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PARA QUE TENGAN VIDA PLENA


El lema de Aparecida es muy claro: somos discípulos misioneros del Señor para que nuestros pueblos tengan vida. Es la columna vertebral de todo el documento conclusivo23 que, en términos de misión, tiene un capítulo ineludible pues identifica la misión de la Iglesia con el hecho de dar vida. Por supuesto, no cualquier vida, sino la Vida por excelencia que es el Señor Jesús24. Ponernos en contacto con Él, por la gracia del Espíritu Santo, es acceder a las fuentes de la vida, de la creación, de la redención, de la santificación, de la liberación integral y del desarrollo más pleno que puede tener una persona como es la santidad.

Asumimos el compromiso de una gran misión en todo el Continente, que nos exigirá profundizar y enriquecer todas las razones y motivaciones que permitan convertir a cada creyente en un discípulo misionero. Necesitamos desarrollar la dimensión misionera de la vida en Cristo. La Iglesia necesita una fuerte conmoción que le impida instalarse en la comodidad, el estancamiento y en la tibieza, al margen del sufrimiento de los pobres del Continente. Necesitamos que cada comunidad cristiana se convierta en un poderoso centro de irradiación de la vida en Cristo. Esperamos un nuevo Pentecostés que nos libre de la fatiga, la desilusión, la acomodación al ambiente; una venida del Espíritu que renueve nuestra alegría y nuestra esperanza. Por eso, se volverá imperioso asegurar cálidos espacios de oración comunitaria que alimenten el fuego de un ardor incontenible y hagan posible un atrac­tivo testimonio de unidad “para que el mundo crea25.

Ahora bien, la Vida del Señor no es sólo para el crecimiento personal, es “para que nuestros pueblos tengan Vida” y por eso, nuestra misión, está al servicio de la vida de los pueblos. Lo mejor que puede hacer nuestra Iglesia es anunciar el Evangelio de la Vida, con gestos y palabras, en un mundo que la busca con afán, aunque no siempre de la mejor manera. Por esa razón, el anuncio del Evangelio de la Vida, destaca el valor sagrado de la vida humana, desde su inicio hasta su término natural, y afirma el derecho de cada ser humano a ver respetado totalmente este bien primario suyo. En el reconocimiento de este derecho, se fundamenta la convivencia humana y la misma comunidad política26. Es necesario también denunciar las caricaturas de la vida, o peor, la anticultura de la muerte que cobra muchas vidas no sólo en la gestación de un niño y en su muerte inducida, sino también a través de los ídolos del poder, del tener y del placer.

En este contexto del Evangelio de la Vida, hay que tener en cuenta la naturaleza amenazada por la acción de los hombres y mujeres del planeta, y por las políticas de los Estados.

Jesús, que conocía el cuidado del Padre por las criaturas que Él alimenta y embellece (cf. Lc 12, 28), nos convoca a cuidar la tierra para que brinde abrigo y sustento a todos los hombres (cf. Gn 1, 29; 2, 15).

La opción primordial por la vida lo es, entonces, en su integralidad:

La vida nueva de Jesucristo toca al ser humano entero y desarrolla en plenitud la existencia humana “en su dimensión personal, familiar, social y cultural”. Para ello, hace falta entrar en un proceso de cambio que transfigure los variados aspectos de la propia vida. Sólo así, se hará posible percibir que Jesucristo es nuestro salvador en todos los sentidos de la palabra. Sólo así, manifestaremos que la vida en Cristo sana, fortalece y humaniza. Porque “Él es el Viviente, que camina a nuestro lado, descubriéndonos el sentido de los acontecimientos, del dolor y de la muerte, de la alegría y de la fiesta”. La vida en Cristo incluye la alegría de comer juntos, el entusiasmo por progresar, el gusto de trabajar y de aprender, el gozo de servir a quien nos necesite, el contacto con la naturaleza, el entusiasmo de los proyectos comunitarios, el placer de una sexualidad vivida según el Evangelio, y todas las cosas que el Padre nos regala como signos de su amor sincero. Podemos encontrar al Señor en medio de las alegrías de nuestra limitada existencia y, así, brota una gratitud sincera27.

Lo nuestro será dar a conocer, con amor y alegría, al Señor que es la Vida… para que nuestros pueblos tengan vida, para que cada comunidad tenga vida, para que cada persona tenga vida y la tenga desbordante… Y hacerlo en el contexto en que se desarrolla nuestra propia vida, sin idealizar y sin esconder el dolor de lo adverso: la cruz presente en nuestra vocación y nuestro ministerio. Al revés, el anuncio de la cruz es poder de Dios para los que han creído en Jesús. Es un portento que ayuda a entender mejor por qué Jesús es la Vida del mundo: precisamente porque ha asumido la cruz y ha vencido la muerte para siempre28.

En este contexto comprendemos mejor el sentido de muchas expresiones de la religiosidad popular (cfr. DA 258-265) que, con su lenguaje, con sus gestos y sus ritos, acuden al Dios de la Vida para que les ayude a llevar la cruz de su existencia y para darle gracias por el don de la Vida y por tantas gracias recibidas. Las bendiciones pedidas y recibidas con tanta fe, las promesas, las novenas y el cariño intercesor por los santos, la fe que se respira en los santuarios, las velas encendidas y, sobre todo, el recurso a la Madre que no falla, cuyo nombre expresamos con amor y con ternura en todas las lenguas del Continente… son una señal inequívoca de la fe inconmovible en que la Vida viene de Dios Padre, que Jesús dio su Vida para la vida del mundo y que el Espíritu Santo nos mantiene y nos hace crecer en el don de la vida.

Para desarrollar esta dimensión proponemos:

  • Fortalecer la pastoral de las comunidades pues

    la vida sólo se desarrolla plenamente en la comunión fraterna y justa. Porque “Dios en Cristo no redime solamente la persona individual, sino también las relaciones sociales entre los seres humanos29.

  • Cultivar la virtud del desprendimiento, del don de sí, en una pastoral vocacional del matrimonio, la familia, el estudio, el trabajo y, especialmente, en el matrimonio y en la vocación a la vida consagrada y ministerial, pues la vida se acrecienta dándola y se debilita en el aislamiento y la comodidad30.

  • Estar atentos, en cada etapa de la misión, a promover y dar lugar a las expresiones de la religiosidad popular que expresan la fe en el Dios de la Vida: fiestas patronales, romerías a los santuarios, peregrinación de imágenes de la Santísima Virgen… y devociones tan centrales como el Via Crucis, el Via Lucis y el Santo Rosario.

Nuestros pueblos tengan la vida nueva de Jesucristo

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