3. LA PROMESA DE DIOS: EL PRÍNCIPE DE LA PAZ
(Cf. Is 9, 5)
130. La respuesta de Dios a la humanidad que se ha dejado seducir por la
fuerza del mal es la promesa del Mesías, el Ungido del Espíritu que abre
nuestra historia a la posibilidad de restaurar en el mundo la armonía original.
Así nos lo enseña el profeta cuando anuncia la era mesiánica como un
mundo nuevo de paz en el que «habitará el lobo junto al cordero, y la pantera
se echará junto al cabrito» (Is 11,6) y «entonces harán de sus espadas
arados,…ni se prepararán más para la guerra» (Is 2,4); el Mesías mismo será
llamado «Príncipe de Paz» (Is 9, 5).
131. En Jesucristo, Dios cumple esta promesa mesiánica de la paz que engloba
para nosotros todos los bienes de la salvación50. En Él, «imagen de Dios
invisible» (Col 1,15), se nos descubre plenamente el misterio de Dios y el
misterio del hombre51. Él es el nuevo Adán, el hombre inocente, que con
una visión transformada por la experiencia del amor de Dios, es capaz de
contemplar la bondad de Dios en la realidad creada y descubrir el bien que
hay en toda persona. Su mirada no se fija en el pecado de la humanidad; se
fija en su sufrimiento necesitado de redención.
4. EN CRISTO, NO HAY LUGAR PARA LA VIOLENCIA
132. La persona de Jesús es pues para nosotros, en sí misma, una buena noticia
de vida. El Evangelio lo presenta como quél que con su vida y su persona
empieza a hacer realidad la esperanza judía del shalom definitivo y la promesa
del Reino de Dios (Cf. Lc 1,79; 2,14-19). Con ello, propone una instancia
crítica respecto a un sistema político que sacralizaba y divinizaba la persona
del emperador y su actuación que implicaba la imposición violenta de la
paz. El evangelista san Lucas anuncia la verdadera paz que trae Jesús, que es para todos y que significa una alegría sin excepciones (Cf. Lc 2,10). Con su
compasión, el Señor inaugura el Reino de vida ofrecido a todas las personas,
especialmente a las más pobres y a las que sufren, haciéndonos saber que
Dios no tiene nada que ver con la violencia o con la muerte que imperan en
el mundo, porque es Dios de vivos, es el Dios de la vida (Cf. Mc 12,18-27).
133. Jesús rechazó la violencia como forma de sociabilidad y lo mismo pide a
sus discípulos al invitarlos a aprender de su humildad y mansedumbre (Cf.
Mt 11,29). Para romper la espiral de la violencia, recomienda poner la otra
mejilla (Cf. Mt 5, 39), perdonar siempre (Cf. Mt 18,22) y, amar a los enemigos
(Cf. Lc 6,35), paradoja incomprensible para quienes no conocen a Dios
o no lo aceptan en sus vidas. La motivación evangélica que justifica esta
recomendación es clara: imitar a Dios (Cf. Mt 5,45); el amor a los enemigos
hace al ser humano semejante a Dios y en este sentido, lo eleva, no lo rebaja.
Así, el discípulo se incorpora en la corriente perfecta del amor divino para
salir de sí mismo y construir una humanidad solidaria y fraterna. El discípulo
de Jesús debe amar gratuitamente y sin interés, como ama Dios, con un
amor por encima de todo cálculo y reciprocidad.
134. El amor al enemigo es expresión de la regla de oro, no es masoquismo;
es señal de una reciprocidad fundamental en el comportamiento de
las personas. Con el amor al enemigo se espera que éste cambie de actitud,
que alcance a captar la diferencia entre su comportamiento destructor
y la actitud sanante de quien más allá del resentimiento es capaz de
responder con la fuerza del amor y del perdón. Quien perdona, no cierra
el futuro al adversario o al enemigo; confía en que la persona puede cambiar.
Y si no hay cambio, por lo menos se cierra al paso de la violencia.
Quien perdona al enemigo expresa también su esperanza de la salvación;
si el agresor no corresponde al perdón, el gesto no pasará inadvertido para
Dios (Cf. Eclo 12,2).
135. Para el Señor Jesús el rechazo de la violencia grande, la violencia homicida,
supone no aceptar otros tipos de violencia. Esto pide del discípulo atención, vigilancia y distancia frente a formas menores de violencia, incluso
la más pequeña (Cf. Mt 5,21-26). Así como no se admite la violencia
que atenta contra la vida, tampoco la que se expresa en los sentimientos y
acciones inmediatas que la originan. Ni siquiera un insulto pequeño merece
la indiferencia. Jesús mismo fue testigo, con su vida, de su enseñanza: dejó
como testamento espiritual a sus discípulos el don de la paz: «les dejo mi
paz, mi paz les doy. Una paz que el mundo no les puede dar» (Jn 14,27); desde
la cruz perdonó a la turba violenta que lo había crucificado (Cf. Lc 23,33); el
día de la resurrección les entregó el don de su Espíritu y, con estos dones, la
misión de ser servidores del perdón y de la reconciliación de los hombres
con Dios y de los hombres entre sí (Cf. Jn 19,23) y llamó bienaventurados a
los mansos y a los que luchan por la paz (Cf. Mt 5,5.9).
136. El Reino de Dios no se impone por la fuerza ni con la violencia; es una
realidad sobrenatural, presente en el corazón y en el testimonio de los discípulos,
que critica y desenmascara las falsas paces y las estructuras que
hacen imposible la paz. Jesús alienta a quienes le siguen a trabajar por la
paz, que es don de Dios y tarea del hombre. Quienes se comprometen en
construirla son llamados «hijos de Dios» (Mt 5,9). Ya en el Antiguo Testamento
encontramos la concepción del ser humano como artífice de la paz
(Cf. 1 Mac 6,58-59) y ello no se refiere a quienes tienen ánimo pacífico,
de quietud o sosiego, sino a quienes se comprometen en «hacer» la paz,
en tomar la iniciativa, en trabajar, en esforzarse por conseguirla. Tampoco
se refiere a los que cultivan la paz para sí mismos, sino a quienes se
empeñan activamente por establecerla, allí donde los hombres la han
roto y se encuentran enemistados, al grado de no tener miedo de arriesgar
la propia tranquilidad, con tal de procurar la auténtica solución de
los conflictos, aún cuando estos no le estén afectando directamente.
137. El amor al enemigo y la renuncia a la violencia exigen que el discípulo tenga
la referencia de una comunidad que lo anime y motive a perseverar en ese
propósito, pues no se puede seguir a Jesús pensando y actuando con los mismos
criterios de quienes prefieren la lógica destructora de la intimidación, la capaces de proponer un estilo de vida alternativo al proyecto del mundo:
ante el servilismo, servicio; ante el odio, el amor; ante el egoísmo, la entrega
de la vida; contra la marginación, la inclusión. En la Iglesia primitiva encontramos
la convicción de que la paz es consecuencia inmediata del don divino
de la salvación y de que Dios es un Dios de paz (Cf. 1 Cor 14,33). La paz es un
don de Dios y una tarea del creyente (Cf. Rom 15,33; 16,20; Flp 4,9; 1 Tes 5,23).
138. Los creyentes sabemos que ninguna realización temporal se identifica
con el Reino de Dios52. Reafirmamos nuestra esperanza y confianza de que
este mundo en el que vivimos no es todavía el que Dios pensó para nosotros.
La violencia y la maldad no son parte del proyecto de Dios. Por ello
confiamos en que el esfuerzo solidario de todos, con el auxilio de la gracia
divina, por hacer más humana nuestra vida no es en vano, pues esperamos
que "los bienes de la dignidad humana, la unión fraterna y la libertad; en una
palabra, todos los frutos excelentes de la naturaleza y de nuestro esfuerzo,
después de haberlos propagado por la tierra en el Espíritu del Señor y de
acuerdo con su mandato, volveremos a encontrarlos limpios de toda mancha,
iluminados y trasfigurados, cuando Cristo entregue al Padre el reino eterno y
universal: “reino de verdad y de vida; reino de santidad y gracia; reino de justicia,
de amor y de paz”. El reino está ya misteriosamente presente en nuestra
tierra; cuando venga el Señor, se consumará su perfección"53.
139. La historia entera tiene un futuro en Dios, también las historias de sufrimiento
y exclusión. La fe en la resurrección es el inicio, el sostén y la
finalidad de nuestra esperanza. La memoria viva de la muerte y resurrección
de Jesucristo da soporte a la esperanza en el diario vivir de nuestras
comunidades, pues la resurrección nos garantiza que el tiempo entero está
en manos de Dios. "La esperanza cristiana es un poderoso recurso social al
servicio del desarrollo humano integral, en la libertad y en la justicia"54.
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