CAPÍTULO
VII
LA
COOPERACIÓN EN LA ACTIVIDAD MISIONERA
77.
Miembros de la Iglesia en virtud del bautismo, todos los cristianos
son corresponsables de la actividad misionera. La participación
de las comunidades y de cada fiel en este derecho-deber se llama "cooperación
misionera".
Tal
cooperación se fundamenta y se vive, ante todo, mediante la unión
personal con Cristo: sólo si se está unido a él,
como el sarmiento a la viña (cf. Jn 15, 5), se pueden producir
buenos frutos. La santidad de vida permite a cada cristiano ser fecundo
en la misión de la Iglesia: "El Concilio invita a todos
a una profunda renovación interior, a fin de que, teniendo viva
conciencia de la propia responsabilidad en la difusión del Evangelio,
acepten su participación en la obra misionera entre los gentiles".
166
La
participación en la misión universal no se reduce, pues,
a algunas actividades particulares, sino que es signo de la madurez
de la fe y de una vida cristiana que produce frutos. De esta manera
el creyente amplía los confines de su caridad, manifestando la
solicitud por quienes están lejos y por quienes están
cerca: ruega por las misiones y por las vocaciones misioneras, ayuda
a los misioneros, sigue sus actividades con interés y, cuando
regresan, los acoge con aquella alegría con la que las primeras
comunidades cristianas escuchaban de los Apóstoles las maravillas
que Dios había obrado mediante su predicación (cf. Act
14, 27).
Oración
y sacrificios por los misioneros
78.
Entre las formas de participación, el primer lugar corresponde
a la cooperación espiritual: oración, sacrificios, testimonio
de vida cristiana. La oración debe acompañar el camino
de los misioneros, para que el anuncio de la Palabra resulte eficaz
por medio de la gracia divina. San Pablo, en sus Cartas, pide a menudo
a los fieles que recen por él, para que pueda anunciar el Evangelio
con confianza y franqueza.
A
la oración es necesario unir el sacrificio. El valor salvífico
de todo sufrimiento, aceptado y ofrecido a Dios con amor, deriva del
sacrificio de Cristo, que llama a los miembros de su Cuerpo místico
a unirse a sus padecimientos y completarlos en la propia carne (cf.
Col 1, 24). El sacrificio del misionero debe ser compartido y sostenido
por el de todos los fieles. Por esto, recomiendo a quienes ejercen su
ministerio pastoral entre los enfermos, que los instruyan sobre el valor
del sufrimiento, animándoles a ofrecerlo a Dios por los misioneros.
Con tal ofrecimiento los enfermos se hacen también misioneros,
como lo subrayan algunos movimientos surgidos entre ellos y para ellos.
Incluso la misma solemnidad de Pentecostés, inicio de la misión
de la Iglesia, es celebrada en algunas comunidades como "Jornada
del sufrimiento por las Misiones".
"Heme
aquí, Señor, estoy dispuesto, envíame"
(cf. Is 6, 8)
79.
La cooperación se manifiesta además en el promover las
vocaciones misioneras. A este respecto, hay que reconocer la validez
de las diversas formas de actividad misionera; pero, al mismo tiempo,
es necesario reafirmar la prioridad de la donación total y perpetua
a la obra de las misiones, especialmente en los Institutos y Congregaciones
misioneras, masculinas y femeninas. La promoción de estas vocaciones
es el corazón de la cooperación: el anuncio del Evangelio
requiere anunciadores, la mies necesita obreros, la misión se
hace, sobre todo, con hombres y mujeres consagrados de por vida a la
obra del Evangelio, dispuestos a ir por todo el mundo para llevar la
salvación.
Deseo,
por tanto, recordar y alentar esta solicitud por las vocaciones misioneras.
Conscientes de la responsabilidad universal de los pueblos cristianos
en contribuir a la obra misional y al desarrollo de los pueblos pobres,
debemos preguntarnos por qué en varias naciones, mientras aumentan
los donativos, se corre el peligro de que desaparezcan las vocaciones
misioneras, las cuales reflejan la verdadera dimensión de la
entrega a los hermanos. Las vocaciones al sacerdocio y a la vida consagrada
son un signo seguro de la vitalidad de una Iglesia.
80.
Pensando en este grave problema, dirijo mi llamada, con particular confianza
y afecto, a las familias y a los jóvenes. Las familias y, sobre
todo, los padres han de ser conscientes de que deben dar "una contribución
particular a la causa misionera de la Iglesia, cultivando las vocaciones
misioneras entre sus hijos e hijas". 167
Una
vida de oración intensa, un sentido real del servicio al prójimo
y una generosa participación en las actividades eclesiales ofrecen
a las familias las condiciones favorables para la vocación de
los jóvenes. Cuando los padres están dispuestos a consentir
que uno de sus hijos marche para la misión, cuando han pedido
al Señor esta gracia, él los recompensará, con
gozo, el día en que un hijo suyo o hija escuche su llamada.
A
los mismos jóvenes ruego que escuchen la palabra de Cristo que
les dice, igual que a Simón Pedro y Andrés en la orilla
del lago: "Venid conmigo, y os haré pescadores de hombres"
(Mt 4, 19). Que los jóvenes tengan la valentía de responder,
igual que Isaías: "Heme aquí, Señor, estoy
dispuesto, envíame" (cf. Is 6, 8). Ellos tendrán
ante sí una vida atrayente y experimentarán la verdadera
satisfacción de anunciar la "Buena Nueva" a los hermanos
y hermanas, a quienes guiarán por el camino de la salvación.
"Mayor
felicidad hay en dar que en recibir"
(Act 20, 35)
81.
Son muchas las necesidades materiales y económicas de las misiones;
no sólo para fundar la Iglesia con estructuras mínimas
(capillas, escuelas para catequistas y seminaristas, viviendas), sino
también para sostener las obras de caridad, de educación
y promoción humana, campo inmenso de acción, especialmente
en los países pobres. La Iglesia misionera da lo que recibe;
distribuye a los pobres lo que sus hijos más pudientes en recursos
materiales ponen generosamente a su disposición. A este respecto,
deseo dar las gracias a todos aquellos que dan con sacrificio para la
obra misionera; sus renuncias y su participación son indispensables
para construir la Iglesia y testimoniar la caridad.
Respecto
a las ayudas materiales es importante comprobar el espíritu con
el que se da. Para ello, es necesario revisar el propio estilo de vida:
las misiones no piden solamente ayuda, sino compartir el anuncio y la
caridad para con los pobres. Todo lo que hemos recibido de Dios tanto
la vida como los bienes materiales no es nuestro sino que nos
ha sido dado para usarlo. La generosidad en el dar debe estar siempre
iluminada e inspirada por la fe: entonces sí que hay más
alegría en dar que en recibir.
La
Jornada Misionera Mundial, orientada a sensibilizar sobre el problema
misionero, así como a recoger donativos, es una cita importante
en la vida de la Iglesia, porque enseña cómo se ha de
dar: en la celebración eucarística, esto es, como ofrenda
a Dios, y para todas las misiones del mundo.
Nuevas
formas de cooperación misionera
82.
La cooperación se abre hoy a nuevas formas, incluyendo no sólo
la ayuda económica sino también la participación
directa. Nuevas situaciones relacionadas con el fenómeno de la
movilidad humana exigen a los cristianos un auténtico espíritu
misionero.
El
turismo a escala internacional es ya un fenómeno de masas positivo,
si se practica con actitud respetuosa en orden a un mutuo enriquecimiento
cultural, evitando ostentaciones y derroches, y buscando la comunicación
humana. Pero a los cristianos se les exige sobre todo la conciencia
de deber ser siempre testigos de la fe y de la caridad en Cristo. También
el conocimiento directo de la vida misionera y de las comunidades cristianas
puede enriquecer y dar vigor a la fe. Son encomiables las visitas a
las misiones, sobre todo por parte de los jóvenes, que van para
prestar un servicio y tener una experiencia fuerte de vida cristiana
Las
exigencias del trabajo llevan hoy a numerosos cristianos de jóvenes
comunidades a regiones donde el cristianismo es desconocido y, a veces,
proscrito o perseguido. Esto pasa también con los fieles de países
de antigua tradición cristiana, que trabajan temporalmente en
países no cristianos. Estas circunstancias son ciertamente una
ocasión para vivir y testimoniar la fe. Durante los primeros
siglos, el cristianismo se difundió sobre todo porque los cristianos,
viajando o estableciéndose en regiones donde Cristo no había
sido anunciado, testimoniaban con valentía su fe y fundaban allí
las primeras comunidades.
Más
numerosos son los ciudadanos de países de misión y los
que pertenecen a regiones no cristianas, que van a establecerse en otras
naciones por motivos de trabajo, de estudio, o bien obligados por las
condiciones políticas o económicas de sus lugares de origen.
La presencia de estos hermanos en los países de antigua tradición
cristiana es un desafío para las comunidades eclesiales, animándolas
a la acogida, al diálogo, al servicio, a compartir, al testimonio
y al anuncio directo. De hecho, también en los países
cristianos se forman grupos humanos y culturales que exigen la misión
ad gentes. Las Iglesias locales, con la ayuda de personas provenientes
de los países de los emigrantes y de misioneros que hayan regresado,
deben ocuparse generosamente de estas situaciones.
La
cooperación puede implicar también a los responsables
de la política, de la economía de la cultura, del periodismo,
además de los expertos de los diversos Organismos internacionales.
En el mundo moderno es cada vez más difícil trazar líneas
de demarcación geográfica y cultural; se da una creciente
interdependencia entre los pueblos, lo cual es un estímulo para
el testimonio cristiano y para la evangelización.
Animación
y formación del Pueblo de Dios
83.
La formación misionera del Pueblo de Dios es obra de la Iglesia
local con la ayuda de los misioneros y de sus Institutos, así
como de los miembros de las Iglesias jóvenes. Esta labor ha de
ser entendida no como algo marginal, sino central en la vida cristiana.
Para la misma "nueva evangelización" de los pueblos
cristianos, el tema misionero puede ser de gran ayuda: en efecto, el
testimonio de los misioneros conserva su atractivo incluso para los
alejados y los no creyentes, y es transmisor de valores cristianos.
Las Iglesias locales, por consiguiente, han de incluir la animación
misionera como elemento primordial de su pastoral ordinaria en las parroquias,
asociaciones y grupos, especialmente los juveniles.
Para
conseguir este fin, es valiosa ante todo la información mediante
la prensa misionera y los diversos medios audiovisuales. Su papel es
de gran importancia en cuanto ayudan a conocer la vida de la Iglesia
universal, las voces y la experiencia de los misioneros y de las Iglesias
locales donde ellos trabajan. Conviene que en las Iglesias más
jóvenes, que no están aún en condiciones de poseer
una prensa y otros instrumentos, los Institutos misioneros destinen
personal y medios para estas iniciativas.
Para
esta formación están llamados los sacerdotes y sus colaboradores,
los educadores y profesores, los teólogos, particularmente los
que enseñan en los seminarios y en los centros para laicos. La
enseñanza teológica no puede ni debe prescindir de la
misión universal de la Iglesia, del ecumenismo, del estudio de
las grandes religiones y de la misionología. Recomiendo que sobre
todo en los Seminarios y en las Casas de formación para religiosos
y religiosas se lleven a cabo tales estudios, procurando que algunos
sacerdotes, o alumnos y alumnas, se especialicen en los diversos campos
de las ciencias misionológicas.
Las
actividades de animación deben orientarse siempre hacia sus fines
específicos: informar y formar al Pueblo de Dios para la misión
universal de la Iglesia; promover vocaciones ad gentes; suscitar cooperación
para la evangelización. En efecto, no se puede dar una imagen
reductiva de la actividad misionera, como si fuera principalmente ayuda
a los pobres, contribución a la liberación de los oprimidos,
promoción del desarrollo, defensa de los derechos humanos. La
Iglesia misionera está comprometida también en estos frentes,
pero su cometido primario es otro: los pobres tienen hambre de Dios,
y no sólo de pan y libertad; la actividad misionera ante todo
ha de testimoniar y anunciar la salvación en Cristo, fundando
las Iglesias locales que son luego instrumento de liberación
en todos los sentidos.
La
responsabilidad primaria de las Obras Misionales Pontificias
84.
En esta obra de animación el cometido primario corresponde a
las Obras Misionales Pontificias, como he afirmado varias veces en los
Mensajes para la Jornada Mundial de las Misiones. Las cuatro Obras Propagación
de la Fe, San Pedro Apóstol, Santa Infancia y Unión Misional
tienen en común el objetivo de promover el espíritu misionero
universal en el Pueblo de Dios. La Unión Misional tiene como
fin inmediato y específico la sensibilización y formación
misionera de los sacerdotes, religiosos y religiosas que, a su vez,
deben cultivarla en las comunidades cristianas; además, trata
de promover otras Obras, de las que ella es el alma. 168
"La consigna ha de ser ésta: Todas las Iglesias para la
conversión de todo el mundo". 169
Estas Obras, por ser del Papa y del Colegio Episcopal, incluso en el
ámbito de las Iglesias particulares, "deben ocupar con todo
derecho el primer lugar, pues son medios para difundir entre los católicos,
desde la infancia, el sentido verdaderamente universal y misionero,
y para estimular la recogida eficaz de subsidios en favor de todas las
misiones , según las necesidades de cada una". 170
Otro objetivo de las Obras Misionales es suscitar vocaciones ad gentes
y de por vida, tanto en las Iglesias antiguas como en las más
jóvenes. Recomiendo vivamente que se oriente cada vez más
a este fin su servicio de animación.
En
el ejercicio de sus actividades, estas Obras dependen, a nivel universal,
de la Congregación para la Evangelización de los Pueblos
y, a nivel local, de las Conferencias Episcopales y de los Obispos en
cada Iglesia particular, colaborando con los centros de animación
existentes: ellas llevan al mundo católico el espíritu
de universalidad y de servicio a la misión, sin el cual no existe
auténtica cooperación.
No
sólo dar a la misión, sino también recibir
85.
Cooperar con las misiones quiere decir no sólo dar, sino también
saber recibir: todas las Iglesias particulares, jóvenes o antiguas,
están llamadas a dar y a recibir en favor de la misión
universal y ninguna deberá encerrarse en sí misma: "En
virtud de esta catolicidad dice el Concilio, cada una de
las partes colabora con sus dones propios con las restantes partes y
con toda la Iglesia, de tal modo que el todo y cada una de las partes
aumenten a causa de todos los que mutuamente se comunican y tienden
a la plenitud en la unidad ... De aquí se derivan... entre las
diversas partes de la Iglesia, unos vínculos de íntima
comunión en lo que respecta a riquezas espirituales, obreros
apostólicos y ayudas temporales". 171
Exhorto
a todas las Iglesias, a los Pastores, sacerdotes, religiosos y fieles
a abrirse a la universalidad de la Iglesia, evitando cualquier forma
de particularismo, exclusivismo o sentimiento de autosuficiencia. Las
Iglesias locales, aunque arraigadas en su pueblo y en su cultura, sin
embargo deben mantener concretamente este sentido universal de la fe,
es decir, dando y recibiendo de las otras Iglesias dones espirituales,
experiencias pastorales del primer anuncio y de evangelización,
personal apostólico y medios materiales.
En
efecto, la tendencia a cerrarse puede ser fuerte: las Iglesias antiguas,
comprometidas en la nueva evangelización, piensan que la misión
han de realizarla en su propia casa, y corren el riesgo de frenar el
impulso hacia el mundo no cristiano, concediendo no de buena gana las
vocaciones a los Institutos misioneros, a las Congregaciones religiosas
y a las demás Iglesias. Sin embargo, es dando generosamente de
lo nuestro como recibiremos; y ya hoy las Iglesias jóvenes no
pocas de las cuales experimentan un prodigioso florecimiento de vocaciones
son capaces de enviar sacerdotes, religiosos y religiosas a las antiguas.
Por
otra parte, estas Iglesias jóvenes sienten el problema de la
propia identidad, de la inculturación, de la libertad de crecer
sin influencias externas, con la posible consecuencia de cerrar las
puertas a los misioneros. A estas Iglesias les digo: lejos de aislaros,
acoged abiertamente a misioneros y medios de las otras Iglesias y enviadlos
también vosotras mismas al mundo. Precisamente por los problemas
que os angustian tenéis necesidad de manteneros en continua comunicación
con los hermanos y hermanas en la fe. Haced valer por todos los medios
legítimos las libertades a las que tenéis derecho, acordándoos
de que los discípulos de Cristo tienen el deber de "obedecer
a Dios antes que a los hombres" (Act 5, 29).
Dios
prepara una nueva primavera del Evangelio
86.
Si se mira superficialmente a nuestro mundo, impresionan no pocos hechos
negativos que pueden llevar al pesimismo. Mas éste es un sentimiento
injustificado: tenemos fe en Dios Padre y Señor, en su bondad
y misericordia. En la proximidad del tercer milenio de la Redención,
Dios está preparando una gran primavera cristiana, de la que
ya se vislumbra su comienzo. En efecto, tanto en el mundo no cristiano
como en el de antigua tradición cristiana, existe un progresivo
acercamiento de los pueblos a los ideales y a los valores evangélicos,
que la Iglesia se esfuerza en favorecer. Hoy se manifiesta una nueva
convergencia de los pueblos hacia estos valores: el rechazo de la violencia
y de la guerra; el respeto de la persona humana y de sus derechos; el
deseo de libertad, de justicia y de fraternidad; la tendencia a superar
los racismos y nacionalismos; el afianzamiento de la dignidad y la valoración
de la mujer.
La
esperanza cristiana nos sostiene en nuestro compromiso a fondo para
la nueva evangelización y para la misión universal, y
nos lleva a pedir como Jesús nos ha enseñado: "Venga
tu reino, hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo"
(Mt 6, 10).
Los
hombres que esperan a Cristo son todavía un número inmenso:
los ámbitos humanos y culturales, que aún no han recibido
el anuncio evangélico o en los cuales la Iglesia esta escasamente
presente, son tan vastos, que requieren la unidad de todas las fuerzas.
Al prepararse a celebrar el jubileo del año dos mil, toda la
Iglesia está comprometida todavía más en el nuevo
adviento misionero. Hemos de fomentar en nosotros el afán apostólico
por transmitir a los demás la luz y la gloria de la fe, y para
este ideal debemos educar a todo el Pueblo de Dios.
No
podemos permanecer tranquilos si pensamos en los millones de hermanos
y hermanas nuestros, redimidos también por la sangre de Cristo,
que viven sin conocer el amor de Dios. Para el creyente, en singular,
lo mismo que para toda la Iglesia, la causa misionera debe ser la primera,
porque concierne al destino eterno de los hombres y responde al designio
misterioso y misericordioso de Dios.