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Vicaría      de Pastoral

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III

LA PREPARACIÓN DEL
GRAN JUBILEO

17. En la historia de la Iglesia cada jubileo es preparado por la divina Providencia. Esto vale también para el Gran Jubileo del Año 2000. Convencidos de ello, hoy miramos con sentido de gratitud y también de responsabilidad cuanto ha sucedido en la historia de la humanidad a partir del nacimiento de Cristo, principalmente los acontecimientos entre el Mil y el Dos mil. De un modo muy particular dirigimos la mirada de fe a este siglo nuestro, buscando en él aquello que da testimonio no sólo de la historia del hombre, sino también de la intervención divina en las vicisitudes humanas.

18. En este sentido se puede afirmar que el Concilio Vaticano II constituye un acontecimiento providencial, gracias al cual la Iglesia ha iniciado la preparación próxima del Jubileo del segundo milenio. Se trata de un Concilio semejante a los anteriores, aunque muy diferente; un Concilio centrado en el misterio de Cristo y de su Iglesia, y al mismo tiempo abierto al mundo. Esta apertura ha sido la respuesta evangélica a la reciente evolución del mundo con las desconcertantes experiencias del siglo XX, atormentado por una primera y una segunda guerra mundial, por la experiencia de los campos de concentración y por horrendas matanzas. Lo sucedido muestra sobre todo que el mundo tiene necesidad de purificación, tiene necesidad de conversión.

Se piensa con frecuencia que el Concilio Vaticano II marca una época nueva en la vida de la Iglesia. Esto es verdad, pero a la vez es difícil no ver cómo la Asamblea conciliar ha tomado mucho de las experiencias y de las reflexiones del período precedente, especialmente del pensamiento de Pío XII. En la historia de la Iglesia, "lo viejo" y "lo nuevo" están siempre profundamente relacionados entre sí. Lo "nuevo" brota de lo "viejo" y lo "viejo" encuentra en lo "nuevo" una expresión más plena. Así ha sido para el Concilio Vaticano II y para la actividad de los Pontífices relacionados con la Asamblea conciliar, comenzando por Juan XXIII, siguiendo con Pablo VI y Juan Pablo I, hasta el Papa actual.

Lo que ellos han realizado durante y después del Concilio, tanto el magisterio como la actividad de cada uno, ha aportado ciertamente una significativa ayuda a la preparación de la nueva primavera de vida cristiana que deberá manifestar el Gran Jubileo, si los cristianos son dóciles a la acción del Espíritu Santo.

19. El Concilio, aunque no empleó el tono severo de Juan Bautista, cuando a orillas del Jordán exhortaba a la penitencia y a la conversión (cf. Lc 3, 1-17), ha puesto de relieve algo del antiguo Profeta, mostrando con nuevo vigor a los hombres de hoy a Cristo, el "Cordero de Dios que quita el pecado del mundo" (Jn 1, 29), el Redentor del hombre, el Señor de la historia. En la Asamblea conciliar la Iglesia, queriendo ser plenamente fiel a su Maestro, se planteó su propia identidad, descubriendo la profundidad de su misterio de Cuerpo y Esposa de Cristo. Poniéndose en dócil escucha de la Palabra de Dios, confirmó la vocación universal a la santidad; dispuso la reforma de la liturgia, "fuente y culmen" de su vida; impulsó la renovación de muchos aspectos de su existencia tanto a nivel universal como al de Iglesias locales; se empeñó en la promoción de las distintas vocaciones cristianas: la de los laicos y la de los religiosos, el ministerio de los diáconos, el de los sacerdotes y el de los Obispos; redescubrió, en particular, la colegialidad episcopal, expresión privilegiada del servicio pastoral desempeñado por los Obispos en comunión con el Sucesor de Pedro. Sobre la base de esta profunda renovación, el Concilio se abrió a los cristianos de otras Confesiones, a los seguidores de otras religiones, a todos los hombres de nuestro tiempo. En ningún otro Concilio se habló con tanta claridad de la unidad de los cristianos, del diálogo con las religiones no cristianas, del significado específico de la Antigua Alianza y de Israel, de la dignidad de la conciencia personal, del principio de libertad religiosa, de las diversas tradiciones culturales dentro de las que la Iglesia lleva a cabo su mandato misionero, de los medios de comunicación social.

20. La enorme riqueza de contenidos y el tono nuevo, desconocido antes, de la presentación conciliar de estos contenidos constituyen casi un anuncio de tiempos nuevos. Los Padres conciliares han hablado con el lenguaje del Evangelio, con el lenguaje del Sermón de la Montaña y de las Bienaventuranzas. El mensaje conciliar presenta a Dios en su señorío absoluto sobre todas las cosas, aunque también como garante de la auténtica autonomía de las realidades temporales.

En efecto, la mejor preparación al vencimiento bimilenario ha de manifestarse en el renovado compromiso de aplicación, lo más fiel posible, de las enseñanzas del Vaticano II a la vida de cada uno y de toda la Iglesia. Con el Vaticano II se ha inaugurado, en el sentido más amplio de la palabra, la inmediata preparación del Gran Jubileo del 2000. Si buscáramos algo análogo en la liturgia, se podría decir que la anual liturgia del Adviento es el tiempo más parecido al espíritu del Concilio. El Adviento nos prepara al encuentro con Aquel que era, que es y que constantemente viene (cf. Ap 4, 8).

21. En el camino de preparación a la cita del 2000 se incluye la serie de Sínodos iniciada después del Concilio Vaticano II: Sínodos generales y Sínodos continentales, regionales, nacionales y diocesanos. El tema de fondo es el de la evangelización, mejor todavía, el de la nueva evangelización, cuyas bases fueron fijadas por la Exhortación Apostólica Evangelii nuntiandi de Pablo VI, publicada en el año 1975 después de la tercera Asamblea General del Sínodo de los Obispos. Estos Sínodos ya forman parte por sí mismos de la nueva evangelización: nacen de la visión conciliar de la Iglesia, abren un amplio espacio a la participación de los laicos, definiendo su específica responsabilidad en la Iglesia, y son expresión de la fuerza que Cristo ha dado a todo el Pueblo de Dios, haciéndolo partícipe de su propia misión mesiánica, profética, sacerdotal y regia. Muy elocuentes son a este respecto las afirmaciones del segundo capítulo de la Const. dogm. Lumen gentium. La preparación del Jubileo del Año 2000 se realiza así en toda la Iglesia, a nivel universal y local, animada por una conciencia nueva de la misión salvífica recibida de Cristo. Esta conciencia se manifiesta con significativa evidencia en las Exhortaciones postsinodales dedicadas a la misión de los laicos, a la formación de los sacerdotes, a la catequesis, a la familia, al valor de la penitencia y de la reconciliación en la vida de la Iglesia y de la humanidad y, próximamente, a la vida consagrada.

22. Con vista al Gran Jubileo del Año 2000, esperan al ministerio del Obispo de Roma tareas y responsabilidades específicas. En esta línea han actuado de algún modo todos los Pontífices del siglo que está por acabar. Con el programa de renovar todo en Cristo, san Pío X trató de prevenir los trágicos derroteros que iba adquiriendo la situación internacional de principios de siglo. La Iglesia, frente a la consolidación en el mundo contemporáneo de tendencias opuestas a la paz y a la justicia, era consciente del deber de actuar de un modo decisivo para favorecer y defender bienes tan fundamentales. Los Pontífices del período preconciliar se movieron en este sentido con gran diligencia, cada uno desde su propia situación: Benedicto XV se halló frente a la tragedia de la primera guerra mundial; Pío XI debió afrontar las amenazas de los sistemas totalitarios o no respetuosos de la libertad humana en Alemania, en Rusia, en Italia, en España, y antes aún en México. Pío XII intervino contra la mayor injusticia de la segunda guerra mundial, el sumo desprecio de la dignidad humana, y dio también luminosas orientaciones para el nacimiento de un nuevo orden mundial después de la caída de los sistemas políticos precedentes.

Además los Papas a lo largo del siglo, siguiendo las huellas de León XIII, han tratado sistemáticamente los temas de la doctrina social católica, considerando las características de un sistema justo en el campo de las relaciones entre trabajo y capital. Basta pensar en la Encíclica Quadragesimo anno de Pío XI, en las numerosas intervenciones de Pío XII, en la Mater et Magistra y en la Pacem in terris de Juan XXIII, en la Populorum progressio y en la Carta Apostólica Octogesima adveniens de Pablo VI. Sobre este argumento yo mismo he vuelto repetidamente: he dedicado la Encíclica Laborem exercens de modo particular a la importancia del trabajo humano, mientras que con la Centesimus annus he intentado reafirmar la validez de la doctrina de la Rerum novarum después de cien años. Además anteriormente con la Encíclica Sollicitudo rei socialis había propuesto de nuevo en forma sistemática toda la doctrina social de la Iglesia desde la perspectiva del enfrentamiento entre los dos bloques Este-Oeste y del peligro de una guerra nuclear. Los dos elementos de la doctrina social de la Iglesia —la tutela de la dignidad y de los derechos de la persona en el ámbito de una justa relación entre trabajo y capital, y la promoción de la paz— se encontraron en este texto y se fusionaron. Asimismo tratan de servir a la causa de la paz los Mensajes pontificios anuales del primero de enero, publicados a partir de 1968, bajo el pontificado de Pablo VI.

23. El pontificado actual, desde el primer documento, habla explícitamente del Gran Jubileo, invitando a vivir el período de espera como "un nuevo adviento" 9. Sobre este tema he vuelto después muchas otras veces, deteniéndome ampliamente en la Encíclica Dominum et vivificantem 10. De hecho, la preparación del Año 2000 es casi una de sus claves hermenéutica. Ciertamente no se quiere inducir a un nuevo milenarismo, como se hizo por parte de algunos al final del primer milenio; sino que se pretende suscitar una particular sensibilidad a todo lo que el Espíritu dice a la Iglesia y a las Iglesias (cf. Ap 2, 7ss.), así como a los individuos por medio de los carismas al servicio de toda la comunidad. Se pretende subrayar aquello que el Espíritu sugiere a las distintas comunidades, desde las más pequeñas, como la familia, a las más grandes, como las naciones y las organizaciones internacionales, sin olvidar las culturas, las civilizaciones y las sanas tradiciones. La humanidad, a pesar de las apariencias, sigue esperando la revelación de los hijos de Dios y vive de esta esperanza, como se sufren los dolores del parto, según la imagen utilizada con tanta fuerza por san Pablo en la Carta a los Romanos (cf. 8, 19-22).

24. Las peregrinaciones del Papa se han convertido en un elemento importante del esfuerzo por la aplicación del Concilio Vaticano II. Comenzadas por Juan XXIII, en puertas de la inauguración del Concilio, con una significativa peregrinación a Loreto y Asís (1962), tuvieron un notable incremento con Pablo VI, quien, después de haber ido en primer lugar a Tierra Santa (1964), realizó otros nueve grandes viajes apostólicos que lo llevaron al contacto directo con las poblaciones de los distintos continentes.

El pontificado actual ha ampliado aún más este programa, comenzando por México, con ocasión de la III Conferencia General del Episcopado Latinoamericano celebrada en Puebla en 1979. Se realizó además, en aquel mismo año, la peregrinación a Polonia durante el Jubileo por el 900° aniversario de la muerte de san Estanislao obispo y mártir.

Las sucesivas etapas de este peregrinar son conocidas. Las peregrinaciones se han hecho sistemáticas, llegando a las Iglesias particulares de todos los continentes, con una cuidada atención por el desarrollo de las relaciones ecuménicas con los cristianos de las diversas confesiones. En este sentido revisten un particular relieve las visitas a Turquía (1979), Alemania (1980), Inglaterra, Gales y Escocia (1982), Suiza (1984), Países Escandinavos (1989) y últimamente a los Países Bálticos (1993).

En el momento presente, entre las metas de peregrinación vivamente deseadas se encuentra, además de Sarajevo en Bosnia-Herzegovina, el Oriente Medio: Líbano, Jerusalén y Tierra Santa. Sería muy elocuente si, con ocasión del año 2000, fuera posible visitar todos aquellos lugares que se hallan en el camino del Pueblo de Dios de la Antigua Alianza, a partir de los lugares de Abraham y de Moisés, atravesando Egipto y el Monte Sinaí, hasta Damasco, ciudad que fue testigo de la conversión de san Pablo.

25. En la preparación del Año 2000 juegan un papel propio las Iglesias particulares, que con sus jubileos celebran etapas significativas de la historia de salvación de los diversos pueblos. Entre estos jubileos locales o regionales han tenido suma importancia el milenio del Bautismo de la Rus en 1988 11 y también los quinientos años del inicio de la evangelización del continente americano (1492). Junto a estos acontecimientos de vasto alcance, aunque no de dimensión universal, se deben recordar otros no menos significativos: por ejemplo, el milenio del Bautismo de Polonia en 1966 y de Hungría en 1968, junto con los seis cientos años del Bautismo de Lituania en 1987. Además se cumplirán próximamente el 1500° aniversario del Bautismo de Clodoveo rey de los francos (496), y el 1400° aniversario de la llegada de san Agustín a Canterbury (597), inicio de la evangelización del mundo anglosajón.

En relación a Asia, el Jubileo nos recordará al apóstol Tomás, que ya al comienzo de la era cristiana, según la tradición, llevó el anuncio evangélico a la India, a donde en torno al año 1500 llegarían después los misioneros portugueses. Se celebra este año el séptimo centenario de la evangelización de la China (1294) y nos disponemos a conmemorar la expansión misionera en Filipinas con la constitución de la sede metropolitana de Manila (1595), como también del IV centenario de los primeros mártires del Japón (1597).

En África, donde el primer anuncio se remonta a la época apostólica, junto a los 1650 años de la consagración episcopal del primer Obispo de los etíopes, san Frumencio (a. 397) y a los 500 años del inicio de la evangelización de Angola, en el antiguo reino del Congo (1491), naciones como Camerún, Costa de Marfil, República Centroafricana, Burundi y Burkina-Faso están celebrando los respectivos centenarios de la llegada a sus territorios de los primeros misioneros. A su vez, otras naciones africanas lo han celebrado hace poco.

¿Cómo olvidar además las Iglesias de Oriente, cuyos antiguos Patriarcados nos acercan a la herencia apostólica y cuyas venerables tradiciones teológicas, litúrgicas y espirituales constituyen una enorme riqueza, patrimonio común de toda la cristiandad? Las múltiples celebraciones jubilares de estas Iglesias y de las Comunidades que en ellas reconocen el origen de su apostolicidad evocan el camino de Cristo en los siglos y contribuyen también al gran Jubileo del final del segundo milenio.

Vista así, toda la historia cristiana aparece como un único río, al que muchos afluentes vierten sus aguas. El Año 2000 nos invita a encontrarnos con renovada fidelidad y profunda comunión en las orillas de este gran río: el río de la Revelación, del Cristianismo y de la Iglesia, que corre a través de la historia de la humanidad a partir de lo ocurrido en Nazaret y después en Belén hace dos mil años. Es verdaderamente el "río" que con sus "afluentes", según la expresión del Salmo, "recrean la ciudad de Dios" (4645, 5).

26. En la perspectiva de la preparación del Año 2000 se sitúan también los Años Santos celebrados en el último período de este siglo. Está todavía fresco en la memoria el Año Santo que el Papa Pablo VI convocó en 1975; en la misma línea se ha celebrado posteriormente 1983 como Año de la Redención. Tal vez un eco todavía mayor tuvo el Año Mariano 1987/88, muy esperado y profundamente vivido en las Iglesias locales, y especialmente en los santuarios marianos del mundo entero. La Encíclica Redemptoris Mater, publicada entonces, evidenció la enseñanza conciliar sobre la presencia de la Madre de Dios en el misterio de Cristo y de la Iglesia: el Hijo de Dios se hizo hombre hace dos mil años por obra del Espíritu Santo y nació de la Inmaculada Virgen María. El Año Mariano fue como una anticipación del Jubileo, incluyendo en sí mucho de lo que se deberá expresar plenamente en el Año 2000.

27. Es difícil no advertir cómo el Año Mariano precedió de cerca a los acontecimientos de 1989. Son sucesos que sorprenden por su envergadura y especialmente por su rápido desarrollo. Los años ochenta se habían sucedido arrastrando un peligro creciente, en la estela de la "guerra fría"; el año 1989 trajo consigo una solución pacífica que ha tenido casi la forma de un desarrollo "orgánico". A su luz nos sentimos inducidos a reconocer un significado incluso profético a la Encíclica Rerum novarum: cuanto el Papa León XIII allí escribe sobre el tema del comunismo encuentra en estos acontecimientos una puntual verificación, como he hecho presente en la Encíclica Centesimus annus 12. Además se podía percibir cómo, en la trama de lo sucedido, operaba con premura materna la mano invisible de la Providencia: "¿Acaso olvida una mujer a su niño de pecho...?" (Is 49, 15).

Después de 1989 han surgido, sin embargo, nuevos peligros y nuevas amenazas. En los países del antiguo bloque oriental, tras la caída del comunismo, ha aparecido el grave riesgo de los nacionalismos, como desgraciadamente muestran los percances de los Balcanes y de otras áreas próximas. Esto obliga a las naciones europeas a un serio examen de conciencia, reconociendo culpas y errores cometidos históricamente, en campo económico y político, en relación a las naciones cuyos derechos han sido sistemáticamente violados por los imperialismos del siglo pasado y del presente.

28. Actualmente, siguiendo la huella del Año Mariano y en semejante perspectiva, estamos viviendo el Año de la Familia, cuyo contenido se vincula estrechamente con el misterio de la Encarnación y con la historia misma del hombre. Por tanto, se puede alimentar la esperanza de que el Año de la Familia, inaugurado en Nazaret, llegue a ser, como el Año Mariano, una significativa etapa de la preparación del Gran Jubileo.

En este sentido, he dirigido una Carta a las Familias, en la que he querido presentar el núcleo de la enseñanza eclesial sobre la familia para llevarlo, por así decir, al interior de cada hogar doméstico. En el Concilio Vaticano II la Iglesia reconoció como una de sus tareas la de valorar la dignidad del matrimonio y de la familia 13. El Año de la Familia pretende contribuir a la puesta en práctica del Concilio en esta dimensión. Es por esto necesario que la preparación del Gran Jubileo pase, en cierto modo, a través de cada familia. ¿Acaso no fue por medio de una familia, la de Nazaret, que el Hijo de Dios quiso entrar en la historia del hombre?

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