2.2.4 Sistema penitenciario
53. La delincuencia no sólo se enfrenta con medidas de fuerza y con endurecimiento
de penas. Son problemas mucho más complejos que deben de
atacarse por distintos frentes y con soluciones integrales, dando prioridad
a la prevención con medidas sociales. Enfrentamos la crisis del sistema penitenciario
que no re-socializa ni readapta a los internos y en muchos casos
promueve la organización criminal. La sobrepoblación y la corrupción carcelaria
están motivando que los reclusorios también sean cotos de poder
del crimen organizado, desde los cuales se planean y dirigen acciones delictivas.
En lugar de servir a la readaptación social se convierten en verdaderas
universidades del crimen dada la indiscriminada convivencia de los
reos de alta peligrosidad con la multitud de detenidos por delitos famélicos.
2.2.5 Violencia institucionalizada
54. En un Estado democrático y de derecho como pretende ser el nuestro, las
demandas sociales y civiles deben ser atendidas y respondidas. Cuando
este derecho de los ciudadanos no encuentra cauces adecuados se originan
distintas formas de protesta social por parte de grupos y de personas, que
dejan de ser legítimas cuando recurren a la violencia y amenazan la paz
pública. El gobierno, que actúa en nombre del Estado, tiene la delicada tarea
de distinguir entre las formas legítimas de protesta social y las acciones
delictivas con las que ésta puede confundirse.
55. No se debe criminalizar la protesta social y quienes recurren a ella para expresar
legítimamente sus inconformidades tienen la responsabilidad social de
respetar los derechos de terceros. La superación pacífica de los conflictos sociales
requiere de quienes actúan en nombre del Estado la pericia del diálogo
y de la mediación política antes que el recurso a la represión o la judicialización
de los conflictos. De los líderes sociales requiere un claro sentido del bien
común, del respeto al derecho ajeno y de capacidad de diálogo y concertación.
2.2.6 Las fuerzas de seguridad
56. Las Fuerzas Armadas de México han sido instituidas para defender la soberanía,
independencia e integridad territorial de la Nación. Tienen el reconocimiento
y aprecio de la ciudadanía que reconoce su labor, particularmente,
en las situaciones de emergencia provocadas por desastres naturales. En la
estrategia oficial de lucha contra la delincuencia organizada se les han confiado
tareas, contando con el beneplácito ciudadano en el primer momento
de la emergencia provocada por la escalada de violencia de los grupos criminales
que, con el uso ilegítimo de la fuerza, han llegado a constituir un
verdadero desafío al poder del Estado y un serio desafío a la seguridad de
los ciudadanos.
57. Sin embargo, con el paso del tiempo la participación de las Fuerzas Armadas en la lucha contra el crimen organizado provoca incertidumbre en la
población, ya que se prolonga una estrategia que por su carácter de emergente
no tendría porque prolongarse. La formación y capacitación que reciben
los miembros de las Fuerzas Armadas no es para ejercer funciones
policiacas entre los ciudadanos de la nación, sino para cumplir su misión,
en los lugares y con los objetivos precisos que la ley les indica. Es conveniente
que los mexicanos conozcan cuál es el rol de las Fuerzas Armadas en
la defensa de la seguridad nacional y distingan ésta, de la seguridad interior
y de la seguridad pública. Como todas las instituciones del Estado, las Fuerzas
Armadas tienen la obligación de respetar los derechos humanos y las
garantías constitucionales de los mexicanos.
58. Recordemos que una emergencia no debe ser permanente. Consideramos
que es conveniente ampliar la estrategia para superar los desafíos que las
actividades del crimen organizado presentan a la estabilidad de la nación,
de manera que pronto las tareas propias de la seguridad pública sean ejercidas
por policías civiles capacitados, adecuadamente remunerados y bien
coordinados a nivel federal, estatal y municipal. El perfil de los miembros
de los cuerpos policíacos no se puede improvisar, lo mismo que la formación
para las tareas que se les encomiendan; en ella no debe faltar un alto
sentido de respeto a la ciudadanía y el conocimiento práctico de los derechos
humanos.
2.3 En la vida social
59. La violencia social tiene muchas manifestaciones, entre ellas: la violencia
de grupos por razones políticas; la violencia en las relaciones laborales;
la violencia vinculada a actitudes discriminatorias y que es padecida
no sólo por cuestiones étnicas, sino también por las personas que sufren
maltrato por su orientación sexual; la violencia en las escuelas; la que
es padecida por delitos comunes como el robo; la que se da entre generaciones
y entre las comunidades; la violencia en el tránsito vehicular, de
la que resulta un alarmante número de víctimas, etc. La superación de la violencia requiere ser mejor comprendida. La sociedad necesita verse a sí
misma, es necesario profundizar y realizar estudios sobre este fenómeno.
60. La seguridad de las personas también corresponde a la sociedad. El principal
responsable es el Estado; sin embargo, esto no exime a la sociedad de su
responsabilidad, que debe ser asumida de manera proporcional, cada quien
de acuerdo a su situación, a su posición y a sus capacidades. La ciudadanía,
titular de derechos, cuyo respeto se exige, lo es también de obligaciones
que debe asumir. Una sociedad responsable requiere de condiciones para
establecer en la sociedad relaciones de confianza. Lamentamos constatar
que en muchos mexicanos la desconfianza se ha posicionado como actitud
básica en las relaciones humanas, sociales e institucionales.
61. Cuando no hay confianza en la vida social, los grupos se mueven por intereses
privados y las situaciones que les afectan se deciden por lógicas
de poder; esto tiene efectos disgregadores en la sociedad. Para tener una
sociedad responsable que asuma con decisión la urgencia de responder a
los desafíos de la inseguridad y la violencia es necesario recuperar la confianza
y credibilidad social. En una sociedad plural, como en la que vivimos,
no podemos sin más excluir la visión de las cosas que tienen los demás sólo
por que contrastan con las propias. Una sociedad responsable tiene que
aprender el arte del diálogo, de la mediación, de la negociación y la búsqueda
del bien común.
62. La violencia puede llegar a transformarse en una forma de sociabilidad.
Cuando esto sucede, se afirma el poder como norma social de control en los
grupos sociales y esto, a su vez, da lugar a modos de relación que se definen
por afanes competitivos; por el desafío de vencer a quienes son considerados
como adversarios o por el placer de causar dolor físico, miedo y terror.
63. La misma sociedad, según sus modos de valorar, de asignar la posición o
el estatus social, sitúa a las personas en contextos propicios a la violencia.
Es común, en algunos ambientes, relacionar el estatus social con el tipo de trabajo que se tiene o con los ingresos que se perciben y dar relevancia
a las personas de acuerdo a su capacidad económica; se establece
así una escala social que cuando se polariza crea una dinámica social
en la que fácilmente se dan tensiones y diversas formas de violencia.
64. Sin embargo, hay que decir, contra ciertas tendencias que criminalizan la
pobreza, que no hay correlación directa entre violencia y pobreza. Sí la hay,
en cambio, entre violencia y desigualdad. Hay ricos que son promotores
de injusticia y violencia. Los pobres no son delincuentes por ser pobres;
están expuestos a ser actores y víctimas de la violencia como cualquier otra
persona que canaliza en formas violentas su frustración, el sinsentido de su
vida y su desesperación.
65. La convivencia democrática, basada en la igualdad social y de oportunidades,
que se postula como ideal de vida para los mexicanos, se estrella con
la realidad de desigualdad. Esto produce profunda insatisfacción y rencor
social, que sirven de abono para la violencia y da base social a los grupos de
delincuentes organizados, ya que propicia condiciones que favorecen que
haya personas dispuestas a «engancharse» con ellos.
66. La seguridad de los ciudadanos es multidimensional y tiene que ser integral.
Tiene que ver con el tejido social; cuando éste existe hay control social
en sentido positivo. El tejido social es más fuerte en las comunidades pequeñas
que en las grandes urbes, por lo cual es importante crearlo y fortalecerlo
en las ciudades, ya que a mayor tejido social, mayor seguridad.
Para generar acciones que permitan la reconstrucción del tejido social, es
necesario fomentar la responsabilidad social y el diálogo real, honesto y
fértil entre sociedad y Gobierno para la construcción de la paz.
2.3.1 Violencia intrafamiliar
67. Las relaciones familiares también explican la predisposición a una personalidad
violenta. Las familias que influyen para ello son las que tienen una comunicación deficiente; en las que predominan actitudes defensivas y sus
miembros no se apoyan entre sí; en las que no hay actividades familiares
que propicien la participación; en las que las relaciones de los padres suelen
ser conflictivas y violentas, y en las que las relaciones paterno-filiales se
caracterizan por actitudes hostiles. La violencia intrafamiliar es escuela de
resentimiento y odio en las relaciones humanas básicas.
68. Hoy es común en muchas personas recurrir con frecuencia a distintos tipos
de droga, lo que se hace como alternativa para la rápida solución de
problemas: paliar dolores, mantenerse despierto, tranquilizarse, inhibir la
angustia, estimular el deseo sexual. Si esta cultura de la droga se gesta en la
propia familia, no es de extrañar la rapidez con la que se extienden las adicciones
a otras drogas. También deben tomarse en cuenta, en los escenarios
de violencia familiar, los estragos que hace en las familias la adicción al alcohol
de alguno de sus miembros. Toda la familia sufre las consecuencias
de las adicciones que además de afectar la economía familiar, deterioran las
relaciones intrafamiliares.
2.3.2 Violencia contra la mujeres
69. La violencia contra las mujeres representa un desafío social y cultural. Esta
conducta es aprendida y tolerada socialmente; se relaciona con la comprensión
que los hombres y mujeres tienen de su masculinidad y femineidad. Si
bien la condición económica, el alcoholismo y la adicción a las drogas no son
la causa directa de este tipo de violencia, sí la exacerban; pero la raíz última
de la violencia es el ejercicio desigual de poder en la vida familiar y social.
70. Llama la atención que frente a la violencia que sufren las mujeres hay quienes
las señalan a ellas mismas como responsables de las agresiones que
sufren; quienes piensan así, no toman en cuenta el hecho de que una persona
que es agredida constantemente, experimenta intensos sentimientos
de vergüenza y miedo que la inhabilitan para huir o pedir ayuda, y que en
muchas ocasiones son las condiciones sociales, económicas o culturales las Es lamentable que además de la violencia intrafamiliar muchas mujeres
mexicanas sufran violencia en distintos contextos sociales, entre ellos, es
importante destacar algunos ambientes de trabajo, en los que no existen
condiciones laborales adecuadas a la situación femenina.
2.3.3 Violencia infantil
71. Desgraciadamente también es un hecho el crecimiento y la frecuencia con
que actualmente se hace violencia a los niños de diferentes maneras. El
hecho de haber sufrido malos tratos durante la infancia o haber sido testigo
de la violencia en el seno de la familia o en instituciones incrementa
el riesgo de violencia en la edad adulta. Es frecuente que los padres de
familia que maltratan a sus hijos o que son agresores de pareja y que quienes
hacen daños a los niños en las instituciones o realizan pedofilia, hayan
sido, en su momento, víctimas de maltrato infantil.
72. La influencia del maltrato y la disfunción familiar va más allá de la
imitación de las conductas violentas. El niño que es maltratado sufre una
pérdida notable de su autoestima y se refugia en sus fantasías, muchas de
ellas violentas, con probabilidad de que las materialice en la adolescencia o
en la vida adulta. Desgraciadamente en las familias violentas la violencia se
vive como algo normal.
2.3.4 La violencia, los jóvenes y los adolescentes
73. Los adolescentes y jóvenes son una gran riqueza para la sociedad y, sin embargo,
viven situaciones familiares y sociales que los convierten en víctimas
y actores de hechos violentos. Los adultos tenemos una gran responsabilidad,
pues les estamos heredando un mundo violento que los excluye de las
posibilidades de una vida digna y los expone a la muerte. La violencia del
crimen organizado afecta especialmente a los jóvenes que se han convertido
en monedas de cambio, en vidas utilitarias de poco valor, en instrumen tos o herramientas de un engranaje criminal, fácilmente renovables ante la
muerte de miles de ellos.
74. Cada vez más la violencia forma parte de la vida de los jóvenes y adolescentes,
se trata de un problema crítico presente en distintos ámbitos sociales.
La violencia juvenil no es un fenómeno nuevo, pero se está agudizando. La
drogadicción y la delincuencia asociadas al pandillerismo son síntomas que
muestran la profundidad de este problema que es resultado, entre otras
cosas, de la fuerte carga de violencia y agresividad que reciben los jóvenes
diariamente de los medios de comunicación, sin contar con el contrapeso
de criterios de discernimiento y de valores éticos que tendrían que ser recibidos
en la familia o en la escuela. A esto se agrega la falta de oportunidades
de trabajo y de crecimiento personal.
75. La violencia crea un clima socio-cultural que relativiza la función de las
normas para regular la convivencia social. Esto sucede sobre todo entre
los jóvenes que, cuando son reclutados por organizaciones criminales, no
reconocen más ley que la que les da el poder: por ser hombres, por tener
dinero y capacidad de consumo. El acceso inmediato y rápido a los bienes
de consumo coloca a estos jóvenes en un acelerado ritmo de ascensión social
y, ante un horizonte corto de vida, pareciera que eligen una vida corta
"siendo alguien", en vez de una vida larga en condiciones que hacen muy
difícil alcanzar el reconocimiento social.
2.3.5 Violencia y vida comunitaria
76. La vida comunitaria es la primera víctima de la violencia. La percepción
de inseguridad y el miedo llevan a las personas a buscar espacios seguros
refugiándose en sus propias casas, aislándose, encerrándose en el individualismo
y en la desconfianza, en el enojo, en el resentimiento y en el deseo
de venganza. Se establece un círculo vicioso: la violencia acaba con la
vida comunitaria y cuando esto sucede, se propicia la violencia. Si se quiere
romper este ciclo perverso es necesario fortalecer la vida en comunidad;este servicio lo ofrecen las instituciones sociales, las iglesias y los grupos
intermedios, que aseguran la cohesión social.
77. En algunas comunidades indígenas, la violencia surge cuando se rompen
los acuerdos comunitarios; cuando se fracciona la unidad tradicional por
la incursión de nuevas religiones, de partidos políticos y de organizaciones
sociales. Esta violencia llega, en algunos caso, a extremos de expulsar de la
comunidad a los disidentes, e incluso de quemarles sus casas y quitarles
sus propiedades. Se llega a mayor violencia cuando está de por medio la
posesión de la tierra, que grupos antagónicos reclaman como suya.
78. La violencia está íntimamente ligada a la vulnerabilidad de la población. Al
deteriorarse la vida comunitaria por el clima de inseguridad que provoca
miedo, aislamiento y que desanima a participar en la vida común, se debilita
el tejido social que brinda seguridad a los miembros de la comunidad.
Hay factores que propician la violencia en las comunidades rurales, en los
pueblos y en los barrios populares y colonias de las grandes ciudades; entre
estos se pueden mencionar: la falta de políticas sociales de protección; la
carencia de una adecuada reglamentación de los centros de diversión en los
que indiscriminadamente se consume alcohol y droga y el vacío de autoridad
por la desconfianza en los servicios de seguridad pública.
79. En los pueblos y en las ciudades, la administración del espacio público es
muy importante. Se ha comprobado que hay relación entre violencia social
y restricción del espacio. Hay menor incidencia de hechos violentos, por
enojo, riñas, etc., cuando los grupos humanos cuentan con espacios para
caminar, platicar, convivir, recrearse, incluso para estudiar. Es necesario
rescatar los espacios públicos de los que se han apropiado grupos de delincuentes;
rehabilitar los que están abandonados y construirlos donde no
existen o no son suficientes.
80. En el contexto de la violencia urbana merecen atención la vulnerabilidad de
los migrantes que, a su paso por las grandes ciudades, quedan expuestos atodo tipo de vejaciones, maltrato, extorsión e, incluso, explotación. Se trata
de quienes del campo van a las ciudades buscando mejores condiciones de
vida y de personas procedentes de Centro y Sudamérica que, en su camino
hacia los países del Norte, pasan por el nuestro y reciben peores tratos que
los que reciben nuestros paisanos cuando emigran.
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