"Jesucristo
ayer, hoy y siempre"
(Hebreos 13,8)
Queridos
Hermanos en el Episcopado, amados sacerdotes, religiosos, religiosas
y laicos:
Queridos
Irmaos no Episcopado, Amados Sacerdotes, religiosos, religiosas e leigos:
1.
Bajo la guía del Espíritu, al que hemos invocado fervientemente
para que ilumine los trabajos de esta importante asamblea eclesial,
inauguramos la IV Conferencia General del Episcopado Latinoamericano,
poniendo nuestros ojos y nuestro corazón en Jesucristo, "el
mismo ayer, hoy y siempre" (Hb 13,8). El es el Principio y el Fin,
el Alfa y la Omega (Ap 21, 6), la plenitud de la evangelización,
"el primero y más grande evangelizador. Lo ha sido hasta
el final, hasta la perfección, hasta el sacrificio de su existencia
terrena" (Evangelii nuntiandi, 7).
En
este encuentro eclesial sentimos muy viva la presencia de Jesucristo,
Señor de la historia. En su nombre se reunieron los Obispos de
América Latina en las anteriores Asambleas Rio de Janeiro
en 1955; Medellín en 1968; Puebla en 1979, y en su mismo
nombre nos reunimos ahora en Santo Domingo, para tratar el tema "Nueva
Evangelización, Promoción humana, Cultura cristiana",
que engloba las grandes cuestiones que, de cara al futuro, debe afrontar
la Iglesia ante las nuevas situaciones que emergen en Latinoamérica
y en el mundo.
Es
ésta, queridos Hermanos, una hora de gracia para todos nosotros
y para la Iglesia en América. En realidad, para la Iglesia universal,
que nos acompaña con su plegaria, con esa comunión profunda
de los corazones que el Espíritu Santo genera en todos los miembros
del único cuerpo de Cristo. Hora de gracia y también de
gran responsabilidad. Ante nuestros ojos se vislumbra ya el tercer milenio.
Y si la Providencia nos ha convocado para dar gracias a Dios por los
quinientos años de fe y de vida cristiana en el Continente americano,
acaso podemos decir con más razón aún que nos ha
convocado también a renovarnos interiormente, y a "escrutar
los signos de los tiempos" (cf. Mt 16,3). En verdad, la llamada
a la nueva evangelización es ante todo una llamada a la conversión.
En efecto, mediante el testimonio de una Iglesia cada vez más
fiel a su identidad y más viva en todas sus manifestaciones,
los hombres y los pueblos de América latina, y de todo el mundo,
podrán seguir encontrando a Jesucristo, y en él la verdad
de su vocación y su esperanza, el camino hacia una humanidad
mejor.
Mirando
a Cristo, "fijando los ojos en el que inicia y completa nuestra
fe: Jesús" (Hb 12,2), seguimos el sendero trazado por el
Concilio Vaticano II, del que ayer se cumplió el XXX aniversario
de su solemne inauguración. Por ello, al inaugurar esta magna
Asamblea, deseo recordar aquellas sentidas palabras pronunciadas por
mi venerable predecesor, el Papa Pablo VI, en la apertura de la segunda
sesión conciliar:
"¡Cristo
Cristo, nuestro principio.
Cristo, nuestra vida y nuestro guía.
Cristo, nuestra esperanza y nuestro término...
Que no se cierna sobre esta asamblea otra luz
que no sea la de Cristo, luz del mundo.
Que ninguna otra verdad atraiga nuestra mente
fuera de las palabras del Señor, único Maestro.
Que no tengamos otra aspiración que la de serle absolutamente
fieles. Que ninguna otra esperanza nos sostenga, si no es aquella
que,
mediante su palabra, conforta nuestra debilidad".
I.
JESUCRISTO AYER, HOY Y SIEMPRE
2.
Esta Conferencia se reúne para celebrar a Jesucristo, para dar
gracias a Dios por su presencia en estas tierras de América,
donde hace ahora 500 años comenzó a difundirse el mensaje
de la salvación: se reúne para celebrar la implantación
de la Iglesia, que durante estos cinco siglos tan abundantes frutos
de santidad y amor ha dado en el Nuevo Mundo.
Jesucristo
es la Verdad eterna que se manifestó en la plenitud de los tiempos.
Y precisamente, para transmitir la Buena Nueva a todos los pueblos,
fundó su Iglesia con la misión específica de evangelizar.
"Id por todo el mundo y proclamad el evangelio a toda creatura"
(Mc 16, 15). Se puede decir que en estas palabras está contenida
la proclama solemne de la evangelización. Así pues, desde
el día en que los Apóstoles recibieron el Espíritu
Santo, la Iglesia inició la gran tarea de la evangelización.
San Pablo lo expresa en una frase lapidaria y emblemática ´Evangelizare
Iesum Christumª, "anunciar a Jesucristo" (Gál
1,16). Esto es lo que han hecho los discípulos del Señor,
en todos los tiempos y en todas las latitudes del mundo.
3.
En este proceso singular el año 1492 marca una fecha clave. En
efecto, el 12 de octubre hace hoy exactamente cinco siglos
el Almirante Cristóbal Colón, con las tres carabelas procedentes
de España, llegó a estas tierras y plantó en ellas
la cruz de Cristo. La evangelización propiamente dicha, sin embargo,
comenzó con el segundo viaje de los descubridores, a quienes
acompañaban los primeros misioneros. Se iniciaba así la
siembra del don precioso de la fe . Y ¿cómo no dar gracias
a Dios por ello, junto con vosotros, queridos Hermanos obispos, que
hoy hacéis presentes en Santo Domingo a todas las Iglesias particulares
de Latinoamérica? ¡Cómo no dar gracias por los abundantes
frutos de la semilla plantada a lo largo de estos cinco siglos por tantos
y tan intrépidos misioneros!
Con
la llegada del Evangelio a América se ensancha la historia de
la salvación, crece la familia de Dios, se multiplica "para
gloria de Dios el número de los que dan gracias" (2 Co 4,15).
Los pueblos del Nuevo Mundo eran "pueblos nuevos... totalmente
desconocidos para el Viejo Mundo hasta el año 1492", pero
"conocidos por Dios desde toda la eternidad y por él siempre
abrazados con la paternidad que el Hijo ha revelado en la plenitud de
los tiempos (cf. Ga 4,4)" (Homilía, I de enero 1992). En
los pueblos de América, Dios se ha escogido un nuevo pueblo,
lo ha incorporado a su designio redentor, lo ha hecho partícipe
de su Espíritu. Mediante la evangelización y la fe en
Cristo, Dios ha renovado su alianza con América Latina.
Damos,
pues, gracias a Dios por la pléyade de evangelizadores que dejaron
su patria y dieron su vida para sembrar en el Nuevo Mundo la vida nueva
de la fe, la esperanza y el amor. No los movía la leyenda de
"El Dorado", o intereses personales, sino el urgente llamado
a evangelizar unos hermanos que aún no conocían a Jesucristo.
Ellos anunciaron "la bondad de Dios nuestro Salvador y su amor
a los hombres" (Tt 3,4) a unas gentes que ofrecían a sus
dioses incluso sacrificios humanos.
Ellos
testimoniaron, con su vida y con su palabra, la humanidad que brota
del encuentro con Cristo. Por su testimonio y su predicación,
el número de hombres y mujeres que se abrían a la gracia
de Cristo se multiplicaron "como las estrellas del cielo, incontables
como las arenas de las orillas del mar" (Hb 11,12).
4.
Desde los primeros pasos de la evangelización, la Iglesia católica,
movida por la fidelidad al Espíritu de Cristo, fue defensora
infatigable de los indios, protectora de los valores que había
en sus culturas, promotora de humanidad frente a los abusos de colonizadores
a veces sin escrúpulos. La denuncia de las injusticias y atropellos
por obra de Montesinos, Las Casas, Córdoba, fray Juan del Valle
y tantos otros, fue como un clamor que propició una legislación
inspirada en el reconocimiento del valor sagrado de la persona. La conciencia
cristiana afloraba con valentía profética en esa cátedra
de dignidad y de libertad que fue, en la Universidad de Salamanca, la
Escuela de Vitoria (cf. Discurso a la Segunda Asamblea Plenaria de la
Pontificia Comisión para América Latina, 14 de mayo 1991),
y en tantos eximios defensores de los nativos, en España y en
América Latina. Nombres que son bien conocidos y que con ocasión
del V Centenario han sido recordados con admiración y gratitud.
Por mi parte, y para precisar los perfiles de la verdad histórica
poniendo de relieve las raíces cristianas y la identidad católica
del Continente, sugerí que se celebrara un Simposio Internacional
sobre la Historia de la Evangelización de América, organizado
por la Pontificia Comisión para América Latina. Los datos
históricos muestran que se llevó a cabo una válida,
fecunda y admirable obra evangelizadora y que, mediante ella, se abrió
camino de tal modo en América la verdad sobre Dios y sobre el
hombre que, de hecho, la evangelización misma constituye una
especie de tribunal de acusación para los responsables de aquellos
abusos.
De
la fecundidad de la semilla evangélica depositada en estas benditas
tierras he podido ser testigo durante los viajes apostólicos
que el Señor me ha concedido realizar a vuestras Iglesias particulares.
¡Cómo no manifestar abiertamente mi ardiente gratitud a
Dios, porque me ha sido dado conocer de cerca la realidad viva de la
Iglesia en América Latina! En mis viajes al Continente, así
como durante vuestras visitas "ad Limina" y en otros diversos
encuentros que han robustecido los vínculos de la colegialidad
episcopal y la corresponsabilidad en la solicitud pastoral por toda
la Iglesia he podido comprobar repetidamente la lozanía
de la fe de vuestras comunidades eclesiales y también medir la
amplitud de los desafíos para la Iglesia, ligada indisolublemente
a la suerte misma de los pueblos del Continente.
5.
La presente Conferencia General se reúne para perfilar las líneas
maestras de una acción evangelizadora que ponga a Cristo en el
corazón y en los labios de todos los latinoamericanos. ésta
es nuestra tarea: hacer que la verdad sobre Cristo y la verdad sobre
el hombre penetren aún más profundamente en todos los
estratos de la sociedad y la transformen (cf. Discurso a la Pontificia
Comisión para América Latina, 14 de junio 1991).
En
sus deliberaciones y conclusiones, esta Conferencia ha de saber conjugar
los tres elementos doctrinales y pastorales, que constituyen como las
tres coordenadas de la nueva evangelización: Cristología,
Eclesiología y Antropología. Contando con una profunda
y sólida Cristología, basados en una sana antropología
y con una clara y recta visión eclesiológica, hay que
afrontar los retos que se plantean hoy a la acción evangelizadora
de la Iglesia en América.
A
continuación deseo compartir con vosotros algunas reflexiones
que, siguiendo la pauta del enunciado de la Conferencia y como signo
de profunda comunión y corresponsabilidad eclesial, os ayuden
en vuestro ministerio de Pastores entregados generosamente a la grey
que el Señor os ha confiado. Se trata de presentar algunas prioridades
doctrinales y pastorales desde la perspectiva de la nueva evangelización.
II.
NUEVA EVANGELIZACIÓN
6.
La nueva evangelización es la idea central de toda la temática
de esta Conferencia.
Desde
mi encuentro en Haití con los Obispos del CELAM en 1983 he venido
poniendo particular énfasis en esta expresión, para despertar
así un nuevo fervor y nuevos afanes evangelizadores en América
y en el mundo entero; esto es, para dar a la acción pastoral
"un impulso nuevo, capaz de crear tiempos nuevos de evangelización,
en una Iglesia todavía más arraigada en la fuerza y en
el poder perennes de Pentecostés" (Evangelii nuntiandi,
2).
La
nueva evangelización no consiste en un "nuevo evangelio",
que surgiría siempre de nosotros mismos, de nuestra cultura,
de nuestros análisis de las necesidades del hombre. Por ello,
no sería "evangelio", sino mera invención humana,
y no habría en él salvación. Tampoco consiste en
recortar del Evangelio todo aquello que parece difícilmente asimilable
para la mentalidad de hoy. No es la cultura la medida del Evangelio,
sino Jesucristo la medida de toda cultura y de toda obra humana. No,
la nueva evangelización no nace del deseo "de agradar a
los hombres" o de "buscar su favor" (Gál. 1, 10),
sino de la responsabilidad para con el don que Dios nos ha hecho en
Cristo, en el que accedemos a la verdad sobre Dios y sobre el hombre,
y a la posibilidad de la vida verdadera.
La
nueva evangelización tiene, como punto de partida, la certeza
de que en Cristo hay una "inescrutable riqueza" (Ef 3, 8),
que no agota ninguna cultura, ni ninguna época, y a la cual podemos
acudir siempre los hombres para enriquecernos (cf. Asamblea especial
para Europa del Sínodo de los Obispos, Declaración final,
3). Esa riqueza es, ante todo, Cristo mismo, su persona, porque El mismo
es nuestra salvación. Los hombres de cualquier tiempo y de cualquier
cultura podemos, acercándonos a El mediante la fe y la incorporación
a su Cuerpo, que es la Iglesia, hallar respuesta a esas preguntas, siempre
antiguas y siempre nuevas, con las que los hombres afrontamos el misterio
de nuestra existencia, y que llevamos indeleblemente grabadas en nuestro
corazón desde la creación y desde la herida del pecado.
7.
La novedad no afecta al contenido del mensaje evangélico que
es inmutable, pues Cristo es "el mismo ayer, hoy y siempre".
Por esto, el evangelio ha de ser predicado en plena fidelidad y pureza,
tal como ha sido custodiado y transmitido por la Tradición de
la Iglesia. Evangelizar es anunciar a una persona, que es Cristo. En
efecto, "no hay evangelización verdadera, mientras no se
anuncie el nombre, la doctrina, la vida, las promesas, el reino, el
misterio de Jesús de Nazaret, Hijo de Dios" (Evangelii nuntiandi,
22). Por eso, las cristologías reductivas, de las que en diversas
ocasiones he señalado sus desviaciones (cf. Discurso Inaugural
de la Conferencia de Puebla, 28 de enero 1979, 1, 4), no pueden aceptarse
como instrumentos de la nueva evangelización. Al evangelizar,
la unidad de la fe de la Iglesia tiene que resplandecer no sólo
en el magisterio auténtico de los Obispos, sino también
en el servicio a la verdad por parte de los pastores de almas, de los
teólogos, de los catequistas y de todos los que están
comprometidos en la proclamación y predicación de la fe.
A
este respecto, la Iglesia estimula, admira y respeta la vocación
del teólogo, cuya "función es lograr una comprensión
cada vez más profunda de la palabra de Dios contenida en la Escritura
inspirada y transmitida por la Tradición viva de la Iglesia"
(Instrucción de la Congregación para la doctrina de la
Fe sobre la vocación eclesial del teólogo, 24 de mayo
1990, 6). Esta vocación, noble y necesaria, surge en el interior
de la Iglesia y presupone la condición de creyente en el mismo
teólogo, con una actitud de fe que el mismo debe testimoniar
en la comunidad. "La recta conciencia del teólogo católico
supone consecuentemente la fe en la Palabra de Dios (...) el amor a
la Iglesia de la que ha recibido su misión y el respeto al Magisterio
asistido por Dios" (Ibid., 38) . La teología está
llamada, pues, a prestar un gran servicio a la nueva evangelización.
8.
Ciertamente es la verdad la que nos hace libres (cf. Jn 8, 32). Pero
no podemos por menos de constatar que existen posiciones inaceptables
sobre lo que es la verdad, la libertad, la conciencia. Se llega incluso
a justificar el disenso con el recurso "al pluralismo teológico,
llevado a veces hasta Un relativismo que pone en peligro la integridad
de la fe". No faltan quienes piensan que "los documentos del
Magisterio no serían sino el reflejo de una teología opinable"
(Ibid., 34); y "surge así una especie de "magisterio
paralelo" de los teólogos, en oposición y rivalidad
con el Magisterio auténtico" (Ibid. ). Por otra parte, no
podemos soslayar el hecho de que las "actitudes de oposición
sistemática a la Iglesia, que llegan incluso a constituirse en
grupos organizados", la contestación y la discordia, al
igual que "acarrean graves inconvenientes a la comunión
de la Iglesia", son también un obstáculo para la
evangelización (cf. Ibid., 32).
La
confesión de fe "Jesucristo ayer, hoy y siempre" de
la Carta a los Hebreos que es como el telón de fondo del
lema de esta IV Conferencia nos lleva a recordar las palabras
del versículo siguiente: "No os dejéis seducir por
doctrinas varias y extrañas" (Heb 13,9). Vosotros, amados
Pastores, tenéis que velar sobre todo por la fe de la gente sencilla
que, de lo contrario, se vería desorientada y confundida.
9.
Todos los evangelizadores han de prestar también una atención
especial a la catequesis. Al comienzo de mi Pontificado quise dar nuevo
impulso a esta labor pastoral mediante la Exhortación Apostólica
Catechesi Tradendae, y recientemente he aprobado el Catecismo de la
Iglesia Católica, que presento como el mejor don que la Iglesia
puede hacer a sus Obispos y a lodo el Pueblo de Dios. Se trata de un
valioso instrumento para la nueva evangelización, donde se compendia
toda la doctrina que la Iglesia ha de enseñar.
Confío
asimismo que el movimiento bíblico continúe desplegando
su benéfica labor en América Latina y que las Sagradas
Escrituras nutran cada vez más la vida de los fieles, para lo
cual se hace imprescindible que los agentes de pastoral profundicen
incansablemente en la Palabra de Dios, viviéndola y transmitiéndola
a los demás con fidelidad, es decir, "teniendo muy en cuenta
la unidad de toda la Escritura, la Tradición viva de toda la
Iglesia y la analogía de la fe (Dei Verbum, 12). Igualmente,
el movimiento litúrgico ha de dar renovado impulso a la vivencia
íntima de los misterios de nuestra fe, llevando al encuentro
con Cristo Resucitado en la liturgia de la Iglesia. Es en la celebración
de la Palabra y de los Sacramentos, pero sobre todo en la Eucaristía,
culmen y fuente de la vida de la Iglesia y de toda la evangelización,
donde se realiza nuestro encuentro salvífico con Cristo, al que
nos unimos místicamente formando su Iglesia (cf. Lumen gentium,
7). Por ello os exhorto a dar un nuevo impulso a la celebración
digna, viva y participada de las asambleas litúrgicas, con ese
profundo sentido de la fe y de la contemplación de los misterios
de la salvación, tan arraigado en vuestros pueblos.
10.
La novedad de la acción evangelizadora a que hemos convocado
afecta a la actitud, al estilo, al esfuerzo y a la programación
o, como propuse en Haití, al ardor, a los métodos y a
la expresión. (cf. Discurso a los Obispos del CELAM, 9 de marzo
1983). Una evangelización nueva en su ardor supone una fe sólida,
una caridad pastoral intensa y una recia fidelidad que, bajo la acción
del Espíritu, generen una mística, un incontenible entusiasmo
en la tarea de anunciar el Evangelio. En lenguaje neotestamentario es
la "parresía" que inflama el corazón del apóstol
(cf. Hch 5, 28-29; cf. Redemptoris missio, 45). Esta "parresía"
ha de ser también el sello de vuestro apostolado en América.
Nada puede haceros callar, pues sois heraldos de la verdad. La verdad
de Cristo ha de iluminar las mentes y los corazones con la activa, incansable
y pública proclamación de los valores cristianos.
Por
otra parte, los nuevos tiempos exigen que el mensaje cristiano llegue
al hombre de hoy mediante nuevos métodos de apostolado, y que
sea expresado en lenguaje y formas accesibles al hombre latinoamericano,
necesitado de Cristo y sediento del Evangelio: ¿Cómo hacer
accesible, penetrante, válida y profunda la respuesta al hombre
de hoy, sin alterar o modificar en nada el contenido del mensaje evangélico?,
¿cómo llegar al corazón de la cultura que queremos
evangelizar?, ¿cómo hablar de Dios en un mundo en el que
está presente un proceso creciente de secularización?
11.
Como lo habéis manifestado en los encuentros y conversaciones
que hemos tenido a lo largo de estos años, tanto en Roma como
en mis visitas a vuestras Iglesias particulares, hoy la fe sencilla
de vuestros pueblos sufre el embale de la secularización, con
el consiguiente debilitamiento de los valores religiosos y morales.
En los ambientes urbanos crece una modalidad cultural que, confiando
sólo en la ciencia y en los avances de la técnica, se
presenta como hostil a la fe. Se transmiten unos "modelos"
de vida en contraste con los valores del Evangelio. Bajo la presión
del secularismo, se llega a presentar la fe como si fuera una amenaza
a la libertad y autonomía del hombre.
Sin
embargo, no podemos olvidar que la historia reciente ha mostrado que
cuando, al amparo de ciertas ideologías, se niegan la verdad
sobre Dios y la verdad sobre el hombre, se hace imposible construir
una sociedad de rostro humano. Con la caída de los regímenes
del llamado "socialismo real" en Europa oriental cabe esperar
que también en este continente se saquen las deducciones pertinentes
en relación con el valor efímero de tales ideologías.
La crisis del colectivismo marxista no ha tenido sólo raíces
económicas, como he puesto de relieve en la Encíclica
Centesimus annus (n. 41), pues la verdad sobre el hombre está
íntima y necesariamente ligada a la verdad sobre Dios.
La
nueva evangelización ha de dar, pues, una respuesta integral,
pronta, ágil, que fortalezca la fe católica, en sus verdades
fundamentales, en sus dimensiones individuales, familiares y sociales.
12.
A ejemplo del Buen Pastor, habéis de apacentar el rebaño
que os ha sido confiado y defenderlo de los lobos rapaces. Causa de
división y discordia en vuestras comunidades eclesiales son lo
sabéis bien las sectas y movimientos "pseudo-espirituales"
de que habla el Documento de Puebla (n. 628), cuya expansión
y agresividad urge afrontar.
Como
muchos de vosotros habéis señalado, el avance de las sectas
pone de relieve un vacío pastoral, que tiene frecuentemente su
causa en la falta de formación, lo cual mina la identidad cristiana
y hace que grandes masas de católicos sin una atención
religiosa adecuada entre otras razones, por falta de sacerdotes,
queden a merced de campañas de proselitismo sectario muy activas.
Pero también puede suceder que los fieles no hallen en los agentes
de pastoral aquel fuerte sentido de Dios que ellos deberían transmitir
en sus vidas. "Tales situaciones pueden ser ocasión de que
muchas personas pobres y sencillas, como por desgracia está
ocurriendo se conviertan en fácil presa de las sectas,
en las que buscan un sentido religioso de la vida que quizás
no encuentran en quienes se lo tendrían que ofrecer a manos llenas"
(Carta Apostólica Los Caminos del Evangelio, 20).
Por
otra parte, no se puede infravalorar una cierta estrategia, cuyo objetivo
es debilitar los vínculos que unen a los Países de América
Latina y minar así las fuerzas que nacen de la unidad. Con este
objeto se destinan importantes recursos económicos para subvencionar
campañas proselitistas, que tratan de resquebrajar esta unidad
católica.
Al
preocupante fenómeno de las sectas hay que responder con una
acción pastoral que ponga en el centro de todo a la persona,
su dimensión comunitaria y su anhelo de una relación personal
con Dios. Es un hecho que allí donde la presencia de la Iglesia
es dinámica, como es el caso de las parroquias en las que se
imparte una asidua formación en la Palabra de Dios, donde existe
una liturgia activa y participada, una sólida piedad mariana,
una efectiva solidaridad en el campo social, una marcada solicitud pastoral
por la familia, los jóvenes y los enfermos, vemos que las sectas
o los movimientos para-religiosos no logran instalarse o avanzar.
La
arraigada religiosidad popular de vuestros fieles, con sus extraordinarios
valores de fe y de piedad, de sacrificio y de solidaridad, convenientemente
evangelizada y gozosamente celebrada, orientada en torno a los misterios
de Cristo y de la Virgen María, puede ser, por sus raíces
eminentemente católicas, un antídoto contra las sectas
y una garantía de fidelidad al mensaje de la salvación.
III.
PROMOCIÓN HUMANA
13.
Puesto que la Iglesia es consciente de que el hombre no el hombre
abstracto, sino el hombre concreto e histórico "es
el primer camino que ella debe recorrer en el cumplimiento de su misión"
(Redemptor hominis, 14), la promoción humana ha de ser consecuencia
lógica de la evangelización, la cual tiende a la liberación
integral de la persona (cf. Evangelii nuntiandi, nn. 29-39).
Mirando
a ese hombre concreto, vosotros, Pastores de la Iglesia, constatáis
la difícil y delicada realidad social por la que atraviesa hoy
América Latina, donde existen amplias capas de población
en la pobreza y la marginación. Por ello, solidarios con el clamor
de los pobres, os sentís llamados a asumir el papel del buen
samaritano (cf. Lc 10, 25-37), pues el amor a Dios se muestra en el
amor a la persona humana. Así nos lo recuerda el apóstol
Santiago con aquellas graves palabras: "Si un hermano o una hermana
están desnudos y carecen del sustento diario, y alguno de vosotros
les dice: "Idos en paz, calentaos y hartaos", pero no les
dais lo necesario para el cuerpo, ¿de qué sirve?"
(St 2,15-16).
La
preocupación por lo social "forma parte de la misión
evangelizadora de la Iglesia" (Sollicitudo rei socialis, 41) y
es también "parte esencial del mensaje cristiano, ya que
esta doctrina expone sus consecuencias directas en la vida de la sociedad
y encuadra incluso el trabajo cotidiano y las luchas por la justicia
en el testimonio de Cristo Salvador" (Centesimus annus, 5).
Como
afirma el Concilio Vaticano II en la Constitución pastoral Gaudium
et spes, el problema de la promoción humana no se puede considerar
al margen de la relación del hombre con Dios (cf. nn. 43, 45).
En efecto, contraponer la promoción auténticamente humana
y el proyecto de Dios sobre la humanidad es una grave distorsión,
fruto de una cierta mentalidad de inspiración secularista. La
genuina promoción humana ha de respetar siempre la verdad sobre
Dios y la verdad sobre el hombre, los derechos de Dios y los derechos
del hombre.
14.
Vosotros, amados Pastores, tocáis de cerca la situación
angustiosa de tantos hermanos que carecen de lo necesario para una vida
auténticamente humana. No obstante el avance registrado en algunos
campos, persiste e incluso crece el fenómeno de la pobreza. Los
problemas se agravan con la pérdida del poder adquisitivo del
dinero, a causa de la inflación, a veces incontrolada, y del
deterioro de los términos de intercambio, con la consiguiente
disminución de los precios de ciertas materias primas y con el
peso insoportable de la deuda internacional de la que se derivan tremendas
consecuencias sociales. La situación se hace todavía más
dolorosa con el grave problema del desempleo creciente, que no permite
llevar el pan al hogar e impide el acceso a otros bienes fundamentales
(cf. Laborem exercens, 18).
Sintiendo
vivamente la gravedad de esta situación, no he dejado de dirigir
apremiantes llamados en favor de una activa, justa y urgente solidaridad
internacional. Es éste un deber de justicia que afecta a toda
la humanidad, pero sobre todo a los países ricos que no pueden
eludir su responsabilidad hacia los países en vías de
desarrollo. Esta solidaridad es una exigencia del bien común
universal que ha de ser respetada por todos los integrantes de la familia
humana (cf. Gaudium et spes, 26).
15.
El mundo no puede sentirse tranquilo y satisfecho ante la situación
caótica y desconcertante que se presenta ante nuestros ojos:
naciones, sectores de población, familias e individuos cada vez
más ricos y privilegiados frente a pueblos, familias y multitud
de personas sumidas en la pobreza, víctimas del hambre y las
enfermedades, carentes de vivienda digna, de servicios sanitarios, de
acceso a la cultura. Todo ello es testimonio elocuente de un desorden
real y de una injusticia institucionalizada, a lo cual se suman a veces
el retraso en tomar medidas necesarias, la pasividad y la imprudencia,
cuando no la transgresión de los principios éticos en
el ejercicio de las funciones administrativas, como es el caso de la
corrupción. Ante todo esto, se impone un "cambio de mentalidad,
de comportamiento y de estructuras" (Centesimus annus, 60), en
orden a superar el abismo existente entre los países ricos y
los países pobres (cf. Laborem exercens, 16; Centesimus annus,
14), así como las profundas diferencias existentes entre ciudadanos
de un mismo país. En una palabra: hay que hacer valer el nuevo
ideal de solidaridad frente a la caduca voluntad de dominio.
Por
otra parte, es falaz e inaceptable la solución que propugna la
reducción del crecimiento demográfico sin importarle la
moralidad de los medios empleados para conseguirlo. No se trata de reducir
a toda costa el número de invitados al banquete de la vida; lo
que hace falta es aumentar los medios y distribuir con mayor justicia
la riqueza para que todos puedan participar equitativamente de los bienes
de la creación.
Hay
que buscar soluciones a nivel mundial, instaurando una verdadera economía
de comunión y participación de bienes, tanto en el orden
internacional como nacional. A este propósito, un factor que
puede contribuir notablemente a superar los apremiantes problemas que
hoy afectan a este continente es la integración latinoamericana.
Es grave responsabilidad de los gobernantes el favorecer el ya iniciado
proceso de integración de unos pueblos a quienes la misma geografía,
la fe cristiana, la lengua y la cultura han unido definitivamente en
el camino de la historia.
16.
En continuidad con las Conferencias de Medellín y Puebla, la
Iglesia reafirma la opción preferencial en favor de los pobres.
Una opción no exclusiva ni excluyente, pues el mensaje de la
salvación está destinado a lodos. "Una opción,
además, basada esencialmente en la Palabra de Dios y no en criterios
aportados por ciencias humanas o ideologías contrapuestas, que
con frecuencia reducen a los pobres a categorías sociopolíticas
económicas abstractas. Pero una opción firme e irrevocable"
(Discurso a los Cardenales y Prelados de la Curia Romana, 21 diciembre
1984, 9).
Como
afirma el Documento de Puebla, "acercándonos al pobre para
acompañarlo y servirlo, hacemos lo que Cristo nos enseñó
haciéndose hermano nuestro, pobre como nosotros. Por eso, el
servicio a los pobres es la medida privilegiada, aunque no excluyente,
de nuestro seguimiento de Cristo. El mejor servicio al hermano es la
evangelización que lo dispone a realizarse como Hijo de Dios,
lo libera de las injusticias y lo promueve integralmente" (Puebla,
1145). Dichos criterios evangélicos de servicio al necesitado
evitarán cualquier tentación de connivencia con los responsables
de las causas de la pobreza, o peligrosas desviaciones ideológicas,
incompatibles con la doctrina y misión de la Iglesia.
La
genuina praxis de liberación ha de estar siempre inspirada por
la doctrina de la Iglesia según se expone en las dos Instrucciones
de la Congregación para la Doctrina de la Fe (Libertatis nuntius,
1984; Libertatis conscientia, 1986), que han de ser tenidas en cuenta
cuando se aborda el tema de las teologías de la liberación.
Por otra parte, la Iglesia no puede en modo alguno dejarse arrebatar
por ninguna ideología o corriente política la bandera
de la justicia, lo cual es una de las primeras exigencias del evangelio
y, a la vez, fruto de la venida del Reino de Dios.
17.
Como ya lo señaló la Conferencia de Puebla, existen grupos
humanos particularmente sumidos en la pobreza; tal es el caso de los
indígenas (cf. n. 12ó5). A ellos, y también a los
afroamericanos, he querido dirigir un mensaje especial de solidaridad
y cercanía, que entregaré mañana a un grupo de
representantes de sus respectivas comunidades. Como gesto de solidaridad,
la Santa Sede ha creado recientemente la Fundación "Populorum
Progressio", que dispone de un fondo de ayuda en favor de los campesinos,
indios y demás grupos humanos del sector rural, particularmente
desprotegidos en América Latina.
En
esta misma línea de solicitud pastoral por las categorías
sociales más desprotegidas, esta Conferencia General podría
valorar la oportunidad de que, en un futuro no lejano, pueda celebrarse
un Encuentro de representantes de los Episcopados de todo el Continente
americano, que podría tener también carácter
sinodal en orden a incrementar la cooperación entre las
diversas Iglesias particulares en los distintos campos de la acción
pastoral y en el que, dentro del marco de la nueva evangelización
y como expresión de comunión episcopal, se afronten también
los problemas relativos a la justicia y la solidaridad entre todas las
Naciones de América. La Iglesia, ya a las puertas del tercer
milenio cristiano y en unos tiempos en que han caído muchas barreras
y fronteras ideológicas, siente como un deber ineludible unir
espiritualmente aún más a todos los pueblos que forman
este gran Continente y, a la vez, desde la misión religiosa que
le es propia, impulsar un espíritu solidario entre todos ellos,
que permita, en modo particular, encontrar vías de solución
a las dramáticas situaciones de amplios sectores de población
que aspiran a un legítimo progreso integral y a condiciones de
vida más justas y dignas.
18.
No existe auténtica promoción humana, verdadera liberación,
ni opción preferencial por los pobres, si no se parte de los
fundamentos mismos de la dignidad de la persona y del ambiente en que
tiene que desarrollarse, según el proyecto del Creador. Por eso
entre los temas y opciones que requieren toda la atención de
la Iglesia no puedo dejar de recordar el de la familia y el de la vida:
dos realidades que van estrechamente unidas, pues la "familia es
como el santuario de la vida" (Centesimus annus, n. 39). En efecto,
"el futuro de la humanidad se fragua en la familia; por consiguiente,
es indispensable y urgente que todo hombre de buena voluntad se esfuerce
por salvar y promover los valores y exigencias de la familia" (Familiaris
consortio, 86).
No
obstante los problemas que en nuestros días asedian al matrimonio
y la institución familiar, ésta, como "célula
primera y vital de la sociedad" (Apostolicam actuositatem, 11),
puede generar grandes energías, que son necesarias para el bien
de la humanidad. Por eso, hay que "anunciar con alegría
y convicción la "buena nueva" sobre la familia"
(cf. Familiaris consortio, 86). Hay que anunciarla aquí, en América
Latina, donde, junto al aprecio que se tiene por la familia, proliferan
por desgracia las uniones consensuales libres. Ante este fenómeno
y ante las crecientes presiones divorcistas urge promover medidas adecuadas
en favor del núcleo familiar, en primer lugar para asegurar la
unión de vida y el amor estable dentro del matrimonio, según
el plan de Dios, así como una idónea educación
de los hijos.
En
estrecha conexión con los problemas señalados se encuentra
el grave fenómeno de los niños que viven permanentemente
en las calles de las grandes ciudades latinoamericanas, minados por
el hambre y la enfermedad, sin protección alguna, sujetos a tantos
peligros, no excluida la droga y la prostitución. He aquí
otra cuestión que ha de apremiar vuestra solicitud pastoral,
recordando las palabras de Jesús: "Dejad que los niños
vengan a mí" (Mt 19,14).
La
vida, desde su concepción en el seno materno hasta su término
natural, ha de ser defendida con decisión y valentía.
Es necesario, pues, crear en América una cultura de la vida que
contrarreste la anticultura de la muerte, la cual a través
del aborto, la eutanasia, la guerra, la guerrilla, el secuestro, el
terrorismo y otras formas de violencia o explotación intenta
prevalecer en algunas naciones. En este espectro de atentados a la vida
ocupa un lugar de primer orden el narcotráfico, que las instancias
competentes han de contrarrestar con lodos los medios lícitos
a disposición.
19.
¿Quién nos librará de estos signos de muerte? La
experiencia del mundo contemporáneo ha mostrado más y
más que las ideologías son incapaces de derrotar aquel
mal que tiene al hombre sujeto a servidumbre. El único que puede
librar de este mal es Cristo. Al celebrar el V Centenario de la Evangelización,
volvemos los ojos, conmovidos a aquel momento de gracia en el que Cristo
nos ha sido dado de una vez. para siempre. La dolorosa situación
de tantas hermanas y hermanos latinoamericanos no nos lleva a la desesperanza.
Al contrario, hace más urgente la tarea que tiene la Iglesia
ante sí: reavivar en el corazón de cada bautizado la gracia
recibida. "Te recomiendo escribía san Pablo a Timoteo
que reavives la gracia de I)ios que está en ti" (2 Tm 1,6).
Como
de la acogida del Espíritu en Pentecostés nació
el pueblo de la Nueva Alianza, sólo esta acogida hará
surgir un pueblo capaz de generar hombres renovados y libres, conscientes
de su dignidad. No podemos olvidar que la promoción integral
del hombre es de capital importancia para el desarrollo de los pueblos
de Latinoamérica. Pues, "el desarrollo de un pueblo no deriva
primariamente del dinero, ni de las ayudas materiales, ni de las estructuras
técnicas, sino más bien de la formación de las
conciencias, de la madurez de la mentalidad y de las costumbres. Es
el hombre el protagonista del desarrollo, no el dinero ni la técnica"
(Redemptoris missio, 58). La mayor riqueza de Latinoamérica son
sus gentes. La Iglesia, "despertando las conciencias con el Evangelio",
contribuye a despertar las energías dormidas para disponerlas
a trabajar en la construcción de una nueva civilización
(cf. Ibid.).
IV.
CULTURA CRISTIANA
20.
Aunque el Evangelio no se identifica con ninguna cultura en particular,
sí debe inspirarlas, para de esta manera transformarlas desde
dentro, enriqueciéndolas con los valores cristianos que derivan
de la fe. En verdad, la evangelización de las culturas representa
la forma más profunda y global de evangelizar a una sociedad,
pues mediante ella el mensaje de Cristo penetra en las conciencias de
las personas y se proyecta en el "ethos" de un pueblo, en
sus actitudes vitales, en sus instituciones y en todas las estructuras
(cf. Discurso a los intelectuales y al mundo universitario, Medellín,
5 de julio 1986, 2).
El
tema "cultura" ha sido objeto de particular estudio y reflexión
por parte del CELAM en los últimos años. También
la Iglesia toda dirige su atención a esta importante materia
"ya que la nueva evangelización ha de proyectarse sobre
la cultura "adveniente", sobre todas las culturas, incluidas
las culturas indígenas" (cf. Angelus, 28 de junio 1992).
Anunciar a Jesucristo en todas las culturas es la preocupación
central de la Iglesia y objeto de su misión. En nuestros días,
esto exige, en primer lugar, el discernimiento de las culturas como
realidad humana a evangelizar y, consiguientemente, la urgencia de un
nuevo tipo de colaboración entre todos los responsables de la
obra evangelizadora.
21.
En nuestros días se percibe una crisis cultural de proporciones
insospechadas. Es cierto que el sustrato cultural actual presenta un
buen número de valores positivos, muchos de ellos fruto de la
evangelización; pero, al mismo tiempo, ha eliminado valores religiosos
fundamentales y ha introducido concepciones engañosas que no
son aceptables desde el punto de vista cristiano.
La
ausencia de esos valores cristianos fundamentales en la cultura de la
modernidad no solamente ha ofuscado la dimensión de lo transcendente,
abocando a muchas personas hacia el indiferentismo religioso también
en América Latina, sino que, a la vez, es causa determinante
del desencanto social en que se ha gestado la crisis de esta cultura.
Tras la autonomía introducida por el racionalismo, hoy se tiende
a basar los valores sobre todo en consensos sociales subjetivos que,
no raramente, llevan a posiciones contrarias incluso a la misma ética
natural. Piénsese en el drama del aborto, los abusos en ingeniería
genética, los atentados a la vida y a la dignidad de la persona.
Frente
a la pluralidad de opciones que hoy se ofrecen, se requiere una profunda
renovación pastoral mediante el discernimiento evangélico
sobre los valores dominantes, las actitudes, los comportamientos colectivos,
que frecuentemente representan un factor decisivo para optar tanto por
el bien como por el mal. En nuestros días se hace necesario Un
esfuerzo y un tacto especial para inculturar el mensaje de Jesús,
de tal manera que los valores cristianos puedan transformar los diversos
núcleos culturales, purificándolos, si fuera necesario,
y haciendo posible el afianzamiento de una cultura cristiana que renueve,
amplíe y unifique los valores históricos pasados y presentes,
para responder así en modo adecuado a los desafíos de
nuestro tiempo (cf. Redemptoris missio, 52). Uno de estos retos a la
evangelización es el de intensificar el diálogo entre
las ciencias y la fe, en orden a crear un verdadero humanismo cristiano.
Se trata de mostrar que la ciencia y la técnica contribuyen a
la civilización y a la humanización del mundo en la medida
en que están penetradas por la sabiduría de Dios. A este
propósito, deseo alentar vivamente a las Universidades y Centros
de estudios superiores, especialmente los que dependen de la Iglesia,
a renovar su empeño en el diálogo entre fe y ciencia.
22.
La Iglesia mira con preocupación la fractura existente entre
los valores evangélicos y las culturas modernas, pues estas corren
el riesgo de encerrarse dentro de sí en una especie de involución
agnóstica y sin referencia a la dimensión moral (cf. Discurso
al Pontificio Consejo para la Cultura, 18 de enero 1983). A este respecto,
conservan pleno vigor aquellas palabras del Papa Pablo VI: "La
ruptura entre Evangelio y cultura es sin duda alguna el drama de nuestro
tiempo, como lo fue también en otras épocas. De ahí
que haya que hacer todos los esfuerzos con vistas a una generosa evangelización
de la cultura, o más exactamente de las culturas. Estas deben
ser regeneradas por el encuentro con la Buena Nueva" (Evangelii
nuntiandi, 20) .
La
Iglesia, que considera al hombre como su "camino" (cf. Redemptor
hominis, 14), ha de saber dar una respuesta adecuada a la actual crisis
de la cultura. Frente al complejo fenómeno de la modernidad,
es necesario dar vida a una alternativa cultural plenamente cristiana.
Si la verdadera cultura es la que expresa los valores universales de
la persona, ¿qué puede proyectar más luz sobre
la realidad del hombre, sobre su dignidad y razón de ser, sobre
su libertad y destino que el Evangelio de Cristo?
En
este hito histórico del medio milenio de la evangelización
de vuestros pueblos, os invito pues, queridos Hermanos, a que, con el
ardor de la nueva evangelización, animados por el Espíritu
del Señor Jesús, hagáis presente la Iglesia en
la encrucijada cultural de nuestro tiempo, para impregnar con los valores
cristianos las raíces mismas de la cultura ''adveniente'' y de
todas las culturas ya existentes. A este respecto, particular atención
habréis de prestar a las culturas indígenas y afroamericanas,
asimilando y poniendo de relieve todo lo que en ellas hay de profundamente
humano y humanizante. Su visión de la vida, que reconoce la sacralidad
del ser humano, su profundo respeto a la naturaleza, la humildad, la
sencillez, la solidaridad son valores que han de estimular el esfuerzo
por llevar a cabo una auténtica evangelización inculturada,
que sea también promotora de progreso y conduzca siempre a la
"adoración a Dios en espíritu y en verdad" (Jn
4,23). Mas, el reconocimiento de dichos valores no os exime de proclamar
En lodo momento que "Cristo es el único Salvador de la humanidad,
el único en condiciones de revelar a Dios y de guiar hacia Dios"
(Redemptoris missio, 5) .
"La
evangelización de la cultura es un esfuerzo por comprender las
mentalidades y las actitudes del mundo actual e iluminarlas desde el
Evangelio. Es la voluntad de llegar a todos los niveles de la vida humana
para hacerla más digna" (Discurso al mundo de la cultura,
Lima, 15 de mayo 1988, 5). Pero este esfuerzo de comprensión
e iluminación debe estar siempre acompañado del anuncio
de la Buena Nueva (cf. Redemptoris missio, 46), de tal manera que la
penetración del Evangelio en las culturas no sea una simple adaptación
externa, sino un "proceso profundo y global que abarque tanto el
mensaje cristiano, como la reflexión y la praxis de la Iglesia"
(Ibid, 52), respetando siempre las características y la integridad
de la fe.
23.
Al ser la comunicación entre las personas un importante elemento
generador de cultura, los modernos medios de comunicación social
revisten en este terreno una importancia de primer orden. Intensificar
la presencia de la Iglesia en el mundo de la comunicación ha
de ser ciertamente una de vuestras prioridades. Vienen a mi mente las
graves palabras de mi venerado predecesor el Papa Pablo VI: "La
Iglesia se sentiría culpable ante Dios si no empleara esos poderosos
medios, que la inteligencia humana perfecciona cada vez más"
(Evangelii nuntiandi, 45).
Por
otra parte, se ha de vigilar también sobre el uso de los medios
de comunicación social en la educación de la fe y en la
difusión de la cultura religiosa. Una responsabilidad que incumbe
sobre todo a las casas editoriales dependientes de instituciones católicas
que deben "ser objeto de particular solicitud por parte de los
Ordinarios del lugar, a fin de que sus publicaciones sean siempre conformes
a la doctrina de la Iglesia y contribuyan eficazmente al bien de las
almas" (Instrucción de la Congregación para la Doctrina
de la Fe sobre algunos aspectos relativos al uso de los instrumentos
de comunicación social en la promoción de la doctrina
de la fe, 30 de marzo 1992, 15, 2).
Ejemplos
de inculturación del Evangelio lo constituyen también
ciertas manifestaciones socio-culturales que están surgiendo
en defensa del hombre y de su entorno, y que han de ser iluminadas por
la luz de la fe. Es el caso del movimiento ecologista en favor del respeto
debido a la naturaleza y contra la explotación desordenada de
sus recursos, con el consiguiente deterioro de la calidad de vida. La
convicción de que "Dios ha destinado la tierra y cuanto
ella contiene para uso de todo el género humano" (Gaudium
et spes, 69) ha de inspirar un sistema de gestión de los recursos
más justo y mejor coordinado a nivel mundial. La Iglesia hace
suya la preocupación por el medio ambiente e insta a los gobiernos
para que protejan este patrimonio según los criterios del bien
común (cf. Mensaje para la XXV Jornada Mundial de la Paz, 1 de
enero 1992).
24.
El desafío que representa la cultura "adveniente" no
debilita sin embargo nuestra esperanza, y damos gracias a Dios porque
en América Latina el don de la fe católica ha penetrado
en lo más hondo de sus gentes, conformando en estos quinientos
años el alma cristiana del Continente e inspirando muchas de
sus instituciones. En efecto, la Iglesia en Latinoamérica ha
logrado impregnar la cultura del pueblo, ha sabido situar el mensaje
evangélico en la base de su pensar, en sus principios fundamentales
de vida, en sus criterios de juicio, en sus normas de acción.
Se
nos presenta ahora el reto formidable de la continua inculturación
del evangelio en vuestros pueblos, tema que habréis de abordar
con clarividencia y profundidad durante los próximos días.
América Latina, en Santa María de Guadalupe, ofrece un
gran ejemplo de evangelización perfectamente inculturada. En
efecto, en la figura de María desde el principio de la
cristianización del Nuevo Mundo y a la luz del evangelio de Jesús
se encarnaron auténticos valores culturales indígenas.
En el rostro mestizo de la Virgen del Tepeyac se resume el gran principio
de la inculturación: la íntima transformación de
los auténticos valores culturales mediante la integración
en el cristianismo y el enraizamiento del cristianismo en las varias
culturas (cf. Redemptoris missio, 52).
V.
UNA NUEVA ERA BAJO EL SIGNO DE LA ESPERANZA
25.
He ahí, queridos hermanos y hermanas, algunos de los desafíos
que se presentan a la Iglesia en esta hora de la nueva evangelización.
Ante este panorama cargado de interrogantes, pero también grávido
de promesas, hemos de preguntarnos cuál es el camino que debe
seguir la iglesia en América Latina para que su misión
dé en la próxima etapa de su historia los frutos que espera
el Dueño de la mies (cf. Lc 10, 2; Mc 4, 20). Vuestra Asamblea
habrá de delinear el rostro de una Iglesia viva y dinámica
que crece en la fe, se santifica, ama, sufre, se compromete y espera
en su Señor, como nos recuerda el Concilio Ecuménico Vaticano
II, punto obligado de referencia en la vida y misión de todo
Pastor (cf. Gaudium et spes, 2).
La
tarea que os aguarda durante las próximas jornadas es ardua,
pero marcada por el .signo de la esperanza que viene de Cristo Resucitado.
Misión vuestra es la de ser heraldos de la esperanza, de que
nos habla el apóstol Pedro (cf. 1 Pe 3, l 5): esperanza que se
apoya en las promesas de Dios, en la fidelidad a su palabra y que tiene
como certeza inquebrantable la resurrección de Cristo, su victoria
definitiva sobre el pecado y la muerte, primer anuncio y raíz
de toda evangelización, fundamento de toda promoción humana,
principio de toda auténtica cultura cristiana, que no puede por
menos de ser la cultura de la resurrección y de la vida, vivificada
por el soplo del Espíritu de Pentecostés.
Amados
Hermanos en el Episcopado, en la unidad de la Iglesia local, que brota
de la Eucaristía, se encuentra todo el Colegio Episcopal con
el Sucesor de Pedro a la cabeza, como perteneciente a la misma esencia
de la Iglesia particular (cf. Carta de la Congregación para la
Doctrina de la Fe sobre algunos aspectos de la Iglesia entendida como
comunión, 14). En torno al obispo y en perfecta comunión
con él tienen que florecer las parroquias y comunidades cristianas
como células pujantes de vida eclesial. Por eso, la nueva evangelización
requiere una vigorosa renovación de toda la vida diocesana. Las
parroquias, los movimientos apostólicos y asociaciones de fieles,
y todas las comunidades eclesiales en general, han de ser siempre evangelizadas
y evangelizadoras. En particular, las Comunidades eclesiales de base
deben caracterizarse siempre por una decidida proyección universalista
y misionera, que les infunda un renovado dinamismo apostólico
(cf. Evangelii nuntiandi, 58; Puebla, 640-642). Ellas que han
de estar marcadas por una clara identidad eclesial deben tener
en la Eucaristía, que preside el sacerdote, el centro de la vida
y comunión de sus miembros, en estrecha unión con sus
pastores y en plena sintonía con el Magisterio de la Iglesia.
26.
Condición indispensable para la nueva evangelización es
poder contar con evangelizadores numerosos y cualificados. Por ello,
la promoción de las vocaciones sacerdotales y religiosas, así
como de otros agentes de pastoral ha de ser una prioridad de los Obispos
y un compromiso de todo el Pueblo de Dios. Hay que dar, en toda América
Latina, un impulso decisivo a la pastoral vocacional y afrontar, con
criterios acertados y con esperanza, lo referente a los Seminarios y
Centros de formación de los religiosos y religiosas, así
como el problema de la formación permanente del Clero y de una
mejor distribución de los sacerdotes entre las diversas Iglesias
locales, en las que hay que considerar también la apreciada labor
de los diáconos permanentes. Para todo esto se encuentran orientaciones
apropiadas en la Exhortación Apostólica Postsinodal Pastores
dabo vobis.
Por
lo que se refiere a los religiosos y religiosas, que en América
Latina llevan el peso de una parte considerable de la acción
pastoral, deseo hacer mención de la Carta Apostólica Los
Caminos del Evangelio, que les dirigí con fecha 29 de junio de
1990. También quiero recordar aquí a los Institutos Seculares,
con su pujante vitalidad en medio del mundo, y a los miembros de las
Sociedades de Vida Apostólica, que desarrollan una gran actividad
misionera.
En
la hora presente, los miembros de los Institutos religiosos, tanto masculinos
como femeninos, han de centrarse más en la labor específicamente
evangelizadora desplegando toda la riqueza de iniciativas y tareas pastorales
que brotan de sus diversos carismas. Fieles al espíritu de sus
Fundadores, les debe caracterizar un profundo sentido de Iglesia y el
testimonio de una estrecha y fiel colaboración en la pastoral,
cuya dirección compete a los Ordinarios diocesanos y, en determinados
aspectos, a las Conferencias Episcopales.
Como
recordé en mi Carta a las contemplativas de América Latina
(12 de diciembre 1989), la acción evangelizadora de la Iglesia
está sostenida por esos santuarios de la vida contemplativa,
tan numerosos en todo el Continente, que constituyen un testimonio de
la radicalidad de la consagración a Dios, que tiene que ocupar
siempre el primer puesto en nuestras opciones.
27.
En la Exhortación Apostólica Postsinodal Christifideles
laici sobre la "vocación y la misión de los laicos
en la Iglesia", he querido poner particularmente de relieve que
en la "grande, comprometedora y magnífica empresa"
de la nueva evangelización es indispensable la labor de los seglares,
en especial de los catequistas y "delegados de la Palabra".
La Iglesia espera mucho de todos aquellos laicos que, con entusiasmo
y eficacia evangélica, operan a través de los nuevos movimientos
apostólicos, que han de estar coordinados en la pastoral de conjunto
y que responden a la necesidad de una mayor presencia de la fe en la
vida social. En esta hora en que he convocado a todos a trabajar con
ardor apostólico en la viña del Señor, sin que
nadie quede excluido, "los fieles laicos han de sentirse parte
viva y responsable de esta empresa (de la nueva evangelización),
llamados como están a anunciar y a vivir el Evangelio en el servicio
a los valores y a las exigencias de las personas y de la sociedad"
(n. 64). Digna de todo elogio, como transmisora de la fe, es la mujer
latinoamericana, cuyo papel en la Iglesia y en la sociedad hay que poner
debidamente de relieve (cf. Carta Apostólica Mulieris dignitatem).
Particular solicitud pastoral se ha de prestar a los enfermos, en vista
también de la fuerza evangelizadora del sufrimiento (cf. Carta
Apostólica Salvifici doloris, sobre el sentido cristiano del
sufrimiento humano, 11 de febrero 1984).
Hago
una llamada especial a los jóvenes de América Latina.
Ellos tan numerosos en un Continente joven habrán
de ser protagonistas en la vida de la sociedad y de la Iglesia en el
nuevo milenio cristiano ya a las puertas. A ellos hay que presentar
en su propio lenguaje la belleza de la vocación cristiana y ofrecerles
ideales altos y nobles, que les sostengan en sus aspiraciones de una
sociedad más justa y fraterna.
28.
Todos están llamados a construir la civilización del amor
en este Continente de la esperanza. Es más, América Latina,
que ha sido receptora de la fe transmitida por las Iglesias del Viejo
Mundo, ha de prepararse a difundir el mensaje de Cristo en el mundo
entero dando "desde su pobreza" (cf. Mensajes al III y IV
Congresos Misioneros Latinoamericanos, Santafé de Bogotá
1987 y Lima 1991). "Ha llegado el momento de dedicar todas las
fuerzas eclesiales a la nueva evangelización y a la misión
ad gentes. Ningún creyente en Cristo, ninguna institución
de la Iglesia puede eludir este deber supremo: anunciar a Cristo a todos
los pueblos" (Redemptoris missio, 3). Este momento ha llegado también
para América Latina. "¡La fe se fortalece dándola
La nueva evangelización de los pueblos cristianos", también
en las Iglesias de América, "hallará inspiración
y apoyo en el compromiso por la misión universal" (Ibid.,2).
Para América Latina, que recibió a Cristo hace ahora quinientos
años, el mayor signo del agradecimiento por el don recibido,
y de su vitalidad cristiana, es empeñarse ella misma en la misión.
29.
Queridos Hermanos en el Episcopado, como sucesores de los Apóstoles
debéis dedicar todos vuestros desvelos a la grey "en medio
de la cual os ha puesto el Espíritu Santo para pastorear la Iglesia
de Dios" (Hch 20,28). Por otra parte, como miembros del Colegio
Episcopal, en estrecha unidad afectiva y efectiva con el Sucesor de
Pedro, estáis llamados a mantener la comunión y preocupación
por toda la Iglesia. Y, en esta circunstancia, como miembros de la IV
Conferencia General del Episcopado Latinoamericano, os incumbe una responsabilidad
histórica.
En
virtud de la misma fe, de la Palabra revelada, de la acción del
Espíritu y por medio de la Eucaristía que preside el Obispo,
la Iglesia particular tiene con la Iglesia Universal una peculiar relación
de mutua interioridad, porque en ella se encuentra y opera verdaderamente
la Iglesia de Cristo que es Una, Santa, Católica y Apostólica
(cf. Christus Dominus, 11). En ella ha de resplandecer la santidad de
vida a la que todo evangelizador está llamado, dando testimonio
de una intensa vivencia del misterio de Jesucristo, sentido y experimentado
fuertemente en la Eucaristía, en la asidua escucha de la Palabra,
en la oración, en el sacrificio, en la entrega generosa al Señor,
que en los sacerdotes y las demás personas consagradas se expresa
de modo especial mediante el celibato.
No
hay que olvidar que la primera forma de evangelización es el
testimonio (cf. Redemptoris missio, 42-43), es decir, la proclamación
del mensaje de salvación mediante las obras y la coherencia de
vida, llevando a cabo así su encarnación en la historia
cotidiana de los hombres. La Iglesia, desde los orígenes, se
hizo presente y operante no sólo mediante el anuncio explícito
del evangelio de Cristo sino también, y sobre todo, mediante
la irradiación de la vida cristiana. Por eso la nueva evangelización
exige coherencia de vida, testimonio compacto de la caridad, bajo el
signo de la unidad, para que el mundo crea (cf. Jn 17,23).
30.
Jesucristo, el Testigo fiel, el Pastor de los pastores, está
en medio de nosotros, pues nos hemos reunido en su nombre (cf. Mt 18,20).
Con nosotros está el Espíritu del Señor que guía
la Iglesia a la plenitud de la verdad y la rejuvenece con la palabra
revelada, como en un nuevo Pentecostés.
En
la comunión de los Santos velan sobre los trabajos de este importante
encuentro eclesial una pléyade de Santos y Santas latinoamericanos,
que evangelizaron este Continente con su palabra y sus virtudes, y muchos
de ellos lo fecundaron con su sangre. Ellos son los frutos más
excelsos de la evangelización.
Como
en el Cenáculo de Pentecostés nos acompaña la Madre
de Jesús y Madre de la Iglesia. Su presencia entrañable
en todos los rincones de Latinoamérica y en los corazones de
sus hijos es garantía del sentido profético y del ardor
evangélico que deben acompañar vuestros trabajos.
31.
"¡Dichosa tú que has creído, porque lo que
te ha dicho el Señor se cumplirá"! (Lc 1,45). Estas
palabras, que Isabel dirige a María, portadora de Cristo, son
aplicables a la Iglesia, de la que la Madre del Redentor es tipo y modelo.
¡Dichosa tú, América, Iglesia de América,
portadora de Cristo también, que has recibido el anuncio de la
salvación y has creído en "lo que te ha dicho el
Señor"! La fe es tu dicha, la fuente de tu alegría.
¡Dichosos vosotros, hombres y mujeres de América Latina,
adultos y jóvenes, que habéis conocido al Redentor! Junto
con toda la Iglesia, y con María, vosotros podéis decir
que el Señor "ha puesto los ojos en la humildad de su sierva"
(Lc 1,48). ¡Dichosos vosotros, los pobres de la tierra, porque
ha llegado a vosotros el Reino de Dios!
"Lo
que te ha dicho el Señor se cumplirá". ¡Sé
fiel a tu bautismo, reaviva en este Centenario la inmensa gracia recibida,
vuelve tu corazón y tu mirada al centro, al origen, a Aquel que
es fundamento de toda dicha, plenitud de todo! ¡Abrete a Cristo,
acoge el Espíritu, para que en todas tus comunidades tenga lugar
un nuevo Pentecostés! Y surgirá de ti una humanidad nueva,
dichosa; y experimentarás de nuevo el brazo poderoso del Señor,
y "lo que te ha dicho el Señor se cumplirá".
Lo que te ha dicho, América, es su amor por ti, es su amor por
tus hombres, por tus familias, por tus pueblos. Y ese amor se cumplirá
en ti, y te hallarás de nuevo a ti misma, hallarás tu
rostro, "te proclamarán bienaventurada todas las generaciones"
(Lc 1,48).
Iglesia
de América, el Señor pasa hoy a tu lado. Te llama. En
esta hora de gracia, pronuncia de nuevo tu nombre, renueva su alianza
contigo. ¡Ojalá escuchases su voz, para que conozcas la
dicha verdadera y plena, y entres en su descanso! (cf. Sal 94, 7.11).
Terminemos
invocando a María, estrella de la primera y de la nueva evangelización.
A Ella, que siempre esperó, confiamos nucstra esperanza. En sus
manos ponemos nuestros afanes pastorales y todas las tareas de esta
Conferencia, encomendando a su corazón de Madre el éxito
y la proyección de la misma sobre el futuro del Continente. Que
Ella nos ayude a anunciar a su Hijo:
"¡Jesucristo
ayer, hoy y siempre!"
Amén