TERCERA
PARTE
MISIÓN
DE LA FAMILIA CRISTIANA
¡Familia,
sé lo que eres!
17.
En el designio de Dios Creador y Redentor la familia descubre no sólo
su “identidad”, lo que “es”, sino también su “misión”, lo que puede
y debe “hacer”. El cometido, que ella por vocación de Dios está llamada
a desempeñar en la historia, brota de su mismo ser y representa su desarrollo
dinámico y existencial. Toda familia descubre y encuentra en sí misma
la llamada imborrable, que define a la vez su dignidad y su responsabilidad:
familia, ¡”sé” lo que “eres”!
Remontarse
al “principio” del gesto creador de Dios es una necesidad para la familia,
si quiere conocerse y realizarse según la verdad interior no sólo de
su ser, sino también de su actuación histórica. Y dado que, según el
designio divino, está constituida como “íntima comunidad de vida y de
amor”,(44)
la familia tiene la misión de ser cada vez más lo que es, es decir,
comunidad de vida y amor, en una tensión que, al igual que para toda
realidad creada y redimida, hallará su cumplimiento en el Reino de Dios.
En una perspectiva que además llega a las raíces mismas de la realidad,
hay que decir que la esencia y el cometido de la familia son definidos
en última instancia por el amor. Por esto la familia recibe la misión
de custodiar, revelar y comunicar el amor, como reflejo vivo y participación
real del amor de Dios por la humanidad y del amor de Cristo Señor por
la Iglesia su esposa.
Todo
cometido particular de la familia es la expresión y la actuación concreta
de tal misión fundamental. Es necesario por tanto penetrar más a fondo
en la singular riqueza de la misión de la familia y sondear sus múltiples
y unitarios contenidos.
En
este sentido, partiendo del amor y en constante referencia a él, el
reciente Sínodo ha puesto de relieve cuatro cometidos generales de la
familia:
1)
formación de una comunidad de personas;
2) servicio a la vida;
3) participación en el desarrollo de la sociedad;
4) participación en la vida y misión de la Iglesia.
I
- FORMACIÓN DE UNA COMUNIDAD DE PERSONAS
El
amor, principio y fuerza de la comunión
18.
La familia, fundada y vivificada por el amor, es una comunidad de personas:
del hombre y de la mujer esposos, de los padres y de los hijos, de los
parientes. Su primer cometido es el de vivir fielmente la realidad de
la comunión con el empeño constante de desarrollar una auténtica comunidad
de personas.
El
principio interior, la fuerza permanente y la meta última de tal cometido
es el amor: así como sin el amor la familia no es una comunidad de personas,
así también sin el amor la familia no puede vivir, crecer y perfeccionarse
como comunidad de personas. Cuanto he escrito en la encíclica Redemptor
hominis encuentra su originalidad y aplicación privilegiada precisamente
en la familia en cuanto tal: “El hombre no puede vivir sin amor. Permanece
para sí mismo un ser incomprensible, su vida está privada de sentido,
si no le es revelado el amor, si no se encuentra con el amor, si no
lo experimenta y no lo hace propio, si no participa en él vivamente”.(45)
El
amor entre el hombre y la mujer en el matrimonio y, de forma derivada
y más amplia, el amor entre los miembros de la misma familia —entre
padres e hijos, entre hermanos y hermanas, entre parientes y familiares—
está animado e impulsado por un dinamismo interior e incesante que conduce
la familia a una comunión cada vez más profunda e intensa, fundamento
y alma de la comunidad conyugal y familiar.
Unidad
indivisible de la comunión conyugal
19.
La comunión primera es la que se instaura y se desarrolla entre los
cónyuges; en virtud del pacto de amor conyugal, el hombre y la mujer
“no son ya dos, sino una sola carne”(46)
y están llamados a crecer continuamente en su comunión a través de la
fidelidad cotidiana a la promesa matrimonial de la recíproca donación
total.
Esta
comunión conyugal hunde sus raíces en el complemento natural que existe
entre el hombre y la mujer y se alimenta mediante la voluntad personal
de los esposos de compartir todo su proyecto de vida, lo que tienen
y lo que son; por esto tal comunión es el fruto y el signo de una exigencia
profundamente humana. Pero, en Cristo Señor, Dios asume esta exigencia
humana, la confirma, la purifica y la eleva conduciéndola a perfección
con el sacramento del matrimonio: el Espíritu Santo infundido en la
celebración sacramental ofrece a los esposos cristianos el don de una
comunión nueva de amor, que es imagen viva y real de la singularísima
unidad que hace de la Iglesia el indivisible Cuerpo místico del Señor
Jesús.
El
don del Espíritu Santo es mandamiento de vida para los esposos cristianos
y al mismo tiempo impulso estimulante, a fin de que cada día progresen
hacia una unión cada vez más rica entre ellos, a todos los niveles —del
cuerpo, del carácter, del corazón, de la inteligencia y voluntad, del
alma(47)—,
revelando así a la Iglesia y al mundo la nueva comunión de amor, donada
por la gracia de Cristo.
Semejante
comunión queda radicalmente contradicha por la poligamia; ésta, en efecto,
niega directamente el designio de Dios tal como es revelado desde los
orígenes, porque es contraria a la igual dignidad personal del hombre
y de la mujer, que en el matrimonio se dan con un amor total y por lo
mismo único y exclusivo. Así lo dice el Concilio Vaticano II: “La unidad
matrimonial confirmada por el Señor aparece de modo claro incluso por
la igual dignidad personal del hombre y de la mujer, que debe ser reconocida
en el mutuo y pleno amor”.(48)
Una
comunión indisoluble
20.
La comunión conyugal se caracteriza no sólo por su unidad, sino también
por su indisolubilidad: “Esta unión íntima, en cuanto donación mutua
de dos personas, lo mismo que el bien de los hijos, exigen la plena
fidelidad de los cónyuges y reclaman su indisoluble unidad”.(49)
Es
deber fundamental de la Iglesia reafirmar con fuerza —como han hecho
los Padres del Sínodo— la doctrina de la indisolubilidad del matrimonio;
a cuantos, en nuestros días, consideran difícil o incluso imposible
vincularse a una persona por toda la vida y a cuantos son arrastrados
por una cultura que rechaza la indisolubilidad matrimonial y que se
mofa abiertamente del compromiso de los esposos a la fidelidad, es necesario
repetir el buen anuncio de la perennidad del amor conyugal que tiene
en Cristo su fundamento y su fuerza.(50)
Enraizada
en la donación personal y total de los cónyuges y exigida por el bien
de los hijos, la indisolubilidad del matrimonio halla su verdad última
en el designio que Dios ha manifestado en su Revelación: Él quiere y
da la indisolubilidad del matrimonio como fruto, signo y exigencia del
amor absolutamente fiel que Dios tiene al hombre y que el Señor Jesús
vive hacia su Iglesia.
Cristo
renueva el designio primitivo que el Creador ha inscrito en el corazón
del hombre y de la mujer, y en la celebración del sacramento del matrimonio
ofrece un “corazón nuevo”: de este modo los cónyuges no sólo pueden
superar la “dureza de corazón”,(51)
sino que también y principalmente pueden compartir el amor pleno y definitivo
de Cristo, nueva y eterna Alianza hecha carne. Así como el Señor Jesús
es el “testigo fiel”,(52)
es el “sí” de las promesas de Dios(53)
y consiguientemente la realización suprema de la fidelidad incondicional
con la que Dios ama a su pueblo, así también los cónyuges cristianos
están llamados a participar realmente en la indisolubilidad irrevocable,
que une a Cristo con la Iglesia su esposa, amada por Él hasta el fin.(54)
El
don del sacramento es al mismo tiempo vocación y mandamiento para los
esposos cristianos, para que permanezcan siempre fieles entre sí, por
encima de toda prueba y dificultad, en generosa obediencia a la santa
voluntad del Señor: “lo que Dios ha unido, no lo separe el hombre”.(55)
Dar
testimonio del inestimable valor de la indisolubilidad y fidelidad matrimonial
es uno de los deberes más preciosos y urgentes de las parejas cristianas
de nuestro tiempo. Por esto, junto con todos los Hermanos en el Episcopado
que han tomado parte en el Sínodo de los Obispos, alabo y aliento a
las numerosas parejas que, aun encontrando no leves dificultades, conservan
y desarrollan el bien de la indisolubilidad; cumplen así, de manera
útil y valiente, el cometido a ellas confiado de ser un “signo” en el
mundo —un signo pequeño y precioso, a veces expuesto a tentación, pero
siempre renovado— de la incansable fidelidad con que Dios y Jesucristo
aman a todos los hombres y a cada hombre. Pero es obligado también reconocer
el valor del testimonio de aquellos cónyuges que, aun habiendo sido
abandonados por el otro cónyuge, con la fuerza de la fe y de la esperanza
cristiana no han pasado a una nueva unión: también estos dan un auténtico
testimonio de fidelidad, de la que el mundo tiene hoy gran necesidad.
Por ello deben ser animados y ayudados por los pastores y por los fieles
de la Iglesia.
La
más amplia comunión de la familia
21.
La comunión conyugal constituye el fundamento sobre el cual se va edificando
la más amplia comunión de la familia, de los padres y de los hijos,
de los hermanos y de las hermanas entre sí, de los parientes y demás
familiares.
Esta
comunión radica en los vínculos naturales de la carne y de la sangre
y se desarrolla encontrando su perfeccionamiento propiamente humano
en el instaurarse y madurar de vínculos todavía más profundos y ricos
del espíritu: el amor que anima las relaciones interpersonales de los
diversos miembros de la familia, constituye la fuerza interior que plasma
y vivifica la comunión y la comunidad familiar.
La
familia cristiana está llamada además a hacer la experiencia de una
nueva y original comunión, que confirma y perfecciona la natural y humana.
En realidad la gracia de Cristo, “el Primogénito entre los hermanos”,(56)
es por su naturaleza y dinamismo interior una “gracia fraterna como
la llama santo Tomás de Aquino.(57)
El Espíritu Santo, infundido en la celebración de los sacramentos, es
la raíz viva y el alimento inagotable de la comunión sobrenatural que
acumuna y vincula a los creyentes con Cristo y entre sí en la unidad
de la Iglesia de Dios. Una revelación y actuación específica de la comunión
eclesial está constituida por la familia cristiana que también por esto
puede y debe decirse “Iglesia doméstica”.(58)
Todos
los miembros de la familia, cada uno según su propio don, tienen la
gracia y la responsabilidad de construir, día a día, la comunión de
las personas, haciendo de la familia una “escuela de humanidad más completa
y más rica”:(59)
es lo que sucede con el cuidado y el amor hacia los pequeños, los enfermos
y los ancianos; con el servicio recíproco de todos los días, compartiendo
los bienes, alegrías y sufrimientos.
Un
momento fundamental para construir tal comunión está constituido por
el intercambio educativo entre padres e hijos,(60)
en que cada uno da y recibe. Mediante el amor, el respeto, la obediencia
a los padres, los hijos aportan su específica e insustituible contribución
a la edificación de una familia auténticamente humana y cristiana.(61)
En esto se verán facilitados si los padres ejercen su autoridad irrenunciable
como un verdadero y propio “ministerio”, esto es, como un servicio ordenado
al bien humano y cristiano de los hijos, y ordenado en particular a
hacerles adquirir una libertad verdaderamente responsable, y también
si los padres mantienen viva la conciencia del “don” que continuamente
reciben de los hijos.
La
comunión familiar puede ser conservada y perfeccionada sólo con un gran
espíritu de sacrificio. Exige, en efecto, una pronta y generosa disponibilidad
de todos y cada uno a la comprensión, a la tolerancia, al perdón, a
la reconciliación. Ninguna familia ignora que el egoísmo, el desacuerdo,
las tensiones, los conflictos atacan con violencia y a veces hieren
mortalmente la propia comunión: de aquí las múltiples y variadas formas
de división en la vida familiar. Pero al mismo tiempo, cada familia
está llamada por el Dios de la paz a hacer la experiencia gozosa y renovadora
de la “reconciliación”, esto es, de la comunión reconstruida, de la
unidad nuevamente encontrada. En particular la participación en el sacramento
de la reconciliación y en el banquete del único Cuerpo de Cristo ofrece
a la familia cristiana la gracia y la responsabilidad de superar toda
división y caminar hacia la plena verdad de la comunión querida por
Dios, respondiendo así al vivísimo deseo del Señor: que todos “sean
una sola cosa”.(62)
Derechos
y obligaciones de la mujer
22.
La familia, en cuanto es y debe ser siempre comunión y comunidad de
personas, encuentra en el amor la fuente y el estímulo incesante para
acoger, respetar y promover a cada uno de sus miembros en la altísima
dignidad de personas, esto es, de imágenes vivientes de Dios. Como han
afirmado justamente los Padres Sinodales, el criterio moral de la autenticidad
de las relaciones conyugales y familiares consiste en la promoción de
la dignidad y vocación de cada una de las personas, las cuales logran
su plenitud mediante el don sincero de sí mismas.(63)
En
esta perspectiva, el Sínodo ha querido reservar una atención privilegiada
a la mujer, a sus derechos y deberes en la familia y en la sociedad.
En la misma perspectiva deben considerarse también el hombre como esposo
y padre, el niño y los ancianos.
De
la mujer hay que resaltar, ante todo, la igual dignidad y responsabilidad
respecto al hombre; tal igualdad encuentra una forma singular de realización
en la donación de uno mismo al otro y de ambos a los hijos, donación
propia del matrimonio y de la familia. Lo que la misma razón humana
intuye y reconoce, es revelado en plenitud por la Palabra de Dios; en
efecto, la historia de la salvación es un testimonio continuo y luminoso
de la dignidad de la mujer.
Creando
al hombre “varón y mujer”,(64)
Dios da la dignidad personal de igual modo al hombre y a la mujer, enriqueciéndolos
con los derechos inalienables y con las responsabilidades que son propias
de la persona humana. Dios manifiesta también de la forma más elevada
posible la dignidad de la mujer asumiendo Él mismo la carne humana de
María Virgen, que la Iglesia honra como Madre de Dios, llamándola la
nueva Eva y proponiéndola como modelo de la mujer redimida. El delicado
respeto de Jesús hacia las mujeres que llamó a su seguimiento y amistad,
su aparición la mañana de Pascua a una mujer antes que a los otros discípulos,
la misión confiada a las mujeres de llevar la buena nueva de la Resurrección
a los apóstoles, son signos que confirman la estima especial del Señor
Jesús hacia la mujer. Dirá el Apóstol Pablo: “Todos, pues, sois hijos
de Dios por la fe en Cristo Jesús. No hay ya judío o griego, no hay
siervo o libre, no hay varón o hembra, porque todos sois uno en Cristo
Jesús”.(65)
Mujer
y sociedad
23.
Sin entrar ahora a tratar de los diferentes aspectos del amplio y complejo
tema de las relaciones mujer-sociedad, sino limitándonos a algunos puntos
esenciales, no se puede dejar de observar cómo en el campo más específicamente
familiar una amplia y difundida tradición social y cultural ha querido
reservar a la mujer solamente la tarea de esposa y madre, sin abrirla
adecuadamente a las funciones públicas, reservadas en general al hombre.
No
hay duda de que la igual dignidad y responsabilidad del hombre y de
la mujer justifican plenamente el acceso de la mujer a las funciones
públicas. Por otra parte, la verdadera promoción de la mujer exige también
que sea claramente reconocido el valor de su función materna y familiar
respecto a las demás funciones públicas y a las otras profesiones. Por
otra parte, tales funciones y profesiones deben integrarse entre sí,
si se quiere que la evolución social y cultural sea verdadera y plenamente
humana.
Esto
resultará más fácil si, como ha deseado el Sínodo, una renovada “teología
del trabajo” ilumina y profundiza el significado del mismo en la vida
cristiana y determina el vínculo fundamental que existe entre el trabajo
y la familia, y por consiguiente el significado original e insustituible
del trabajo de la casa y la educación de los hijos.(66)
Por ello la Iglesia puede y debe ayudar a la sociedad actual, pidiendo
incansablemente que el trabajo de la mujer en casa sea reconocido por
todos y estimado por su valor insustituible. Esto tiene una importancia
especial en la acción educativa; en efecto, se elimina la raíz misma
de la posible discriminación entre los diversos trabajos y profesiones
cuando resulta claramente que todos y en todos los sectores se empeñan
con idéntico derecho e idéntica responsabilidad. Aparecerá así más espléndida
la imagen de Dios en el hombre y en la mujer.
Si
se debe reconocer también a las mujeres, como a los hombres, el derecho
de acceder a las diversas funciones públicas, la sociedad debe sin embargo
estructurarse de manera tal que las esposas y madres no sean de hecho
obligadas a trabajar fuera de casa y que sus familias puedan vivir
y prosperar dignamente, aunque ellas se dediquen totalmente a la propia
familia.
Se
debe superar además la mentalidad según la cual el honor de la mujer
deriva más del trabajo exterior que de la actividad familiar. Pero esto
exige que los hombres estimen y amen verdaderamente a la mujer con todo
el respeto de su dignidad personal, y que la sociedad cree y desarrolle
las condiciones adecuadas para el trabajo doméstico.
La
Iglesia, con el debido respeto por la diversa vocación del hombre y
de la mujer, debe promover en la medida de lo posible en su misma vida
su igualdad de derechos y de dignidad; y esto por el bien de todos,
de la familia, de la sociedad y de la Iglesia.
Es
evidente sin embargo que todo esto no significa para la mujer la renuncia
a su feminidad ni la imitación del carácter masculino, sino la plenitud
de la verdadera humanidad femenina tal como debe expresarse en su comportamiento,
tanto en familia como fuera de ella, sin descuidar por otra parte en
este campo la variedad de costumbres y culturas.
Ofensas
a la dignidad de la mujer
24.
Desgraciadamente el mensaje cristiano sobre la dignidad de la mujer
halla oposición en la persistente mentalidad que considera al ser humano
no como persona, sino como cosa, como objeto de compraventa, al servicio
del interés egoísta y del solo placer; la primera víctima de tal mentalidad
es la mujer.
Esta
mentalidad produce frutos muy amargos, como el desprecio del hombre
y de la mujer, la esclavitud, la opresión de los débiles, la pornografía,
la prostitución —tanto más cuando es organizada— y todas las diferentes
discriminaciones que se encuentran en el ámbito de la educación, de
la profesión, de la retribución del trabajo, etc.
Además,
todavía hoy, en gran parte de nuestra sociedad permanecen muchas formas
de discriminación humillante que afectan y ofenden gravemente algunos
grupos particulares de mujeres como, por ejemplo, las esposas que no
tienen hijos, las viudas, las separadas, las divorciadas, las madres
solteras.
Estas
y otras discriminaciones han sido deploradas con toda la fuerza posible
por los Padres Sinodales. Por lo tanto, pido que por parte de todos
se desarrolle una acción pastoral específica más enérgica e incisiva,
a fin de que estas situaciones sean vencidas definitivamente, de tal
modo que se alcance la plena estima de la imagen de Dios que se refleja
en todos los seres humanos sin excepción alguna.
El
hombre esposo y padre
25.
Dentro de la comunión-comunidad conyugal y familiar, el hombre está
llamado a vivir su don y su función de esposo y padre.
Él
ve en la esposa la realización del designio de Dios: “No es bueno que
el hombre esté solo. Voy a hacerle una ayuda adecuada”,(67)
y hace suya la exclamación de Adán, el primer esposo: “Esta vez sí que
es hueso de mis huesos y carne de mi carne”.(68)
El
auténtico amor conyugal supone y exige que el hombre tenga profundo
respeto por la igual dignidad de la mujer: “No eres su amo —escribe
san Ambrosio— sino su marido; no te ha sido dada como esclava, sino
como mujer... Devuélvele sus atenciones hacia ti y sé para con ella
agradecido por su amor”.(69)
El hombre debe vivir con la esposa “un tipo muy especial de amistad
personal”.(70)
El cristiano además está llamado a desarrollar una actitud de amor nuevo,
manifestando hacia la propia mujer la caridad delicada y fuerte que
Cristo tiene a la Iglesia.(71)
El
amor a la esposa madre y el amor a los hijos son para el hombre el camino
natural para la comprensión y la realización de su paternidad. Sobre
todo, donde las condiciones sociales y culturales inducen fácilmente
al padre a un cierto desinterés respecto de la familia o bien a una
presencia menor en la acción educativa, es necesario esforzarse para
que se recupere socialmente la convicción de que el puesto y la función
del padre en y por la familia son de una importancia única e insustituible.(72)
Como la experiencia enseña, la ausencia del padre provoca desequilibrios
psicológicos y morales, además de dificultades notables en las relaciones
familiares, como también, en circunstancias opuestas, la presencia opresiva
del padre, especialmente donde todavía rige el fenómeno del “machismo”,
o sea, la superioridad abusiva de las prerrogativas masculinas que humillan
a la mujer e inhiben el desarrollo de sanas relaciones familiares.
Revelando
y reviviendo en la tierra la misma paternidad de Dios,(73)
el hombre está llamado a garantizar el desarrollo unitario de todos
los miembros de la familia. Realizará esta tarea mediante una generosa
responsabilidad por la vida concebida junto al corazón de la madre,
un compromiso educativo más solícito y compartido con la propia esposa,(74)
un trabajo que no disgregue nunca la familia, sino que la promueva en
su cohesión y estabilidad, un testimonio de vida cristiana adulta, que
introduzca más eficazmente a los hijos en la experiencia viva de Cristo
y de la Iglesia.
Derechos
del niño
26.
En la familia, comunidad de personas, debe reservarse una atención especialísima
al niño, desarrollando una profunda estima por su dignidad personal,
así como un gran respeto y un generoso servicio a sus derechos. Esto
vale respecto a todo niño, pero adquiere una urgencia singular cuando
el niño es pequeño y necesita de todo, está enfermo, delicado o es minusválido.
Procurando
y teniendo un cuidado tierno y profundo para cada niño que viene a este
mundo, la Iglesia cumple una misión fundamental. En efecto, está llamada
a revelar y a proponer en la historia el ejemplo y el mandato de Cristo,
que ha querido poner al niño en el centro del Reino de Dios: “Dejad
que los niños vengan a mí, ... que de ellos es el reino de los cielos”.(75)
Repito
nuevamente lo que dije en la Asamblea General de las Naciones Unidas,
el 2 de octubre de 1979: “Deseo ... expresar el gozo que para cada uno
de nosotros constituyen los niños, primavera de la vida, anticipo de
la historia futura de cada una de las patrias terrestres actuales. Ningún
país del mundo, ningún sistema político puede pensar en el propio futuro,
si no es a través de la imagen de estas nuevas generaciones que tomarán
de sus padres el múltiple patrimonio de los valores, de los deberes
y de las aspiraciones de la nación a la que pertenecen, junto con el
de toda la familia humana. La solicitud por el niño, incluso antes de
su nacimiento, desde el primer momento de su concepción y, a continuación,
en los años de la infancia y de la juventud es la verificación primaria
y fundamental de la relación del hombre con el hombre. Y por eso, ¿qué
más se podría desear a cada nación y a toda la humanidad, a todos los
niños del mundo, sino un futuro mejor en el que el respeto de los Derechos
del Hombre llegue a ser una realidad plena en las dimensiones del 2000
que se acerca?”(76)
La
acogida, el amor, la estima, el servicio múltiple y unitario —material,
afectivo, educativo, espiritual— a cada niño que viene a este mundo,
deberá constituir siempre una nota distintiva e irrenunciable de los
cristianos, especialmente de las familias cristianas; así los niños,
a la vez que crecen “en sabiduría, en estatura y en gracia ante Dios
y ante los hombres”,(77)
serán una preciosa ayuda para la edificación de la comunidad familiar
y para la misma santificación de los padres.(78)
Los
ancianos en familia
27.
Hay culturas que manifiestan una singular veneración y un gran amor
por el anciano; lejos de ser apartado de la familia o de ser soportado
como un peso inútil, el anciano permanece inserido en la vida familiar,
sigue tomando parte activa y responsable —aun debiendo respetar la autonomía
de la nueva familia— y sobre todo desarrolla la preciosa misión de testigo
del pasado e inspirador de sabiduría para los jóvenes y para el futuro.
Otras
culturas, en cambio, especialmente como consecuencia de un desordenado
desarrollo industrial y urbanístico, han llevado y siguen llevando a
los ancianos a formas inaceptables de marginación, que son fuente a
la vez de agudos sufrimientos para ellos mismos y de empobrecimiento
espiritual para tantas familias.
Es
necesario que la acción pastoral de la Iglesia estimule a todos a descubrir
y a valorar los cometidos de los ancianos en la comunidad civil y eclesial,
y en particular en la familia. En realidad, “la vida de los ancianos
ayuda a clarificar la escala de valores humanos; hace ver la continuidad
de las generaciones y demuestra maravillosamente la interdependencia
del Pueblo de Dios. Los ancianos tienen además el carisma de romper
las barreras entre las generaciones antes de que se consoliden: ¡Cuántos
niños han hallado comprensión y amor en los ojos, palabras y caricias
de los ancianos! y ¡cuánta gente mayor no ha subscrito con agrado las
palabras inspiradas "la corona de los ancianos son los hijos de
sus hijos" (Prov 17, 6)!”(79)