PARTE CUARTA
La reconstrucción
de las relaciones
de convivencia en la verdad, en la justicia y en el amor
Ideologías defectuosas y erróneas
212. Como en
el tiempo pasado, también en el nuestro los progresos de la ciencia
y de la técnica influyen poderosamente en las relaciones sociales
del ciudadano. Por ello es preciso que, tanto en la esfera nacional
como en la internacional, dichas relaciones se regulen con un equilibrio
más humano.
213. Con este
fin se han elaborado y difundido por escrito muchas ideologías. Algunas
de ellas han desaparecido ya, como la niebla ante el sol. Otras han
sufrido hoy un cambio completo. Las restantes van perdiendo actualmente,
poco a poco, su influjo en los hombres.
Esta desintegración
proviene de hecho de que son ideologías que no consideran la total
integridad del hombre y no comprenden la parte más importante de éste.
No tienen, además, en cuanta las indudables imperfecciones de la naturaleza
humana, como son, por ejemplo, la enfermedad y el dolor, imperfecciones
que no pueden remediarse en modo alguno evidentemente, ni siquiera
por los sistemas económicos y sociales más perfectos. Por último,
todos los hombres se sienten movidos por un profundo e invencible
sentido religioso, que no puede ser jamás conculcado por la fuerza
u oprimido por la astucia.
El
sentido religioso, natural en el hombre
214. Porque
la teoría más falsa de nuestros días es la que afirma que el sentido
religioso, que la naturaleza ha infundido en los hombres, ha de ser
considerado como pura ficción o mera imaginación, la cual debe, por
tanto, arrancarse totalmente de los espíritus por ser contraria en
absoluto al carácter de nuestra época y al progreso de la civilización.
Lejos de ser
así, esa íntima inclinación humana hacia la religión, resulta, prueba
convincente de que el hombre ha sido, en realidad, creado por Dios
y tiende irrevocablemente hacia El, como leemos en San Agustín: “Nos
hiciste, Señor, para ti, y nuestro corazón está inquieto hasta que
descanse en ti” (Confesiones I, 1.).
215. Por lo
cual, por grande que llegue a ser el progreso técnico y económico,
ni la justicia ni la paz podrán existir en la tierra mientras los
hombres no tengan conciencia de la dignidad que poseen como seres
creados por Dios y elevados a la filiación divina; por Dios, decimos,
que es la primera y última causa de toda la realidad creada. El hombre,
separado de Dios, se torna inhumano para sí y para sus semejantes,
porque las relaciones humanas exigen de modo absoluto la relación
directa de la conciencia del hombre con Dios, fuente de toda verdad,
justicia y amor.
216. Es bien
conocida la cruel persecución que durante muchos años vienen padeciendo
en numerosos países, algunos de ellos de rancia civilización cristiana,
tantos hermanos e hijos nuestros, para Nos queridísimos. Esta persecución,
que demuestra a los ojos de todos los hombres la superioridad moral
de los perseguidos y la refinada crueldad de los perseguidores, aun
cuando todavía no ha despertado en éstos el arrepentimiento, sin embargo,
les ha infundido gran preocupación.
217. Con todo,
la insensatez más caracterizada de nuestra época consiste en el intento
de establecer un orden temporal sólido y provechoso sin apoyarlo en
su fundamento indispensable o, lo que es lo mismo, prescindiendo de
Dios, y querer exaltar la grandeza del hombre cegando la fuente de
la que brota y se nutre, esto es, obstaculizando y, si posible fuera,
aniquilando la tendencia innata del alma hacia Dios.
Los acontecimientos
de nuestra época, sin embargo, que han cortado en flor las esperanzas
de muchos y arrancado lágrimas a no pocos, confirman la verdad de
la Escritura: “Si el Señor no edifica la casa, en vano trabajan
los que la construyen” (Sal 127 (126), 1).
Perenne
eficacia de la doctrina social de la Iglesia
218. La Iglesia
católica enseña y proclama una doctrina de la sociedad y de la convivencia
humana que posee indudablemente una perenne eficacia.
219. El principio
capital, sin duda alguna, de esta doctrina afirma que el hombre en
necesariamente fundamento, causa y fin de todas las instituciones
sociales; el hombre, repetimos, en cuanto es sociable por naturaleza
y ha sido elevado a un orden sobrenatural.
220. De este
trascendental principio, que afirma y defiende la sagrada dignidad
de la persona, la santa Iglesia, con la colaboración de sacerdotes
y seglares competentes, ha deducido, principalmente en el último siglo,
una luminosa doctrina social para ordenar las mutuas relaciones humanas
de acuerdo con los criterios generales, que responden tanto a las
exigencias de la naturaleza y a las distintas condiciones de la convivencia
humana como el carácter específico de la época actual, criterios que
precisamente por esto pueden ser aceptados por todos.
221. Sin embargo,
hoy más que nunca, es necesario que esta doctrina social sea no solamente
conocida y estudiada, sino además llevada a la práctica en la forma
y en la medida que las circunstancias de tiempo y de lugar permitan
o reclamen. Misión ciertamente ardua, pero excelsa, a cuyo cumplimiento
exhortamos no sólo a nuestros hermanos e hijos de todo el mundo, sino
también a todos los hombres sensatos.
Instrucción
social católica
222. Ante todo,
confirmamos la tesis de que la doctrina social profesada por la Iglesia
católica es algo inseparable de la doctrina que la misma enseña sobre
la vida humana
223. Por esto
deseamos intensamente que se estudie cada vez más esta doctrina. Exhortamos,
en primer lugar, a que se enseñe como disciplina obligatoria en los
colegios católicos de todo grado, y principalmente en los seminarios,
aunque sabemos que en algunos centros de este género se está dando
dicha enseñanza acertadamente desde hace tiempo.
Deseamos, además,
que esta disciplina social se incluya en el programa de enseñanza
religiosa de las parroquias y de las asociaciones de apostolado de
los seglares y se divulgue también por todos los procedimientos modernos
de difusión, esto es, ediciones de diarios y revistas, publicación
de libros doctrinales, tanto para los entendidos como para el pueblo,
y, por último, emisiones de radio y televisión.
224. Ahora
bien, para la mayor divulgación de esta doctrina social de la Iglesia
católica juzgamos que pueden prestar valiosa colaboración los católicos
seglares si la aprenden y la practican personalmente y, además, procuran
con empeño que los demás se convenzan también de su eficacia.
225. Los católicos
seglares han de estar convencidos de que la manera de demostrar la
bondad y la eficacia de esta doctrina es probar que puede resolver
los problemas sociales del momento.
Porque por
este camino lograrán atraer hacia ella la atención de quienes hoy
la combaten por pura ignorancia. Más aún, quizá consigan también que
estos hombres saquen con el tiempo alguna orientación de la luz de
esta doctrina.
Educación
social católica
226. Pero una
doctrina social no debe ser materia de mera exposición. Ha de ser,
además, objeto de aplicación práctica. Esta norma tiene validez sobre
todo cuando se trata de la doctrina social de la Iglesia, cuya luz
es la verdad, cuyo fin es la justicia y cuyo impulso primordial es
el amor.
227. Es, por
tanto, de suma importancia que nuestros hijos, además de instruirse
en la doctrina social, se eduquen sobre todo para practicarla.
228. La educación
cristiana, para que pueda calificarse de completa, ha de extenderse
a toda clase de deberes. Por consiguiente, es necesario que los cristianos,
movidos por ella, ajusten también a la doctrina de la Iglesia sus
actividades de carácter económico y social.
229. El paso
de la teoría a la práctica resulta siempre difícil por naturaleza;
pero la dificultad sube de punto cuando se trata de poner en práctica
una doctrina social como la de la Iglesia católica. Y esto principalmente
por varias razones: primera, por el desordenado amor propio que anida
profundamente en el hombre; segunda, por el materialismo que actualmente
se infiltra en gran escala en la sociedad moderna, y tercera, por
la dificultad de determinar a veces las exigencias de la justicia
en cada caso concreto.
230. Por ello
no basta que la educación cristiana, en armonía con la doctrina de
la Iglesia, enseñe al hombre la obligación que le incumbe de actuar
cristianamente en el campo económico y social, sino que, al mismo
tiempo, debe enseñarle la manera práctica de cumplir convenientemente
esta obligación.
Intervención
de las asociaciones del apostolado seglar en esta educación
231. Juzgamos,
sin embargo, insuficiente esta educación del cristiano si al esfuerzo
del maestro no se añade la colaboración del discípulo y si a la enseñanza
no se une la práctica a título de experimento.
232. Así como
proverbialmente suele decirse que, para disfrutar honestamente de
la libertad, hay que saberla usar con rectitud, del mismo modo nadie
aprende a actuar de acuerdo con la doctrina católica en materia económica
y social si no es actuando realmente en este campo y de acuerdo con
la misma doctrina.
233. Por este
motivo, en la difusión de esta educación práctica del cristiano hay
que atribuir una gran parte a las asociaciones consagradas al apostolado
seglar, especialmente a las que se proponen como objetivo la restauración
de la moral cristiana como tarea fundamental del momento presente,
ya que sus miembros pueden servirse de sus experiencias diarias para
educarse mejor primero a sí mismos, y después a los jóvenes, en el
cumplimiento de estos deberes.
234. No es
ajeno a este propósito recordar aquí a todos, tanto a los poderosos
como a los humildes, que es absolutamente inseparable del sentido
que la sabiduría cristiana tiene de la vida la voluntad de vivir sobriamente
y de soportar, con la gracia de Dios, el sacrificio.
235. Mas, por
desgracia, hoy se ha apoderado de muchos un afán inmoderado de placeres.
No son pocos, en efecto, los hombres para quienes el supremo objeto
de la vida en anhelar los deleites y saciar la sed de sus pasiones,
con grave daño indudablemente del espíritu y también del cuerpo. Ahora
bien, quien considere esta cuestión, aun en el plano meramente natural
del hombre, ha de confesar que es medida sabia y prudente usar de
reflexión y templanza en todas las cosas y refrenar las pasiones.
Quien, por
su parte, considera dicha cuestión desde el punto de vista sobrenatural,
sabe que el Evangelio, la Iglesia católica y toda la tradición ascética
exigen de los cristianos intensa mortificación de las pasiones y paciencia
singular frente a las adversidades de la vida, virtudes ambas que,
además de garantizar el dominio firme y equilibrado del espíritu sobre
la carne, ofrecen medio eficaz de expiar la pena del pecado, del que
ninguno está inmune, salvo Jesucristo y su Madre inmaculada.
Necesidad
de la acción social católica
236. Ahora
bien, los principios generales de una doctrina social se llevan a
la práctica comúnmente mediante tres fases: primera, examen completo
del verdadero estado de la situación; segunda, valoración exacta de
esta situación a la luz de los principios, y tercera, determinación
de lo posible o de lo obligatorio para aplicar los principios de acuerdo
con las circunstancias de tiempo y lugar. Son tres fases de un mismo
proceso que suelen expresarse con estos tres verbos: ver, juzgar y
obrar.
237. De aquí
se sigue la suma conveniencia de que los jóvenes no sólo reflexionen
sobre este orden de actividades, sino que, además, en lo posible,
lo practiquen en la realidad. Así evitarán creer que los conocimientos
aprendidos deben ser objeto exclusivo de contemplación, sin desarrollo
simultáneo en la práctica.
238. Puede,
sin embargo, ocurrir a veces que, cuando se trata de aplicar los principios,
surjan divergencias aun entre católicos de sincera intención. Cuando
esto suceda, procuren todos observar y testimoniar la mutua estima
y el respeto recíproco, y al mismo tiempo examinen los puntos de coincidencia
a que pueden llegar todos, a fin de realizar oportunamente lo que
las necesidades pidan. Deben tener, además, sumo cuidado en no derrochar
sus energías en discusiones interminables, y, so pretexto de lo mejor,
no se descuiden de realizar el bien que les es posible y, por tanto,
obligatorio.
239. Pero los
católicos, en el ejercicio de sus actividades económicas o sociales,
entablen a veces relaciones con hombres que tienen de la vida una
concepción distinta. En tales ocasiones, procuren los católicos ante
todo ser siempre consecuentes consigo mismos y no aceptar compromisos
que puedan dañar a la integridad de la religión o de la moral. Deben,
sin embargo, al mismo tiempo, mostrarse animados de espíritu de comprensión
para las opiniones ajenas, plenamente desinteresados y dispuestos
a colaborar lealmente en la realización de aquellas obras que sean
por su naturaleza buenas o, al menos, puedan conducir al bien. Mas
si en alguna ocasión la jerarquía eclesiástica dispone o decreta algo
en esta materia, es evidente que los católicos tienen la obligación
de obedecer inmediatamente estas órdenes. A la Iglesia corresponde,
en efecto, el derecho y el deber de tutelar la integridad de los principios
de orden ético y religioso y, además, el dar a conocer, en virtud
de su autoridad, públicamente su criterio, cuando se trata de aplicar
en la práctica estos principios.
Responsabilidad
de los seglares en el campo de la acción social
240. Las normas
que hemos dado sobre la educación hay que observarlas necesariamente
en la vida diaria. Es ésta una misión que corresponde principalmente
a nuestros hijos del laicado, por ocuparse generalmente en el ejercicio
de las actividades temporales y en la creación de instituciones de
idéntica finalidad.
241. Al ejercitar
tan noble función, es imprescindible que los seglares no sólo sean
competentes en su profesión respectiva y trabajen en armonía con las
leyes aptas para la consecución de sus propósitos, sino que ajusten
su actividad a los principios y norma sociales de la Iglesia, en cuya
sabiduría deben confiar sinceramente y a cuyos mandatos han de obedecer
con filial sumisión.
Consideren
atentamente los seglares que si no observan con diligencia los principios
y las normas sociales dictadas por la Iglesia y confirmadas por Nos,
faltan a sus inexcusables deberes, lesionan con frecuencia los derechos
de los demás y pueden llegar a veces incluso a desacreditar la misma
doctrina, como si fuese en verdad la mejor, pero sin fuerza eficazmente
orientadora para la vida práctica.
Un
grave peligro: el olvido del hombre
242. Como ya
hemos recordado, los hombres de nuestra época han profundizado y extendido
la investigación de las leyes de la naturaleza; han creado instrumentos
nuevos para someter a su dominio las energías naturales; han producido
y siguen produciendo obras gigantescas y espectaculares.
Sin embargo, mientras se empeñan en dominar
y transformar el mundo exterior, corren el peligro de incurrir por
negligencia en el olvido de sí mismos y de debilitar las energías
de su espíritu y de su cuerpo.
Nuestro predecesor,
de feliz memoria, Pío XI ya advirtió con amarga tristeza este hecho,
y se quejaba de él en su encíclica Quadragesimo anno
con estas palabras: “Y así el trabajo corporal, que la divina Providencia
había establecido a fin de que se ejerciese, incluso después del pecado
original, para bien del cuerpo y del alma humana, se convierte por
doquiera en instrumento de perversión; es decir, que de las fábricas
sale ennoblecida la inerte materia, pero los hombres se corrompen
y envilecen” (AAS 23(1931),221 y ss).
243. Con razón
afirma también nuestro predecesor Pío XII que la época actual se distingue
por un claro contraste entre el inmenso progreso realizado por las
ciencias y la técnica y el asombroso retroceso que ha experimentado
el sentido de la dignidad humana. “La obra maestra y monstruosa,
al mismo tiempo, de esta época, ha sido la de transformar al hombre
en un gigante del mundo físico a costa de su espíritu, reducido a
pigmeo en el mundo sobrenatural y eterno” (Radiomensaje navideño
del 24 de diciembre de 1943; Cf. Acta Apostolicae Sedis
36 (1944) p. 10).
244. Una vez
más se verifica hoy en proporciones amplísimas lo que afirmaba el
Salmista de los idólatras: que los hombres se olvidan muchas veces
de sí mismos en su conducta práctica, mientras admiran sus propias
obras hasta adorarlas como dioses: “Sus ídolos son plata y oro,
obra de la mano de los hombres” (Sal 114 (115), 4).
Reconocimiento
y respeto de la jerarquía de los valores
245. Por este
motivo, nuestra preocupación de Pastor universal de todas las almas
nos obliga a exhortar insistentemente a nuestros hijos para que en
el ejercicio de sus actividades y en el logro de sus fines no permitan
que se paralice en ellos el sentido de la responsabilidad u olviden
el orden de los bienes supremos.
246. Es bien
sabido que la Iglesia ha enseñado siempre, y sigue enseñando, que
los progresos científicos y técnicos y el consiguiente bienestar material
que de ellos se sigue son bienes reales y deben considerase como prueba
evidente del progreso de la civilización humana.
Pero la Iglesia
enseña igualmente que hay que valorar ese progreso de acuerdo con
su genuina naturaleza, esto es, como bienes instrumentales puestos
al servicio del hombre, para que éste alcance con mayor facilidad
su fin supremo, el cual no es otro que facilitar su perfeccionamiento
personal, así en el orden natural como en el sobrenatural.
247. Deseamos,
por ello, ardientemente que resuene como perenne advertencia en los
oídos de nuestros hijos el aviso del divino Maestro: “¿Qué aprovecha
al hombre ganar todo el mundo si pierde su alma? ¿O qué podrá dar
el hombre a cambio de su alma?” (Mt 16,26).
Santificación
de las fiestas
248. Semejante
a las advertencias anteriores es la que hace la Iglesia con relación
al descanso obligatorio de los días festivos.
249. Para defender
la dignidad del hombre como ser creado por Dios y dotado de un alma
hecha a imagen divina, la Iglesia católica ha urgido siempre la fiel
observancia del tercer mandamiento del Decálogo: “Acuérdate del
día del sábado para santificarlo” (Ex 20, 8).
Es un derecho
y un poder de Dios exigir del hombre que dedique al culto divino un
día a la semana, para que así su espíritu liberado de las ocupaciones
de la vida diaria, pueda elevarse a los bienes celestiales y examinar
en la secreta intimidad de su conciencia en qué situación se hallan
sus relaciones personales, obligatorias y inviolables, con Dios.
250. Mas constituye
también un derecho y una necesidad para el hombre hacer una pausa
en el duro trabajo cotidiano, no ya sólo para proporcionar reposo
a su fatigado cuerpo y honesta distracción a sus sentidos, sino también
para mirar por la unidad de su familia, la cual reclama de todos sus
miembros contacto frecuente y serena convivencia.
251. La religión,
la moral y la higiene exigen, pues, conjuntamente el descanso periódico.
La Iglesia católica, por su parte, desde hace ya muchos siglos, ha
ordenado que los fieles observen el descanso dominical y asistan al
santo sacrificio de la misa, que es el mismo tiempo memorial y aplicación
a las almas de la obra redentora de Cristo.
252. Sin embargo,
con vivo dolor de nuestro espíritu observamos un hecho que debemos
condenar. Son muchos los que, tal vez sin propósito de conculcar esta
santa ley, incumplen con frecuencia la santificación de los días festivos,
lo cual necesariamente origina graves daños, así a la salud espiritual
como al vigor corporal de nuestros queridos trabajadores.
253. En nombre
de Dios, y teniendo a la vista el bienestar espiritual y material
de la humanidad, Nos hacemos un llamamiento a todos, autoridades,
empresarios y trabajadores, para que se esmeren en la observancia
de este precepto de Dios y de la Iglesia y recuerden la grave responsabilidad
que en esta materia contraen ante Dios y ante la sociedad.
La
perfección cristiana y el dinamismo temporal son compatibles
254. Nadie,
sin embargo, debe deducir de cuanto acabamos de exponer con brevedad,
que nuestros hijos, sobre todo los seglares, obrarían prudentemente
si colaborasen con desgana en la tarea específica de los cristianos,
ordenada a las realidades de esta vida temporal; por el contrario,
declaramos una vez más que esta tarea debe cumplirse y prestarse con
afán cada día más intenso.
255. En realidad
de verdad, Jesucristo, en la solemne oración por la unidad de su Iglesia
hizo al Padre esta petición en favor de sus discípulos: “No pido
que los tomes del mundo, sino que los guardes del mal” (Jn
17,15).
Nadie debe,
por tanto, engañarse imaginando un contradicción entre dos cosas perfectamente
compatibles, esto es, la perfección personal propia y la presencia
activa en el mundo, como si para alcanzar la perfección cristiana
tuviera uno que apartarse necesariamente de toda actividad terrena,
o como si fuera imposible dedicarse a los negocios temporales sin
comprometer la propia dignidad de hombre y de cristiano.
256. Por el
contrario, responde plenamente al plan de la Providencia que cada
hombre alcance su propia perfección mediante el ejercicio de su diario
trabajo, el cual para la casi totalidad de los seres humanos entraña
un contenido temporal. Por esto, actualmente la ardua misión de la
Iglesia consiste en ajustar el progreso de la civilización presente
con las normas de la cultura humana y del espíritu evangélico. Esta
misión la reclama nuestro tiempo, más aún, la está exigiendo a voces,
para alcanzar metas más altas y consolidar sin daño alguno las ya
conseguidas. Para ello, como ya hemos dicho, la Iglesia pide sobre
todo la colaboración de los seglares, los cuales, por esto mismo,
están obligados a trabajar de tal manera en la resolución de los problemas
temporales, que al cumplir sus obligaciones para con el prójimo lo
hagan en unión espiritual con Dios por medio de Cristo y para aumento
de la gloria divina, como manda el apóstol san Pablo: “Ora, pues,
comáis, ora bebáis, ora hagáis cualquier otra cosa, hacedlo todo a
gloria de Dios” (1 Cor 10, 31). Y en otro lugar: “Todo
cuanto hiciereis, de palabra o de obra, hacedlo en el nombre del Señor
Jesús, dando gracias a Dios Padre por mediación de Él” (Col
3, 17).
Es
necesaria una mayor eficacia en las actividades temporales
257. Cuando
las actividades e instituciones humanas de la vida presente coadyuvan
también el provecho espiritual y a la bienaventuranza eterna del hombre,
es necesario reconocer que se desarrollan con mayor eficacia para
la consecución de los fines a que tienden inmediatamente por su propia
naturaleza. La luminosa palabra del divino Maestro tiene un valor
permanente: “Buscad, pues, primero el reino de Dios y su justicia,
y todo lo demás se os dará por añadidura” (Mt 6,33). Porque,
quien ha sido hecho como luz en el Señor (Ef 5, 8),
y camina cual hijo de la luz (Ibíd.), capta con juicio
más certero las exigencias de la justicia en las distintas esferas
de la actividad humana, aun en aquellas que ofrecen mayores dificultades
a causa de los egoísmos tan generalizados de los individuos, de las
naciones o de las razas.
Hay que añadir
a esto que, cuando se está animado de la caridad de Cristo, se siente
uno vinculado a los demás, experimentado como propias las necesidades,
los sufrimientos y las alegrías extrañas, y la conducta personal en
cualquier sitio es firme, alegre, humanitaria, e incluso cuidadosa
del interés ajeno, “porque la caridad es paciente, es benigna;
no es envidiosa, no es jactanciosa, no se hincha; no es descortés,
no es interesada; no se irrita, no piensa mal; no se alegra de la
injusticia, se complace en la verdad; todo lo excusa, todo lo cree,
todo lo espera, todo lo tolera” (1 Cor 13, 4-7).
Miembros
vivos del Cuerpo místico de Cristo
258. No queremos,
sin embargo, concluir esta nuestra encíclica sin recordaros, venerables
hermanos, un capítulo sumamente trascendental y verdadero de la doctrina
católica, por el cual se nos enseña que somos miembros vivos del Cuerpo
místico de Cristo, que es la Iglesia: “Porque así como, siendo
el cuerpo uno, tiene muchos miembros, y todos los miembros del cuerpo,
con ser muchos, son un cuerpo único, así es también Cristo” (1
Cor 12, 12).
259. Exhortamos,
pues, insistentemente a nuestros hijos de todo el mundo, tanto del
clero como del laicado, a que procuren tener una conciencia plena
de la gran nobleza y dignidad que poseen por el hecho de estar injertados
en Cristo como los sarmientos en la vid: “Yo soy la vid, vosotros
los sarmientos” (Jn 15, 5), y porque se les permite participar
de la vida divina de Aquél.
De esta incorporación
se sigue que, cuando el cristiano está unido espiritualmente al divino
Redentor, al desplegar su actividad en las empresas temporales, su
trabajo viene a ser como una continuación del de Jesucristo, del cual
toma fuerza y virtud salvadora: “El que permanece en mí y yo en
él, ése da mucho fruto” (Ibíd.). Así el trabajo humano
se eleva y ennoblece de tal manera que conduce a la perfección espiritual
al hombre que lo realiza y, al mismo tiempo, puede contribuir a extender
a los demás los frutos de la redención cristiana y propagarlos por
todas partes. Tal es la causa de que la doctrina cristiana, como levadura
evangélica, penetre en las venas de la sociedad civil en que vivimos
y trabajamos.
260. Aunque
hay que reconocer que nuestro siglo padece gravísimos errores y está
agitado por profundos desórdenes, sin embargo, es una época la nuestra
en la cual se abren inmensos horizontes de apostolado para los operarios
de la Iglesia, despertando gran esperanza en nuestros espíritus.
261. Venerables
hermanos y queridos hijos hemos deducido una serie de principios y
de normas a cuya intensa meditación y realización, en la medida posible
a cada uno, os exhortamos insistentemente. Porque, si todos y cada
uno de vosotros prestáis con ánimo decidido esta colaboración, se
habrá dado necesariamente un gran paso en el establecimiento del reino
de Cristo en la tierra, el cual “es reino de verdad y de vida,
reino de santidad y de gracia, reino de justicia, de amor y de paz”
(Prefacio de la festividad de Cristo Rey); reino del cual partiremos
algún día hacia la felicidad eterna, para la que hemos sido creados
por Dios y a la cual deseamos ardientemente llegar.
262. Se trata,
en efecto, de la doctrina de la Iglesia católica y apostólica, madre
y maestra de todos los pueblos, cuya luz ilumina, enciende, inflama;
cuya voz amonestadora, por estar llena de eterna sabiduría, sirve
para todos los tiempos; cuya virtud ofrece siempre remedios tan eficaces
como adecuados para las crecientes necesidades de la humanidad y para
las preocupaciones y ansiedades de la vida presente.
Con esta voz
concuerda admirablemente la antigua palabra del Salmista, la cual
no cesa de confirmar y levantar los espíritus: “Yo bien sé lo que
dirá Dios: que sus palabras serán palabras de paz para su pueblo y
para sus santos y para cuantos se vuelven a El de corazón. Sí, su
salvación está cercana a los que le temen, y bien pronto habitará
la gloria en nuestra tierra. Se han encontrado la benevolencia y la
fidelidad, se han dado el abrazo la justicia y la paz. Brota de la
tierra la fidelidad, y mira la justicia desde lo alto de los cielos.
Sí; el Señor nos otorgará sus bienes, y la tierra dará sus frutos.
Va delante de su faz la justicia, y la paz sigue sus pasos” (Sal
85 (84), 9-14).
263. Estos
son los deseos, venerables hermanos, que Nos formulamos al terminar
esta carta, a la cual hemos consagrado durante mucho tiempo nuestra
solicitud por la Iglesia universal; los formulamos, a fin de que el
divino Redentor de los hombres, “que ha venido a ser para nosotros,
de parte de Dios, sabiduría, justicia, santificación y redención”
(1 Cor 1, 30), reine y triunfe felizmente a lo largo de los
siglos, en todos y sobre todo; los formulamos también para que, restaurado
el recto orden social, todos los pueblos gocen, al fin, de prosperidad,
de alegría y de paz.
264 Sea presagio
de estas deseables realidades y prenda de nuestra paterna benevolencia
la bendición apostólica que a vosotros, venerables hermanos; a todo
los fieles confiados a vuestra vigilancia, y particularmente a cuantos
responderán con generosa voluntad a nuestras exhortaciones, impartimos
de corazón en el Señor.
Dado en Roma,
junto a San Pedro, el día 15 de mayo del año 1961, tercero de nuestro
pontificado.
JUAN
PP. XXIII