II
LA MISIÓN CONTINENTAL
4. UNA ACCIÓN MISIONERA CONTINENTAL
PARA UNA IGLESIA EN MISIÓN PERMANENTE
“A la pregunta, ¿para qué la misión?, respondemos
con la fe y la esperanza de la Iglesia:
nuestra misión es compartir la Vida que nos
transmite Cristo10.
El Amor es el que da la vida; por eso la Iglesia
es enviada a difundir en el mundo la caridad
de Cristo, para que los hombres y los pueblos“tengan vida y la tengan en abundancia” (Jn 10,
10)11.
De esta manera la Iglesia es
misionera sólo en cuanto discípula, es decir,
capaz de dejarse atraer siempre, con renovado
asombro, por Dios que nos amó y nos ama primero (cf. 1 Jn 4, 10)12.
Este dinamismo misionero se da en un momento muy
propicio.
Cuando muchos de nuestros pueblos se preparan
para celebrar el bicentenario de su independencia,
nos encontramos ante el desafío de revitalizar
nuestro modo de ser católico y nuestras
opciones personales por el Señor, para que la
fe cristiana arraigue más profundamente en el
corazón de las personas y los pueblos latinoamericanos como acontecimiento fundante y encuentro
vivificante con Cristo. Él se manifiesta
como novedad de vida y de misión en todas las
dimensiones de la existencia personal y social.
Esto requiere, desde nuestra identidad católica,
una evangelización mucho más misionera, en
diálogo con todos los cristianos y al servicio de
todos los hombres13.
A esto nos ayuda la próxima realización del Congreso
Misionero Latinoamericano-COMLA8 / CAM3, lo mismo
que el Sínodo sobre la Palabra en la vida y misión
de la Iglesia (2008) y la celebración del Año Paulino en
2008-2009.
a. La misión es un rasgo constitutivo de la Iglesia
Un objetivo esencial de la Misión Continental es tomar
conciencia de que la dimensión misionera es parte
constitutiva de la identidad de la Iglesia y del discípulo
del Señor. Por eso, a partir del Kerigma, ella pretende
vitalizar el encuentro con Cristo vivo y fortalecer el sentido
de pertenencia eclesial, para que los bautizados
pasen de evangelizados a evangelizadores y, a través
de su testimonio y acción evangelizadora, nuestros
pueblos latinoamericanos y caribeños llegan a tener
Vida plena en Él.
Para lograr ese objetivo
todos los bautizados estamos llamados a "recomenzar
desde Cristo", a reconocer y seguir su
Presencia con la misma realismo y novedad, el
mismo poder de afecto, persuasión y esperanza,
que tuvo su encuentro con los primeros discípulos
a las orillas del Jordán, hace 2000 años,
y con los "Juan Diego" del Nuevo Mundo. Sólo
gracias a ese encuentro y seguimiento, que se
convierte en familiaridad y comunión, por desborde
de gratitud y alegría, somos rescatados
de nuestra conciencia aislada y salimos a comunicar
a todos la vida verdadera, la felicidad y esperanza
que nos ha sido dado experimentar y gozar14.
b. Medios para la Misión
a. Beber de la Palabra, lugar de encuentro con Jesucristo
Si el objetivo central de la Misión es llevar a las personas
a un verdadero encuentro con Jesucristo, el primer
espacio de encuentro con Él será el conocimiento profundo
y vivencial de la Palabra de Dios, de Jesucristo
vivo, en la Iglesia, que es nuestra casa15.
La proclamación alegre de Jesucristo muerto y resucitado,
a quien buscamos, y al "que Dios ha constituido
Señor y Mesías" (Hch 2, 36), ya es encuentro
con la Palabra Viva, con Jesús mismo, la Palabra que
salva.
Para entrar y permanecer en este lugar de encuentro
con Cristo que es la Palabra, instrumento privilegiado
de la misión, hay que destacar cinco metas
particulares:
animación bíblica de la pastoral, que sea
escuela de interpretación o conocimiento
de la Palabra, de comunión con Jesús u
oración con la Palabra, y de evangelización
inculturada o de proclamación de la Palabra16;
-
la formación en la
Lectio divina, o ejercicio de
lectura orante de la Sagrada Escritura
17, y su amplia
divulgación y promoción;
-
la predicación de la Palabra, de manera que realmente
conduzca al discípulo al encuentro vivo, lleno de asombro, con Cristo, y a su seguimiento en el hoy de la vida y de la historia;
-
el fortalecimiento, a la luz de la Palabra de Dios, del tesoro de la piedad popular de nuestros pueblos,
para que resplandezca cada vez más en
ella “la perla preciosa” que es Jesucristo,
y sea siempre nuevamente evangelizada en la fe de la Iglesia y por su vida sacramental18.
-
La presentación de la vida de los santos, en especial
de la Virgen María, como páginas encarnadas
del evangelio que tocan el corazón y motivan
el camino del discípulo hacia Jesús y del misionero hacia la gente.
Por esto, hay que educar al pueblo en la lectura y
la meditación de la Palabra: que ella se convierta
en su alimento para que, por propia experiencia,
vea que las palabras de Jesús son espíritu y vida (cf. Jn 6, 63). De lo contrario, ¿cómo van a anunciar
un mensaje cuyo contenido y espíritu no conocen
a fondo? Hemos de fundamentar nuestro
compromiso misionero y toda nuestra vida en la
roca de la Palabra de Dios19.
b. Alimentarse de la Eucaristía
Un segundo medio para la misión es la Sagrada Liturgia,
en especial, los sacramentos de la Iniciación Cristiana,
signos que expresan y realizan la vocación de
discípulos de Jesús a cuyo seguimiento somos llamados.
De forma significativa, la Eucaristía es lugar privilegiado
del encuentro del discípulo con Jesucristo. Y es,
a la vez, fuente inagotable de la vocación cristiana y del
impulso misionero;
allí, el Espíritu Santo fortalece la identidad del
discípulo y despierta en él la decidida voluntad
de anunciar con audacia a los demás lo que ha
escuchado y vivido20.
Dentro de este segundo medio misionero, hay que destacar
cuatro metas particulares:
-
Conducir, mediante la iniciación cristiana, a la
incorporación viva en la comunidad, cuya fuente
y cumbre es la celebración eucarística, y dedicar
tiempo y atención al seguimiento de quienes son
incorporados a la comunidad;
-
Cultivar en la celebración eucarística su dimensión
de renovación de la Nueva y Eterna Alianza, lugar de encuentro con el Padre, el Hijo y
el Espíritu Santo, con los ángeles, los santos y
entre los hermanos, de ofrecimiento de la vida
del discípulo, cargando con su cruz, a la vez que
de envío misionero;
-
fomentar el estilo eucarístico de la vida cristiana,
y
recrear y promover la "pastoral del domingo"21, dándole "prioridad en los programas pastorales"
22, para un nuevo impulso a la evangelización del pueblo de Dios
23;
-
en los lugares donde no sea posible la Eucaristía,
fomentar la celebración dominical de la Palabra,
que hace presente el Misterio Pascual en
el amor que congrega (cf. 1 Jn 3, 14), en
la Palabra acogida (cf. Jn 5, 24-25) y en la
oración comunitaria (cf. Mt 18, 20)24.
c. Construir la Iglesia como casa y escuela de comunión
Un tercer espacio de encuentro con Jesucristo es la vida comunitaria.
Jesús está presente en medio de una comunidad
viva en la fe y en el amor fraterno. Allí Él cumple
su promesa: "Donde están dos o tres reunidos en
mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos" (Mt
18, 20)25.
Formar comunidad implica abrazar el estilo de vida de
Jesús, asumir su destino pascual con todas sus exigencias,
participar en su misión, estar en actitud de permanente
conversión y mantener la alegría del discípulo
misionero en el servicio al Reino.
Dentro de este tercer medio para la misión, hay que
destacar cinco metas particulares:
-
fomentar la conciencia de comunión a nivel familiar para que cada hogar se convierta en una
iglesia doméstica, en un santuario de la vida,
donde se le valora como don de Dios y se forma
en ese sentido a las personas, una verdadera escuela en la fe, un espacio en que crecen misioneros de la esperanza y de la paz;
-
formar pequeñas comunidades cristianas, abiertas
y disponibles, en sus diversas formas y expresiones. Cultivar en ellas la pastoral de la acogida para que las personas experimenten
su pertenencia a la Iglesia de modo personal y
familiar;
-
profundizar la dimensión comunitaria a nivel parroquial, para que la parroquia sea en verdad una comunidad de comunidades
26;
-
todo esto orientado a la renovación de las
estructuras pastorales, a fin de impulsar una
nueva forma de ser Iglesia: más fraterna, expresión
de comunión, más participativa y más misionera27.
d. Servir a la sociedad, en especial, a los pobres
Un cuarto medio de encuentro con Jesucristo y de acción
misionera es el servicio a la sociedad para que
nuestros pueblos tengan la vida de Cristo y, de un modo
especial, el servicio a los pobres, enfermos y afligidos28 "que reclaman nuestro compromiso y nos dan testimonio
de fe, paciencia en el sufrimiento y constante lucha
para seguir viviendo"29.
Dentro de este cuarto medio para la misión, hay que
destacar cuatro metas particulares:
-
la fraternidad con los más pobre y afligidos, hermanos
nuestros en quienes nos encontramos y
servimos al Señor, y la defensa de los derechos de los excluidos30, ya que allí se juega la fidelidad de la Iglesia a Jesucristo31;
-
la renovación y fortalecimiento de la pastoral social, a fin de que exprese en signos concretos la
opción preferencial por los pobres y excluidos,
especialmente con las personas que viven en la
calle, con los migrantes, los enfermos, los adictos
dependientes, los niños en situaciones de riesgo
y los detenidos en las cárceles32;
- la atención pastoral de los constructores de la sociedad, que tienen la misión de forjar estructuras
justas, que estén al servicio de la dignidad de las
personas y de sus familias; como asimismo de
los comunicadores sociales, para que alienten el
crecimiento de una cultura que sea manifestación del reinado de Dios;
-
el apoyo decidido a todas aquellas personas
e instituciones que "dan testimonio de lucha
por la justicia, por la paz y por el bien común, algunas veces llegando a entregar la propia
vida"33.
Los medios de la misión, en su conjunto, deben ser
nuestro instrumento para lograr la gran meta: impulsar
la realización de la Misión Continental de tal forma
que las Iglesias del continente se pongan en estado de
misión. Esto significa que la acción misionera intensiva
sea tan motivadora, que asuman la misión permanente como plan pastoral.