VISITAR SITIO WEB de ARQUIDIÓCESIS DE MÉXICO

Comisiones
Vicaría Pastoral

Mapa del Sitio



Que en Cristo Nuestra Paz, México tenga vida digna en PDF

En Cristo nuestra Paz - IR A CONTENIDO


  Google
Vicaría      de Pastoral

Logotipo de la MISIÓN PERMANENTE en la Arquidiócesis de México

Que en Cristo Nuestra Paz, México tenga vida digna. CEM


II. CON LA LUZ DEL EVANGELIO
Y DE LA DOCTRINA SOCIAL DE LA IGLESIA

INTRODUCCIÓN


107. La situación que acabamos de describir acontece en un pueblo profundamente religioso y que no deja de tener sus manifestaciones, auténticas o no, de vinculación con la comunidad cristiana, ya sea por los sacramentos de Iniciación, Especialmente el Bautismo y la eucaristía, o por el respeto que tienen a la Iglesia, a María y a Cristo mismo. Sin embargo, hay una creciente manifestación de superficialidad en su experiencia de fe y una religiosidad popular sumamente confusa que lleva de manera rápida y directa a las supersticiones e idolatrías.

108. Es muy claro que el ambiente de violencia e inseguridad en que vivimos denota una pérdida del sentido de Dios que lleva al desprecio de la vida del hombre, un ambiente que influye negativamente en la formación de la conciencia y de los valores, donde encontramos modelos de realización equivocados, metas y aspiraciones intrascendentes, fruto de una cultura consumista, marcada por el materialismo imperante a nivel global. La corrupción de las costumbres y de las instituciones, la distorsión de las leyes que afectan el sentido de la vida y la dignidad de la persona, son el marco perfecto para llegar hasta donde estamos en una sociedad con claros signos de decadencia.

109. No es el momento de polémicas estériles ni de discusiones inútiles; esto nos impediría mostrar la verdad y la belleza de nuestra misión y generaría más violencia. Es el momento de manifestar con mayor claridad el testimonio de la alegría de ser discípulos de Cristo; de contemplar desde su mirada la redención del mundo y de asumir el compromiso misionero tal como lo propone el espíritu de Aparecida36.

110. Los cristianos sabemos que la violencia engendra violencia, por lo que la solución a este problema es honda y compleja. Los actos violentos que presenciamos y sufrimos son síntomas de otra lucha más radical, en la que nos jugamos el futuro de la patria y de la humanidad. En el interior del ser humano se da la batalla de tendencias opuestas entre el bien y el mal. Los cristianos no vemos a las personas como enemigos que hay que destruir; nuestra lucha es contra el poder del mal que destruye y deshumaniza a las personas.

111. ¡Qué significa ser cristiano en estas circunstancias? ¿Qué palabra de esperanza podemos dar los pastores de la Iglesia? ¿Cómo vencer la sensación de impotencia que muchos compartimos y al mismo tiempo ofrecer a este grave problema una solución que se aparte de la sinrazón de la violencia? Estamos ante un problema que no se solucionará sólo con la aplicación de la justicia y el derecho, sino fundamentalmente con la conversión. La represión controla o inhibe temporalmente la violencia, pero nunca la supera37.

112. Las manifestaciones más evidentes de la violencia, como las originadas por el crimen organizado, así como otras que son menos visibles pero que están presentes en distintos ámbitos de la vida del pueblo de México, se explican por la existencia de distintos factores que contribuyen a su existencia. Esto nos hace constatar que «la cuestión social se ha convertido radicalmente en una cuestión antropológica»38 y que la raíz de todo tipo de deshumanización es la pretensión de prescindir de Dios y de su proyecto de vida.

113. Por ello nos acercaremos ahora a esta realidad con la luz de la fe, con una mirada crítica y realista, pero también esperanzadora, porque estamos convencidos de que, por encima del mal que oprime al ser humano, está la acción redentora y salvífica de Dios realizada en Jesucristo. Nuestro quehacer eclesial nos compromete profundamente a trabajar por la humanización y restauración del tejido social, convencidos del valor de la vida humana, llamada a participar de la plenitud de la vida divina, porque Dios «no quiere que nadie se pierda, sino que todos se conviertan» (2 Pe 3, 9)39.

1. DIOS PADRE, CREADOR,
NOS AMA CON AMOR MISERICORDIOSO

114. Nuestra fe en Dios ilumina la realidad en que vivimos, pues "sólo quien reconoce a Dios, conoce la realidad y puede responder a ella de modo adecuado y realmente humano"40 Creemos en un Dios personal, que no se reduce a un concepto o a una doctrina, sino que es un Padre amoroso que se nos ha revelado en la historia de la salvación. Es un Dios Creador, principio de todo cuanto existe, que ha puesto en cada ser el sello de su bondad (Cf. Gn 1, 31). Es el auténtico y único Dios que se ha manifestado a Abraham, nuestro padre en la fe (Cf. Rom 4, 12-16). Es el «Dios, Padre de nuestro Señor Jesucristo» (Rom 15, 6) inescrutable en su profundo misterio, cercano a todos y más íntimo a nuestro ser que nosotros mismos41.

115. Conocemos a Dios y su proyecto de amor para nosotros por medio de Jesucristo, Él, que es «el Hijo único, que es Dios y que está en el seno del Padre, nos lo ha dado a conocer» (Jn 1,18). A Jesucristo lo conocemos por medio de la Palabra de Dios42. En la Sagrada Escritura encontramos elementos que nos ayudan a tener una comprensión más aguda de lo que es la violencia y de la tarea de los discípulos del Señor en la construcción de la paz. La gravedad de la situación y la urgencia de la paz, exigen de nosotros respuestas inaplazables, actitudes radicales y para llegar a ellas es necesario interpretar la realidad, darle un significado desde nuestra fe en Dios que es Amor, pues «nosotros hemos conocido el amor que Dios nos tiene y hemos creído en Él» (1 Jn 4, 16).

2. "EL PECADO ACECHA A TU PUERTA…
TÚ PUEDES DOMINARLO"

(Gn 4, 7)

116. Más allá del entorno que puede explicar o matizar las causas de la violencia como la pobreza, la ignorancia, la degradación del ambiente, la falta de educación o de oportunidades, situaciones que son reales y tienen su importancia, la raíz fundamental de todo está en la orientación del corazón de cada ser humano, que tiene en sí mismo la grandeza de la libertad y por ello el riesgo del error; la capacidad de decidir y por tanto la responsabilidad de sus decisiones. En palabras sencillas lo expresó Jesús cuando dijo que el mal no está en lo que nos rodea, sino en el corazón, de «donde salen las malas intenciones» (Mt 15, 19-20). Por eso podrá decirnos, «aprendan de mí que soy manso y humilde de corazón» (Mt 11, 29). El mal no está en la creación, marcada por la bondad del Creador, sino en el corazón del hombre que, desde su libertad, se llena de soberbia y se deja engañar.

117. En el relato de los orígenes de la humanidad, la Sagrada Escritura ofrece a los creyentes una respuesta a la pregunta acerca del mal y del pecado. La situación original se describe paradisíaca (Cf. Gn 2, 7-25). Adán y Eva viven felices, en armonía entre ellos, con Dios y con el resto de la creación. Todo cambia con el engaño de la serpiente, representante del principio del mal, que con astucia, para sembrar en sus corazones la duda y la malicia, confunde a Eva poniendo en boca de Dios lo que Él no ha dicho: «¿Así que Dios les dijo que no comieran de ninguno de los árboles del huerto?» (Gn 3, 1). La primera respuesta de Eva fue desde la inocencia, declarando sencillamente que Dios no había dicho aquello que se le atribuía (Cf. Gn 3, 2-3).

118. El mal es siempre un engaño. Para contrarrestarlo, hay que desenmascararlo haciendo evidente que es enemigo de la naturaleza humana. Uno de los síntomas básicos de vivir en el pecado es la malicia, o padecer, como la llaman los Padres, la ceguera del malicioso. Quien vive en la gracia de Dios tiene la mirada de la inocencia, ve el mundo como Dios lo ve, es decir, desde el bien que hay en él y encuentra los rastros de ese bien en todas las personas y en toda la creación. La inocencia no se identifica con la ingenuidad. El inocente distingue perfectamente el bien del mal y no cae en sus redes; el
ingenuo, por el contrario, los confunde.

119. El inocente descubre el mal entremezclado en la obra buena de Dios, pero lo ve en su debida dimensión, como una realidad que no tiene en sí misma la consistencia que tiene el bien; por ello, apela siempre a la bondad presente incluso en las personas que menos nos imaginaríamos. Desde el bien que está en el centro de su ser busca el bien que hay en los demás. Así actuó el Señor Jesús; se acercó a las personas sin detenerse en las etiquetas que otros les habían puesto, como ocurrió con el leproso (Mc 1, 40-44), con Zaqueo (Lc 19,1-10), con la mujer adúltera (Jn 8,1-11) y con otros. Vio en ellos lo mejor que había en cada uno, se acercó, atendió sus necesidades más profundas y los capacitó para ser sus discípulos.

120. Quien padece la ceguera del malicioso busca el mal, lo invoca y termina dándole existencia, en todo lo que le rodea, en las personas y en las circunstancias. Por eso la malicia ha sido una de las enfermedades espirituales más temidas por los grandes maestros de la espiritualidad cristiana. En el pasaje bíblico de la caída, la serpiente no descansa hasta sembrar la sospecha en Eva e infectarla con la malicia; la convence de que Dios no es su amigo, sino un competidor temeroso de que descubran su igualdad con Él (Cf. Gn 3,5). Como consecuencia, Adán y Eva dejan de percibir el orden y armonía de la creación y en su ceguera empiezan a percibirla como caótica y amenazante.

121. La violencia comienza cuando nos olvidamos quiénes somos. Llama la atención en el relato del Génesis, que el fin de la enemistad del hombre con Dios se presenta en el retorno del hombre a la tierra de la que fue hecho (Cf. Gn 3, 17-19), con lo que se indica, tanto la experiencia de la muerte43, como el regreso al origen, a la identidad, a reconocer que se es de barro (Cf. Gn 2,7), creatura que depende de Dios, que la vida no está en sus manos como si fuera su propio dueño. El hombre tiene la tentación de rebelarse contra esta situación y considerarse como norma única, exclusiva y absoluta de la vida. Cuando el hombre se endiosa a sí mismo, se deshumaniza y cede fácilmente a la tentación de la violencia.

122. El proceso por el que la comunidad de discípulos de Jesucristo modela a los hombres y mujeres como imagen de Dios en Cristo, entiende la caída primordial como paradigma del engaño, como la forma en la que el mal entra en la vida humana, haciendo que quien lo sufre se olvide de su condición de imagen divina, de su dignidad de Hijo de Dios y de hermano de sus semejantes. Por la doctrina cristiana del pecado original, sabemos que esta actitud se transmite y quien nace y crece en un ambiente malicioso pronto pierde la inocencia con la que ha salido de las manos de Dios. El pecado de Adán y Eva, fue abusar de su libertad, desobedecer el mandato de Dios44; fue un pecado de soberbia al pretender prescindir de Dios, considerarlo innecesario, declararlo como sobrante de la propia existencia.

123. Con la malicia se ve al otro con desconfianza, porque presume que el mal es quien lo gobierna. Surge también una imagen distorsionada de sí mismo; el malicioso ya no se ve como «persona», es decir, como identidad en comunidad, sino que se ve como «ego», como un individuo aislado y en permanente oposición a su entorno, al que considera amenazante y del que debe defenderse. El otro ya no es «hermano», parte imprescindible de mi propio ser, sino un competidor y enemigo. De hecho, la violencia crece cuando olvidamos que somos responsables de nuestros hermanos (Cf. Gn 4,1-16).

124. La aceptación del mal en el corazón lleva al ser humano: a cerrarse a toda relación complementaria con los demás; a buscar la felicidad aislándose todo lo posible para no ser dañado por nadie y a procurar tener a su disposición todo lo que necesita para lo que considera una vida plena. Una vez afectado por esta ceguera, ya no tiene la capacidad de ver en la creación la presencia de Dios, sólo ve objetos que puede manipular para llenar sus necesidades; de la misma manera ve y trata a las personas; así se ve y se trata a sí mismo.

125. El mal que inhabita el corazón humano ha sido representado en la tradición cristiana como un «falso yo»; como un parásito que no tiene existencia real más allá de la que cada quien le adjudique con sus pensamientos, actitudes y acciones egoístas. Pero no por eso es menos peligroso. El mal actúa conquistando la conciencia, haciendo creer a la persona que es un ser egoísta y cruel y le hace perder contacto con su imagen divina, utilizando los dones recibidos no para construir, sino para destruir la armonía. El corazón de carne con el que Dios nos creó se convierte en un corazón de piedra, insensible al hermano.

126. Ese «falso yo» anida en los pensamientos del ser humano y se manifiesta en actitudes concretas. Pablo las describió en sus cartas como «obras de la carne»: injusticia, perversidad, codicia, maldad, envidia, homicidio, pleitos, engaños, malicia, difamación, traición, odio de Dios, ultrajes, altanería, habilidad para hacer el mal, insensatez, etc. (Cf. Rom 1, 29; Gal 5,19-21). La presencia del mal en la vida humana es bastante más compleja y sutil que sus manifestaciones más obvias. Su acción destructiva no es siempre perceptible, ya que puede enmascararse de múltiples formas, incluso en la lucha por los más altos ideales. En cualquier caso, deja en quien lo padece una sensación de vacío interior, sinsentido, aislamiento y desánimo, más allá de las alegrías efímeras que proporcionan las satisfacciones materiales o intelectuales que procura.

127. Podríamos afirmar que aún dentro de un círculo de fe y de una experiencia de salvación en Cristo, la realidad humana, debilitada por el pecado, se impone: como en la experiencia del primer hombre, también nosotros estamos sujetos al error y al mal con toda su violencia, tal como lo expresa san Pablo: «Así pues, por un solo hombre entró el pecado en el mundo y con el pecado la muerte; y como todos los hombres pecaron, a todos llegó la muerte" (Rom 5,12). Todos pecaron, también los elegidos, "nosotros —dice san Pablo— los que poseemos las primicias del Espíritu, gemimos en nuestro interior, suspirando para que Dios nos haga sus hijos y libere nuestro cuerpo» (Rom 8,23).

128. No podemos olvidar la realidad del mal en la interpretación de los fenómenos sociales y en la construcción de la sociedad45. El hombre posee una naturaleza herida, inclinada al mal, que da lugar a graves errores en el campo de la educación, de la política, de la acción social y de las costumbres, llegando a consolidarse verdaderas «estructuras de pecado46. Hace tiempo que la economía forma parte del conjunto de los ámbitos en que se manifiestan los efectos perniciosos del pecado47 y, sin duda, alguna estos se han manifestado en una concepción del desarrollo dinamizado por el «afán de ganancia exclusiva» y por la «sed de poder»48. Esta manera de entender el desarrollo, como una espiral sin fin, ha llevado a nuestro país y al mundo no sólo a un caos financiero sino a una verdadera crisis humanitaria: el empobrecimiento de multitudes, una cultura de consumo insaciable y una sociedad atomizada por el individualismo.

129. ¿Qué podemos hacer? «Creerse autosuficiente y capaz de eliminar por sí mismo el mal de la historia ha inducido al hombre a confundir la felicidad y la salvación con formas inmanentes de bienestar material y de actuación social»49. Reconocemos que el mal actúa en nuestra vida personal y social; reconocemos en la crisis de inseguridad y violencia los síntomas de sus obras,¿cómo podemos ser liberados de él? Precisamente la respuesta existencial a esta pregunta, centrada en el encuentro con Cristo, es el centro y meta de la formación al discipulado cristiano en la que nos detendremos ahora.

Ir a la página anterior  
Ir a la página siguiente
loans loans loans loans loans loans loans loans loans loans loans loans loans loans loans loans loans loans loans loans loans loans loans loans loans loans loans loans loans loans loans loans loansloans loans loans loans loans loans loans insurance insurance mortgage mortgage mortgage mortgage mortgage mortgage mortgage mortgage mortgage mortgage mortgage mortgage mortgage mortgage mortgage mortgage mortgage mortgage mortgage mortgage mortgage mortgage mortgage mortgage mortgage mortgage mortgage mortgage mortgage mortgage mortgage mortgage mortgage mortgage mortgage mortgage mortgage mortgage mortgage mortgage mortgage mortgage mortgage mortgage mortgage mortgage insurance insurance insurance insurance insuranceinsurance insurance insurance insurance insurance insurance insurance insurance insurance insurance insurance insurance insurance insurance insurance insurance insurance insurance insurance insurance insurance insurance insurance insurance insurance insurance insurance insurance insurance insurance insurance insuranceinsurance insurance insurance insurance insurance insurance insurance insurance insurance insurance insurance insurance insurance