II.
EL TRABAJO Y EL HOMBRE
4. En el libro del Génesis
La
Iglesia está convencida de que el trabajo constituye una dimensión fundamental
de la existencia del hombre en la tierra. Ella se confirma en esta convicción
considerando también todo el patrimonio de las diversas ciencias dedicadas
al estudio del hombre: la antropología, la paleontología, la historia,
la sociología, la sicología, etc.; todas parecen testimoniar de manera
irrefutable esta realidad. La Iglesia, sin embargo, saca esta convicción
sobre todo de la fuente de la Palabra de Dios revelada, y por ello lo
que es una convicción de la inteligencia adquiere
a la vez el carácter de una convicción
de fe. El motivo es que la Iglesia —vale la pena observarlo desde
ahora— cree en el hombre: ella piensa en el hombre y se dirige a él
no sólo a la luz de la experiencia histórica,
no sólo con la ayuda de los múltiples métodos del conocimiento científico,
sino ante todo a la luz de la palabra revelada del Dios vivo. Al hacer
referencia al hombre, ella trata de
expresar los designios eternos y los destinos
trascendentes que el Dios
vivo, Creador y Redentor, ha unido al hombre.
La
Iglesia halla ya en las primeras páginas del libro del Génesis
la fuente de su convicción según la cual el trabajo constituye una
dimensión fundamental de la existencia humana sobre la tierra. El análisis
de estos textos nos hace conscientes a cada uno del hecho de que en
ellos —a veces aun manifestando el pensamiento de una manera arcaica—
han sido expresadas las verdades fundamentales sobre el hombre, ya en
el contexto del misterio de la Creación. Estas son las verdades que
deciden acerca del hombre desde el principio y que, al mismo tiempo,
trazan las grandes líneas de su existencia en la tierra, tanto en el
estado de justicia original como también después de la ruptura, provocada
por el pecado, de la alianza original del Creador con lo creado, en
el hombre. Cuando éste, hecho “a imagen de Dios... varón y hembra”,9 siente las palabras: “Procread y multiplicaos, y henchid la tierra; sometedla”,10 aunque estas palabras no se refieren directa y
explícitamente al trabajo, indirectamente ya se lo indican sin duda
alguna como una actividad a desarrollar en el mundo. Más aún, demuestran
su misma esencia más profunda. El hombre es la imagen de Dios, entre
otros motivos por el mandato recibido de su Creador de someter y dominar
la tierra. En la realización de este mandato, el hombre, todo ser humano,
refleja la acción misma del Creador del universo.
El
trabajo entendido como una actividad “transitiva”, es decir,
de tal naturaleza que, empezando en el sujeto humano, está dirigida
hacia un objeto externo, supone un dominio específico del hombre sobre
la “tierra” y a la vez confirma y desarrolla este dominio. Está
claro que con el término “tierra”, del que habla el texto bíblico,
se debe entender ante todo la parte del universo visible en el que habita
el hombre; por extensión sin embargo, se puede entender todo el mundo
visible, dado que se encuentra en el radio de influencia del hombre
y de su búsqueda por satisfacer las propias necesidades. La expresión
“someter la tierra” tiene un amplio alcance. Indica todos los
recursos que la tierra (e indirectamente el mundo visible) encierra
en sí y que, mediante la actividad consciente del hombre, pueden ser
descubiertos y oportunamente usados. De esta manera, aquellas palabras,
puestas al principio de la Biblia, no
dejan de ser actuales. Abarcan todas las épocas pasadas de la civilización
y de la economía, así como toda la realidad contemporánea y las fases
futuras del desarrollo, las cuales, en alguna medida, quizás se están
delineando ya, aunque en gran parte permanecen todavía casi desconocidas
o escondidas para el hombre.
Si
a veces se habla de período de “aceleración” en la vida económica
y en la civilización de la humanidad o de las naciones, uniendo estas
“aceleraciones” al progreso de la ciencia y de la técnica, y
especialmente a los descubrimientos decisivos para la vida socio-económica,
se puede decir al mismo tiempo que ninguna de estas “aceleraciones”
supera el contenido esencial de lo indicado en ese antiquísimo texto
bíblico. Haciéndose —mediante su trabajo— cada vez más dueño de la tierra
y confirmando todavía —mediante el trabajo— su dominio sobre el mundo
visible, el hombre en cada caso y en cada fase de este proceso se coloca
en la línea del plan original del Creador; lo cual está necesaria e
indisolublemente unido al hecho de que el hombre ha sido creado, varón
y hembra, “a imagen de Dios”. Este proceso es, al mismo tiempo, universal:
abarca a todos los hombres, a cada generación, a cada fase del desarrollo
económico y cultural, y a la vez
es un proceso que se actúa en
cada hombre, en cada sujeto humano consciente. Todos y cada uno
están comprendidos en él con temporáneamente. Todos y cada uno, en una
justa medida y en un número incalculable de formas, toman parte en este
gigantesco proceso, mediante el cual el hombre “somete la tierra”
con su trabajo.
5. El trabajo en sentido objetivo: la técnica
Esta
universalidad y a la vez esta multiplicidad del proceso de “someter
la tierra” iluminan el trabajo del hombre, ya que el dominio del
hombre sobre la tierra se realiza en el trabajo y mediante el trabajo.
Emerge así el significado del trabajo en sentido objetivo, el cual
halla su expresión en las varias épocas de la cultura y de la civilización.
El hombre domina ya la tierra por el hecho de que domestica los animales,
los cría y de ellos saca el alimento y vestido necesarios, y por el
hecho de que puede extraer de la tierra y de los mares diversos recursos
naturales. Pero mucho más “somete la tierra”, cuando el hombre
empieza a cultivarla y posteriormente elabora sus productos, adaptándolos
a sus necesidades. La agricultura constituye así un campo primario de
la actividad económica y un factor indispensable de la producción por
medio del trabajo humano. La industria, a su vez, consistirá siempre
en conjugar las riquezas de la tierra —los recursos vivos de la naturaleza,
los productos de la agricultura, los recursos minerales o químicos—
y el trabajo del hombre, tanto el trabajo físico como el intelectual.
Lo cual puede aplicarse también en cierto sentido al campo de la llamada
industria de los servicios y al de la investigación, pura o aplicada.
Hoy,
en la industria y en la agricultura la actividad del hombre ha dejado
de ser, en muchos casos, un trabajo prevalentemente manual, ya que la
fatiga de las manos y de los músculos es ayudada por máquinas
y mecanismos cada vez más perfeccionados. No solamente en la industria,
sino también en la agricultura, somos testigos de las transformaciones
llevadas a cabo por el gradual y continuo desarrollo de la ciencia y
de la técnica. Lo cual, en su conjunto, se ha convertido históricamente
en una causa de profundas transformaciones de la civilización, desde
el origen de la “era industrial” hasta las sucesivas fases de
desarrollo gracias a las nuevas técnicas, como las de la electrónica
o de los microprocesadores de los últimos años.
Aunque
pueda parecer que en el proceso industrial “trabaja” la máquina mientras
el hombre solamente la vigila, haciendo posible y guiando de diversas
maneras su funcionamiento, es verdad también que precisamente por ello
el desarrollo industrial pone la base para plantear de manera nueva
el problema del trabajo humano. Tanto la primera industrialización,
que creó la llamada cuestión obrera, como los sucesivos cambios industriales
y postindustriales, demuestran de manera elocuente que, también en la
época del “trabajo” cada vez más mecanizado, el
sujeto propio del trabajo sigue siendo el hombre.
El
desarrollo de la industria y de los diversos sectores relacionados con
ella —hasta las más modernas tecnologías de la electrónica, especialmente
en el terreno de la miniaturización, de la informática, de la telemática
y otros— indica el papel de primerísima importancia que adquiere, en
la interacción entre el sujeto y objeto del trabajo (en el sentido más
amplio de esta palabra), precisamente esa aliada del trabajo, creada
por el cerebro humano, que es la técnica. Entendida aquí no como capacidad
o aptitud para el trabajo, sino como un conjunto de instrumentos de los que
el hombre se vale en su trabajo, la técnica es indudablemente una aliada
del hombre. Ella le facilita el trabajo, lo perfecciona, lo acelera
y lo multiplica. Ella fomenta el aumento de la cantidad de productos
del trabajo y perfecciona incluso la calidad de muchos de ellos. Es
un hecho, por otra parte, que a veces, la técnica puede transformarse
de aliada en adversaria del hombre, como cuando la mecanización del
trabajo “suplanta” al hombre, quitándole toda satisfacción personal
y el estímulo a la creatividad y responsabilidad; cuando quita el puesto
de trabajo a muchos trabajadores antes ocupados, o cuando mediante la
exaltación de la máquina reduce al hombre a ser su esclavo.
Si
las palabras bíblicas “someted la tierra”, dichas al hombre desde
el principio, son entendidas en el contexto de toda la época moderna,
industrial y postindustrial, indudablemente encierran ya en sí una relación con la técnica, con el mundo de mecanismos y máquinas
que es el fruto del trabajo del cerebro humano y la confirmación histórica
del dominio del hombre sobre la naturaleza.
La
época reciente de la historia de la humanidad, especialmente la de algunas
sociedades, conlleva una justa afirmación de la técnica como un coeficiente
fundamental del progreso económico; pero al mismo tiempo, con esta afirmación
han surgido y continúan surgiendo los interrogantes esenciales que se
refieren al trabajo humano en relación con el sujeto, que es precisamente
el hombre. Estos interrogantes encierran una carga particular de contenidos y tensiones de carácter ético y ético-social. Por ello
constituyen un desafío continuo para múltiples instituciones, para los
Estados y para los gobiernos, para los sistemas y las organizaciones
internacionales; constituyen también un desafío para la Iglesia.
6. El trabajo en sentido subjetivo: el hombre, sujeto
del trabajo
Para
continuar nuestro análisis del trabajo en relación con la palabras de
la Biblia, en virtud de las cuales el hombre ha de someter la tierra,
hemos de concentrar nuestra atención sobre
el trabajo en sentido subjetivo, mucho más de cuanto lo hemos hecho
hablando acerca del significado objetivo del trabajo, tocando apenas
esa vasta problemática que conocen perfecta y detalladamente los hombres
de estudio en los diversos campos y también los hombres mismos del trabajo
según sus especializaciones. Si las palabras del libro del Génesis,
a las que nos referimos en este análisis, hablan indirectamente del
trabajo en sentido objetivo, a la vez hablan también del sujeto del
trabajo; y lo que dicen es muy elocuente y está lleno de un gran significado.
El
hombre debe someter la tierra, debe dominarla, porque como “imagen
de Dios” es una persona, es decir, un ser subjetivo capaz de obrar
de manera programada y racional, capaz de decidir acerca de sí y que
tiende a realizarse a sí mismo. Como
persona, el hombre es pues sujeto del trabajo. Como persona él trabaja,
realiza varias acciones pertenecientes al proceso del trabajo; éstas,
independientemente de su contenido objetivo, han de servir todas ellas
a la realización de su humanidad, al perfeccionamiento de esa vocación
de persona, que tiene en virtud de su misma humanidad. Las principales
verdades sobre este tema han sido últimamente recordadas por el Concilio
Vaticano II en la Constitución Gaudium et Spes, sobre todo en el capítulo
I, dedicado a la vocación del hombre.
Así
ese “dominio” del que habla el texto bíblico que estamos analizando,
se refiere no sólo a la dimensión objetiva del trabajo, sino que nos
introduce contemporáneamente en la comprensión de su dimensión subjetiva.
El trabajo entendido como proceso mediante el cual el hombre y el género
humano someten la tierra, corresponde a este concepto fundamental de
la Biblia sólo cuando al mismo tiempo, en todo este proceso, el hombre
se manifiesta y confirma como el que “domina”. Ese dominio se
refiere en cierto sentido a la dimensión subjetiva más que a la objetiva:
esta dimensión condiciona la misma
esencia ética del trabajo. En efecto no hay duda de que el trabajo
humano tiene un valor ético, el cual está vinculado completa y directamente
al hecho de que quien lo lleva a cabo es una persona, un sujeto consciente
y libre, es decir, un sujeto que decide de sí mismo.
Esta
verdad, que constituye en cierto sentido el meollo fundamental y perenne
de la doctrina cristiana sobre el trabajo humano, ha tenido y sigue
teniendo un significado primordial en la formulación de los importantes
problemas sociales que han interesado épocas enteras.
La edad antigua introdujo entre los hombres una propia y típica
diferenciación en gremios, según el tipo de trabajo que realizaban.
El trabajo que exigía de parte del trabajador el uso de sus fuerzas
físicas, el trabajo de los músculos y manos, era considerado indigno
de hombres libres y por ello era ejecutado por los esclavos. El cristianismo,
ampliando algunos aspectos ya contenidos en el Antiguo Testamento, ha
llevado a cabo una fundamental transformación de conceptos, partiendo
de todo el contenido del mensaje evangélico y sobre todo del hecho de
que Aquel, que siendo Dios se hizo semejante a nosotros en todo,11 dedicó la mayor parte de los años de su vida terrena
al trabajo manual junto al
banco del carpintero. Esta circunstancia constituye por sí sola el más
elocuente “Evangelio del trabajo”, que manifiesta cómo el fundamento
para determinar el valor del trabajo humano no es en primer lugar el
tipo de trabajo que se realiza, sino el hecho de que quien lo ejecuta
es una persona. Las fuentes de la dignidad del trabajo deben buscarse
principalmente no en su dimensión objetiva, sino en su dimensión subjetiva.
En
esta concepción desaparece casi el fundamento mismo de la antigua división
de los hombres en clases sociales, según el tipo de trabajo que realizasen.
Esto no quiere decir que el trabajo humano, desde el punto de vista
objetivo, no pueda o no deba ser de algún modo valorizado y cualificado.
Quiere decir solamente que el primer fundamento del valor del trabajo
es el hombre mismo, su sujeto. A esto va unida inmediatamente una
consecuencia muy importante de naturaleza ética: es cierto que el hombre
está destinado y llamado al trabajo; pero, ante todo, el trabajo está
“en función del hombre” y no el hombre “en función del trabajo”.
Con esta conclusión se llega justamente a reconocer la preeminencia
del significado subjetivo del trabajo sobre el significado objetivo.
Dado este modo de entender, y suponiendo que algunos trabajos realizados
por los hombres puedan tener un valor objetivo más o menos grande, sin
embargo queremos poner en evidencia que cada uno de ellos se mide sobre
todo con el metro de la dignidad del sujeto mismo
del trabajo, o sea de la persona, del hombre que lo realiza. A su vez, independientemente del trabajo
que cada hombre realiza, y suponiendo que ello constituya una finalidad
—a veces muy exigente— de su obrar, esta finalidad no posee un significado
definitivo por sí mismo. De hecho, en fin de cuentas, la finalidad del trabajo, de cualquier trabajo realizado por el
hombre —aunque fuera el trabajo “más corriente”, más monótono en la
escala del modo común de valorar, e incluso el que más margina— permanece
siempre el hombre mismo.
7. Una amenaza al justo orden de los valores
Precisamente
estas afirmaciones básicas sobre el trabajo han surgido siempre de la
riqueza de la verdad cristiana, especialmente del mensaje mismo del
“Evangelio del trabajo”, creando el fundamento del nuevo modo
humano de pensar, de valorar y de actuar. En la época moderna, desde
el comienzo de la era industrial, la verdad cristiana sobre el trabajo
debía contraponerse a las diversas corrientes del pensamiento materialista
y “economicista”.
Para
algunos fautores de tales ideas, el trabajo se entendía y se trataba
como una especie de “mercancía”, que el trabajador —especialmente el
obrero de la industria— vende al empresario, que es a la vez poseedor
del capital, o sea del conjunto de los instrumentos de trabajo y de
los medios que hacen posible la producción. Este modo de entender el
trabajo se difundió, de modo particular, en la primera mitad del siglo
XIX. A continuación, las formulaciones explícitas de este tipo casi
han ido desapareciendo, cediendo a un modo más humano de pensar y valorar
el trabajo. La interacción entre el hombre del trabajo y el conjunto
de los instrumentos y de los medios de producción ha dado lugar al desarrollo
de diversas formas de capitalismo —paralelamente a diversas formas de
colectivismo— en las que se han insertado otros elementos socio-económicos
como consecuencia de nuevas circunstancias concretas, de la acción de
las asociaciones de los trabajadores y de los poderes públicos, así
como de la entrada en acción de grandes empresas transnacionales. A
pesar de todo, el peligro de considerar el trabajo como
una “mercancía sui generis”, o como una anónima “fuerza”
necesaria para la producción (se habla incluso de “fuerza-trabajo”),
existe siempre, especialmente cuando
toda la visual de la problemática económica esté caracterizada por las
premisas del economismo materialista.
Una
ocasión sistemática y, en cierto sentido, hasta un estímulo para este
modo de pensar y valorar está constituido por el acelerado proceso de
desarrollo de la civilización unilateralmente materialista, en la que
se da importancia primordial a la dimensión objetiva del trabajo, mientras
la subjetiva —todo lo que se refiere indirecta o directamente al mismo
sujeto del trabajo— permanece a un nivel secundario. En todos los casos
de este género, en cada situación social de este tipo se da una confusión,
e incluso una inversión del orden establecido desde el comienzo con
las palabras del libro del Génesis: el hombre es considerado como un instrumento
de producción,12 mientras él, —él solo, independientemente del trabajo
que realiza— debería ser tratado como sujeto eficiente y su verdadero
artífice y creador. Precisamente tal inversión de orden, prescindiendo
del programa y de la denominación según la cual se realiza, merecería
el nombre de “capitalismo” en el sentido indicado más adelante
con mayor amplitud. Se sabe que el capitalismo tiene su preciso significado
histórico como sistema, y sistema económico-social, en contraposición
al “socialismo” o “comunismo”. Pero, a la luz del análisis
de la realidad fundamental del entero proceso económico y, ante todo,
de la estructura de producción —como es precisamente el trabajo— conviene
reconocer que el error del capitalismo primitivo puede repetirse dondequiera
que el hombre sea tratado de alguna manera a la par de todo el complejo
de los medios materiales de producción, como un instrumento y no según
la verdadera dignidad de su trabajo, o sea como sujeto y autor, y, por
consiguiente, como verdadero fin de todo el proceso productivo.
Se
comprende así cómo el análisis del trabajo humano hecho a la luz de
aquellas palabras, que se refieren al “dominio” del hombre sobre
la tierra, penetra hasta el centro mismo de la problemática ético-social.
Esta concepción debería también encontrar un puesto
central en toda la esfera de la política social y económica, tanto
en el ámbito de cada uno de los países, como en el más amplio de las
relaciones internacionales e intercontinentales, con particular referencia
a las tensiones, que se delinean en el mundo no sólo en el eje Oriente-Occidente,
sino también en el del Norte-Sur. Tanto el Papa Juan XXIII en la Encíclica
Mater et Magistra como Pablo VI en la Populorum Progressio han dirigido una decidida atención a estas
dimensiones de la problemática ético-social contemporánea.
8. Solidaridad de los hombres del trabajo
Si
se trata del trabajo humano en la fundamental dimensión de su sujeto,
o sea del hombre-persona que ejecuta un determinado trabajo, se debe
bajo este punto de vista hacer por lo menos una sumaria valoración de
las transformaciones que, en los 90 años que nos separan de la Rerum
Novarum, han acaecido en relación con el aspecto subjetivo del trabajo.
De hecho aunque el sujeto del trabajo sea siempre el mismo, o sea el
hombre, sin embargo en el aspecto objetivo se verifican transformaciones
notables. Aunque se pueda decir que el
trabajo, a causa de su sujeto, es
uno (uno y cada vez irrepetible) sin embargo, considerando sus direcciones
objetivas, hay que constatar que
existen muchos trabajos: tantos trabajos distintos. El desarrollo
de la civilización humana conlleva en este campo un enriquecimiento
continuo. Al mismo tiempo, sin embargo, no se puede dejar de notar cómo
en el proceso de este desarrollo no sólo aparecen nuevas formas de trabajo,
sino que también otras desaparecen. Aun concediendo que en línea de
máxima sea esto un fenómeno normal, hay que ver todavía si no se infiltran
en él, y en qué manera, ciertas irregularidades, que por motivos ético-sociales
pueden ser peligrosas.
Precisamente,
a raíz de esta anomalía de gran alcance surgió
en el siglo pasado la llamada cuestión obrera, denominada a veces “cuestión
proletaria”. Tal cuestión —con los problemas anexos a ella— ha dado
origen a una justa reacción social, ha hecho surgir y casi irrumpir
un gran impulso de solidaridad entre los hombres del trabajo y, ante
todo, entre los trabajadores de la industria. La llamada a la solidaridad
y a la acción común, lanzada a los hombres del trabajo —sobre todo a
los del trabajo sectorial, monótono, despersonalizador en los complejos
industriales, cuando la máquina tiende a dominar sobre el hombre— tenía
un importante valor y su elocuencia desde el punto de vista de la ética
social. Era la reacción contra la degradación del hombre como sujeto
del trabajo, y contra la inaudita y concomitante explotación en
el campo de las ganancias, de las condiciones de trabajo y de previsión
hacia la persona del trabajador. Semejante reacción ha reunido al mundo
obrero en una comunidad caracterizada por una gran solidaridad.
Tras
las huellas de la Encíclica Rerum
Novarum y de muchos documentos sucesivos del Magisterio de la Iglesia
se debe reconocer francamente que fue justificada, desde
la óptica de la moral social, la reacción contra el sistema de injusticia
y de daño, que pedía venganza al cielo,13 y que pesaba sobre el hombre del trabajo en aquel
período de rápida industrialización. Esta situación estaba favorecida
por el sistema socio-político liberal que, según sus premisas de economismo,
reforzaba y aseguraba la iniciativa económica de los solos poseedores
del capital, y no se preocupaba suficientemente de los derechos del
hombre del trabajo, afirmando que el trabajo humano es solamente instrumento
de producción, y que el capital es el fundamento, el factor eficiente,
y el fin de la producción.
Desde
entonces la solidaridad de los hombres del trabajo, junto con una toma
de conciencia más neta y más comprometida sobre los derechos de los
trabajadores por parte de los demás, ha dado lugar en muchos casos a
cambios profundos. Se han ido buscando diversos sistemas nuevos. Se
han desarrollado diversas formas de neocapitalismo o de colectivismo.
Con frecuencia los hombres del trabajo pueden participar, y efectivamente
participan, en la gestión y en el control de la productividad de las
empresas. Por medio de asociaciones adecuadas, ellos influyen en las
condiciones de trabajo y de remuneración, así como en la legislación
social. Pero al mismo tiempo, sistemas ideológicos o de poder, así como
nuevas relaciones surgidas a distintos niveles de la convivencia humana,
han dejado perdurar injusticias
flagrantes o han provocado otras nuevas. A escala mundial, el desarrollo
de la civilización y de las comunicaciones ha hecho posible un diagnóstico
más completo de las condiciones de vida y del trabajo del hombre en
toda la tierra, y también ha manifestado otras formas de injusticia
mucho más vastas de las que, en el siglo pasado, fueron un estímulo
a la unión de los hombres del trabajo para una solidaridad particular
en el mundo obrero. Así ha ocurrido en los Países que han llevado ya
a cabo un cierto proceso de revolución industrial; y así también en
los Países donde el lugar primordial de trabajo sigue estando en el
cultivo de la tierra u otras ocupaciones similares.
Movimientos
de solidaridad en el campo del trabajo —de una solidaridad que no debe
ser cerrazón al diálogo y a la colaboración con los demás —pueden ser
necesarios incluso con relación a las condiciones de grupos sociales
que antes no estaban comprendidos en tales movimientos, pero que sufren,
en los sistemas sociales y en las condiciones de vida que cambian, una “proletarización” efectiva o, más aún, se encuentran ya realmente
en la condición de “proletariado”, la cual, aunque no es conocida
todavía con este nombre, lo merece de hecho. En esa condición pueden
encontrarse algunas categorías o grupos de la “inteligencia”
trabajadora, especialmente cuando junto con el acceso cada vez más amplio
a la instrucción, con el número cada vez más numeroso de personas, que
han conseguido un diploma por su preparación cultural, disminuye la
demanda de su trabajo. Tal desocupación
de los intelectuales tiene lugar o aumenta cuando la instrucción
accesible no está orientada hacia los tipos de empleo o de servicios
requeridos por las verdaderas necesidades de la sociedad, o cuando el
trabajo para el que se requiere la instrucción, al menos profesional,
es menos buscado o menos pagado que un trabajo manual. Es obvio que
la instrucción de por sí constituye siempre un valor y un enriquecimiento
importante de la persona humana; pero no obstante, algunos procesos
de “proletarización” siguen siendo posibles independientemente de este
hecho.
Por
eso, hay que seguir preguntándose sobre el sujeto
del trabajo y las condiciones en las que vive. Para realizar la
justicia social en las diversas partes del mundo, en los distintos Países,
y en las relaciones entre ellos, son siempre necesarios nuevos movimientos de solidaridad de los hombres del trabajo y de solidaridad con los hombres del trabajo.
Esta solidaridad debe estar siempre presente allí donde lo requiere
la degradación social del sujeto del trabajo, la explotación de los
trabajadores, y las crecientes zonas de miseria e incluso de hambre.
La Iglesia está vivamente comprometida en esta causa, porque la considera
como su misión, su servicio, como verificación de su fidelidad a Cristo,
para poder ser verdaderamente la “Iglesia de los pobres”. Y los
“pobres” se encuentran bajo diversas
formas; aparecen en diversos lugares y en diversos momentos; aparecen
en muchos casos come resultado
de la violación de la dignidad del trabajo humano: bien sea porque
se limitan las posibilidades del trabajo —es decir por la plaga del
desempleo—, bien porque se deprecian el trabajo y los derechos que fluyen
del mismo, especialmente el derecho al justo salario, a la seguridad
de la persona del trabajador y de su familia.
9. Trabajo - dignidad de la persona
Continuando
todavía en la perspectiva del hombre como sujeto del trabajo, nos conviene
tocar, al menos sintéticamente, algunos problemas que definen con mayor aproximación la dignidad del trabajo humano, ya
que permiten distinguir más plenamente su específico valor moral. Hay
que hacer esto, teniendo siempre presente la vocación bíblica a “dominar
la tierra”,14 en la que se ha expresado la voluntad del Creador,
para que el trabajo ofreciera al hombre la posibilidad de alcanzar el
“dominio” que le es propio en el mundo visible.
La
intención fundamental y primordial de Dios respecto del hombre, que
Él “creó... a su semejanza, a su imagen”,15 no ha sido revocada ni anulada ni siquiera cuando
el hombre, después de haber roto la alianza original con Dios, oyó las
palabras: “Con el sudor de tu rostro comerás el pan”,16 Estas palabras se refieren a la fatiga a veces pesada, que desde entonces
acompaña al trabajo humano; pero no cambian el hecho de que éste es
el camino por el que el hombre realiza
el “dominio”, que le es propio sobre el mundo visible “sometiendo”
la tierra. Esta fatiga es un hecho universalmente conocido, porque es
universalmente experimentado. Lo saben los hombres del trabajo manual,
realizado a veces en condiciones excepcionalmente pesadas. La saben
no sólo los agricultores, que consumen largas jornadas en cultivar la
tierra, la cual a veces “produce abrojos y espinas”,17 sino también los mineros en las minas o en las
canteras de piedra, los siderúrgicos junto a sus altos hornos, los hombres
que trabajan en obras de albañilería y en el sector de la construcción
con frecuente peligro de vida o de invalidez. Lo saben a su vez, los
hombres vinculados a la mesa de trabajo intelectual; lo saben los científicos;
lo saben los hombres sobre quienes pesa la gran responsabilidad de decisiones
destinadas a tener una vasta repercusión social. Lo saben los médicos
y los enfermeros, que velan día y noche junto a los enfermos. Lo saben
las mujeres, que a veces sin un adecuado reconocimiento por parte de
la sociedad y de sus mismos familiares, soportan cada día la fatiga
y la responsabilidad de la casa y de la educación de los hijos. Lo
saben todos los hombres del trabajo y, puesto que es verdad que
el trabajo es una vocación universal, lo saben todos los hombres.
No
obstante, con toda esta fatiga —y quizás, en un cierto sentido, debido
a ella— el trabajo es un bien del hombre. Si este bien comporta el signo
de un “bonum arduum”, según la terminología de Santo Tomás;18 esto no quita que, en cuanto tal, sea un bien del
hombre. Y es no sólo un bien “útil” o “para disfrutar”,
sino un bien “digno”, es decir, que corresponde a la dignidad
del hombre, un bien que expresa esta dignidad y la aumenta. Queriendo
precisar mejor el significado ético del trabajo, se debe tener presente
ante todo esta verdad. El trabajo es un bien del hombre —es un bien
de su humanidad—, porque mediante el trabajo el hombre no
sólo transforma la naturaleza adaptándola a las propias necesidades,
sino que se realiza a sí mismo como hombre, es
más, en un cierto sentido “se hace más hombre”.
Si
se prescinde de esta consideración no se puede comprender el significado
de la virtud de la laboriosidad y más en concreto no se puede comprender
por qué la laboriosidad debería ser una virtud: en efecto, la virtud,
como actitud moral, es aquello por lo que el hombre llega a ser bueno
como hombre.19 Este hecho no cambia para nada nuestra justa preocupación,
a fin de que en el trabajo, mediante el cual la materia es ennoblecida, el hombre mismo no sufra mengua en su propia dignidad.20 Es sabido además, que es posible usar de diversos
modos el trabajo contra el hombre,
que se puede castigar al hombre con el sistema de trabajos forzados
en los campos de concentración,
que se puede hacer del trabajo un medio de opresión del hombre,
que, en fin, se puede explotar de diversos modos el trabajo humano,
es decir, al hombre del trabajo. Todo esto da testimonio en favor de
la obligación moral de unir la laboriosidad como virtud con el orden social del trabajo, que permitirá
al hombre “hacerse más hombre” en el trabajo, y no degradarse
a causa del trabajo, perjudicando no sólo sus fuerzas físicas (lo cual,
al menos hasta un cierto punto, es inevitable), sino, sobre todo, menoscabando
su propia dignidad y subjetividad.
10. Trabajo y sociedad: familia, nación
Confirmada
de este modo la dimensión personal del trabajo humano, se debe luego
llegar al segundo ámbito de valores, que está necesariamente
unido a él. El trabajo es el fundamento sobre el que se forma la vida familiar, la cual es un derecho
natural y una vocación del hombre. Estos dos ámbitos de valores —uno
relacionado con el trabajo y otro consecuente con el carácter familiar
de la vida humana— deben unirse entre sí correctamente y correctamente
compenetrarse. El trabajo es, en un cierto sentido, una condición para
hacer posible la fundación de una familia, ya que ésta exige los medios
de subsistencia, que el hombre adquiere normalmente mediante el trabajo.
Trabajo y laboriosidad condicionan a su vez todo
el proceso de educación dentro de la familia, precisamente por la
razón de que cada uno “se hace hombre”, entre otras cosas, mediante
el trabajo, y ese hacerse hombre expresa precisamente el fin principal
de todo el proceso educativo. Evidentemente aquí entran en juego, en
un cierto sentido, dos significados del trabajo: el que consiente la
vida y manutención de la familia, y aquel por el cual se realizan los
fines de la familia misma, especialmente la educación. No obstante,
estos dos significados del trabajo están unidos entre sí y se complementan
en varios puntos.
En
conjunto se debe recordar y afirmar que la familia constituye uno de
los puntos de referencia más importantes, según los cuales debe formarse
el orden socio-ético del trabajo humano. La doctrina de la Iglesia ha
dedicado siempre una atención especial a este problema y en el presente
documento convendrá que volvamos sobre él. En efecto, la familia es,
al mismo tiempo, una comunidad hecha posible gracias al trabajo y la primera escuela interior de trabajo para todo
hombre.
El
tercer ámbito de valores que emerge en la presente perspectiva —en la
perspectiva del sujeto del trabajo— se refiere a esa gran
sociedad, a la que pertenece el hombre en base a particulares vínculos
culturales e históricos. Dicha sociedad— aun cuando no ha asumido todavía
la forma madura de una nación— es no sólo la gran “educadora”
de cada hombre, aunque indirecta (porque cada hombre asume en la familia
los contenidos y valores que componen, en su conjunto, la cultura de
una determinada nación), sino también una gran encarnación histórica
y social del trabajo de todas las generaciones. Todo esto hace que el
hombre concilie su más profunda identidad humana con la pertenencia
a la nación y entienda también su trabajo como incremento del bien común
elaborado juntamente con sus compatriotas, dándose así cuenta de que
por este camino el trabajo sirve para multiplicar el patrimonio de toda
la familia humana, de todos los hombres que viven en el mundo.
Estos
tres ámbitos conservan permanentemente su importancia
para el trabajo humano en su dimensión subjetiva. Y esta dimensión,
es decir la realidad concreta del hombre del trabajo, tiene precedencia
sobre la dimensión objetiva. En su dimensión subjetiva se realiza, ante
todo, aquel “dominio” sobre el mundo de la naturaleza, al que
el hombre está llamado desde el principio según las palabras del libro
del Génesis. Si el proceso mismo de “someter la tierra”, es decir,
el trabajo bajo el aspecto de la técnica, está marcado a lo largo de
la historia y, especialmente en los últimos siglos, por un desarrollo
inconmensurable de los medios de producción, entonces éste es un fenómeno
ventajoso y positivo, a condición de que la dimensión objetiva del trabajo
no prevalezca sobre la dimensión subjetiva, quitando al hombre o disminuyendo
su dignidad y sus derechos inalienables.