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Conferencia del Episcopado Latinoamericano. CELAM


I CONFERENCIA GENERAL DEL EPISCOPADO LATINOAMERICANO

"RÍO DE JANEIRO 1955"

CARTA APOSTÓLICA "AD ECCLESIAM CHRISTI"
DEL PAPA PÍO XII A LOS OBISPOS LATINOAMERICANOS

A Nuestro venerable Hermano Adeodato Giovanni Piazza, Cardenal de la Santa Romana Iglesia, Obispo de Sabina y Poggio Mirteto, Secretario de la Sagrada Congregación Consistorial, Presidente de la Conferencia General del Episcopado Latinoamericano.

Venerable Hermano Nuestro, salud y Bendición Apostólica.

A la Iglesia de Cristo, que vive en los Países de América Latina, tan ilustres por su devoción a la religión, por luz de civilización, y por las esperanzas que ofrecen de un porvenir de mayor grandeza, se dirige con vigilancia igual al amor nuestro pensamiento.

Si a Nos, a quien por celestial designio fue encomendado regir el entero rebaño de Cristo, corresponde la cotidiana y solícita cura de todas las Iglesias, es muy natural que nuestras miradas se dirijan con particular insistencia hacia los numerosos fieles que viven en ese continente. Ellos, en efecto, unidos y hermanados —no obstante la diversidad de Patrias— por la vecindad geográfica, por los vínculos de una común civilización, y sobre todo por el gran don recibido de la verdad evangélica, constituyen más de la cuarta parte del orbe católico: falange magnífica de los hijos de la Iglesia, agrupación compacta de generosa fidelidad a las tradiciones católicas de sus padres. Esta visión conforta nuestro espíritu en medio de las amarguras de los combates y de las persecuciones a que se hallan expuestos en no pocas partes del mundo el nombre cristiano y la misma fe en Dios.

Y, en verdad, no es que en alguna parte de América Latina hayan faltado, incluso en nuestros días —y el recordarlo llena nuestro espíritu de profundo dolor— luchas y vejaciones contra la Iglesia. Pero nada hasta ahora, y por ello sean dadas gracias a Dios, ha servido para apagar en estas vastas regiones la luz de salvación que emana de la Cruz de Cristo, que como refulgente aurora se ha elevado en los mismos albores de su civilización.

Sin embargo, no queremos ocultarte, venerable Hermano nuestro, que a esta consideración nuestra se une sin cesar una trémula ansiedad al no ver aún resueltos los graves y siempre crecientes problemas de la Iglesia en América Latina, especialmente el que con angustia y con voz de alarma es denunciado justamente como el más grave y peligroso: la insuficiencia del clero.

Consecuencias de causas que son bastante conocidas para que haya que recordarlas minuciosamente, esa insuficiencia fue en el siglo pasado, y por desgracia continúa siendo aún hoy —no obstante los generosos esfuerzos realizados para poner remedio a ella— motivo por el que la vida católica en ese continente manifiesta deficiencia cada vez más gravemente peligrosa, aun estando sin ninguna duda profundamente arraigada en los espíritus y distinguiéndose por magníficas manifestaciones, que han llegado a veces hasta el heroísmo del martirio, corona de los fuertes.

Donde, en efecto, falta el sacerdote o éste no es "vaso de honor, santificado, idóneo para uso del Señor, dispuesto para toda obra buena" (2 Tim 2, 21), llega por necesidad a oscurecerse la luz de la verdad religiosa, pierden vigor las leyes y los preceptos de vida dados por la religión, languidece cada vez más la vida de la gracia, fácilmente se corrompen en la relajación e incuria las costumbres del pueblo, y se debilita tanto en la vida pública como en la privada esa saludable firmeza de propósitos, que puede manifestarse únicamente cuando cada cual se atiene en todas las circunstancias a los postulados del Evangelio.

Esta insuficiencia del clero secular y regular, que se advierte hoy más aguda y más grave con relación a los tiempos pasados por la aumentada mole de los problemas apostólicos de la Iglesia, constituye un obstáculo o una rémora al menos para que los pueblos de la América Latina, por Nos amadísimos, logren en el orden religioso los progresos que felizmente realizan en no pocos otros campos.

Nos, confiando en la protección de Dios y en el patrocinio de la Virgen Santísima, Reina de la América Latina, no compartimos los tristes presentimientos que a algunos inspira semejante condición de cosas; es más, en nuestro corazón alimentamos la esperanza de que dentro de no mucho tiempo la América Latina pueda hallarse en condiciones de responder, con vigoroso empeño, a la vocación apostólica que la divina Providencia parece haber asignado a ese gran continente, o sea, ocupar un lugar preeminente en la nobilísima misión de comunicar también a los demás pueblos, para lo futuro, los deseados dones de la salvación y de la paz.

Para conseguir el cumplimiento de estos votos nuestros es preciso, sin embargo, obrar con prontitud, con generoso valor, con energía; no echando a perder preciosas energías, sino coordinándolas de manera que resulten casi multiplicadas; recurriendo, si es necesario a nuevas formas y nuevos métodosde apostolado que, aun dentro de la fidelidad a la tradición eclesiástica, respondan mejor a las necesidades de los tiempos y aprovechen los medios del moderno progreso que, si desgraciadamente a menudo sirven para el mal, pueden también y deben ser en manos de los buenos, instrumento para obrar valientemente por el triunfo de la virtud y la difusión de la verdad.

Es por ese motivo que Nos ha parecido oportuno, recogiendo además el voto que Nos presentó el Episcopado de la América Latina, que la Jerarquía Latinoamericana se reuniera para proceder al estudio a fondo de los problemas y de los medios más aptos para resolverlos con esa prontitud y plenitud que las necesidades exigen.

Por lo tanto, una vez que los Sagrados Pastores han terminado la labor preparatoria de examen del estado actual y de meditación de los remedios, próximamente se reunirán en Conferencia General los representantes delegados de las diversas Provincias Eclesiásticas y de las circunscipciones misioneras de América Latina para poner en común los resultados del estudio llevado a cabo y llegar de mutuo acuerdo a conclusiones prácticas para un florecimiento más vigoroso de la vida católica en todo el continente.

Participando de sus preocupaciones, agudizadas en Nos por el apostólico afán, tenemos la satisfacción de encontrarnos en tu persona, venerable Hermano nuestro, presentes en su reunión, llevándoos por medio de esta Carta, como testimonio de profundo amor, nuestros augurios y nuestra exhortación.

Nos estamos seguros de que al desarrollar el programa propuesto a la Conferencia, los celosos y dignísimos Prelados detendrán su atención en las formas más idóneas y más eficaces para suscitar, cultivar y difundir cada vez mayor número de vocaciones del estado eclesiástico y religioso entre los hijos de sus tierras; para formar, como conviene, santos y bien preparados ministros de Dios y de la Iglesia; para tutelar, aun en medio de los peligros y las tentaciones, el espíritu eclesiástico que debe distinguir a quien está llamado a desempeñar el sagrado ministerio, con el fin sobre todo de que ese espíritu se alimente cada vez más, de tal modo que toda la vida del sacerdote, en la continua y generosa preocupación de cultivar la piedad y de cumplir con el cotidiano deber apostólico, se halle vacía de vanidad y abunde en plenitud.

Ahora bien, como es de prever que tan sólo dentro de un plazo de tiempo no breve las vocaciones podrán cubrir las necesidades en cada uno de los Países, un cuidado no menos atento habrá de dedicarse al modo mejor para utilizar al servicio de la Iglesia en la América Latina también la cooperación de clero proveniente de otras Naciones: clero que en modo alguno puede ser considerado extranjero, ya que cada sacerdote católico que verdaderamente responda a su vocación se siente cual si fuera hijo de la tierra donde trabaja para que el Reino de Dios florezca y tome incremento.

Mas otro campo, de no pequeña utilidad, Nos vemos abierto a la consideración de quienes tomarán parte en esta Conferencia Episcopal: o sea, el del estudio de las posibilidades de llamar en ayuda del clero a los que justamente son llamados sus auxiliares. En primer lugar, a los religiosos no sacerdotes y a las religiosas que, por su misma vocación, son indicados como los más preciosos y próximos colaboradores en la acción apostólica; y luego, a las falanges de los seglares más generosos que saben responder a la invitación del dueño de la mies evangélica, que con suave urgencia los llama a participar, en diversa manera y con diferentes trabajos, en la labor y en el premio de los obreros apostólicos.

Pensamos en verdad que mientras no ceje la insuficiencia del clero, entre ellos principalmente podrá encontrar la Sagrada Jerarquía la providencial e indispensable ayuda en la obra del sacerdote.

Estamos convencidos igualmente de que una aportación no pequeña a la acción de las fuerzas apostólicas en la América Latina podrá provenir de una cordial y bien organizada colaboración entre ellas así como del estudio de las apropiadas formas de cura de almas que la experiencia demuestre más idóneas para la peculiar condición de los tiempos, y de un empleo más adecuado de los modernos medios técnicos como la prensa y la radio para difundir e inculcar más eficazmente en las almas la palabra sagrada y las enseñanzas de la Iglesia, maestra de verdad.

Así organizadas y como alineadas, las fuerzas católicas podrán afrontar con mayor energía la ardua pero tan meritoria lucha en defensa del reino de Dios y por su siempre más vasta difusión.

Muchos son, desgraciadamente, los asaltos de astutos enemigos y para rechazarlos es necesaria enérgica vigilancia: como las insidias masónicas, la propaganda protestante, las diversas formas del laicismo, de superstición y de espiritismo que, cuanto más grave es la ignorancia de las cosas divinas y más adormecida la vida cristiana, tanto más fácilmente se difunden, ocupando el lugar de la verdadera Fe y satisfaciendo engañosamente las ansias del pueblo sediento de Dios. A ellas se añaden las perversas doctrinas de los que, bajo el falso pretexto de justicia social y de mejorar las condiciones de vida de las clases más humildes, tienden a arrancar del alma el inestimable tesoro de la religión.

Otros temas, además, habrán de ser —por su urgencia— tratados con la más diligente atención en la Conferencia: vastísimo, en efecto, es el campo que se ofrece a los triunfos de la Fe Católica.

A más de los otros temas de suma importancia, estos que siguen no deben ser descuidados: América, con hospitalaria caridad, acoge en sus vastas regiones, ricas en minas, productos agrícolas y cuanto es necesario para la vida, a multitudes de personas a las que la necesidad o la violencia aleja de su Patria La transmigración de tanta gente, como fácilmente se comprende, suscita muchos problemas, sobre los que hemos llamado la atención y dado normas con la Constitución Apostólica "Exsul Familia" particularmente por lo que se refiere a la asistencia espiritual a los emigrados.

Queremos subrayar además cuán necesaria es la presencia maternal de la Iglesia, con su luminosa enseñanza y con su generosa actividad, en el campo social: tema éste que si en todos los pueblos es merecedor de la mayor consideración, en las Naciones Latinoamericanas ofrece motivos particulares para reclamar la solicitud pastoral de la Sagrada Jerarquía, ya que se trata de cuestión íntimamente ligada con la vida religiosa.

Por último, queremos añadir una palabra sobre las posibilidades y grandes ventajas de una más amplia y cordial colaboración, a la que paternalmente invitamos no solamente a la Jerarquía y a los fieles de las diversas naciones Latinoamericanas, sino también a todos los demás pueblos que, de un modo o de otro, pueden prestar ayuda y sostén: esa ayuda y ese sostén que confiamos la América Latina podrá devolver más adelante, grandemente multiplicados, a la entera Iglesia de Cristo cuando —conforme a nuestros votos— pueda contar felizmente con las vastas y preciosas energías que casi parecen esperar la mamo del sacerdote para dedicarse con activo entusiasmo al servicio de Dios y de su Reino.

Al mismo tiempo que, movidos por paternal afecto, sentimos esta consoladora esperanza de un porvenir más fausto, esperanza que confiamos al Corazón Sacratísimo de Jesús y a la Inmaculada Virgen Madre de Dios, Nos tenemos la satisfacción de impartir a Ti, venerable Hermano nuestro, a los amadísimos Cardenales, Arzobispos, Obispos y Prelados de la América Latina, y ante todo a los que tomen parte en la próxima Conferencia de Río de Janeiro, con el fin de que a su empeño y a sus trabajos acompañen abundantísimos frutos, nuestra Bendición Apostólica, que de corazón extendemos también a los sacerdotes, a los religiosos, a las religiosas y a todos los fieles de la América Latina.

Dada en Roma junto a San Pedro, el 29 del mes de junio del año 1955, XVII de nuestro Pontificado.

PIVS PAPA XII

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