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INTRODUCCIÓN

«Fui hallado de quienes no me buscaban; me manifesté a quienes no preguntaban por mí» (Rm 10, 20)

1. La urgencia de una nueva evangelización

Al concluir la celebración de la Asamblea Especial del Sínodo de los Obispos para Medio Oriente, el Papa Benedicto XVI ha puesto claramente el tema de la nueva evangelización en el primer puesto en la agenda de nuestra Iglesia. «Se ha evocado muchas veces la urgente necesidad de una nueva evangelización también para Oriente Medio. Se trata de un tema muy extendido, sobre todo en los países de antigua cristianización. También la reciente creación del Consejo pontificio para la promoción de la nueva evangelización responde a esta profunda exigencia. Por eso, después de haber consultado al Episcopado de todo el mundo y después de haber escuchado al Consejo ordinario de la Secretaría General del Sínodo de los obispos, he decidido dedicar la próxima Asamblea General Ordinaria, en 2012, al siguiente tema: Nova evangelizatio ad christianam fidem tradendam, La nueva evangelización para la transmisión de la fe cristiana».1

Como él mismo lo recuerda, la decisión de dedicar esta Asamblea al tema de la nueva evangelización ha de leerse en el contexto de un plan unitario, que tiene como sus recientes etapas la creación de un dicasterio ad hoc2 y la publicación de la Exhortación Apostólica postsinodal Verbum Domini;3 un plan que está fundado en el empeño de una renovada acción evangelizadora, que ha animado el magisterio y el ministerio apostólico del Papa Pablo VI y del Papa Juan Pablo II. Desde el Concilio Vaticano II hasta el presente, la nueva evangelización ha sido siempre presentada, cada vez con más claridad, como el instrumento gracias al cual es posible enfrentar a los desafíos de un mundo en acelerada transformación, y como el camino para vivir el don de ser congregados por el Espíritu Santo para realizar la experiencia del Dios, que es para nosotros Padre, dando testimonio y proclamando a todos la Buena Noticia –el Evangelio– de Jesucristo.

2. El deber de evangelizar

La Iglesia, que anuncia y transmite la fe, imita el modo de actuar del mismo Dios, el cual se manifiesta a la humanidad ofreciendo el Hijo, vive en la comunión trinitaria, infunde el Espíritu Santo para comunicarse con la humanidad. Para que la evangelización sea eco de esta comunicación divina, la Iglesia debe dejarse plasmar por la acción del Espíritu y conformarse a Cristo crucificado, el cual revela al mundo el rostro del amor y de la comunión de Dios. De este modo descubre su vocación de Ecclesia mater que engendra hijos para el Señor, transmitiendo la fe, enseñando el amor que genera y nutre a los hijos.

En el corazón del anuncio está Jesucristo, en el cual se cree y del cual se da testimonio. Transmitir la fe significa esencialmente transmitir las Escrituras, principalmente el Evangelio, que permiten conocer a Jesús, el Señor.

Precisamente el Papa Pablo VI, lanzando nuevamente la prioridad de la evangelización, recordaba a todos los fieles: «No sería inútil que cada cristiano y cada evangelizador examinasen en profundidad, a través de la oración, este pensamiento: los hombres podrán salvarse por otros caminos, gracias a la misericordia de Dios, si nosotros no les anunciamos el Evangelio; pero ¿podremos nosotros salvarnos si por negligencia, por miedo, por vergüenza – lo que San Pablo llamaba avergonzarse del Evangelio –, o por ideas falsas omitimos anunciarlo?».4 La pregunta, con la cual concluye Evangelii nuntiandi, suena a nuestros oídos como una exégesis original del texto de san Pablo del cual partimos y nos ayuda a colocarnos inmediatamente en el corazón del tema, que en el presente texto deseamos afrontar: la absoluta centralidad de la tarea evangelizadora para la Iglesia de hoy. Verificar la experiencia vivida, nuestra actitud respecto a la evangelización, es útil a nivel funcional, para mejorar aspectos prácticos de nuestras actividades y nuestras estrategias de anuncio. Dicha verificación, más profundamente, es el camino para interrogarnos hoy sobre la calidad de nuestra fe, sobre nuestro modo de sentirnos y ser cristianos, discípulos de Jesucristo invitados a anunciarlo al mundo, a ser testigos que, imbuidos del Espíritu Santo (cf. Lc 24, 49 s; Hch 1, 8), están llamados a convertir a los hombres de todas las naciones en discípulos(cf. Mt 28, 19 s).

La palabra de los discípulos de Emaús (cf. Lc 24, 13-35) es emblemática sobre la posibilidad de un anuncio frustrado de Cristo, en cuanto incapaz de transmitir vida. Los dos de Emaús anuncian un muerto (cf. Lc 24, 21-24), comentan la propia frustración y la pérdida de esperanza. Ellos hablan de la posibilidad, para la Iglesia de todos los tiempos, de un anuncio que no da vida, pero que tiene encerrados en la muerte el Cristo anunciado, los anunciadores y los destinatarios del anuncio. La pregunta acerca de la transmisión de la fe, que no es una empresa individualista y solitaria, sino más bien un evento comunitario, eclesial, no debe orientar las respuestas en el sentido de la búsqueda de estrategias comunicativas eficaces y ni siquiera debe centrar la atención analíticamente en los destinatarios, por ejemplo los jóvenes, sino que debe ser formulada como una pregunta que se refiere al sujeto encargado de esta operación espiritual. Debe transformarse en una pregunta de la Iglesia sobre sí misma. Esto permite encuadrar el problema de manera no extrínseca, sino correctamente, porque cuestiona a toda la Iglesia en su ser y en su vivir. Tal vez así se pueda comprender también que el problema de la infecundidad de la evangelización hoy, de la catequesis en los tiempos modernos, es un problema eclesiológico, que se refiere a la capacidad o a la incapacidad de la Iglesia de configurarse como real comunidad, como verdadera fraternidad, como un cuerpo y no como una máquina o una empresa.

«La Iglesia peregrinante es misionera por su naturaleza».5 Esta afirmación del Concilio Vaticano II reasume en modo simple y completo la Tradición eclesial: La Iglesia es misionera porque se origina en la misión de Jesucristo y en la misión del Espíritu Santo, según el designio de Dios Padre.6 Además, la Iglesia es misionera porque asume como protagonista este origen, haciéndose anunciadora y testigo de esta Revelación de Dios y congregando el pueblo de Dios disperso, para que se pueda cumplir aquella profecía del profeta Isaías que los Padres de la Iglesia han leído como dirigida a ella: «Ensancha el espacio de tu tienda, las cortinas extiende, no te detengas; alarga tus sogas, tus clavijas asegura; porque a derecha e izquierda te expandirás, tu prole heredará naciones y ciudades desoladas poblará» (Is 54, 2-3).7

Las afirmaciones del apóstol Pablo «predicar el Evangelio no es para mí ningún motivo de gloria; es más bien un deber que me incumbe. ¡Ay de mí si no predico el Evangelio!» (1 Co 9, 16) se pueden así aplicar y entender en relación a la Iglesia en su conjunto. Como nos recuerda el Papa Pablo VI: «la tarea de la evangelización de todos los hombres constituye la misión esencial de la Iglesia... Evangelizar constituye, en efecto, la dicha y vocación propia de la Iglesia, su identidad más profunda. Ella existe para evangelizar».8

En esta doble dinámica, misionera y evangelizadora, la Iglesia no reviste solo el papel del actor, de sujeto de la proclamación, sino también el rol reflexivo de la escucha y del discipulado. En cuanto evangelizadora, la Iglesia comienza con evangelizarse a sí misma.9 La Iglesia sabe que ella es el fruto visible de esa ininterrumpida obra de evangelización que el Espíritu guía a través de la historia, para que el pueblo de los redimidos dé testimonio de la memoria viviente del Dios de Jesucristo. Hoy podemos sostener con mayor convicción todavía esta certeza que es nuestra, porque venimos de una historia que nos ofrece páginas extraordinarias de coraje, entrega, audacia, intuición y razón; páginas que nos han dejado muchos ecos y huellas en textos, oraciones, modelos y métodos pedagógicos, itinerarios espirituales, caminos de iniciación a la fe, obras e instituciones educativas.

3. Evangelización y discernimiento

Es importante para la Iglesia reconocer esta dimensión de escucha y discipulado inscripta en la obra de evangelización por un segundo motivo, además de aquel apenas indicado del agradecimiento y de la contemplación de las mirabilia Dei. La Iglesia se reconoce a sí misma como fruto de esa evangelización, y no sólo como agente, porque está convencida de que la dirección de todo este proceso no está en sus manos, sino en las de Dios, que la guía en la historia a través del Espíritu. Como lo da a entender bien san Pablo en el texto que hace de puerta de ingreso a esta introducción, la Iglesia es consciente que la dirección de la acción evangelizadora corresponde al Espíritu Santo: en Él confía para reconocer los instrumentos, los tiempos y los espacios de aquel anuncio que ella es llamada a vivir. Lo sabía bien san Pablo, que en un momento de fuertes cambios, como fue aquel de los orígenes de la Iglesia, reconoció, no solo “teóricamente” sino también “prácticamente”, a Dios el primado en la organización y en el desarrollo de la evangelización; y logró dar las razones de ese primado tomando como punto de referencia las Escrituras, especialmente los Profetas.

El apóstol Pablo concede este primado a la acción del Espíritu al interno de un momento muy intenso y significativo para la Iglesia naciente: a los creyentes, en efecto, les parece que los caminos a recorrer sean otros; los primeros cristianos se muestran inciertos frente a algunas opciones de fondo que han de asumirse. El proceso de evangelización se transforma en un proceso de discernimiento; el anuncio exige que antes haya un momento de escucha, comprensión e interpretación.

Nuestro tiempo se muestra, en este sentido, muy similar a la situación vivida por san Pablo: también nosotros nos encontramos como cristianos inmersos en un período de fuertes cambios históricos y culturales, como tendremos modo de ver mejor más adelante. También para nosotros la acción de evangelizar exige una acción de discernimiento análoga, simétrica y contemporánea. Ya hace más de cuarenta años el Concilio Vaticano II afirmaba: «El género humano se halla en un período nuevo de su historia, caracterizado por cambios profundos y acelerados, que progresivamente se extienden al universo entero».10 Estos cambios de los cuales el Concilio nos habla, se multiplicaron en el período sucesivo a su celebración y, a diferencia de aquellos años, no inducen sólo a la esperanza, no suscitan solo esperanzas utópicas, sino que además generan incluso miedo y siembran desconfianza. También la primera década de este nuevo siglo / milenio ha sido el teatro de transformaciones que han signado en modo indeleble, y en más de un caso en modo dramático, la historia de los hombres.

Nos encontramos en un momento histórico de grandes cambios y tensiones, de pérdida de equilibrio y de puntos de referencia. Esta época nos lleva a vivir cada vez más sumergidos en el presente y en lo provisional, haciendo siempre más difícil la escucha y la transmisión de la memoria histórica, y el compartir valores sobre de los cuales construir el futuro de las nuevas generaciones. En este cuadro la presencia de los cristianos, la acción de sus instituciones, es percibido en modo menos espontáneo y con mayores sospechas; en las últimas décadas se han multiplicado los interrogantes críticos dirigidos a la Iglesia y a los cristianos, al rostro del Dios que anunciamos. La tarea de la evangelización se encuentra así frente a nuevos desafíos, que cuestionan prácticas ya consolidadas, que debilitan caminos habituales y estandarizados; en una palabra, que obligan a la Iglesia a interrogarse nuevamente sobre el sentido de sus acciones de anuncio y de transmisión de la fe. La Iglesia no llega, sin embargo, sin preparación frente a tal desafío: con éste se ha ya confrontado en las Asambleas que el Sínodo de los Obispos ha dedicado en modo específico al tema del anuncio y de la transmisión de la fe, como las correspondientes exhortaciones apostólicas –Evangelii nuntiandi y Catechesi tradendae– lo atestiguan. La Iglesia ha vivido en estos dos eventos un momento significativo de revisión y de revitalización del propio mandato evangelizador.

4. Evangelizar en el mundo de hoy, a partir de sus desafíos

El texto de San Pablo, que nos guía en esta introducción nos ayuda así a comprender el sentido y las razones de la próxima Asamblea General Ordinaria del Sínodo de los Obispos, para la cual nos estamos preparando. En un tiempo extenso y también caracterizado por cambios y transformaciones es útil para la Iglesia dedicar momentos y ocasiones de escucha y de confrontación recíproca, para que se mantenga en un nivel alto de calidad el ejercicio del discernimiento exigido por la acción evangelizadora, que, como Iglesia, estamos llamados a vivir. La próxima Asamblea General Ordinaria desea ser un momento privilegiado, una etapa significativa de este camino de discernimiento. A partir de las Asambleas sobre la evangelización y sobre la catequesis el contexto socio-cultural se ha confrontado con cambios importantes y también imprevistos, cuyos efectos –como en el caso de la crisis económico-financiera– resultan todavía bien visibles y activos en nuestras respectivas realidades locales. La misma Iglesia ha sido tocada en modo directo por estos cambios, ha sido obligada a enfrentarse con interrogantes, con fenómenos que han de ser comprendidos, con prácticas que deben ser corregidas, con caminos y realidades en los cuales ha de infundirse en modo nuevo la esperanza evangélica. Un contexto como éste nos lleva en modo natural hacia la próxima Asamblea sinodal. De la escucha y la confrontación recíproca todos resultaremos enriquecidos y preparados para reconocer aquellos caminos que Dios, a través de su Espíritu, está construyendo para manifestarse y dejarse encontrar por los hombres, según la imagen del profeta Isaías (cf. Is 40, 3; 57, 14; 62, 10).

Un discernimiento exige la identificación de objetos y de temas sobre los cuales hacer converger nuestra mirada y a partir de los cuales activar la escucha y la confrontación recíproca. Con la finalidad de sostener la acción evangelizadora y los cambios con ella relacionados, nuestro ejercicio de discernimiento debe colocar en el centro de la atención los capítulos esenciales de esta práctica eclesial: el nacimiento, la difusión y el progresivo afirmarse de una “nueva evangelización” en nuestras Iglesias; las modalidades con la cuales la Iglesia hace suya y vive hoy la tarea de transmitir la fe; el rostro y la aplicación concreta que asumen en nuestro presente los instrumentos a disposición de la Iglesia para engendrar en la fe (iniciación cristiana, educación), y los desafíos con los cuales esos instrumentos están llamados a confrontarse. Estos capítulos constituyen la clave del presente texto. Su objetivo es incentivar la escucha y la confrontación, para ampliar los confines de aquel discernimiento ya en acto en nuestra Iglesia, y darles así una resonancia y un eco todavía más católicos y universales.

Preguntas

El discernimiento del cual hablamos es, por su misma naturaleza, siempre histórico y determinado: parte de un hecho concreto y se estructura como reacción a un evento determinado. Aún compartiendo en modo genérico el mismo espacio cultural, nuestras Iglesias locales han vivido, en estas décadas, períodos y episodios en este camino de discernimiento que son únicos, típicos del propio contexto y de la propia historia.

1. ¿Qué episodios es útil comunicar a las otras Iglesias locales?

2. ¿Qué ejercicios de discernimiento histórico sería útil compartir en el seno de la catolicidad de la Iglesia, para que, de la recíproca escucha de estos eventos, la Iglesia universal pueda reconocer los caminos que el Espíritu Santo le indica para la obra de la evangelización?

3. El tema de la “nueva evangelización” ha conocido ya una difusión capilar en nuestras Iglesias locales. ¿Cómo ha sido asumido y aplicado? ¿A qué procesos interpretativos ha dado origen?

4. ¿Qué acciones pastorales han sido beneficiadas en modo particular con la asunción del tema de la “nueva evangelización”? ¿Qué acciones pastorales han experimentado un cambio y un relance significativo? ¿Cuáles, en cambio, han desarrollado formas de resistencia y tomas de distancia de tal temática?