VISITAR SITIO WEB de ARQUIDIÓCESIS DE MÉXICO

Comisiones
Vicaría Pastoral

Mapa del Sitio



Que en Cristo Nuestra Paz, México tenga vida digna en PDF

En Cristo nuestra Paz - IR A CONTENIDO


  Google
Vicaría      de Pastoral

Logotipo de la MISIÓN PERMANENTE en la Arquidiócesis de México

Que en Cristo Nuestra Paz, México tenga vida digna. CEM


5. INICIACIÓN A LA VIDA CRISTIANA

140. El encuentro con Jesús ha sido, desde los inicios de nuestra fe, la puerta de entrada al camino de la salvación. En Él el Padre nos revela el camino, la verdad y la vida (Cf. Jn 14, 6). La mirada del Señor, el Inocente por antonomasia, nos permite recuperar la identidad de hijos de Dios y de ciudadanos de su Reino. La identidad cristiana no se recibe por herencia, ni por costumbre; se adquiere a través del camino de la iniciación cristiana, que es un proceso por el que la propia vida se va configurando con Cristo, a partir de la experiencia de conversión y de la participación de la pascua de Jesús, es decir, del triunfo del amor de Dios sobre el poder del mal y de la muerte.

141. Se trata de una experiencia personal, que se vive en comunidad, en la que es determinante el encuentro vivo y persuasivo con Cristo, anunciado por testigos fieles. Esta experiencia introduce en una auténtica celebración de los sacramentos, con toda la riqueza de sus ritos y signos que tienen un profundo significado en sí mismos, en relación a la historia de la salvación y a la vida cristiana55. "De este modo, la vida se va transformando progresivamente por los santos misterios que se celebran, capacitando al creyente para transformar el mundo"56.

142. Este proceso de iniciación a la vida cristiana comienza con el anuncio del kerigma, que invita a tomar conciencia del amor vivificador de Dios que se nos ofrece en Cristo muerto y resucitado57. El kerigma es el hilo conductor de este camino que culmina en la madurez del discípulo de Jesucristo y tiene como horizonte la santidad de vida. A través de este proceso, por la conversión se va recuperando la inocencia de la mirada y con ello, la confianza y la disposición para vivir en comunión con Dios y con el prójimo, para ser testigos y servidores de la reconciliación, con la misión de ser constructores de la paz y fermento de un mundo más justo, ya que «no podemos concebir una oferta de vida en Cristo sin un dinamismo de liberación integral, de humanización, de reconciliación y de inserción social"58.

6. LLAMADOS A FORMAR UNA HUMANIDAD NUEVA

143. El amor es la principal fuerza impulsora del crecimiento pleno de cada persona y de toda la humanidad59. Jesucristo nos revela la mirada inocente de Dios Padre que ve en nosotros la bondad que Él mismo ha puesto en nuestros corazones y su amor tierno y misericordioso que nos acoge a pesar de nuestras fallas y debilidades. Esta experiencia nos hace descubrirnos hijos amados de Dios y nos llama a la conversión, es decir, a orientar la vida por el amor y la misericordia. Esta exigencia forma parte del núcleo mismo
del mensaje de Jesús y constituye la esencia del modo de ser y vivir según el evangelio.

144. La conversión inicia con un dolor que sana y consuela; es el dolor del propio pecado, la pena interna de constatar que el engaño del mal nos alejó de nuestra auténtica vocación humana, que nos deshumanizó haciéndonos prescindir de Dios y excluir a los demás de nuestra vida. Esta experiencia ilumina nuestra mirada y nos permite desenmascarar el mal y renovar nuestra confianza en Dios. Si bien la experiencia de conversión es una auténtica liberación, no es el fin de la experiencia del discipulado sino sólo su inicio. No basta con caer en la cuenta de que se llevaba un derrotero equivocado; hay que enderezar la ruta y moverse con diligencia en el sentido correcto. Si el mal había distorsionado la propia imagen, en Cristo descubrimos que nuestra vocación es vivir la vida nueva de hijos de Dios, hermanos de Jesucristo y templos vivos del Espíritu Santo; y eso significa que nuestra realización está en encarnar esa vida divina en la existencia cotidiana.

145. Cristo es el modelo perfecto de cómo se vive la vida; Él mismo es la vida divina que se nos comunica. Él es la medida, el hombre verdadero, la medida del verdadero humanismo. Por ello estamos convencidos que la transformación interior de la persona humana, en su progresiva conformación con Cristo, es el punto de partida esencial de una renovación real de sus relaciones con las demás personas60. No se llega a ser discípulo por una decisión convencional de tipo ético61, por filantropía o como resultado de un razonamiento filosófico. La fe no es producto de nuestro pensamiento; la fe es un don de Dios. Se llega a ser discípulo por el encuentro personal con el Señor Jesús, que nos revela plenamente el misterio de Dios.

7. AL SERVICIO DE LA UNIDAD

146. Quien vive la experiencia de conversión se dispone a acoger libremente el don de la fe, que da a su vida un horizonte nuevo y una orientación decisiva62, ya que la fe libera del aislamiento del yo y lleva a la comunión63. Los discípulos de Jesús somos llamados a ser un pueblo congregado por la comunión con el Padre, por el Hijo, en el Espíritu Santo. No hay discipulado sin comunión. La fe en Jesucristo la recibimos a través de la comunidad eclesial que nos acompaña y nos incorpora a esta realidad comunitaria que es el pueblo de Dios y que existe en el mundo como sacramento universal de salvación64. La pertenencia a una comunidad concreta es una dimensión constitutiva de la vocación cristiana65.

147. La koinonía, —comunión fraterna—- es un pilar fundamental de la Iglesia66. Así se expresa particularmente en el mandamiento del amor, el «más importante» (Cf. Mt 22,38), y en el sermón de la montaña (Cf. Mt 5–7), donde Jesús propone los principios de vida fraterna, inspirados en el amor, que deben regir la convivencia de sus discípulos. De ello ha sido testigo el mismo Jesús. El don del Resucitado es el Espíritu de Verdad (Cf. Jn 16,12-15), que nos capacita para hacer presente a Jesús y al Reino. Es el Espíritu que cohesiona las diferencias para hacer de ellas la fuente de la comunión. Para el discípulo, el con-ciudadano del Reino, la vida en el Espíritu le permite orientar su acción cotidiana desde la óptica de la verdad, la justicia y la comunión.

148. No es posible ser cristianos sin Iglesia, ni vivir la fe de manera individualista sacando del horizonte de la vida y de nuestras preocupaciones cotidianas a los hombres y mujeres con quienes compartimos nuestro caminar por la historia; por ello la vocación cristiana incluye el llamado a construir comunidades fraternas y justas; el compromiso de servir al hermano y de buscar juntos caminos de justicia y ser así constructores de paz. De esta manera la Iglesia es fiel a su esencia misma que es ser sacramento de unidad entre Dios y la persona humana, de los hombres y mujeres entre sí67.

149. En el seno de la comunidad eclesial, la diversidad de carismas, ministerios y servicios, abre el horizonte de los discípulos misioneros al ejercicio diario de la comunión; ésta se enriquece al poner en común los dones recibidos del Espíritu (Cf. 1 Cor 12,4-12). El testimonio de unidad y la armonía, en la diversidad de funciones, asegura la vitalidad misionera y es signo e instrumento de reconciliación y paz para nuestros pueblos68. Los ministros ordenados, somos llamados a dedicar nuestra vida al servicio de la comunión, haciendo presente a Cristo Cabeza y Pastor y presidiendo las comunidades en la caridad. Este ministerio pastoral nos pide apacentar, acompañar, cuidar, curar y buscar —cuando se han perdido—, a los fieles que se confían a nuestro cuidado (Cf. Jn 10).

150. Los discípulos misioneros de Jesucristo llamados a vivir su vocación bautismal en la vida consagrada, son testigos, con la profesión de los consejos evangélicos, de Cristo virgen, pobre y obediente. Con el testimonio de su vida, personal y comunitaria, tienen una permanente visibilidad en medio del mundo69 y colaboran en él, según sus carismas fundacionales, en la formación de una nueva generación de cristianos discípulos y misioneros, y en la gestación de una sociedad donde se respeta la justicia y la dignidad de la persona humana

151. Los fieles laicos, incorporados a Cristo por el bautismo, son hombres y mujeres de la Iglesia en el corazón del mundo y, al mismo tiempo, hombres y mujeres del mundo en el corazón de la Iglesia70. Su misión propia y específica es contribuir a la transformación de las realidades y la creación de estructuras justas según los criterios del evangelio. Están llamados, sin esperar u obedecer consignas y en fidelidad a su conciencia, a comprometerse como ciudadanos y participar activamente en los procesos y movimientos
de la vida social, política, económica y cultural, aportando en ellos su testimonio de vida y su competencia profesional para la vida digna y pacífica de sus familias y comunidades.

152. La violencia que hay en distintos ámbitos de la vida y la provocada por la delincuencia organizada es diametralmente opuesta a la aspiración de paz que hay en el corazón de los discípulos misioneros de Jesucristo y que es compartida con todos los hombres y mujeres de buena voluntad. Al destruir la comunión y dañar la vida en comunidad, la violencia es negación de la vida en Cristo. Por ello reconocemos que la inseguridad y violencia que vivimos son un signo del «debilitamiento de la vida cristiana en el conjunto de la sociedad»71 y de ello, quienes nos confesamos cristianos, debemos asumir nuestra responsabilidad.

153. La Eucaristía, fuente y cumbre de la vida eclesial y proyecto de solidaridad para toda la humanidad, actualiza en todos los discípulos misioneros de Jesucristo la vocación y misión de ser artífices de paz. En efecto, quien participa en la Eucaristía de manera activa, consciente y responsable, «aprende de ella a ser promotor de comunión, de paz y de solidaridad en todas las circunstancias de la vida"72 En medio de las situaciones de violencia los cristianos somos interpelados «a vivir la Eucaristía como una gran escuela de paz, donde se forman hombres y mujeres que, en los diversos ámbitos de responsabilidad de la vida social, cultural y política, sean artesanos de diálogo y comunión"73.

8. POR LA RECONCILIACIÓN A LA PAZ

154. En Cristo somos perdonados y reconciliados. En Él, Dios quiso reconciliar todo cuanto existe, restableciendo la paz por la sangre de la cruz (Cf. Col 1,20). El perdón que Dios nos ofrece no exige nada a cambio, es completo y gratuito. Si tuviéramos que ofrecer algo a cambio del perdón, lo convertiría en una pena y pasaría de ser don de Dios a ser mérito del penitente. Sólo quien está dispuesto a dejarse perdonar así, quien acepta que Cristo haya entregado su vida, su propia sangre y su Espíritu para el perdón de sus pecados (Cf. Jn 20,22-23), entiende en qué consiste la reconciliación cristiana. Acoger el perdón como un don de la misericordia divina implica la virtud de la humildad. En cambio, quien pretende merecer el perdón de Dios por sus obras de penitencia es fácilmente engañado nuevamente por el mal y los frutos de este engaño se manifiestan en la dureza de corazón, en el juicio despectivo de las personas y en la actitud soberbia de sentirse merecedores de todo y moralmente superiores a los demás.

155. Acoger el don del perdón que Dios nos ofrece de manera gratuita en su Hijo Jesucristo, nos dispone a la reconciliación, es decir, a establecer nuevamente relaciones saludables con el mismo Dios, con los demás, con el entorno y consigo mismo. De esta experiencia nace la moción natural a reparar, en la medida de lo posible, el daño causado; sin embargo, nada que uno pueda hacer se equipara con la altura, anchura y profundidad del amor que Dios nos ha manifestado en Cristo (Cf. Ef 3,18-19). Reconciliados con Dios y con el prójimo, los discípulos somos mensajeros y constructores de paz y, por tanto, partícipes del Reino de Dios (Cf. Mt 5,9)74.

156. La reconciliación está en el corazón de la vida cristiana; la reconciliación fraterna presupone la reconciliación con Dios, fuente de gracia y perdón, que se expresa y realiza en el sacramento de la Penitencia75. La unión con Cristo, que se realiza en la Eucaristía, nos capacita para nuevos tipos de relaciones sociales pacíficas, pues es sacramento de comunión entre hermanos y hermanas que aceptan reconciliarse en Cristo. Sólo esta constante tensión hacia la reconciliación nos permite comulgar dignamente con el Cuerpo y la Sangre de Cristo (Cf. Mt 5,23- 24)76.

Ir a la página anterior  
Ir a la página siguiente
loans loans loans loans loans loans loans loans loans loans loans loans loans loans loans loans loans loans loans loans loans loans loans loans loans loans loans loans loans loans loans loans loansloans loans loans loans loans loans loans insurance insurance mortgage mortgage mortgage mortgage mortgage mortgage mortgage mortgage mortgage mortgage mortgage mortgage mortgage mortgage mortgage mortgage mortgage mortgage mortgage mortgage mortgage mortgage mortgage mortgage mortgage mortgage mortgage mortgage mortgage mortgage mortgage mortgage mortgage mortgage mortgage mortgage mortgage mortgage mortgage mortgage mortgage mortgage mortgage mortgage mortgage mortgage insurance insurance insurance insurance insuranceinsurance insurance insurance insurance insurance insurance insurance insurance insurance insurance insurance insurance insurance insurance insurance insurance insurance insurance insurance insurance insurance insurance insurance insurance insurance insurance insurance insurance insurance insurance insurance insuranceinsurance insurance insurance insurance insurance insurance insurance insurance insurance insurance insurance insurance insurance