimiento evangélico en las diversas situaciones
y culturas en que el hombre y la mujer viven su matrimonio y su vida
familiar, los esposos y padres cristianos pueden y deben ofrecer su
propia e insustituible contribución. A este cometido les habilita su
carisma y don propio, el don del sacramento del matrimonio.(15)
Situación
de la familia en el mundo de hoy
6.
La situación en que se halla la familia presenta aspectos positivos
y aspectos negativos: signo, los unos, de la salvación de Cristo operante
en el mundo; signo, los otros, del rechazo que el hombre opone al amor
de Dios.
En
efecto, por una parte existe una conciencia más viva de la libertad
personal y una mayor atención a la calidad de las relaciones interpersonales
en el matrimonio, a la promoción de la dignidad de la mujer, a la procreación
responsable, a la educación de los hijos; se tiene además conciencia
de la necesidad de desarrollar relaciones entre las familias, en orden
a una ayuda recíproca espiritual y material, al conocimiento de la misión
eclesial propia de la familia, a su responsabilidad en la construcción
de una sociedad más justa. Por otra parte no faltan, sin embargo, signos
de preocupante degradación de algunos valores fundamentales: una equivocada
concepción teórica y práctica de la independencia de los cónyuges entre
sí; las graves ambigüedades acerca de la relación de autoridad entre
padres e hijos; las dificultades concretas que con frecuencia experimenta
la familia en la transmisión de los valores; el número cada vez mayor
de divorcios, la plaga del aborto, el recurso cada vez más frecuente
a la esterilización, la instauración de una verdadera y propia mentalidad
anticoncepcional.
En
la base de estos fenómenos negativos está muchas veces una corrupción
de la idea y de la experiencia de la libertad, concebida no como la
capacidad de realizar la verdad del proyecto de Dios sobre el matrimonio
y la familia, sino como una fuerza autónoma de autoafirmación, no raramente
contra los demás, en orden al propio bienestar egoísta.
Merece
también nuestra atención el hecho de que en los países del llamado Tercer
Mundo a las familias les faltan muchas veces bien sea los medios fundamentales
para la supervivencia como son el alimento, el trabajo, la vivienda,
las medicinas, bien sea las libertades más elementales. En cambio, en
los países más ricos, el excesivo bienestar y la mentalidad consumística,
paradójicamente unida a una cierta angustia e incertidumbre ante el
futuro, quitan a los esposos la generosidad y la valentía para suscitar
nuevas vidas humanas; y así la vida en muchas ocasiones no se ve ya
como una bendición, sino como un peligro del que hay que defenderse.
La
situación histórica en que vive la familia se presenta pues como un
conjunto de luces y sombras.
Esto
revela que la historia no es simplemente un progreso necesario hacia
lo mejor, sino más bien un acontecimiento de libertad, más aún, un combate
entre libertades que se oponen entre sí, es decir, según la conocida
expresión de san Agustín, un conflicto entre dos amores: el amor de
Dios llevado hasta el desprecio de sí, y el amor de sí mismo llevado
hasta el desprecio de Dios.(16)
Se
sigue de ahí que solamente la educación en el amor enraizado en la fe
puede conducir a adquirir la capacidad de interpretar los “signos de
los tiempos”, que son la expresión histórica de este doble amor.
Influjo
de la situación en la conciencia de los fieles
7.
Viviendo en un mundo así, bajo las presiones derivadas sobre todo de
los medios de comunicación social, los fieles no siempre han sabido
ni saben mantenerse inmunes del oscurecerse de los valores fundamentales
y colocarse como conciencia crítica de esta cultura familiar y como
sujetos activos de la construcción de un auténtico humanismo familiar.
Entre
los signos más preocupantes de este fenómeno, los Padres Sinodales han
señalado en particular la facilidad del divorcio y del recurso a una
nueva unión por parte de los mismos fieles; la aceptación del matrimonio
puramente civil, en contradicción con la vocación de los bautizados
a “desposarse en el Señor”; la celebración del matrimonio sacramento
no movidos por una fe viva, sino por otros motivos; el rechazo de las
normas morales que guían y promueven el ejercicio humano y cristiano
de la sexualidad dentro del matrimonio.
Nuestra
época tiene necesidad de sabiduría
8.
Se plantea así a toda la Iglesia el deber de una reflexión y de un compromiso
profundos, para que la nueva cultura que está emergiendo sea íntimamente
evangelizada, se reconozcan los verdaderos valores, se defiendan los
derechos del hombre y de la mujer y se promueva la justicia en las estructuras
mismas de la sociedad. De este modo el “nuevo humanismo” no apartará
a los hombres de su relación con Dios, sino que los conducirá a ella
de manera más plena.
En
la construcción de tal humanismo, la ciencia y sus aplicaciones técnicas
ofrecen nuevas e inmensas posibilidades. Sin embargo, la ciencia, como
consecuencia de las opciones políticas que deciden su dirección
de investigación y sus aplicaciones, se usa a menudo contra su significado
original, la promoción de la persona humana. Se hace pues necesario
recuperar por parte de todos la conciencia de la primacía de los valores
morales, que son los valores de la persona humana en cuanto tal. Volver
a comprender el sentido último de la vida y de sus valores fundamentales
es el gran e importante cometido que se impone hoy día para la renovación
de la sociedad. Sólo la conciencia de la primacía de éstos permite un
uso de las inmensas posibilidades, puestas en manos del hombre por la
ciencia; un uso verdaderamente orientado como fin a la promoción de
la persona humana en toda su verdad, en su libertad y dignidad. La ciencia
está llamada a ser aliada de la sabiduría.
Por
tanto se pueden aplicar también a los problemas de la familia las palabras
del Concilio Vaticano II: “Nuestra época, más que ninguna otra, tiene
necesidad de esta sabiduría para humanizar todos los nuevos descubrimientos
de la humanidad. El destino futuro del mundo corre peligro si no se
forman hombres más instruidos en esta sabiduría”.(17)
La
educación de la conciencia moral que hace a todo hombre capaz de juzgar
y de discernir los modos adecuados para realizarse según su verdad original,
se convierte así en una exigencia prioritaria e irrenunciable.
Es
la alianza con la Sabiduría divina la que debe ser más profundamente
reconstituida en la cultura actual. De tal Sabiduría todo hombre ha
sido hecho partícipe por el mismo gesto creador de Dios. Y es únicamente
en la fidelidad a esta alianza como las familias de hoy estarán en condiciones
de influir positivamente en la construcción de un mundo más justo y
fraterno.
Gradualidad
y conversión
9.
A la injusticia originada por el pecado —que ha penetrado profundamente
también en las estructuras del mundo de hoy— y que con frecuencia pone
obstáculos a la familia en la plena realización de sí misma y de sus
derechos fundamentales, debemos oponernos todos con una conversión de
la mente y del corazón, siguiendo a Cristo Crucificado en la renuncia
al propio egoísmo: semejante conversión no podrá dejar de ejercer una
influencia beneficiosa y renovadora incluso en las estructuras de la
sociedad.
Se
pide una conversión continua, permanente, que, aunque exija el alejamiento
interior de todo mal y la adhesión al bien en su plenitud, se actúa
sin embargo concretamente con pasos que conducen cada vez más lejos.
Se desarrolla así un proceso dinámico, que avanza gradualmente con la
progresiva integración de los dones de Dios y de las exigencias de su
amor definitivo y absoluto en toda la vida personal y social del hombre.
Por esto es necesario un camino pedagógico de crecimiento con el fin
de que los fieles, las familias y los pueblos, es más, la misma civilización,
partiendo de lo que han recibido ya del misterio de Cristo, sean conducidos
pacientemente más allá hasta llegar a un conocimiento más rico y a una
integración más plena de este misterio en su vida.
Inculturación
10.
Está en conformidad con la tradición constante de la Iglesia el aceptar
de las culturas de los pueblos, todo aquello que está en condiciones
de expresar mejor las inagotables riquezas de Cristo.(18)
Sólo con el concurso de todas las culturas, tales riquezas podrán manifestarse
cada vez más claramente y la Iglesia podrá caminar hacia un conocimiento
cada día más completo y profundo de la verdad, que le ha sido dada ya
enteramente por su Señor.
Teniendo
presente el doble principio de la compatibilidad con el Evangelio de
las varias culturas a asumir y de la comunión con la Iglesia Universal
se deberá proseguir en el estudio, en especial por parte de las Conferencias
Episcopales y de los Dicasterios competentes de la Curia Romana, y en
el empeño pastoral para que esta “inculturación” de la fe cristiana
se lleve a cabo cada vez más ampliamente, también en el ámbito del matrimonio
y de la familia.
Es
mediante la “inculturación” como se camina hacia la reconstitución plena
de la alianza con la Sabiduría de Dios que es Cristo mismo. La Iglesia
entera quedará enriquecida también por aquellas culturas que, aun privadas
de tecnología, abundan en sabiduría humana y están vivificadas por profundos
valores morales.
Para
que sea clara la meta y, consiguientemente, quede indicado con seguridad
el camino, el Sínodo justamente ha considerado a fondo en primer lugar
el proyecto original de Dios acerca del matrimonio y de la familia:
ha querido “volver al principio”, siguiendo las enseñanzas de Cristo.(19)