II
- ESTRUCTURAS DE LA PASTORAL FAMILIAR
La
acción pastoral es siempre expresión dinámica de la realidad de la Iglesia,
comprometida en su misión de salvación. También la pastoral familiar
—forma particular y específica de la pastoral— tiene como principio
operativo suyo y como protagonista responsable a la misma Iglesia, a
través de sus estructuras y agentes.
La
comunidad eclesial y la parroquia en particular
70.
La Iglesia, comunidad al mismo tiempo salvada y salvadora, debe ser
considerada aquí en su doble dimensión universal y particular. Esta
se expresa y se realiza en la comunidad diocesana, dividida pastoralmente
en comunidades menores entre las que se distingue, por su peculiar importancia,
la parroquia.
La
comunión con la Iglesia universal no rebaja, sino que garantiza y promueve
la consistencia y la originalidad de las diversas Iglesias particulares;
éstas permanecen como el sujeto activo más inmediato y eficaz para la
actuación de la pastoral familiar. En este sentido cada Iglesia local
y, en concreto, cada comunidad parroquial debe tomar una conciencia
más viva de la gracia y de la responsabilidad que recibe del Señor,
en orden a la promoción de la pastoral familiar. Los planes de pastoral
orgánica, a cualquier nivel, no deben prescindir nunca de tomar en consideración
la pastoral de la familia.
A
la luz de esta responsabilidad hay que entender la importancia de una
adecuada preparación por parte de cuantos se comprometan específicamente
en este tipo de apostolado. Los sacerdotes, religiosos y religiosas,
desde la época de su formación, sean orientados y formados de manera
progresiva y adecuada para sus respectivas tareas. Entre otras iniciativas,
me es grato subrayar la reciente creación en Roma, en la Pontificia
Universidad Lateranense, de un Instituto Superior dedicado al estudio
de los problemas de la Familia. También en algunas diócesis se han fundado
Institutos de este tipo; los Obispos procuren que el mayor número posible
de sacerdotes, antes de asumir responsabilidades parroquiales, frecuenten
cursos especializados; en otros lugares se tienen periódicamente cursos
de formación en Institutos Superiores de estudios teológicos y pastorales.
Estas iniciativas sean alentadas, sostenidas, multiplicadas y estén
abiertas, naturalmente, también a los seglares, que con su labor profesional
(médica, legal, psicológica, social y educativa) prestan su labor en
ayuda a la familia.
La
familia
71.
Pero sobre todo hay que reconocer el puesto singular que, en este campo,
corresponde a lo esposos y a las familias cristianas, en virtud de la
gracia recibida en el sacramento. Su misión debe ponerse al servicio
de la edificación de la Iglesia y de la construcción del Reino de Dios
en la historia. Esto es una exigencia de obediencia dócil a Cristo Señor.
Él, en efecto, en virtud del matrimonio de los bautizados elevado a
sacramento confiere a los esposos cristianos una peculiar misión de
apóstoles, enviándolos como obreros a su viña, y, de manera especial,
a este campo de la familia.
En
esta actividad ellos actúan en comunión y colaboración con los restantes
miembros de la Iglesia, que también trabajan en favor de la familia,
poniendo a disposición sus dones y ministerios.
Este
apostolado se desarrollará sobre todo dentro de la propia familia, con
el testimonio de la vida vivida conforme a la ley divina en todos sus
aspectos, con la formación cristiana de los hijos, con la ayuda dada
para su maduración en la fe, con la educación en la castidad, con la
preparación a la vida, con la vigilancia para preservarles de los peligros
ideológicos y morales por los que a menudo se ven amenazados, con su
gradual y responsable inserción en la comunidad eclesial y civil, con
la asistencia y el consejo en la elección de la vocación, con la mutua
ayuda entre los miembros de la familia para el común crecimiento humano
y cristiano, etc. El apostolado de la familia, por otra parte, se irradiará
con obras de caridad espiritual y material hacia las demás familias,
especialmente a las más necesitadas de ayuda y apoyo, a los pobres,
los enfermos, los ancianos, los minusválidos, los huérfanos, las viudas,
los cónyuges abandonados, las madres solteras y aquellas que en situaciones
difíciles sienten la tentación de deshacerse del fruto de su seno, etc.
Asociaciones
de familias para las familias
72.
Sin salir del ámbito de la Iglesia, sujeto responsable de la pastoral
familiar, hay que recordar las diversas agrupaciones de fieles, en las
que se manifiesta y se vive de algún modo el misterio de la Iglesia
de Cristo. Por consiguiente, se han de reconocer y valorar —cada una
según las características, finalidades, incidencias y métodos propios—
las varias comunidades eclesiales, grupos y movimientos comprometidos
de distintas maneras, por títulos y a niveles diversos, en la pastoral
familiar.
Por
este motivo el Sínodo ha reconocido expresamente la aportación de tales
asociaciones de espiritualidad, de formación y de apostolado. Su cometido
será el de suscitar en los fieles un vivo sentido de solidaridad, favorecer
una conducta de vida inspirada en el Evangelio y en la fe de la Iglesia,
formar las conciencias según los valores cristianos y no según los criterios
de la opinión pública, estimular a obras de caridad recíproca y hacia
los demás con un espíritu de apertura, que hace de las familias cristianas
una verdadera fuente de luz y un sano fermento para las demás.
Igualmente
es deseable que, con un vivo sentido del bien común, las familias cristianas
se empeñen activamente, a todos los niveles, incluso en asociaciones
no eclesiales. Algunas de estas asociaciones se proponen la preservación,
la transmisión y tutela de los sanos valores éticos y culturales del
respectivo pueblo, el desarrollo de la persona humana, la protección
médica, jurídica y social de la maternidad y de la infancia, la justa
promoción de la mujer y la lucha frente a todo lo que va contra su dignidad,
el incremento de la mutua solidaridad, el conocimiento de los problemas
que tienen conexión con la regulación responsable de la fecundidad,
según los métodos naturales conformes con la dignidad humana y la doctrina
de la Iglesia. Otras miran a la construcción de un mundo más justo y
más humano, a la promoción de leyes justas que favorezcan el recto orden
social en el pleno respeto de la dignidad y de la legítima libertad
del individuo y de la familia, a nivel nacional e internacional, y a
la colaboración con la escuela y con las otras instituciones que completan
la educación de los hijos, etc.
III
- AGENTES DE LA PASTORAL FAMILIAR
Además
de la familia —objeto y sobre todo sujeto de la pastoral familiar— hay
que recordar también los otros agentes principales en este campo concreto.
Obispos
y presbíteros
73.
El primer responsable de la pastoral familiar en la diócesis es el obispo.
Como Padre y Pastor debe prestar particular solicitud a este sector,
sin duda prioritario, de la pastoral. A él debe dedicar interés, atención,
tiempo, personas, recursos; y sobre todo apoyo personal a las familias
y a cuantos, en las diversas estructuras diocesanas, le ayudan en la
pastoral de la familia. Procurará particularmente que la propia diócesis
sea cada vez más una verdadera “familia diocesana”, modelo y fuente
de esperanza para tantas familias que a ella pertenecen. La creación
del Pontificio Consejo para la Familia se ha de ver en este contexto;
es un signo de la importancia que yo atribuyo a la pastoral de la familia
en el mundo, para que al mismo tiempo sea un instrumento eficaz a fin
de ayudar a promoverla a todos los niveles.
Los
obispos se valen de modo particular de los presbíteros, cuya tarea —como
ha subrayado expresamente el Sínodo— constituye una parte esencial del
ministerio de la Iglesia hacia el matrimonio y la familia. Lo mismo
se diga de aquellos diáconos a los que eventualmente se confíe el cuidado
de este sector pastoral.
Su
responsabilidad se extiende no sólo a los problemas morales y litúrgicos,
sino también a los de carácter personal y social. Ellos deben sostener
a la familia en sus dificultades y sufrimientos, acercándose a sus miembros,
ayudándoles a ver su vida a la luz del Evangelio. No es superfluo anotar
que de esta misión, si se ejerce con el debido discernimiento y verdadero
espíritu apostólico, el ministro de la Iglesia saca nuevos estímulos
y energías espirituales aun para la propia vocación y para el ejercicio
mismo de su ministerio.
El
sacerdote o el diácono preparados adecuada y seriamente para este apostolado,
deben comportarse constantemente, con respecto a las familias, como
padre, hermano, pastor y maestro, ayudándolas con los recursos de la
gracia e iluminándolas con la luz de la verdad. Por lo tanto, su enseñanza
y sus consejos deben estar siempre en plena consonancia con el Magisterio
auténtico de la Iglesia de modo que ayude al pueblo de Dios a formarse
un recto sentido de la fe, que ha de aplicarse luego en la vida concreta.
Esta fidelidad al Magisterio permitirá también a los sacerdotes lograr
una perfecta unidad de criterios con el fin de evitar ansiedades de
conciencia en los fieles.
Pastores
y laicado participan dentro de la Iglesia en la misión profética de
Cristo: los laicos, testimoniando la fe con las palabras y con la vida
cristiana; los pastores, discerniendo en tal testimonio lo que es expresión
de fe genuina y lo que no concuerda con ella; la familia, como comunidad
cristiana, con su peculiar participación y testimonio de fe. Se abre
así un diálogo entre los pastores y las familias. Los teólogos y los
expertos en problemas familiares pueden ser de gran ayuda en este diálogo,
explicando exactamente el contenido del Magisterio de la Iglesia y el
de la experiencia de la vida de familia. De esta manera se comprenden
mejor las enseñanzas del Magisterio y se facilita el camino para su
progresivo desarrollo. No obstante, es bueno recordar que la norma próxima
y obligatoria en doctrina de fe —incluso en los problemas de la familia—
es competencia del Magisterio jerárquico. Relaciones claras entre los
teólogos, los expertos en problemas familiares y el Magisterio ayudan
no poco a la recta comprensión de la fe y a promover —dentro de los
límites de la misma— el legítimo pluralismo.
Religiosos
y religiosas
74.
La ayuda que los religiosos, religiosas y almas consagradas en general,
pueden dar al apostolado de la familia encuentra su primera, fundamental
y original expresión precisamente en su consagración a Dios: “De este
modo evocan ellos ante todos los fieles aquel maravilloso connubio,
fundado por Dios y que ha de revelarse plenamente en el siglo futuro,
por el que la Iglesia tiene por esposo único a Cristo”.(169)
Esa consagración los convierte en testigos de aquella caridad universal
que, por medio de la castidad abrazada por el Reino de los cielos, les
hace cada vez más disponibles para dedicarse generosamente al servicio
divino y a las obras de apostolado.
De
ahí deriva la posibilidad de que religiosos y religiosas, miembros de
Institutos seculares y de otros Institutos de perfección, individualmente
o asociados, desarrollen su servicio a las familias, con especial dedicación
a los niños, especialmente a los abandonados, no deseados, huérfanos,
pobres o minusválidos; visitando a las familias y preocupándose de los
enfermos; cultivando relaciones de respeto y de caridad con familias
incompletas, en dificultad o separadas; ofreciendo su propia colaboración
en la enseñanza y asesoramiento para la preparación de los jóvenes al
matrimonio, y en la ayuda que hay que dar a las parejas para una procreación
verdaderamente responsable; abriendo la propia casa a una hospitalidad
sencilla y cordial, para que las familias puedan encontrar el sentido
de Dios, el gusto por la oración y el recogimiento, el ejemplo concreto
de una vida vivida en caridad y alegría fraterna, como miembros de la
gran familia de Dios.
Quisiera
añadir una exhortación apremiante a los responsables de los Institutos
de vida consagrada, para que consideren —dentro del respeto sustancial
al propio carisma original— el apostolado dirigido a las familias como
una de las tareas prioritarias, requeridas más urgentemente por la situación
actual.
Laicos
especializados
75.
No poca ayuda pueden prestar a las familias los laicos especializados
(médicos, juristas, psicólogos, asistentes sociales, consejeros, etc.)
que, tanto individualmente como por medio de diversas asociaciones e
iniciativas, ofrecen su obra de iluminación, de consejo, de orientación
y apoyo. A ellos pueden aplicarse las exhortaciones que dirigí a la
Confederación de los Consultores familiares de inspiración cristiana:
“El vuestro es un compromiso que bien merece la calificación de misión,
por lo noble que son las finalidades que persigue, y determinantes para
el bien de la sociedad y de la misma comunidad cristiana los resultados
que derivan de ellas... Todo lo que consigáis hacer en apoyo de la familia
está destinado a tener una eficacia que, sobrepasando su ámbito, alcanza
también otras personas e incide sobre la sociedad. El futuro del mundo
y de la Iglesia pasa a través de la familia”.(170)
Destinatarios
y agentes de la comunicación social
76.
Una palabra aparte se ha de reservar a esta categoría tan importante
en la vida moderna. Es sabido que los instrumentos de comunicación social
“inciden a menudo profundamente, tanto bajo el aspecto afectivo e intelectual
como bajo el aspecto moral y religioso, en el ánimo de cuantos los usan”,
especialmente si son jóvenes.(171)
Tales medios pueden ejercer un influjo benéfico en la vida y las costumbres
de la familia y en la educación de los hijos, pero al mismo tiempo esconden
también “insidias y peligros no insignificantes”,(172)
y podrían convertirse en vehículo —a veces hábil y sistemáticamente
manipulado, como desgraciadamente acontece en diversos países del mundo—
de ideologías disgregadoras y de visiones deformadas de la vida, de
la familia, de la religión, de la moralidad y que no respetan la verdadera
dignidad y el destino del hombre.
Peligro
tanto más real, cuanto “el modo de vivir, especialmente en las naciones
más industrializadas, lleva muy a menudo a que las familias se descarguen
de sus responsabilidades educativas, encontrando en la facilidad de
evasión (representada en casa especialmente por la televisión y ciertas
publicaciones) el modo de tener ocupados tiempo y actividad de los niños
y muchachos”.(173)
De ahí “el deber ... de proteger especialmente a los niños y muchachos
de las "agresiones" que sufren también por parte de los mass-media”,
procurando que el uso de éstos en familia sea regulado cuidadosamente.
Con la misma diligencia la familia debería buscar para sus propios hijos
también otras diversiones más sanas, más útiles y formativas física,
moral y espiritualmente “para potenciar y valorizar el tiempo libre
de los adolescentes y orientar sus energías”.(174)
Puesto
que además los instrumentos de comunicación social —así como la escuela
y el ambiente— inciden a menudo de manera notable en la formación de
los hijos, los padres, en cuanto receptores, deben hacerse parte activa
en el uso moderado, crítico, vigilante y prudente de tales medios, calculando
el influjo que ejercen sobre los hijos; y deben dar una orientación
que permita “educar la conciencia de los hijos para emitir juicios serenos
y objetivos, que después la guíen en la elección y en el rechazo de
los programas propuestos”.(175)
Con
idéntico empeño los padres tratarán de influir en la elección y preparación
de los mismos programas, manteniéndose —con oportunas iniciativas— en
contacto con los responsables de las diversas fases de la producción
y de la transmisión, para asegurarse que no sean abusivamente olvidados
o expresamente conculcados aquellos valores humanos fundamentales que
forman parte del verdadero bien común de la sociedad, sino que, por
el contrario, se difundan programas aptos para presentar en su justa
luz los problemas de la familia y su adecuada solución. A este respecto,
mi predecesor Pablo VI escribía: “Los productores deben conocer y respetar
las exigencias de la familia, y esto requiere a veces, por parte de
ellos, una verdadera valentía, y siempre un alto sentido de responsabilidad.
Ellos, en efecto, están obligados a evitar todo lo que pueda dañar a
la familia en su existencia, en su estabilidad, en su equilibrio y en
su felicidad. Toda ofensa a los valores fundamentales de la familia
—se trate de erotismo o de violencia, de apología del divorcio o de
actitudes antisociales por parte de los jóvenes— es una ofensa al verdadero
bien del hombre”.(176)
Yo
mismo, en ocasión semejante, ponía de relieve que las familias “deben
poder contar en no pequeña medida con la buena voluntad, rectitud y
sentido de responsabilidad de los profesionales de los mass-media:
editores, escritores, productores, directores, dramaturgos, informadores,
comentaristas y actores”.(177)
Por consiguiente, es justo que también por parte de la Iglesia se siga
dedicando toda atención a estas categorías de personas, animando y sosteniendo
al mismo tiempo a aquellos católicos que se sienten llamados y tienen
cualidades para trabajar en estos delicados sectores.