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Vicaría      de Pastoral

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Que en Cristo Nuestra Paz, México tenga vida digna. CEM


III. PROMOVER EL DESARROLLO – CONSTRUIR LA PAZ

INTRODUCCIÓN

185. El debilitamiento, en la vida práctica, del sentido de Dios y del sentido del hermano, de la vida comunitaria y del compromiso ciudadano, es un "desafío que cuestiona a fondo la manera como estamos educando en la fe y como estamos alimentando la vivencia cristiana"127. Este desafío lo queremos asumir con creatividad y decisión revisando e impulsando los procesos de transmisión de la fe, de manera que lleven al encuentro con Jesucristo, inviten a su seguimiento, inicien y fortalezcan la vida comunitaria, el compromiso social y misionero.

186. La situación de inseguridad y violencia que vive México exige una respuesta urgente e inaplazable de la misión evangelizadora de la Iglesia. Esta respuesta parte del reconocimiento de las insuficiencias en el cumplimiento de nuestra misión, pues la crisis de inseguridad, el alto índice de corrupción, la apatía de los ciudadanos para construir el bien común y las distintas formas de una violencia, que llega a ser homicida, son diametralmente opuestas a la propuesta de Vida Nueva que nos hace el Señor Jesús.

187. Lo que podemos ofrecer en esta situación, al servicio de la nación, es lo que la Iglesia tiene como propio: «una visión global del hombre y de la humanidad"128. Somos discípulos misioneros de Jesucristo y estamos convencidos de que en Él nuestro pueblo tendrá vida. Los cristianos somos hombres y mujeres de esperanza y creemos que esta situación puede transformarse; desde la misión de la Iglesia, los discípulos misioneros de Jesucristo podemos colaborar principalmente en la prevención, en el acompañamiento y en la animación de la sociedad civil responsable.

188. El dolor de las víctimas inocentes, el sufrimiento, la perplejidad, el egoísmo, y la indiferencia, que la inseguridad y la violencia dejan en las familias y comunidades de México, traen a nuestro corazón el eco de las palabras del apóstol: "Ya es hora que despertéis del sueño. La noche va pasando, el día está encima, despojémonos, pues, de las obras de las tinieblas y revistámonos de la luz. Andemos como en pleno día, con dignidad» (Rom 13, 11b. 12-13a).

1. FORMAR MUJERES Y HOMBRES NUEVOS EN CRISTO

189. Consideramos que lo primero que hay que hacer para superar la crisis de inseguridad y violencia es la renovación de los mexicanos. México será nuevo sólo si nosotros mismos nos renovamos. La novedad de nuestra vida en Cristo dará origen a formas nuevas de relacionarnos con las personas con las que convivimos día con día, nos permitirá construir comunidades sanas y justas, nos capacitará para solucionar de manera pacífica los conflictos y para ser misericordiosos con los que sufren.

190. Por tanto, la primera e inaplazable tarea es la formación integral de la persona129. A ello queremos dirigir nuestros esfuerzos, encauzar nuestras energías, dedicar nuestros desvelos. Hoy como nunca es una exigencia invertir todos los recursos a nuestro alcance en la formación de las personas y en la promoción de condiciones de vida digna para todos.

1.1 Transmisión de la fe

191. En la noble tarea de la formación de la mente y del corazón de los discípulos misioneros de Jesucristo, es tarea de la Iglesia encontrar respuestas al desafío de unir todos los esfuerzos de la acción pastoral, poniéndolos al servicio de la formación de las personas, en una sola propuesta, orgánica, de conjunto, que no fragmente a los interlocutores con multiplicidad de propuestas, sino que les acompañe en su proceso de conformación con Cristo.

Nos comprometemos a:

a) Desarrollar en nuestras comunidades un proceso de iniciación cristiana, con base en el kerigma, que con la guía de la Palabra de Dios, conduzca a un encuentro personal con Jesucristo y que lleve a la conversión, al discipulado, a la inserción eclesial y a la madurez de la fe en la práctica de los sacramentos, en la vivencia de la caridad y en el compromiso misionero130.

b) Implementar un proceso catequético permanente, orgánico y progresivo, que abarque toda la vida, sus distintas etapas y situaciones; que no se limite a la formación doctrinal, sino que sea "una verdadera escuela de formación integral"131 que les permita incorporar un discernimiento vocacional y la iluminación para proyectos personales de vida132.

c) Acompañar a los discípulos de Cristo en el camino de la perseverancia para que permanezcan en su amor (Cf. Jn 15,9), a través de la experiencia del encuentro con el Señor en la lectura y meditación de la Palabra; en la oración, en la activa y fructuosa participación en la liturgia; en la vivencia comunitaria y en el compromiso apostólico, con particular atención a los que más sufren y a los pobres.

d) Aprovechar la riqueza de la Doctrina Social de la Iglesia como "instrumento de evangelización"133 que educa en las virtudes sociales y políticas con las que el discípulo de Jesucristo se inserta en la vida social, para ser en ella «sal y fermento», de manera que las estructuras que organizan la convivencia social estén siempre impregnadas por los valores evangélicos de la libertad, el amor, la justicia y la verdad, que son valores fundamentales de la convivencia humana134.

e) Fomentar en los discípulos misioneros de Jesucristo que asuman responsablemente su compromiso como ciudadanos para construir un orden social justo, cuidar de la creación y construir la paz. La finalidad de la obra de Cristo es la transformación del mundo: quien vive la caridad en la verdad,
contribuye al verdadero progreso del mundo y este progreso o desarrollo integral, animado por este humanismo nuevo y solidario, es garantía de la paz.

f) Buscar formas de acompañamiento de la vida interior de las personas. En medio de una sociedad que fácilmente lleva al hastío, al sentimiento de vacío, que ofrece como bien de consumo lo que hace sentirse bien, incluido todo género de drogas, es necesario fortalecer la interioridad, la capacidad del corazón de ser perceptivo, «de ver y comprender el mundo y al hombre desde dentro, con el corazón"135.

g) Fomentar el amor a la verdad. La fe adulta se expresa «viviendo con verdad el amor» (Ef 4, 15). El poder del mal es la mentira, la mentira engendra corrupción y la corrupción violencia y muerte. «En Cristo, la caridad en la verdad se convierte en el Rostro de su Persona, en una vocación a amar a nuestros hermanos en la verdad de su proyecto. En efecto, Él mismo es la Verdad (Cf. Jn 14,6)"136.

1.2 La tarea educativa en las escuelas

192. La educación escolar, por la que formamos a las futuras generaciones, es una expresión de nuestro amor, particularmente por los niños, adolescentes y jóvenes. Este amor nos pide buscar para ellos el mayor bien, y este tiene que ver con la capacidad de orientarse en la vida y de discernir el bien del mal, el cuidado de su salud física y moral.

193. La tarea no es fácil. Los tiempos han cambiado y nos han abierto a situaciones inéditas. En nuestros días, los más jóvenes tienen más recursos de conocimiento y de capacidades tecnológicas que la generación que es responsable de su educación; viven, además, un ambiente deshumanizante, una cultura que duda del significado mismo de la verdad y del bien y de la bondad de la vida; todo ello explica la dificultad de "transmitir de una generación a otra algo válido y cierto, reglas de comportamiento, objetivos creíbles sobre los que se puede construir la propia vida"137.

Nos comprometemos a:

a) Promover en los espacios educativos a nuestro alcance la educación en el amor y para el amor, con la cercanía y la confianza que nacen del amor. Educar consiste en dar algo de sí mismo y ayudar a otros a superar los egoísmos y así hacerse capaces del auténtico amor.

b) Promover la educación en la verdad y para la búsqueda sincera de la verdad; esto supone entre otras cosas no obviar ni ocultar la realidad del dolor y del sufrimiento que forman parte de la vida, ya que correríamos el riesgo de formar personas frágiles y poco generosas. "La capacidad de amar corresponde, de hecho, a la capacidad de sufrir, y de sufrir juntos"138.

c) Formar a las nuevas generaciones en el equilibrio adecuado entre libertad y disciplina. Sin reglas de comportamiento y de vida no se forma el carácter y no se fortalece para superar las pruebas de la vida. Esto pide de los educadores corregir, siempre con caridad, y nunca apoyar los errores, fingir que no son vistos, y mucho menos compartirlos. Es mejor correr el riesgo de la incomprensión que el remordimiento de no ser fieles a la propia conciencia.

d) Alentar a los educadores a asumir responsablemente el rol de autoridad en la tarea educativa. Esto les exige coherencia de vida e involucrarse personalmente; apostar por la humanización de los ambientes escolares y ser testigos de la verdad y del bien, enfrentando la propia fragilidad y poniéndose siempre en sintonía con su misión. Es necesario educar y educarse en el sentido de la responsabilidad.

e) Alentar la esperanza, pues ésta es el alma de la educación. La esperanza que se dirige a Dios no es nunca esperanza sólo para uno mismo, es también para los demás, ya que la misión de todas las escuelas es la formación integral de todas las personas que forman parte de la comunidad educativa. Los centros educativos de inspiración cristiana cuentan con la riqueza del testimonio de los santos educadores que se preocuparon porque sus alumnos fueran, al mismo tiempo que buenos cristianos, honestos ciudadanos.

194. En estas tareas, requerimos de los esfuerzos de una pastoral educativa que acompañe estos procesos, con la inclusión de todos los responsables del proceso educativo y promueva la formación de formadores en esta perspectiva139, sin olvidar que es la familia la que tiene el derecho primario e inalienable de la educación de los hijos.

1.3 La familia

195. La formación de la persona, de su mente y de su corazón, necesaria para la erradicación de la violencia, requiere instituciones que expresen y consoliden los valores de la paz. La institución más inmediata al ser humano es la familia; ella es el «núcleo natural y fundamental de la sociedad"140.

196. En el proyecto de Dios, la familia tiene la misión de dar la vida, de acogerla, cuidarla, protegerla, promoverla, desde su concepción hasta su ocaso natural. Tenemos la tarea, desde nuestra pastoral, de fortalecer a las familias para que puedan cumplir con esta misión. Estamos convencidos de que«el bienestar de la persona y de la sociedad humana y cristiana está estrechamente ligado a la prosperidad de la comunidad conyugal y familiar"141.

Nos comprometemos a:

a) Potenciar el papel de la familia en la construcción de la paz. La familia, como comunidad educadora, fundamental e insustituible, es «vehículo privilegiado para la transmisión de aquellos valores religiosos y culturales que
ayudan a la persona a adquirir su propia identidad"142. La identidad de los hombres y mujeres, promotores de la paz y la justicia en la sociedad, se forja en la familia.

b) Acompañar a las familias en su tarea educativa, que debe orientarse a la formación de los hijos en el respeto de la dignidad de cada persona y en los valores de la paz. En esta tarea lo más importante es el testimonio de que por amor se es capaz de acoger a otra persona en su diversidad, haciendo propias sus exigencias y necesidades.

c) Promover el establecimiento de distintas instancias de servicio y promoción a la familia, como pueden ser centros de acogida y escucha, de consultoría, equipos de apoyo que realicen una labor de acompañamiento a las familias afectadas por inesperadas y graves adversidades, para que no se dejen llevar por la desesperación y la tentación de la venganza, sino que sean capaces de inspirar sus comportamientos hacia el perdón y la reconciliación143.

d) Impulsar la participación ciudadana, para que coadyuve con las respuestas del Estado al derecho que tienen las familias a recibir su apoyo para cumplir su misión. Las leyes deben estar orientadas a promover el bienestar de la familia, ayudándola a realizar las tareas que le corresponden.

e) Hacer de la preocupación por la familia uno de los ejes transversales de toda la acción evangelizadora de la Iglesia144. Se requieren acciones concretas: tutelar y apoyar la familia, impulsando centros parroquiales y diocesanos con una pastoral de atención integral a la familia, especialmente a aquellas que están en situaciones difíciles145 y buscar mecanismos que nos permitan acompañar, sin culpabilizar, a las familias disfuncionales, ofreciéndoles el apoyo de asesoría legal, el acceso a programas de ayuda a las víctimas, de prevención y superación de la violencia intrafamiliar y programas que les faciliten la inserción laboral y comunitaria.

f) Aprovechar todos los espacios eclesiales de catequesis y formación para incidir en los patrones de conducta de las relaciones familiares, que ordinariamente no son cuestionados; que originan formas de violencia que no son socialmente visibles o que son culturalmente legitimadas y encubiertas. Estos patrones de conducta tienen que ver particularmente con el rol del varón en la familia, a quien se tolera y justifica la violencia, la infidelidad, el abuso de poder, la drogadicción, el alcoholismo, el machismo, la corrupción y el abandono de su papel de padre146 y con la manera como muchos adultos entienden su responsabilidad educativa, justificando el maltrato infantil.

g) Promover en el seno de la comunidad eclesial el trato digno y respetuoso que los discípulos de Jesús debemos tener hacia todas las mujeres, acompañándolas en el servicio generoso que ofrecen para la vida de nuestro pueblo. Nuestra pastoral debe promoverlas, contribuir a su dignificación y a su formación, para que sean promotoras del surgimiento de una nueva nación, de una sociedad libre de la violencia, que sea capaz de encontrar nuevas formas de existencia y convivencia pacífica147.

h) Desarrollar acciones preventivas y curativas para las víctimas de la trata de personas. Es necesario conocer las maneras de los tratantes para enganchar a sus víctimas y alertar a las familias, para que las niñas, niños y mujeres no sigan cayendo en las redes de estos delincuentes.

i) Alentar a las instituciones del Estado y a las organizaciones de la sociedad civil responsable a tutelar y promover la dignidad y derechos naturales inalienables de los niños y niñas, sin perjuicio de los legítimos derechos de los padres, atendiendo a su formación integral, estableciendo y desarrollando para ello acciones puntuales.

j) Contribuir al cuidado y protección de la infancia, atendiendo con especial cuidado la experiencia de la iniciación cristiana, de manera que trascienda en sus vidas; enseñándoles a amar la verdad, a discernir lo que es bueno, noble y justo; a reconocerse como personas humanas con una dignidad inalienable, desarrollando su imaginación y creatividad en el arte de relacionarse sanamente con los demás y de utilizar como medios los recursos que en su temprana edad la tecnología pone en sus manos148.

k) Acompañar pastoralmente a los adolescentes y jóvenes para que vayan desplegando sus mejores valores y su espíritu religioso y ayudándoles a descubrir el engaño del recurso a la violencia para solucionar las dificultades de la vida. De igual manera es preciso despertar en ellos la inquietud por encontrar los caminos para una felicidad auténtica y para alcanzar la plenitud de sentido de la existencia. Es un imperativo ayudarles a adquirir aquellas actitudes, virtudes y costumbres que harán estable el hogar que funden, y que los convertirán en constructores solidarios de la paz en el presente y futuro de la sociedad149.

l) Responder al importante desafío de la falta de oportunidades educativas y laborales que viven los jóvenes y que los hace muy vulnerables a las alternativas que les ofrecen grupos delincuenciales. Es necesaria la articulación de esfuerzos entre las instituciones del Estado, los organismos de la sociedad civil responsable y las iniciativas pastorales de la Iglesia, invirtiendo energías y recursos que hagan posible en el corto plazo la inserción educativa y laboral de los jóvenes.

m) Promover, a través de la pastoral juvenil, estrategias para enriquecer la identidad personal y social de los jóvenes con valores y virtudes que les permitan superar las tentaciones de la droga, de la vivencia irresponsable de su sexualidad, del alcohol y de todas las formas de violencia. A los que han caído, engañados en estas y otras formas de esclavitud moral, no podemos vacilar en rescatarlos, sin estigmatizarlos ni criminalizarlos sin razón150.

1.4 La vida comunitaria

197. Las personas y las familias no viven aisladas, viven en comunidad, compartiendo con otras familias y personas, no sólo el tiempo, sino también el espacio. La vida comunitaria es el escenario concreto de la sociabilidad, en ella se forja y fortalece el tejido social, el sentido de pertenencia y se desarrollan también los mecanismos de control social que se hacen cargo de las conductas discordantes con los grandes ideales y aspiraciones de quienes comparten la existencia en los escenarios reales de la vida.

Nos comprometemos a:

a) Renovar nuestras parroquias, reformular sus estructuras para que, en el espíritu de la Misión Continental, sean una red de grupos y comunidades, capaces de articularse, en donde sus miembros vivan en comunión como discípulos y misioneros de Jesucristo151. El pan de la Palabra y de la Eucaristía y el servicio de la Caridad impulsa a los miembros de la comunidad parroquial a dar frutos permanentes de reconciliación y justicia para la vida del mundo152.

b) Dinamizar la dimensión comunitaria de nuestras parroquias para que, en medio de una sociedad que se fragmenta y se dispersa, favorezcan espacios de encuentro y el fortalecimiento de la vida comunitaria, contribuyendo a que las comunidades recuperen la seguridad necesaria para la convivencia pacífica.

c) Hacer de todas las parroquias, espacio y signo de reconciliación; ésta es el mejor antídoto al veneno del odio, del rencor y del deseo de venganza. Para ello necesitamos, por un lado, enriquecer la capacidad apostólica de favorecer y acompañar los procesos de Reconciliación comunitaria y, por otro, ofrecer la celebración digna del sacramento de la reconciliación, que ofrece una magnífica oportunidad para la formación de la conciencia; para disponer al reencuentro fraterno; y, sobre todo, para vivir la experiencia renovadora del amor misericordioso de Dios.

d) Animar a las pequeñas comunidades, grupos, asociaciones y movimientos que conforman nuestras parroquias, a compartir su experiencia comunitaria y contribuir, junto con otras iniciativas, en la recuperación de los espacios comunitarios y en la implementación de proyectos que fortalezcan el tejido social. "Cada parroquia debe llegar a concretar en signos solidarios su compromiso social en los diversos medios en que ella se mueve, con toda la imaginación de la caridad"153.

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