VISITAR SITIO WEB de ARQUIDIÓCESIS DE MÉXICO

Comisiones
Vicaría Pastoral

Mapa del Sitio



Que en Cristo Nuestra Paz, México tenga vida digna en PDF

En Cristo nuestra Paz - IR A CONTENIDO


  Google
Vicaría      de Pastoral

Logotipo de la MISIÓN PERMANENTE en la Arquidiócesis de México

Que en Cristo Nuestra Paz, México tenga vida digna. CEM


9. ENVIADOS A DAR FRUTOS DE PAZ

157. Los discípulos de Jesucristo no podemos olvidar la finalidad de la misión que nos ha sido confiada: "los he destinado para que vayan y den fruto y su fruto permanezca" (Jn 15, 14). El fruto que permanece es todo lo que sembramos, en nombre de Cristo, en el espíritu de las personas: el amor, el conocimiento; el gesto capaz de tocar el corazón; la palabra que abre el alma a la alegría del Señor77. La alegría del discípulo es antídoto frente a un mundo atemorizado por el futuro y agobiado por la violencia y el odio78.

158. La misión apostólica que el Señor nos ha confiado comienza con el anuncio de la paz: "cuando entren a una casa, digan primero: paz a esta casa" (Lc 10, 5-6). Este saludo, que tiene su origen en el "shalom" de los judíos, tiene un significado muy profundo que no tiene su fuerza en la ausencia de conflictos sino en la presencia de Dios con nosotros, augurio y bendición, deseo de armonía, de integridad, de realización, de unidad y bienestar79. Este saludo, conservado en la liturgia, implica asumir el compromiso de recorrer el camino que lleva a la restauración de la armonía en las relaciones entre los hombres y con Dios. En este camino se asocia el perdón que pedimos a Dios con el que damos a los hermanos (Cf. Mt 6, 12).

159. Esta misión, por la que nos apropiamos el deseo del Padre de construir el Reino y de anunciar la Buena Nueva a los pobres y a todos los que sufren, exige de nosotros una mirada inocente que nos permita desenmascarar la obra del mal, denunciar con valentía las situaciones de pecado, evidenciar las estructuras de muerte, de violencia y de injusticia80, con la consigna de vencer el mal con la fuerza del bien (Cf. Rom 12, 21). Nos exige además un estilo de vida pobre, siguiendo a Jesús pobre (Cf. Lc 6, 20; 9, 58) y anunciar el Evangelio de la paz sin bolsa ni alforja, sin poner la confianza en el dinero ni en el poder de este mundo (Cf. Lc 10,4ss)81. La Iglesia, sacramento de reconciliación y de paz, desea que los discípulos y misioneros de Cristo sean también, ahí donde se encuentren, "constructores de paz"82.

160. La Eucaristía es sacramento de paz83. En ella somos perdonados y santificados y Jesús mismo nos hace testigos de la compasión de Dios por la humanidad. Aquí tiene su fuente el servicio de la caridad para con el prójimo, que nos mueve a amar, en Dios y con Dios, incluso a las personas que no conocemos o no nos simpatizan, pues el encuentro íntimo con Él ilumina la mirada y permite descubrir en ellas, hermanos y hermanas por quienes ha dado su vida el Señor84.

9.1 Con la fuerza del amor

161. Los discípulos de Jesucristo son enviados al mundo como testigos del amor de Dios, recibido en Cristo, con la fuerza del Espíritu Santo. Se identifican como discípulos del Señor por el amor que se tienen, entre sí y con todos (Cf. Jn 13,35). El secreto de su apostolado es el amor, pues éste es la única fuerza capaz de cambiar el corazón del hombre y de la humanidad entera. Es el valioso aporte que tienen que ofrecer en los esfuerzos por superar la violencia, porque «la paz es también fruto del amor, el cual sobrepasa todo lo que la justicia puede realizar"85.

162. El amor «es una fuerza extraordinaria, que mueve a las personas a comprometerse con valentía y generosidad en el campo de la justicia y de la paz»86 y da verdadera sustancia a las relaciones con Dios y con el prójimo, tanto a las micro-relaciones —amistad, familia, pequeño grupo— como a las macro-relaciones —sociales, económicas políticas—87. En un mundo como el nuestro, en el que se relativiza fácilmente la verdad, la caridad en la verdad lleva a comprender que la adhesión a los valores del cristianismo no es sólo un elemento útil, sino indispensable para la construcción de una buena sociedad y un verdadero desarrollo humano integral88.

9.2 En comunión con todos los hombres y mujeres de buena voluntad

9.2.1 El bien común universal

163. Amar a alguien es querer su bien y trabajar eficazmente por él. Se trata no sólo del bien individual, sino del bien relacionado al con-vivir de las personas89. Es el bien común, el bien del «todos nosotros» formado por individuos, familias y grupos intermedios que se unen en comunidad social. Este bien abarca el conjunto de condiciones para que todas las personas logren con mayor plenitud y facilidad su propia perfección90.

164. El bien común se busca para todas las personas que forman parte de la comunidad social y que solamente pueden conseguir en ella, de modo eficaz, su propio bien y el de los demás. Desear el bien común es exigencia de la justicia y de la caridad. Trabajar por él pide cuidar y utilizar las instituciones que estructuran jurídica, civil, política y culturalmente la vida social. Todo cristiano está llamado a esta caridad según su vocación y posibilidades de incidir en la vida común. Esta acción sustentada en la caridad contribuye a la edificación de la «ciudad de Dios» universal hacia la cual avanza la historia de la familia humana91.

165. Edificar la ciudad de Dios nos pide recorrer los caminos necesarios para que se abra paso entre nosotros la civilización del amor. Hay que ir como buenos samaritanos al encuentro de las necesidades de los pobres y de los que sufren y «crear las estructuras justas que son una condición sin la cual no es posible un orden justo en la sociedad»92; éstas nacen del consenso moral de la sociedad sobre valores fundamentales. Donde Dios está ausente, estos valores no muestran toda su fuerza, ni se alcanza el consenso sobre ellos. Junto a los valores fundamentales se requiere el empeño de la razón política, económica y social93.

166. El cambio de las estructuras injustas es importante para disminuir la hiriente desigualdad que hay en México. Es necesaria una incidencia significativa de los cristianos en la política, en la economía, en la cultura y en todos los campos de la vida social abiertos a la evangelización; entre ellos, un lugar importante tienen los medios de comunicación94. Esta tarea la realizan los cristianos, bajo su propia responsabilidad, en su condición de ciudadanos, por la que pueden incidir en las políticas públicas del Estado95.

167. El mejor camino para alcanzar los consensos que son necesarios para la creación de estructuras sociales justas, es colaborar con los hombres y mujeres de buena voluntad y encontrar juntos caminos para dialogar, con un lenguaje común y comprensible, sobre los problemas del ser humano en lo concreto de las circunstancias de la nación mexicana. Para ello, es necesario educar y favorecer en nuestros pueblos todos los gestos, obras y caminos de reconciliación y amistad social, de cooperación e integración96.

168. El fundamento de este diálogo es la ley moral universal inscrita en el corazón humano, que constituye una autentica «gramática» del espíritu, con la cual la sociedad puede afrontar las situaciones que amenazan la paz97. El punto de partida, sin duda alguna, es la preservación de los fundamentos de la convivencia humana: verdad, justicia y libertad98, que los discípulos de Cristo asumen desde la fuerza que los mueve, que es la fuerza de la Caridad.

9.2.2 Caridad y Verdad

169. «La caridad en la verdad, de la que Jesucristo se ha hecho testigo con su vida terrenal y, sobre todo, con su muerte y resurrección, es la principal fuerza impulsora del auténtico desarrollo de cada persona y de toda la humanidad"99. La paz tiene su fundamento en la apertura de las conciencias a la verdad; ésta hace posible que cada persona encuentre su verdad en el proyecto que Dios tiene sobre ella, verdad que hay que defender, proponer con convicción y testimoniarla en la vida. La verdad hace resplandecer la caridad, es luz que le da sentido y valor, es la luz de la razón y de la fe, por medio de la inteligencia llega a la verdad natural y sobrenatural de la caridad, percibiendo su significado de entrega, acogida y comunión.

170. Amor y verdad son la vocación que Dios ha puesto en el corazón y en la mente de cada ser humano. En Cristo, la caridad en la verdad se convierte en el Rostro de su Persona, en una vocación a amar a nuestros hermanos en la verdad de su proyecto, de lo que Dios quiere para ellos. Se debe buscar, encontrar y expresar la verdad en el modo de vivir la caridad y ésta se ha de practicar a la luz de la verdad; así, es posible mostrar la capacidad que tiene la verdad de autentificar y persuadir, cuando se concreta en la vida social. Por esta relación con la verdad, se puede reconocer la importancia que la caridad tiene en las relaciones humanas, incluso en las de carácter público.

171. La doctrina social de la Iglesia es anuncio de la verdad del amor de Cristo en la sociedad. En ella encontramos criterios de discernimiento que nos permiten estar atentos para que las actividades humanas no pierdan su propio significado, ni sean instrumentalizadas, con efectos adversos a las personas, familias y comunidades. Se trata de la inviolable dignidad de la persona humana y del valor trascendente de la ley natural. Esta aportación de la doctrina social de la Iglesia se funda en la creación del hombre «a imagen de Dios» (Gn 1,27) y en ella puede fundarse una ética amiga de la persona que oriente la actividad humana y evite su deshumanización100.

9.2.3 Caridad y Justicia

172. La caridad en la verdad se concreta en la justicia que es un criterio orientador de la acción moral. La caridad va más allá de la justicia, porque amar es dar, ofrecer de lo «mío» al otro; pero nunca carece de justicia, la cual llega a dar al otro lo que es «suyo», lo que le corresponde en virtud de su ser y de su obrar. Quien ama con caridad a los demás, es ante todo justo con ellos. La justicia es inseparable de la caridad, es su medida mínima. La caridad exige la justicia, el reconocimiento y el respeto de los legítimos derechos de las personas y de los pueblos. La caridad supera la justicia y la completa siguiendo la lógica de la entrega y del perdón. La caridad manifiesta siempre el amor de Dios en las relaciones humanas, dando valor teologal y salvífico a todo compromiso de justicia en el mundo101.

173. Mientras que por la justicia se promueve la construcción de la «ciudad del hombre» según el derecho, por la caridad se promueve la «ciudad de Dios» con relaciones de gratuidad, de misericordia y de comunión. La justicia, al mismo tiempo virtud moral y concepto legal, debe ser vigilante para asegurar el equilibrio entre los derechos y deberes, así como promover la distribución equitativa de los costos y beneficios. La justicia restaura, no destruye; reconcilia en vez de instigar a la venganza102.

174. El orden justo de la sociedad y del Estado es tarea de la política. La preservación del orden público y de la convivencia pacífica de los ciudadanos, es un deber prioritario y sustancial de la autoridad y sólo será posible si se disfruta de seguridad y bienestar social103. El aporte propio de la fe, como experiencia de encuentro con Dios-amor, es ampliar el horizonte de la razón, purificándola para que pueda ser reconocido lo que es justo aquí y ahora y puesto también en práctica. Por ello, la Iglesia tiene el deber de ofrecer mediante la purificación de la razón y la formación ética su contribución específica, para que las exigencias de la justicia sean comprensibles y políticamente realizables104.

175. La Iglesia con su doctrina social contribuye a la formación de las conciencias y a que crezca tanto la percepción de las verdaderas exigencias de la justicia como la disponibilidad de actuar conforme a ella. En este sentido, en las circunstancias que vive México, consideramos importante insistir en el equilibrio que debe existir entre los derechos humanos y sus correspondientes deberes. "Los derechos individuales, desvinculados de un conjunto de deberes que les dé un sentido profundo, se desquician y dan lugar a una espiral de exigencias prácticamente ilimitada y carente de criterios"105.

9.2.4 Caridad y Libertad106

176. La fuerza del amor abre la conciencia del ser humano a relaciones recíprocas de libertad y de responsabilidad; por ello la paz tiene su raíz en la libertad, que la alimenta y la hace fructificar cuando, en la elección de los medios para alcanzarla, las personas se guían por la razón y asumen con valentía la responsabilidad de las propias acciones107. Los hombres y las mujeres son libres porque poseen la facultad de determinarse en función del bien; realizar el proyecto de Dios sobre la propia vida supone la libertad responsable de las personas y de los pueblos. La fidelidad del hombre a Dios le exige la fidelidad a la verdad, que es la única garantía de libertad. Sin un respeto profundo y generalizado de la libertad, la paz escapa al hombre108. Vivir la propia libertad con toda responsabilidad y ofrecer a los demás las condiciones para que vivan su propia libertad con total responsabilidad, es fundamental para construir la paz.

9.3 Constructores de la paz, promotores del desarrollo humano integral

177. Los cristianos, en un contexto de inseguridad como el que vivimos en México, tenemos la tarea de ser «constructores de la paz» en los lugares donde vivimos y trabajamos. Esto implica distintas tareas: «vigilar» que las conciencias no cedan a la tentación del egoísmo, de la mentira y de la violencia109 y ofrecer el servicio de «ser testigos», en la convivencia humana, del respeto al orden establecido por Dios, que es condición para que se establezca, en la tierra, la paz, "suprema aspiración de la humanidad"110. En esta tarea, nuestro mejor servicio siempre será la formación de la conciencia, que nos permita desenmascarar las intrigas del mal, pues "la violencia nace en el corazón del hombre"111.

178. Ser constructores de paz pide de nosotros además ser promotores del desarrollo humano integral. Es necesario considerar el significado y alcance del auténtico desarrollo. El Papa Pablo VI en su encíclica Populorum progressio, dedicada al desarrollo de los pueblos, señaló el desarrollo como nuevo nombre de la paz112. Más tarde, Juan Pablo II, en su encíclica Sollicitudo rei socialis, dedicada al desarrollo del hombre y de la sociedad, indicó la solidaridad como el nombre de la paz113. Recientemente el Papa Benedicto XVI, en su encíclica Caritas in veritate, sobre el desarrollo humano integral, sin decirlo explícitamente, nos señala la fraternidad, como el horizonte necesario para asegurar la paz114.

179. Estos enfoques complementarios sobre la realidad del desarrollo son un ejemplo claro del discernimiento que hace la Iglesia, a la luz de los principios permanentes de su doctrina social, para ofrecer criterios de juicio sobre las circunstancias actuales y ampliar el horizonte de acción, de manera que la persona humana sea el "fundamento, causa y fin de todas las instituciones sociales"115. El desarrollo humano integral se rige por el principio de la centralidad de la persona humana; este exige, en primer lugar, que se mejoren las condiciones de vida de las personas concretas para que puedan, como sujetos libres, hacerse responsables de su propia existencia116.

180. El ser humano es social por naturaleza117; responde a sus propias necesidades sobre la base de la subjetividad relacional, es decir, como un ser libre y responsable; que reconoce la necesidad de integrarse y colaborar con sus semejantes; y que es capaz de comunión con ellos en el orden del conocimiento y del amor118. Esta comprensión de la sociabilidad humana nos lleva al principio de la solidaridad, que es «la determinación firme y perseverante de empeñarse por el bien común; es decir por el bien de todos y cada uno, para que todos seamos verdaderamente responsables de todos"119.

181. El principio de solidaridad nos ayuda a entender el desarrollo en el horizonte de la plenitud del ser de las personas y no como un progreso sin fin, ni como la multiplicación de bienes y servicios120. El desarrollo tiene una dimensión moral que al mismo tiempo que lo orienta, lo limita. Hoy más que nunca es necesario un estilo de vida solidario: "debemos aprender la renuncia, la sencillez, la austeridad y la sobriedad. Sólo así puede crecer una sociedad solidaria y se puede superar el gran problema de la pobreza de este mundo"121.

182. En un mundo globalizado, el desarrollo de las personas y de los pueblos no puede limitarse sólo a mejorar las condiciones materiales de vida; éstas podrían acercarnos al ideal racional de la igualdad y de la convivencia cívica, pero no alcanzan a modificar una forma, hasta cierto punto egoísta, de entender y vivir las relaciones humanas. El principio de fraternidad amplía el horizonte del desarrollo a «la inclusión relacional de todas las personas y de todos los pueblos en la única comunidad de la familia humana, que se construye en la solidaridad sobre la base de los valores de la justicia y la paz"122. Para los cristianos, la fraternidad nace de una vocación trascendente de Dios que nos quiere asociar a la realidad de la comunión trinitaria: "para que sean uno, como nosotros somos uno" (Jn 17, 22).

183. Comenzamos la reflexión de este apartado asumiendo la interpretación que el Santo Padre Benedicto XVI ha hecho del momento que vivimos: «la cuestión social se ha convertido radicalmente en una cuestión antropológica"123. De la misma manera acogemos la invitación que nos hace a emprender una gesta humanizadora apostando por el desarrollo humano integral de todos los hombres y mujeres, de nuestro país y del mundo entero. «La fe cristiana se ocupa del desarrollo, no apoyándose en privilegios o posiciones de poder… sino sólo en Cristo, al cual debe remitirse toda vocación auténtica al desarrollo humano integral"124.

184. El desarrollo humano125 es ante todo una vocación: cada hombre está llamado a promover su propio progreso; es una llamada trascendente que requiere una respuesta libre y responsable, pues se trata de una llamada a hombres libres para asumir una responsabilidad común: impulsar a los hombres a «hacer, conocer y tener más para ser más». Esto implica que el desarrollo humano sea integral, es decir, que promueva a todos los hombres y a todo el hombre; que afirme y justifique el valor incondicional de la persona humana y el sentido de su crecimiento. La verdad del desarrollo consiste en su totalidad: si no es de todo el hombre y de todos los hombres, no es el verdadero desarrollo. La visión del desarrollo como vocación comporta que su centro sea la caridad; por tanto, sus criterios de verificación son la solidaridad y la fraternidad, necesarias para construir la paz. «El desarrollo económico, social y político necesita, si quiere ser auténticamente humano, dar espacio al principio de gratuidad como expresión de fraternidad"126.

Ir a la página anterior  
Ir a la página siguiente
loans loans loans loans loans loans loans loans loans loans loans loans loans loans loans loans loans loans loans loans loans loans loans loans loans loans loans loans loans loans loans loans loansloans loans loans loans loans loans loans insurance insurance mortgage mortgage mortgage mortgage mortgage mortgage mortgage mortgage mortgage mortgage mortgage mortgage mortgage mortgage mortgage mortgage mortgage mortgage mortgage mortgage mortgage mortgage mortgage mortgage mortgage mortgage mortgage mortgage mortgage mortgage mortgage mortgage mortgage mortgage mortgage mortgage mortgage mortgage mortgage mortgage mortgage mortgage mortgage mortgage mortgage mortgage insurance insurance insurance insurance insuranceinsurance insurance insurance insurance insurance insurance insurance insurance insurance insurance insurance insurance insurance insurance insurance insurance insurance insurance insurance insurance insurance insurance insurance insurance insurance insurance insurance insurance insurance insurance insurance insuranceinsurance insurance insurance insurance insurance insurance insurance insurance insurance insurance insurance insurance insurance