Venerados,
queridos, carísimos Hermanos:
Benedicamus
Domino! Bendecimos y damos gracias al Señor que nos concede este
fraternal encuentro. Saludamos a todos y a cada uno de vosotros con
la veneración, con el afecto, con la profundidad y la riqueza
de sentimientos que la caridad de nuestro Señor y la elección
común al gobierno pastoral y al servicio generoso de la Iglesia
pueden suscitar en el corazón del humilde sucesor de Pedro. Y
con vosotros saludamos y bendecimos a todos los obispos y ordinarios
de América Latina, representados aquí por vosotros, a
los Sacerdotes, Religiosos y Religiosas y a todos los fieles, a toda
la Santa Iglesia Católica de este gran continente.
La
primera visita del Papa a América Latina
¡Venerables
Hermanos! No podemos ocultaros la viva emoción que invade nuestro
espíritu en estos momentos. Nos mismos estamos maravillados de
encontrarnos entre vosotros. La primera visita personal del Papa a sus
Hermanos y a sus Hijos en América Latina, no es en verdad un
sencillo y singular hecho de crónica; es, a nuestro parecer,
un hecho histórico, que se insiere en la larga, compleja y fatigosa
acción evangelizadora de estos inmensos territorios y que con
ello la reconoce, la ratifica, la celebra y al mismo tiempo la concluye
en su primera época secular; y, por una convergencia de circunstancias
proféticas, se inaugura hoy con esta visita un nuevo período
de la vida eclesiástica. Procuremos adquirir conciencia exacta
de este feliz momento, que parece ser por divina providencia conclusivo
y decisivo.
El
pasado misionero y pastoral
Quisiéramos
deciros tantas cosas sobre vuestro pasado misionero y pastoral y rendir
honor a cuantos han trazado los surcos del Evangelio en estos campos
tan amplios, tan inaccesibles, tan abiertos y tan difíciles al
mismo tiempo para la difusión de la fe y para la sincera vitalidad
religiosa y social. Ha sido plantada la Cruz de Cristo, ha sido dado
el nombre católico, se han realizado esfuerzos sobrehumanos para
evangelizar estas tierras, se han llevado a cabo grandes e innumerables
obras, se han conseguido, con escasez de hombres y de medios, resultados
dignos de admiración; en resumen, se ha difundido por todo el
continente el nombre del único Salvador, Jesucristo, ha sido
construida la Iglesia, ha sido difundido un Espíritu cuyo valor
e impulso hoy estamos sintiendo ¡Dios bendiga a aquellos que han
gastado su vida! ¡Dios bendiga a vosotros, Hermanos carísimos,
que estáis consagrados a esta empresa gigantesca!
El
porvenir: esfuerzo, audacia, sacrificio
La
obra, como todos sabemos, no está acabada. Más aún,
el trabajo realizado denuncia sus límites, pone en evidencia
las nuevas necesidades, exige algo nuevo y grande. El porvenir reclama
un esfuerzo, una audacia, un sacrificio que ponen en la Iglesia un ansia
profunda. Estamos en un momento de reflexión total. Nos invade,
como una ola desbordante, la inquietud característica de nuestro
tiempo especialmente de estos países, proyectados hacia su desarrollo
completo, y agitados por la conciencia de sus desequilibrios económicos,
sociales, políticos y morales. También los Pastores de
la Iglesia ¿no es verdad? hacen suya el ansia de
los pueblos en esta fase de la historia de la civilización; y
también ellos, los guías, los maestros, los profetas de
la fe y de la gracia, advierten la inestabilidad que a todos nos amenaza.
La
hora del ánimo y de la confianza
Nos
condividimos vuestra pena y vuestro temor, Hermanos. Desde lo alto de
la mística barca de la Iglesia, también Nos y no en menor
grado, sentimos la tempestad que nos rodea y nos asalta, Pero escuchad
también de nuestros labios, Hermanos, vosotros personalmente
más fuertes y más valientes que Nos mismos, la palabra
de Jesús, con la cual El, presentándose entre las olas
borrascosas, en una noche llena de peligros, gritó a sus discípulos
que navegaban: "¡Soy Yo, no temáis!" [Mt 14,
27]. Sí, Nos queremos repetiros esa exhortación del Maestro:
"No temáis" [Lc 12, 32]. Esta es para la Iglesia una
hora de ánimo y de confianza en el Señor.
Permitid
que condensemos brevemente en algunos párrafos lo mucho que tenemos
en el corazón, para vuestro momento presente y para vuestro próximo
futuro. No esperéis de Nos tratados completos; las reuniones
de vuestra Segunda Asamblea General del Episcopado Latinoamericano,
que sabemos preparadas con tanto esmero y competencia, abordarán
más a fondo vuestros problemas. Nos limitaremos a indicaros una
triple dirección a vuestra actividad de obispos, sucesores de
los Apóstoles, custodios y maestros de la fe y Pastores del Pueblo
de Dios.
I.
ORlENTACIONES ESPIRITUALES
Llamado
a la perfección y a la santificación
Una
orientación espiritual, en primer lugar. Entendemos, ante todo,
una orientación espiritual personal. Ninguno ciertamente querrá
impugnar que nosotros, obispos llamados al ejercicio de la perfección
y a la santificación de los demás, tengamos un deber inmanente
y permanente de buscar para nosotros mismos la perfección y la
santificación. No podemos olvidar las exhortaciones solemnes
que nos fueron dirigidas en el acto de nuestra consagración episcopal.
No podemos eximirnos de la práctica de una intensa vida interior.
No podemos anunciar la palabra de Dios sin haberla meditado en el silencio
del alma. No podremos ser fieles dispensadores de los misterios divinos
sin habernos asegurado antes a nosotros mismos sus riquezas. No podremos
dedicarnos al apostolado, si no sabemos corroborarlo con el ejemplo
de las virtudes cristianas y sacerdotales.
Testimonio
de vida
Estamos
muy observados: "spectaculum facti sumus" [1 Cor 4, 9]: el
mundo nos observa hoy de modo particular con relación a la pobreza,
a la sencillez de vida, al grado de confianza que ponemos en nuestro
uso de los bienes temporales; nos observan los ángeles en la
trasparente pureza de nuestro único amor a Cristo que se manifiesta
tan luminosamente en la firme y gozosa observancia de nuestro celibato
sacerdotal; y la Iglesia observa nuestra fidelidad a la comunión,
que hace de todos nosotros uno, y a las leyes que siempre debemos recordar,
de su ensambladura visible y orgánica. Dichoso nuestro tiempo
atormentado y paradójico, que casi nos obliga a la santidad que
corresponde a nuestro oficio tan representativo y tan responsable, y
que nos obliga a recuperar en la contemplación y en la ascética
de los misterios del Espíritu Santo aquel íntimo tesoro
de personalidad del cual casi nos proyecta fuera la entrega a nuestro
oficio extremadamente acuciante.
La
fe, razón de ser de la Iglesia
Y
después, haciendo puente entre nosotros y nuestro rebaño,
las virtudes teologales asumen para nuestra alma y la del prójimo
toda su soberana importancia. Nos hicimos una llamada a la Iglesia para
celebrar un "año de la fe", como memoria y homenaje
a la fecha centenaria del martirio de los santos Apóstoles Pedro
y Pablo, y también a vosotros ha llegado el eco de nuestra solemne
profesión de fe. La fe es la base, la raíz, la fuente,
la primera razón de ser de la Iglesia, bien lo sabemos.
Insidias
contra la fe
Y
sabemos también cómo la fe es insidiada por las corrientes
más subversivas del pensamiento moderno. La desconfianza que,
incluso en los ambientes católicos se ha difundido acerca de
la validez de los principios fundamentales de la razón, o sea,
de nuestra "philosophia perennis", nos ha desarmado frente
a los asaltos, no raramente radicales y capciosos, de pensadores de
moda; el "vacuum" producido en nuestras escuelas filosóficas
por el abandono de la confianza en los grandes maestros del pensamiento
cristiano, es invadido frecuentemente por una superficial y casi servil
aceptación de filosofías de moda, muchas veces tan simplistas
como confusas; y éstas han sacudido nuestro arte normal, humano
y sabio de pensar la verdad; estamos tentados de historicismo, de relativismo,
de subjetivismo, de neo-positivismo, que en el campo de la fe crean
un espíritu de crítica subversiva y una falsa persuasión
de que para atraer y evangelizar a los hombres de nuestro tiempo, tenemos
que renunciar al patrimonio doctrinal, acumulado durante siglos por
el magisterio de la Iglesia, y de que podemos modelar, no en virtud
de una mejor claridad de expresión, sino de un cambio del contenido
dogmático, un cristianismo nuevo, a medida del hombre y no a
medida de la auténtica palabra de Dios. Desafortunadamente, también
entre nosotros, algunos teólogos no siempre van por el recto
camino.
Los
teólogos
Tenemos
gran estima y gran necesidad de la función de teólogos
buenos y animosos; ellos pueden ser providenciales, estudiosos y valientes
expositores de la fe, si se conservan discípulos inteligentes
del magisterio eclesiástico, constituido por Cristo en custodio
e intérprete, por obra del Espíritu Santo, de su mensaje
de verdad eterna. Pero hoy algunos recurren a expresiones doctrinales
ambiguas, se arrogan la libertad de enunciar opiniones propias, atribuyéndoles
aquella autoridad que ellos mismos, más o menos abiertamente,
discuten a quien por derecho divino posee carisma tan formidable y tan
vigilantemente custodiado; incluso, consienten que cada uno en la Iglesia
piense y crea lo que quiere, recayendo de este modo en el libre examen,
que ha roto la unidad de la Iglesia misma, y confundiendo la legítima
libertad de conciencia moral con una mal entendida libertad de pensamiento,
que frecuentemente se equivoca por insuficiente conocimiento de las
genuinas verdades religiosas.
No
lo toméis con desagrado, venerables Hermanos, constituidos maestros
y pastores del Pueblo de Dios, si os repetimos y os exhortamos, en virtud
del mandato dado por Cristo a Pedro de "confirmar a los Hermanos"
[Lc 22, 32], con las mismas palabras del Apóstol: "Resistite
fortes in fide" [1 Pe 5, 9].
La
oración
Ya
comprenderéis cómo de este principio nacen otros tantos
principios de vitalidad espiritual, con doble beneficio, es decir, para
nosotros y para el rebaño que se nos ha confiado. Y entre ellos
sean los principales los siguientes. Los Hechos de los Apóstoles,
nos los recuerdan, a saber, la oración y el ministerio de la
palabra [Act 6, 4]. Con respecto a esto, lo sabéis todo. Pero
permitidme que os recomendemos, por lo que se refiere a la oración,
la aplicación de la reforma litúrgica, en sus hermosas
innovaciones y en sus normas disciplinares, pero sobre todo en sus finalidades
primordiales y en su espíritu: purificar y dar autenticidad al
verdadero culto católico, fundado sobre el dogma y consciente
del misterio pascual que encierra, renueva y comunica; y asociar el
Pueblo de Dios a la celebración jerárquica y comunitaria
de los santos ritos de la Iglesia, al de la Misa, con conocimiento familiar
y profundo, en ambiente de sencillez y de belleza (os recomendamos en
particular el canto, el canto sagrado, litúrgico y colectivo)
ejercitando no sólo formalmente, sino también sincera
y cordialmente, la caridad fraterna.
El
ministerio de la Palabra
En
cuanto al ministerio de la palabra, todo lo que se haga en favor de
una instrucción religiosa de todos los fieles, una instrucción
popular y cultural, orgánica y perseverante, estará bien
hecho; no debe existir por más tiempo analfabetismo religioso
entre las poblaciones católicas. Y estará bien todo ejercicio
directo de la predicación o de la instrucción que vosotros,
obispos singularmente y como grupos canónicamente constituidos,
tengáis a bien proporcionar al Pueblo de Dios. Hablad, hablad,
predicad, escribid, tomad posiciones, como se dice, en armonía
de planes y de intenciones, acerca de las verdades de la fe, defendiéndolas
e ilustrándolas, de la actualidad del evangelio, de las cuestiones
que interesan la vida de los fieles y la tutela de las costumbres cristianas,
de los caminos que conducen al diálogo con los Hermanos separados,
acerca de los dramas ora grandes y hermosos, ora tristes y peligrosos,
de la civilización contemporánea.
La
Constitución Pastoral del Concilio "Gaudium et spes"
ofrece enseñanzas y estímulos de gran riqueza y de alto
valor.
II.
ORIENTACIONES PASTORALES
La
caridad
Llegamos
así a la orientación pastoral que nos hemos propuesto
presentar a vuestra atención. Estamos en el campo de la caridad.
Valga lo que hemos dicho hasta aquí para trazar las primeras
líneas de esta dirección, que por su naturaleza debe desarrollarse
en muchas líneas prácticas, según las exigencias
de la caridad.
Nos
parece oportuno llamar la atención a este respecto sobre dos
puntos doctrinales: el primero es la dependencia que la caridad para
con el prójimo tiene con respecto a la caridad para con Dios.
Conocéis los asaltos que sufre en nuestros días esta doctrina
de clarísima e inobjetable derivación evangélica:
se quiere secularizar el cristianismo, pasando por alto su esencial
referencia a la verdad religiosa, a la comunión sobrenatural
con la inefable e inundante caridad de Dios para con los hombres, su
referencia al deber de la respuesta humana, obligada a osar amarlo y
llamarlo Padre y, en consecuencia, llamar con toda verdad hermanos a
los hombres, para librar al cristianismo mismo de "aquella forma
de neurosis que es la religión" (Cox), para evitar toda
preocupación teológica y para ofrecer al cristianismo
una nueva eficacia, toda ella pragmática, la sola que pudiese
dar la medida de su verdad y que lo hiciese aceptable y operante en
la moderna civilización profana y tecnológica.
Iglesia
institucional e Iglesia carismática
El
otro punto doctrinal se refiere a la Iglesia llamada institucional,
confrontada con otra presunta Iglesia llamada carismática, como
si la primera, comunitaria y jerárquica, visible y responsable,
organizada y disciplinada, apostólica y sacramental, fuese una
expresión del cristianismo ya superada, mientras la otra, espontánea
y espiritual, seria capaz de interpretar el cristianismo para el hombre
adulto en la civilización contemporánea y de responder
a los problemas urgentes y reales de nuestro tiempo. No tenemos necesidad
de hacer ante vosotros, a quienes "Spiritus Sanctus posuit episcopos
regere ecclesiam Dei" [Act 20, 28], la apología de la Iglesia
como Cristo la fundó y como la tradición fiel y coherente
nos la entrega hoy en sus líneas constitucionales que describen
el verdadero Cuerpo místico de Cristo, vivificado por el Espíritu
de Jesús. Nos bastará reafirmar nuestra certeza en la
autenticidad y en la vitalidad de nuestra Iglesia, una, santa, católica
y apostólica, con el propósito de conformar cada vez más
su fe, su espiritualidad, su aptitud para acercar y salvar la humanidad
(tan diversa en sus múltiples condiciones y ahora tan mudable),
su caridad que comprende todo y todo lo soporta [1 Cor 13, 7], con la
misión salvadora que Cristo le confirió. Haremos, sí,
un esfuerzo de inteligencia amorosa para comprender cuanto de bueno
y de admisible se encuentre en estas formas inquietas y frecuentemente
erradas de interpretación del mensaje cristiano; para purificar
cada vez más nuestra profesión cristiana y llevar estas
experiencias espirituales, ya se llamen seculares unas, ya carismáticas
otras, al cauce de la verdadera norma eclesial [Cf. 1 Cor 14, 37].
Grupos
de especial atención
Estas
alusiones nos llevan a recomendar a vuestra caridad pastoral algunas
categorías de personas a las cuales va nuestro pensamiento entrañable.
Las
indicamos brevemente, en exigencia del común interés apostólico,
no para decir cuanto ellas merecían, bien sabemos que están
ya presentes en esta asamblea que se ocupa de ellas; por tanto nos limitamos
a alentar vuestro estudio.
Los
sacerdotes
La
primera categoría es la de los Sacerdotes. Nos sea consentido
dirigirles un pensamiento afectuosísimo desde esta sede y en
estos momentos. Los Sacerdotes están siempre dentro de nuestro
espíritu, en nuestro recuerdo. Lo están también
en nuestra estima y en nuestra confianza. Lo están en la visión
concreta de la actividad de la Iglesia: son vuestros primeros e indispensables
colaboradores, son los más directos y más empeñados
"dispensadores de los misterios de Dios", [1 Cor 4, 1] es
decir, de la palabra, de la gracia, de la caridad pastoral; son los
modelos vivientes de la imitación de Cristo; son, con nosotros,
los primeros participantes del sacrificio del Señor; son nuestros
hermanos, nuestros amigos;" debemos amarlos mucho, cada vez más.
Si un obispo concentrase sus cuidados más asiduos, más
inteligentes, más pacientes, más cordiales, en formar,
en asistir, en escuchar, en guiar, en instruir, en amonestar, en confortar
a su Clero, habría empleado bien su tiempo, su corazón
y su actividad.
Trátese
de dar a los Consejos presbiterales y pastorales la consistencia y la
funcionalidad queridas por el Concilio; prevéngase prudentemente,
con paternal comprensión y caridad, en cuanto sea posible, toda
actitud irregular e indisciplinada del Clero; procúrese interesarlo
en las cuestiones del ministerio diocesano y sostenerlo en sus necesidades;
póngase todo cuidado en reclutar y en formar a los alumnos seminaristas;
asóciense también los Religiosos y las Religiosas, según
sus aptitudes y posibilidades, a la actividad pastoral. Así,
concentrando en el Clero las atenciones mejores, estamos seguros de
que este método dará el fruto esperado, el de una Iglesia
viva, santa, ordenada y floreciente en toda América Latina.
Los
jóvenes y los estudiantes
Después,
venerables Hermanos, proponemos a vuestra sapiente caridad los jóvenes
y los estudiantes. No se acabaría nuestro discurso si quisiéramos
decir algo sobre este tema. os baste saber que lo consideramos digno
del máximo interés y de grandísima actualidad.
De ello estáis todos vosotros perfectamente convencidos.
Los
trabajadores
Este
recuerdo nos lleva a recomendaros, con no menor calor, otra categoría
de hombres, sean o no sean fieles: los trabajadores, del campo, de la
industria y similares.
Hemos
llegado así al tercer punto que ponemos a vuestra consideración:
el social. No esperéis un discurso, también éste
seria interminable en materia social, especialmente en América
Latina. Nos limitamos a algunas afirmaciones que siguen a las que hemos
hecho en los discursos de estos días.
III.
ORIENTACIONES SOCIALES
Encíclicas
y enseñanzas del Episcopado
Recordamos,
ante todo, que la Iglesia ha elaborado en estos últimos años
de su obra secular, animadora de la civilización, una doctrina
social suya, expuesta en documentos memorables que haremos bien en estudiar
y en divulgar. Las encíclicas del Pontificado Romano y las enseñanzas
del Episcopado mundial no pueden ser olvidadas ni deben faltarles su
aplicación práctica. No juzguéis parcial nuestra
indicación si os recordamos la más reciente de las encíclicas
sociales: la "Populorum progressio" . Una mención particular
merecerían también muchos de vuestros documentos, como
la "Declaración de la Iglesia Boliviana" de febrero
último; como la del Episcopado Brasileño, de noviembre
de mil novecientos sesenta y siete, titulada "Misión de
la Jerarquía en el mundo de hoy"; como las conclusiones
del "Seminario Sacerdotal" celebrado en Chile de octubre a
noviembre de mil novecientos sesenta y siete; como la carta pastoral
del Episcopado Mexicano sobre el desarrollo e integración del
País, publicada en el primer aniversario de la encíclica
"Populorum progressio"; y recordaremos igualmente la amplia
carta de los Padres Provinciales de la Compañía de Jesús,
reunidos en Río de Janeiro en el mes de mayo de este año
y el documento de los Padres Salesianos de América Latina reunidos
recientemente en Caracas. Las testificaciones, por parte de la Iglesia,
de las verdades en el terreno social no faltan: procuremos que a las
palabras sigan los hechos.
Técnica
y Pastoral
Nosotros
no somos técnicos; somos, sin embargo, Pastores que deben promover
el bien de sus fieles y estimular el esfuerzo renovador que se está
actuando en los países donde se desarrolla nuestra respectiva
misión.
Nuestro
primer deber en este campo es afirmar los principios, observar y señalar
las necesidades, declarar los valores primordiales, apoyar los programas
sociales y técnicos verdaderamente útiles y marcados con
el sello de la justicia, en su camino hacia un orden nuevo y hacia el
bien común, formar sacerdotes y seglares en el conocimiento de
los problemas sociales, encauzar seglares bien preparados a la gran
obra de los mismos, considerándolo todo bajo la luz cristiana
que nos hace descubrir al hombre en el puesto primero y los demás
bienes subordinados a su promoción total en el tiempo y a su
salvación en la eternidad.
Testimonio
de la pobreza
Tendremos
también nosotros deberes que cumplir. Estamos informados de los
rasgos generosos realizados en algunas diócesis que han puesto
a disposición de las poblaciones necesitadas las propiedades
de terrenos que les quedaban, siguiendo planes bien estudiados de reforma
agraria que se están actuando . Es un ejemplo que merece alabanza
y también imitación, allí donde ésta sea
prudente y posible. De todas formas, la Iglesia se encuentra hoy frente
a la vocación de la pobreza de Cristo. Existen en la Iglesia
personas que ya experimentan las privaciones inherentes a la pobreza,
por insuficiencia a veces de pan y frecuentemente de recursos; sean
confortadas, ayudadas por los hermanos y los buenos fieles y sean bendecidas.
La indigencia de la Iglesia, con la decorosa sencillez de sus formas,
es un testimonio de fidelidad evangélica; es la condición,
alguna vez imprescindible, para dar crédito a su propia misión;
es un ejercicio, a veces sobrehumano, de aquella libertad de espíritu,
respecto a los vínculos de la riqueza, que aumenta la fuerza
de la misión del apóstol.
¿La
fuerza? Sí, porque nuestra fuerza está en el amor: el
egoísmo, el cálculo administrativo separado del contexto
de las finalidades religiosas y caritativas, la avaricia, el ansia de
poseer como fin de sí mismo, el bienestar superfluo, son obstáculos
para el amor, son en el fondo una debilidad, son una ineptitud para
la entrega personal al sacrificio. Superemos estos obstáculos
y dejemos que el amor gobierne nuestra misión confortadora y
renovadora.
Cristianismo
y violencia
Si
nosotros debemos favorecer todo esfuerzo honesto para promover la renovación
y la elevación de los pobres y de cuantos viven en condiciones
de inferioridad humana y social, si nosotros no podemos ser solidarios
con sistemas y estructuras que encubren y favorecen graves y opresoras
desigualdades entre las clases y los ciudadanos de un mismo país,
sin poner en acto un plan efectivo para remediar las condiciones insoportables
de inferioridad que frecuentemente sufre la población menos pudiente,
nosotros mismos repetimos una vez más a este propósito:
ni el odio, ni la violencia son la fuerza de nuestra caridad. Entre
los diversos caminos hacia una justa regeneración social, nosotros
no podemos escoger ni el marxismo ateo, ni el de la rebelión
sistemática, ni tanto menos el del esparcimiento de sangre y
el de la anarquía. Distingamos nuestras responsabilidades de
las de aquellos que por el contrario, hacen de la violencia un ideal
noble, un heroísmo glorioso, una teología complaciente.
Para reparar errores del pasado y para curar enfermedades actuales no
hemos de cometer nuevos fallos, porque estarían contra el Evangelio,
contra el espíritu de la Iglesia, contra los mismos intereses
del pueblo, contra el signo feliz de la hora presente que es el de la
justicia en camino hacia la hermandad y la paz.
La
paz
¡La
Paz! Vosotros recordáis el gran interés que la Iglesia
tiene por ella y Nos, personalmente, que de ella, junto con la fe, hemos
hecho uno de los motivos más relevantes de nuestro pontificado.
Pues bien, aquí, durante la celebración del sacramento
eucarístico, símbolo y fuente de unidad y fuente de paz,
repetimos nuestros augurios por la paz, la paz verdadera que nace de
los corazones creyentes y fraternos; la paz entre las clases sociales
en la justicia y en la colaboración; la paz entre los pueblos
mediante un humanismo iluminado por el Evangelio; la paz de América
Latina; vuestra paz.
El
amor y las transformaciones
La
transformación profunda y previsora de la cual en muchas situaciones
actuales, tiene necesidad la sociedad, la promoveremos amando más
intensamente y enseñando a amar, con energía, con sabiduría,
con perseverancia, con actividades prácticas, con confianza en
los hombres, con seguridad en la ayuda paterna de Dios y en la fuerza
innata del bien. El Clero ya nos comprende. Los jóvenes nos seguirán.
Los pobres aceptarán gustosos la buena nueva. Es de esperar que
los economistas y los políticos, que ya entrevén el camino
justo, no serán ya un freno sino un estímulo en la vanguardia.
La
"Humanae vitae"
Hemos
tenido que decir una buena palabra, aunque grave, en defensa de la honestidad
del amor y de la dignidad de la familia con nuestra reciente encíclica.
La gran mayoría de la Iglesia la ha recibido favorablemente con
obediencia confiada, aun comprendiendo que la norma por Nos reafirmada
comporta un fuerte sentido moral y un valiente espíritu de sacrificio.
Dios bendecirá esta digna actitud cristiana. Esta no constituye
una ciega carrera hacia la superpoblación; ni disminuye la responsabilidad
ni la libertad de los cónyuges a quienes no prohíbe una
honesta y razonable limitación de la natalidad ni impide las
terapéuticas legítimas ni el progreso de las investigaciones
científicas. Esa actitud es una educación ética
y espiritual, coherente y profunda; excluye el uso de aquellos medios
que profanan las relaciones conyugales y que intentan resolver los grandes
problemas de la población con expedientes excesivamente fáciles;
esa actitud es, en el fondo, una apología de la vida que es de
Dios, gloria de la familia, fuerza del pueblo.
Os
exhortamos, Hermanos, a comprender bien la importancia de la difícil
y delicada posición que, en homenaje a la ley de Dios, hemos
creído un deber reafirmar; y os rogamos que queráis emplear
toda posible solicitud pastoral y social a fin de que esa posición
sea mantenida como corresponde a las personas guiadas por un verdadero
sentido humano. ojalá que también la vívida discusión
que nuestra encíclica ha suscitado, conduzca a un mejor conocimiento
de la voluntad de Dios, a un proceder sin reservas y a que nuestro servicio
a las almas en estas grandes dificultades pastorales y humanas lo realicemos
con corazón de buen Pastor.
El
Episcopado de América Latina, en su Segunda Asamblea General,
desde el puesto que le compete, ante cualquier problema espiritual,
pastoral y social, prestará su servicio de verdad y amor en orden
a la construcción de una nueva civilización moderna y
cristiana.