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Vicaría      de Pastoral

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LA MISIÓN, UN CAMBIO
DE ACTITUD PASTORAL A FONDO

La Iglesia está llamada a repensar profundamente
y relanzar con fidelidad y audacia su misión
en las nuevas circunstancias latinoamericanas
y mundiales (DA n. ll)

Es importante que la urgencia por los córnos de la misión no condicione su profundidad y fundamentación, para evitar creer que son acciones aisladas las que traerán la respuesta de renovación pastoral. De esta forma, aunque se propongan las actitudes necesarias para impulsar un proceso de conversión pastoral, hay que ser conscientes que este es un camino que requiere de perseverancia y de ir conjuntando los elementos que incidan en las distintas áreas y niveles de la práctica pastoral.

3.1. CULTIVAR LOS "CÓMOS" PRIORITARIOS PARA CREAR EMPATÍA

El anuncio de la Buena Noticia debe hacerse de modo adecuado según la situación sociocultural. Debe 'convertirse' en lenguaje que sea parte de la conversación que los hombres van tejiendo. Debe hacerse parte de su cultura.

La cultura en sentido amplio es el modo de funcionar de la sociedad, sus valores, su lenguaje. Es el modo de ser, vivir y pensar de una determinada sociedad. La manera de vestir y de comer, las relaciones de parentesco y de vecindad, la técnica y el saber, la organización del poder, del arte, los ritos y las fiestas, lo profano y lo sagrado. La cultura es, en el fondo, lo que se va aprendiendo a través de la familia, la escuela, los medios de comunicación, las relaciones y el ambiente en que nos movemos.

Aunque la Buena Noticia suponga novedad para cualquier cultura, siempre hay que buscar que resuene en cada cultura concreta. Esto implica, por parte del testigo del evangelio, una simpatía fundamental por el ser humano, una atención a su modo de pensar y de sentir, una participación amistosa en sus propios interrogantes y aspiraciones, para que el anuncio del evangelio sea acogido y se dé el encuentro.

Pongamos el caso de los rasgos que se muestran en nuestra cultura hoy. Es una cultura que tiene aspiraciones democráticas, es pluralista y plurirreligiosa, una cultura de la comunicación, cada vez más determinada por lo científico y técnico, que valora lo novedoso, que aprecia la autonomía del individuo y respeta el criterio subjetivo.

Delante de este rostro cultural el lenguaje de la tradición cristiana aparece a menudo como inoperante e inadecuado. Está la percepción social de un alejamiento entre la tradición cristiana y la sociedad contemporánea. Parece como si la cultura se aleja de Dios.

En realidad, se está evidenciando que debemos despojar al anuncio evangélico de las formas y experiencias que corresponden a otra época y que carecen de sentido en las nuevas condiciones culturales.

¿Qué hacer? Las formas tradicionales de transmisión de la fe deben realizar el esfuerzo de acercarse a la nueva cultura, tener la sabiduría suficiente para abrir espacios de creatividad y encontrar expresiones de la vida cristiana que sean fieles al evangelio y estén en sintonía para ser comunicadas a quienes viven en el siglo XXI. Así, la evangelización más que —creer como—, es una inspiración creativa —un creer con— en la diversidad de sus expresiones culturales e históricas. Va no se considera la evangelización una conquista, sino un espacio de libre apropiación, sin deseo de dominio y control. Según las propias palabras de Jesús, la imagen de la semilla es la que mejor expresa aquello en lo que consiste la evangelización. Lo que tiene que hacer el testigo del evangelio es sembrar abundante y generosamente. No es el testigo el que produce el crecimiento, sino la libertad del otro y la gracia de Dios.

3.2. ACTITUDES PARA TRANSMITIR LA FE QUE YA SON BUENAS NUEVAS

a) Capaces de hacerse presentes en un ambiente plural

Se modifica substancialmente la exigencia para la Iglesia cuando debe hacer presencia pública en un ambiente social donde ya no se da por descontada la fe ni su lenguaje. Ahora, el entorno social es plural, con talante democrático y, por tanto, sensible al consenso mayoritario que se expresa en la "opinión pública". La Iglesia debe procurar una nueva forma de comunicación, que acepta hacerse presente en ese concierto de voces sin prerrogativas, normalmente con un acento discreto y una actitud humilde. La comunidad creyente se ubica como alguien que llega dispuesta a escuchar y dialogar y, en ese ejercicio, tiene también algo que compartir, su fe. Sin embargo, debe asumirse el riesgo de pararse en los nuevos areópagos, donde la Buena noticia puede ser relativizada e incluso darse el caso de no ser valorada ni tomada en cuenta. Mientras no se logre la compatibilidad con el ambiente humano, su forma de ser y su dinámica de convivencia los esfuerzos de transmisión de la fe pueden ser ineficaces.

Solemos dar por supuesto que el sujeto de la inculturación es el misionero. Sin embargo, el verdadero encuentro entre el evangelio y una cultura determinada tiene lugar en la comunidad local. Entonces, el proceso de inculturación se inicia cuando invitamos a una comunidad a responder al evangelio en su situación social y cultural. Sin presionar ni condicionar, dejando que en libertad exprese y celebre su respuesta.

Si se quiere abordar el ambiente plural y proponer ahí el evangelio, el misionero debe estar preparado y dispuesto para insertarse y acompañar el proceso lento de asimilación, tomando en cuenta que cada persona y cada cultura tienen su ritmo y su forma para recibir y procesar lo que se le propone.

La invitación es el testimonio de fe, que es tal cuando se da razón de la propia fe 'poseído' por el entusiasmo de quien ha encontrado lo más valioso, energía extraordinaria que convierte en pequeñas las mayores dificultades e impulsa a tomar iniciativas significativas. Así era el fuego que movía a los primeros cristianos.

Y, debemos agregar, hay que invitar pero confiando en los líderes locales. Como se está en un ambiente plural que reclama su autonomía de expresión en formas y contenidos, se propone la Buena Noticia 'desde dentro', es decir, el testigo sólo es el detonante, lo siguiente lo confía a la acción que el Espíritu, que es el Verdadero catalizador de lo que sucede en el interior de las personas.

Un ejemplo de esta experiencia es el encuentro de Jesús con la samaritana. Ésta dio testimonio de lo que había descubierto en Jesús ante los habitantes de su pueblo. Ellos pasaron dos días escuchándola y, al final, de dijeron: Ya no creemos por tus palabras. Nosotros mismos hemos oído y sabemos que este es verdaderamente el Salvador del mundo (Jn 4, 42) Seguramente, aquellos hombres nunca habrían descubierto solos quién era Jesús; pero, cuando la mujer samaritana les facilitó la clave de interpretación que necesitaban, pudieron verificarlo por sí mismos.

Pues bien, los creyentes que queremos compartir hoy nuestra fe, tenemos que facilitar la experiencia de Dios confiando en el que no duerme, quien hará germinar la semilla sembrada mientras nosotros dormimos.

b) Volver al lenguaje simbólico

Los símbolos deben sustituir a los discursos. Hay que utilizar el recurso bíblico de forma más habitual, para aprender a recuperar la capacidad narrativa que tiene una cercanía mayor a la experiencia personal, que los razonamientos que intentan clarificar conceptos y transmitirlos.

La tarea de los primeros cristianos para acompañar la madurez de quienes querían ser bautizados, nos da un ejemplo cercano del camino que debemos recorrer para fomentar la utilización de los signos y darle carácter testimonial a la iniciación cristiana y, en general a la evangelización.

En este camino de comunicación de la fe, también se irán dando expresiones simbólicas nuevas, fruto de la búsqueda y creatividad mediante las cuales el Espíritu se va manifestado presente en este proceso.

c) Personalizar la iniciación y la reiniciación cristiana

Para que la iniciación o la reiniciación en la fe —según el caso— signifique una experiencia que marque la vida de la persona para siempre es indispensable desarraigarla de la actual práctica que ha desfigurado su identidad y su razón de ser.

La personalización que se debe buscar es en dos sentidos: en cuanto al encuentro con Jesucristo, que es el origen y la raíz de toda la experiencia cristiana, que siempre tiene carácter personal e irrepetible; y, además, en cuanto a la comunidad cristiana, que asume el compromiso de acompañar a quien se está iniciando en la fe, no como maestro supervisor, sino como instrumento del Espíritu, que mediante el testimonio de la propia fe, ayuda a quien se inicia a distinguir y apreciar el amor que el Señor Jesús le ofrece de forma incondicional.


Caminos para un cambio pastoral a fondo

Crear empatía

Creer 'con'

Actitudes que son
buenas nuevas

Compartir, ser solidario

Apertura a otro lenguaje

Disposición al cambio

Ambiente plural

Aceptar diversidad

Lenguaje simbólico

Creativo y espontáneo

Re-iniciación cristiana

Encuentro personal


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