5. INICIACIÓN A LA VIDA CRISTIANA
140. El encuentro con Jesús ha sido, desde los inicios de nuestra fe, la puerta
de entrada al camino de la salvación. En Él el Padre nos revela el camino, la
verdad y la vida (Cf. Jn 14, 6). La mirada del Señor, el Inocente por antonomasia,
nos permite recuperar la identidad de hijos de Dios y de ciudadanos
de su Reino. La identidad cristiana no se recibe por herencia, ni por costumbre;
se adquiere a través del camino de la iniciación cristiana, que es
un proceso por el que la propia vida se va configurando con Cristo, a partir
de la experiencia de conversión y de la participación de la pascua de Jesús,
es decir, del triunfo del amor de Dios sobre el poder del mal y de la muerte.
141. Se trata de una experiencia personal, que se vive en comunidad, en la
que es determinante el encuentro vivo y persuasivo con Cristo, anunciado
por testigos fieles. Esta experiencia introduce en una auténtica celebración
de los sacramentos, con toda la riqueza de sus ritos y signos que tienen un
profundo significado en sí mismos, en relación a la historia de la salvación y
a la vida cristiana55. "De este modo, la vida se va transformando progresivamente
por los santos misterios que se celebran, capacitando al creyente para
transformar el mundo"56.
142. Este proceso de iniciación a la vida cristiana comienza con el anuncio
del kerigma, que invita a tomar conciencia del amor vivificador de Dios
que se nos ofrece en Cristo muerto y resucitado57. El kerigma es el hilo conductor
de este camino que culmina en la madurez del discípulo de Jesucristo
y tiene como horizonte la santidad de vida. A través de este proceso,
por la conversión se va recuperando la inocencia de la mirada y con ello, la
confianza y la disposición para vivir en comunión con Dios y con el prójimo,
para ser testigos y servidores de la reconciliación, con la misión de ser constructores de la paz y fermento de un mundo más justo, ya que «no podemos
concebir una oferta de vida en Cristo sin un dinamismo de liberación
integral, de humanización, de reconciliación y de inserción social"58.
6. LLAMADOS A FORMAR UNA HUMANIDAD NUEVA
143. El amor es la principal fuerza impulsora del crecimiento pleno de cada
persona y de toda la humanidad59. Jesucristo nos revela la mirada inocente
de Dios Padre que ve en nosotros la bondad que Él mismo ha puesto en
nuestros corazones y su amor tierno y misericordioso que nos acoge a pesar
de nuestras fallas y debilidades. Esta experiencia nos hace descubrirnos
hijos amados de Dios y nos llama a la conversión, es decir, a orientar la vida
por el amor y la misericordia. Esta exigencia forma parte del núcleo mismo
del mensaje de Jesús y constituye la esencia del modo de ser y vivir según
el evangelio.
144. La conversión inicia con un dolor que sana y consuela; es el dolor del
propio pecado, la pena interna de constatar que el engaño del mal nos alejó
de nuestra auténtica vocación humana, que nos deshumanizó haciéndonos
prescindir de Dios y excluir a los demás de nuestra vida. Esta experiencia
ilumina nuestra mirada y nos permite desenmascarar el mal y renovar
nuestra confianza en Dios. Si bien la experiencia de conversión es una auténtica
liberación, no es el fin de la experiencia del discipulado sino sólo su
inicio. No basta con caer en la cuenta de que se llevaba un derrotero equivocado;
hay que enderezar la ruta y moverse con diligencia en el sentido
correcto. Si el mal había distorsionado la propia imagen, en Cristo descubrimos
que nuestra vocación es vivir la vida nueva de hijos de Dios, hermanos
de Jesucristo y templos vivos del Espíritu Santo; y eso significa que nuestra
realización está en encarnar esa vida divina en la existencia cotidiana.
145. Cristo es el modelo perfecto de cómo se vive la vida; Él mismo es la vida
divina que se nos comunica. Él es la medida, el hombre verdadero, la medida
del verdadero humanismo. Por ello estamos convencidos que la transformación
interior de la persona humana, en su progresiva conformación
con Cristo, es el punto de partida esencial de una renovación real de sus
relaciones con las demás personas60. No se llega a ser discípulo por una decisión
convencional de tipo ético61, por filantropía o como resultado de un
razonamiento filosófico. La fe no es producto de nuestro pensamiento; la fe
es un don de Dios. Se llega a ser discípulo por el encuentro personal con el
Señor Jesús, que nos revela plenamente el misterio de Dios.
7. AL SERVICIO DE LA UNIDAD
146. Quien vive la experiencia de conversión se dispone a acoger libremente
el don de la fe, que da a su vida un horizonte nuevo y una orientación
decisiva62, ya que la fe libera del aislamiento del yo y lleva a la comunión63.
Los discípulos de Jesús somos llamados a ser un pueblo congregado por la
comunión con el Padre, por el Hijo, en el Espíritu Santo. No hay discipulado
sin comunión. La fe en Jesucristo la recibimos a través de la comunidad
eclesial que nos acompaña y nos incorpora a esta realidad comunitaria que
es el pueblo de Dios y que existe en el mundo como sacramento universal
de salvación64. La pertenencia a una comunidad concreta es una dimensión
constitutiva de la vocación cristiana65.
147. La koinonía, —comunión fraterna—- es un pilar fundamental de la Iglesia66.
Así se expresa particularmente en el mandamiento del amor, el «más importante» (Cf. Mt 22,38), y en el sermón de la montaña (Cf. Mt 5–7), donde Jesús
propone los principios de vida fraterna, inspirados en el amor, que deben
regir la convivencia de sus discípulos. De ello ha sido testigo el mismo Jesús.
El don del Resucitado es el Espíritu de Verdad (Cf. Jn 16,12-15), que nos capacita
para hacer presente a Jesús y al Reino. Es el Espíritu que cohesiona
las diferencias para hacer de ellas la fuente de la comunión. Para el discípulo,
el con-ciudadano del Reino, la vida en el Espíritu le permite orientar
su acción cotidiana desde la óptica de la verdad, la justicia y la comunión.
148. No es posible ser cristianos sin Iglesia, ni vivir la fe de manera individualista
sacando del horizonte de la vida y de nuestras preocupaciones cotidianas
a los hombres y mujeres con quienes compartimos nuestro caminar
por la historia; por ello la vocación cristiana incluye el llamado a construir
comunidades fraternas y justas; el compromiso de servir al hermano y de
buscar juntos caminos de justicia y ser así constructores de paz. De esta
manera la Iglesia es fiel a su esencia misma que es ser sacramento de unidad
entre Dios y la persona humana, de los hombres y mujeres entre sí67.
149. En el seno de la comunidad eclesial, la diversidad de carismas, ministerios
y servicios, abre el horizonte de los discípulos misioneros al ejercicio
diario de la comunión; ésta se enriquece al poner en común los dones
recibidos del Espíritu (Cf. 1 Cor 12,4-12). El testimonio de unidad y la armonía,
en la diversidad de funciones, asegura la vitalidad misionera y es
signo e instrumento de reconciliación y paz para nuestros pueblos68. Los
ministros ordenados, somos llamados a dedicar nuestra vida al servicio de
la comunión, haciendo presente a Cristo Cabeza y Pastor y presidiendo las
comunidades en la caridad. Este ministerio pastoral nos pide apacentar,
acompañar, cuidar, curar y buscar —cuando se han perdido—, a los fieles que
se confían a nuestro cuidado (Cf. Jn 10).
150. Los discípulos misioneros de Jesucristo llamados a vivir su vocación
bautismal en la vida consagrada, son testigos, con la profesión de los consejos
evangélicos, de Cristo virgen, pobre y obediente. Con el testimonio
de su vida, personal y comunitaria, tienen una permanente visibilidad en
medio del mundo69 y colaboran en él, según sus carismas fundacionales,
en la formación de una nueva generación de cristianos discípulos y misioneros,
y en la gestación de una sociedad donde se respeta la justicia y la
dignidad de la persona humana
151. Los fieles laicos, incorporados a Cristo por el bautismo, son hombres y
mujeres de la Iglesia en el corazón del mundo y, al mismo tiempo, hombres
y mujeres del mundo en el corazón de la Iglesia70. Su misión propia y
específica es contribuir a la transformación de las realidades y la creación
de estructuras justas según los criterios del evangelio. Están llamados, sin
esperar u obedecer consignas y en fidelidad a su conciencia, a comprometerse
como ciudadanos y participar activamente en los procesos y movimientos
de la vida social, política, económica y cultural, aportando en ellos
su testimonio de vida y su competencia profesional para la vida digna y
pacífica de sus familias y comunidades.
152. La violencia que hay en distintos ámbitos de la vida y la provocada
por la delincuencia organizada es diametralmente opuesta a la aspiración
de paz que hay en el corazón de los discípulos misioneros
de Jesucristo y que es compartida con todos los hombres y mujeres de
buena voluntad. Al destruir la comunión y dañar la vida en comunidad,
la violencia es negación de la vida en Cristo. Por ello reconocemos que
la inseguridad y violencia que vivimos son un signo del «debilitamiento
de la vida cristiana en el conjunto de la sociedad»71 y de ello, quienes
nos confesamos cristianos, debemos asumir nuestra responsabilidad.
153. La Eucaristía, fuente y cumbre de la vida eclesial y proyecto de solidaridad
para toda la humanidad, actualiza en todos los discípulos misioneros
de Jesucristo la vocación y misión de ser artífices de paz. En
efecto, quien participa en la Eucaristía de manera activa, consciente
y responsable, «aprende de ella a ser promotor de comunión, de paz
y de solidaridad en todas las circunstancias de la vida"72 En medio de
las situaciones de violencia los cristianos somos interpelados «a vivir
la Eucaristía como una gran escuela de paz, donde se forman hombres
y mujeres que, en los diversos ámbitos de responsabilidad de la
vida social, cultural y política, sean artesanos de diálogo y comunión"73.
8. POR LA RECONCILIACIÓN A LA PAZ
154. En Cristo somos perdonados y reconciliados. En Él, Dios quiso reconciliar
todo cuanto existe, restableciendo la paz por la sangre de la cruz (Cf. Col
1,20). El perdón que Dios nos ofrece no exige nada a cambio, es completo y
gratuito. Si tuviéramos que ofrecer algo a cambio del perdón, lo convertiría
en una pena y pasaría de ser don de Dios a ser mérito del penitente. Sólo
quien está dispuesto a dejarse perdonar así, quien acepta que Cristo haya
entregado su vida, su propia sangre y su Espíritu para el perdón de sus pecados
(Cf. Jn 20,22-23), entiende en qué consiste la reconciliación cristiana.
Acoger el perdón como un don de la misericordia divina implica la virtud
de la humildad. En cambio, quien pretende merecer el perdón de Dios por
sus obras de penitencia es fácilmente engañado nuevamente por el mal y
los frutos de este engaño se manifiestan en la dureza de corazón, en el juicio
despectivo de las personas y en la actitud soberbia de sentirse merecedores
de todo y moralmente superiores a los demás.
155. Acoger el don del perdón que Dios nos ofrece de manera gratuita en su
Hijo Jesucristo, nos dispone a la reconciliación, es decir, a establecer nuevamente relaciones saludables con el mismo Dios, con los demás, con el
entorno y consigo mismo. De esta experiencia nace la moción natural a reparar,
en la medida de lo posible, el daño causado; sin embargo, nada que
uno pueda hacer se equipara con la altura, anchura y profundidad del amor
que Dios nos ha manifestado en Cristo (Cf. Ef 3,18-19). Reconciliados con
Dios y con el prójimo, los discípulos somos mensajeros y constructores de
paz y, por tanto, partícipes del Reino de Dios (Cf. Mt 5,9)74.
156. La reconciliación está en el corazón de la vida cristiana; la reconciliación
fraterna presupone la reconciliación con Dios, fuente de gracia y
perdón, que se expresa y realiza en el sacramento de la Penitencia75. La
unión con Cristo, que se realiza en la Eucaristía, nos capacita para nuevos
tipos de relaciones sociales pacíficas, pues es sacramento de comunión
entre hermanos y hermanas que aceptan reconciliarse en Cristo.
Sólo esta constante tensión hacia la reconciliación nos permite comulgar
dignamente con el Cuerpo y la Sangre de Cristo (Cf. Mt 5,23- 24)76.
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