CAPÍTULO
I
JESUCRISTO
ÚNICO SALVADOR
4.
El cometido fundamental de la Iglesia en todas las épocas y particularmente
en la nuestra como recordaba en mi primera Encíclica programática
es "dirigir la mirada del hombre, orientar la conciencia y la experiencia
de toda la humanidad hacia el misterio de Cristo" 4
La
misión universal de la Iglesia nace de la fe en Jesucristo, tal
como se expresa en la profesión de fe trinitaria: "Creo
en un solo Señor, Jesucristo, Hijo único de Dios, nacido
del Padre antes de todos los siglos... Por nosotros, los hombres, y
por nuestra salvación bajó del cielo y, por obra del Espíritu
Santo, se encarnó de María, la Virgen, y se hizo hombre"
5
En el hecho de la Redención está la salvación de
todos, "porque cada uno ha sido comprendido en el misterio de la
Redención y con cada uno Cristo se ha unido, para siempre, por
medio de este misterio" 6
Sólo en la fe se comprende y se fundamenta la misión.
No
obstante, debido también a los cambios modernos y a la difusión
de nuevas concepciones teológicas, algunos se preguntan: ¿Es
válida aún la misión entre los no cristianos? ¿No
ha sido sustituida quizás por el diálogo interreligioso?
¿No es un objetivo suficiente la promoción humana? El
respeto de la conciencia y de la libertad ¿no excluye toda propuesta
de conversión? ¿No puede uno salvarse en cualquier religión?
¿Para qué, entonces, la misión?
"Nadie
va al Padre sino por mí" (Jn
14, 6)
5.
Remontándonos a los orígenes de la Iglesia, vemos afirmado
claramente que Cristo es el único Salvador de la humanidad, el
único en condiciones de revelar a Dios y de guiar hacia Dios.
A las autoridades religiosas judías que interrogan a los Apóstoles
sobre la curación del tullido realizada por Pedro, éste
responde: "Por el nombre de Jesucristo, el Nazareno, a quien vosotros
crucificasteis y a quien Dios resucitó de entre los muertos;
por su nombre y no por ningún otro se presenta éste aquí
sano delante de vosotros... Porque no hay bajo el cielo otro nombre
dado a los hombres por el que nosotros debamos salvarnos" (Act
4, 10. 12). Esta afirmación, dirigida al Sanedrín, asume
un valor universal, ya que para todos judíos y gentiles
la salvación no puede venir más que de Jesucristo.
La
universalidad de esta salvación en Cristo es afirmada en todo
el Nuevo Testamento San Pablo reconoce en Cristo resucitado al Señor:
"Pues escribe él aun cuando se les dé
el nombre de dioses, bien en el cielo, bien en la tierra, de forma que
hay multitud de dioses y señores, para nosotros no hay más
que un solo Dios, el Padre, del cual proceden todas las cosas y para
el cual somos; y un solo Señor, Jesucristo, por quien son todas
las cosas y por el cual somos nosotros" (1 Cor 8, 5-6). Se confiesa
a un único Dios y a un único Señor en contraste
con la multitud de "dioses" y "señores" que
el pueblo admitía. Pablo reacciona contra el politeísmo
del ambiente religioso de su tiempo y pone de relieve la característica
de la fe cristiana: fe en un solo Dios y en un solo Señor, enviado
por Dios.
En
el Evangelio de san Juan esta universalidad salvífica de Cristo
abarca los aspectos de su misión de gracia, de verdad y de revelación:
"La Palabra es la luz verdadera que ilumina a todo hombre"
(cf. Jn 1, 9). Y añade: "A Dios nadie lo ha visto jamás;
el Hijo único, que está en el seno del Padre, él
lo ha revelado" (Jn 1, 18; cf. Mt 11, 27). La revelación
de Dios se hace definitiva y completa por medio de su Hijo unigénito:
"Muchas veces y de muchos modos habló Dios en el pasado
a nuestros Padres por medio de los Profetas; en estos últimos
tiempos nos ha hablado por medio del Hijo a quien instituyó heredero
de todo, por quien también hizo los mundos" (Heb 1, 1-2;
cf. Jn 14, 6). En esta Palabra definitiva de su revelación, Dios
se ha dado a conocer del modo más completo; ha dicho a la humanidad
quién es. Esta autorrevelación definitiva de Dios es el
motivo fundamental por el que la Iglesia es misionera por naturaleza.
Ella no puede dejar de proclamar el Evangelio, es decir, la plenitud
de la verdad que Dios nos ha dado a conocer sobre sí mismo.
Cristo
es el único mediador entre Dios y los hombres: "Porque hay
un solo Dios, y también un solo mediador entre Dios y los hombres,
Cristo Jesús, hombre también, que se entregó a
sí mismo como rescate por todos. Este es el testimonio dado en
el tiempo oportuno, y de este testimonio digo la verdad, no miento
yo he sido constituido heraldo y apóstol, maestro de los gentiles
en la fe y en la verdad" (1 Tim 2, 5-7; cf. Heb 4, 14-16). Los
hombres, pues, no pueden entrar en comunión con Dios, si no es
por medio de Cristo y bajo la acción del Espíritu. Esta
mediación suya única y universal, lejos de ser obstáculo
en el camino hacia Dios, es la vía establecida por Dios mismo,
y de ello Cristo tiene plena conciencia. Aun cuando no se excluyan mediaciones
parciales, de cualquier tipo y orden, éstas sin embargo cobran
significado y valor únicamente por la mediación de Cristo
y no pueden ser entendidas como paralelas y complementarias
6.
Es contrario a la fe cristiana introducir cualquier separación
entre el Verbo y Jesucristo. San Juan afirma claramente que el Verbo,
que "estaba en el principio con Dios", es el mismo que "se
hizo carne" (Jn 1, 2.14). Jesús es el Verbo encarnado, una
sola persona e inseparable: no se puede separar a Jesús de Cristo,
ni hablar de un "Jesús de la historia", que sería
distinto del "Cristo de la fe". La Iglesia conoce y confiesa
a Jesús como "el Cristo, el Hijo de Dios vivo" (Mt
16, 16). Cristo no es sino Jesús de Nazaret, y éste es
el Verbo de Dios hecho hombre para la salvación de todos. En
Cristo "reside toda la plenitud de la divinidad corporalmente"
(Col 2, 9) y "de su plenitud hemos recibido todos" (Jn 1,
16). El "Hijo único, que está en el seno del Padre"
(Jn 1, 18), es el "Hijo de su amor, en quien tenemos la redención.
Pues Dios tuvo a bien hacer residir en él toda la plenitud, y
reconciliar por él y para él todas las cosas, pacificando,
mediante la sangre de su cruz, lo que hay en la tierra y en los cielos"
(Col 1, 13-14.19-20). Es precisamente esta singularidad única
de Cristo la que le confiere un significado absoluto y universal, por
lo cual, mientras está en la historia, es el centro y el fin
de la misma: 7
"Yo soy el Alfa y la Omega, el Primero y el Último, el Principio
y el Fin" (Ap 22, 13).
Si,
pues, es lícito y útil considerar los diversos aspectos
del misterio de Cristo, no se debe perder nunca de vista su unidad.
Mientras vamos descubriendo y valorando los dones de todas clases, sobre
todo las riquezas espirituales, que Dios ha concedido a cada pueblo,
no podemos disociarlos de Jesucristo, centro del plan divino de salvación.
Así como "el Hijo de Dios con su encarnación se ha
unido, en cierto modo, con todo hombre", así también
"debemos creer que el Espíritu Santo ofrece a todos la posibilidad
de que, en forma sólo de Dios conocida, se asocien a este misterio
pascual" 8
El designio divino es "hacer que todo tenga a Cristo por cabeza,
lo que está en los cielos y lo que está en la tierra"
(Ef 1, 10).
La
fe en Cristo es una propuesta a la libertad del hombre
7.
La urgencia de la actividad misionera brota de la radical novedad de
vida, traída por Cristo y vivida por sus discípulos. Esta
nueva vida es un don de Dios, y al hombre se le pide que lo acoja y
desarrolle, si quiere realizarse según su vocación integral,
en conformidad con Cristo. El Nuevo Testamento es un himno a la vida
nueva para quien cree en Cristo y vive en su Iglesia. La salvación
en Cristo, atestiguada y anunciada por la Iglesia, es autocomunicación
de Dios: "Es el amor, que no sólo crea el bien, sino que
hace participar en la misma vida de Dios: Padre, Hijo y Espíritu
Santo. En efecto, el que ama desea darse a sí mismo" 9
Dios
ofrece al hombre esta vida nueva: ¿Se puede rechazar a Cristo
y todo lo que él ha traído a la historia del hombre? Ciertamente
es posible. El hombre es libre. El hombre puede decir no a Dios. El
hombre puede decir no a Cristo. Pero sigue en pie la pregunta fundamental.
¿Es licito hacer esto? ¿Con qué fundamento es licito?"
10
8.
En el mundo moderno hay tendencia a reducir el hombre a una mera dimensión
horizontal. Pero ¿en qué se convierte el hombre sin apertura
al Absoluto? La respuesta se halla no sólo en la experiencia
de cada hombre, sino también en la historia de la humanidad con
la sangre derramada en nombre de ideologías y de regímenes
políticos que han querido construir una "nueva humanidad"
sin Dios 11
Por
lo demás, a cuantos están preocupados por salvar la libertad
de conciencia, dice el Concilio Vaticano II: "La persona humana
tiene derecho a la libertad religiosa ... todos los hombres han de estar
inmunes de coacción por parte de personas particulares, como
de grupos sociales y de cualquier potestad humana, y esto de tal manera
que en materia religiosa ni se obligue a nadie a obrar contra su conciencia
ni se le impida que actúe conforme a ella en privado y en público,
solo o asociado con otros dentro de los limites debidos" 12
El
anuncio y el testimonio de Cristo, cuando se llevan a cabo respetando
las conciencias, no violan la libertad. La fe exige la libre adhesión
del hombre, pero debe ser propuesta, pues "las multitudes tienen
derecho a conocer la riqueza del misterio de Cristo, dentro del cual
creemos que toda la humanidad puede encontrar, con insospechada plenitud
, todo lo que busca a tientas acerca de Dios, del hombre y de su destino,
de la vida y de la muerte, de la verdad. Por eso, la Iglesia mantiene
vivo su empuje misionero e incluso desea intensificarlo en un momento
histórico como el nuestro". 13
Hay que decir también con palabras del Concilio que: "Todos
los hombres, conforme a su dignidad, por ser personas, es decir, dotados
de razón y de voluntad libre y, por tanto, enaltecidos con una
responsabilidad personal, tienen la obligación moral de buscar
la verdad, sobre todo la que se refiere a la religión. Están
obligados, asimismo, a adherirse a la verdad conocida y a ordenar toda
su vida según las exigencias de la verdad" 14
La
Iglesia, signo e instrumento de salvación
9.
La primera beneficiaria de la salvación es la Iglesia. Cristo
la ha adquirido con su sangre (cf. Act 20, 28) y la ha hecho su colaboradora
en la obra de la salvación universal. En efecto, Cristo vive
en ella; es su esposo; fomenta su crecimiento; por medio de ella cumple
su misión.
El
Concilio ha reclamado ampliamente el papel de la Iglesia para la salvación
de la humanidad. A la par que reconoce que Dios ama a todos los hombres
y les concede la posibilidad de salvarse (cf. 1 Tim 2, 4), 15
la Iglesia profesa que Dios ha constituido a Cristo como único
mediador y que ella misma ha sido constituida como sacramento universal
de salvación. 16
"Todos los hombres son llamados a esta unidad católica del
Pueblo de Dios, y a ella pertenecen o se ordenan de diversos modos,
sea los fieles católicos, sea los demás creyentes en Cristo,
sea también todos los hombres en general llamados a la salvación
por la gracia de Dios". 17
Es necesario, pues, mantener unidas estas dos verdades, o sea, la posibilidad
real de la salvación en Cristo para todos los hombres y la necesidad
de la Iglesia en orden a esta misma salvación. Ambas favorecen
la comprensión del único misterio salvífico, de
manera que se pueda experimentar la misericordia de Dios y nuestra responsabilidad.
La salvación, que siempre es don del Espíritu, exige la
colaboración del hombre para salvarse tanto a sí mismo
como a los demás. Así lo ha querido Dios, y para esto
ha establecido y asociado a la Iglesia a su plan de salvación:
"Ese pueblo mesiánico afirma el Concilio constituido
por Cristo en orden a la comunión de vida, de caridad y de verdad,
es empleado también por él como instrumento de la redención
universal y es enviado a todo el mundo como luz del mundo y sal de la
tierra". 18
La
salvación es ofrecida a todos los hombres
10.
La universalidad de la salvación no significa que se conceda
solamente a los que, de modo explícito, creen en Cristo y han
entrado en la Iglesia. Si es destinada a todos, la salvación
debe estar en verdad a disposición de todos. Pero es evidente
que, tanto hoy como en el pasado, muchos hombres no tienen la posibilidad
de conocer o aceptar la revelación del Evangelio y de entrar
en la Iglesia. Viven en condiciones socioculturales que no se lo permiten
y, en muchos casos, han sido educados en otras tradiciones religiosas.
Para ellos, la salvación de Cristo es accesible en virtud de
la gracia que, aun teniendo una misteriosa relación con la Iglesia,
no les introduce formalmente en ella, sino que los ilumina de manera
adecuada en su situación interior y ambiental Esta gracia proviene
de Cristo; es fruto de su sacrificio y es comunicada por el Espíritu
Santo: ella permite a cada uno llegar a la salvación mediante
su libre colaboración.
Por
esto mismo, el Concilio, después de haber afirmado la centralidad
del misterio pascual, afirma: "Esto vale no solamente para los
cristianos, sino también para todos los hombres de buena voluntad,
en cuyo corazón obra la gracia de modo invisible. Cristo murió
por todos, y la vocación suprema del hombre en realidad es una
sola, es decir, divina. En consecuencia, debemos creer que el Espíritu
Santo ofrece a todos la posibilidad de que, en la forma de sólo
Dios conocida, se asocien a este misterio pascual". 19
"Nosotros
no podemos menos de hablar"
(Act 4, 20)
11.
¿Qué decir, pues, de las objeciones ya mencionadas sobre
la misión ad gentes? Con pleno respeto de todas las creencias
y sensibilidades, ante todo debemos afirmar con sencillez nuestra fe
en Cristo, único salvador del hombre; fe recibida como un don
que proviene de lo Alto, sin mérito por nuestra parte. Decimos
con san Pablo: "No me avergüenzo del Evangelio, que es una
fuerza de Dios para la salvación de todo el que cree" (Rom
1, 16). Los mártires cristianos de todas las épocas también
los de la nuestra han dado y siguen dando la vida por testimoniar
ante los hombres esta fe, convencidos de que cada hombre tiene necesidad
de Jesucristo, que ha vencido el pecado y la muerte, y ha reconciliado
a los hombres con Dios.
Cristo
se ha proclamado Hijo de Dios, íntimamente unido al Padre, y,
como tal, ha sido reconocido por los discípulos, confirmando
sus palabras con los milagros y su resurrección. La Iglesia ofrece
a los hombres el Evangelio, documento profético, que responde
a las exigencias y aspiraciones del corazón humano y que es siempre
"Buena Nueva". La Iglesia no puede dejar de proclamar que
Jesús, vino a revelar el rostro de Dios y alcanzar, mediante
la cruz y la resurrección, la salvación para todos los
hombres.
A
la pregunta ¿Para qué la misión? respondemos con
la fe y la esperanza de la Iglesia: abrirse al amor de Dios es la verdadera
liberación. En él, sólo en él, somos liberados
de toda forma de alienación y extravío, de la esclavitud
del poder del pecado y de la muerte. Cristo es verdaderamente "nuestra
paz" (Ef 2, 14), y "el amor de Cristo nos apremia" (2
Cor 5, 14), dando sentido y alegría a nuestra vida. La misión
es un problema de fe, es el índice exacto de nuestra fe en Cristo
y en su amor por nosotros.
La
tentación actual es la de reducir el cristianismo a una sabiduría
meramente humanas, casi como una ciencia del vivir bien. En un mundo
fuertemente secularizado, se ha dado una "gradual secularización
de la salvación", debido a lo cual se lucha ciertamente
en favor del hombre, pero de un hombre a medias, reducido a la mera
dimensión horizontal. En cambio, nosotros sabemos que Jesús
vino a traer la salvación integral, que abarca al hombre entero
y a todos los hombres, abriéndoles a los admirables horizontes
de la filiación divina.
¿Por
qué la misión? Porque a nosotros, como a san Pablo, "se
nos ha concedido la gracia de anunciar a los gentiles las inescrutables
riquezas de Cristo" (Ef 3, 8). La novedad de vida en él
es la "Buena Nueva" para el hombre de todo tiempo: a ella
han sido llamados y destinados todos los hombres. De hecho, todos la
buscan, aunque a veces de manera confusa, y tienen el derecho a conocer
el valor de este don y la posibilidad de alcanzarlo. La Iglesia y, en
ella, todo cristiano, no puede esconder ni conservar para sí
esta novedad y riqueza, recibidas de la divina bondad para ser comunicadas
a todos los hombres.
He
ahí por qué la misión, además de provenir
del mandato formal del Señor, deriva de la exigencia profunda
de la vida de Dios en nosotros. Quienes han sido incorporados a la Iglesia
han de considerarse privilegiados y, por ello, mayormente comprometidos
en testimoniar la fe y la vida cristiana como servicio a los hermanos
y respuesta debida a Dios, recordando que "su excelente condición
no deben atribuirla a los méritos propios sino a una gracia singular
de Cristo, no respondiendo a la cual con pensamiento, palabra y obra,
lejos de salvarse, serán juzgados con mayor severidad".
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