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Que en Cristo Nuestra Paz, México tenga vida digna. CEM


2. EDUCACIÓN PARA LA PAZ

198. La superación de la violencia sólo será posible con el hábil uso de herramientas que se consiguen con la educación y que capacitan para hablar un lenguaje de paz. Estas herramientas son: el testimonio, la fuerza moral, la razón y la palabra154. Si queremos responder al mal con la fuerza del bien, tenemos que educarnos para la paz; esto significa sacar desde dentro, desde lo más íntimo, desde nuestra mente y desde nuestro corazón, pensamientos y sentimientos de paz que se expresen a través de un lenguaje y de gestos de paz. Con estas herramientas primordiales para la consolidación de un estilo de vida, podremos impregnar la sociedad con los valores y principios de la paz.

2.1 Difundir pensamientos de paz

199. Para superar la violencia, los mexicanos debemos aprender a humanizar la carga pasional de nuestras opciones mediante la racionalidad. Es preciso introducir una estructura racional en el corazón de nuestras actitudes.

Nos comprometemos a:

a) Crear y difundir pensamientos de paz que nos permitan ir más allá de las emociones y reacciones primarias que generalmente son agresivas y violentas; para ello se necesita pensar bien y ser personas con una ética, valores y virtudes humanas orientadas al compartir.

b) Proponer el Evangelio de la paz, mediante todos los recursos a nuestro alcance, incluyendo las nuevas tecnologías y las redes sociales, motivando, con creatividad para que la sinrazón de la violencia, de la venganza sea sustituida por la lógica de la paz. La represalia, siendo menos grave que la venganza, no es la solución para la superación de los problemas.

c) Crear círculos de reflexión a la luz de la Doctrina Social de la Iglesia para repensar el actual orden social, político y económico y difundir de manera creativa sus principios de reflexión, sus criterios de juicio y sus orientaciones para la acción.

d) Sumarnos a los esfuerzos que muchos hacen para ofrecer una alternativa cultural diversa a la que ha originado la crisis de inseguridad y violencia que vivimos; que en lugar de propiciar el individualismo, la competencia y la exclusión, sea inclusiva, democrática, hospitalaria, acogedora y cooperativa. No necesitamos inventar, sino recuperar la riqueza cultural y la sabiduría de nuestros pueblos.

2.2 Fomentar sentimientos de paz

200. Introducir la racionalidad en nuestras actitudes no es suficiente. Debemos aprender también a serenar el mundo de los sentimientos, que acompañan nuestras opciones. En muchos ciudadanos y dirigentes políticos se alojan actitudes violentas como la demonización de quienes son considerados adversarios, la pasión por eliminarlos del escenario público, el resentimiento por los agravios y las agresiones padecidas y la desconfianza que aísla e impide el acercamiento y reconocimiento mutuo.

Nos comprometemos a:

a) Impulsar el desarrollo humano de las personas, en las familias y en las comunidades, que propicie la reconciliación de la propia afectividad, para que afloren sentimientos de paz que encaucen positivamente el potencial de agresividad que existe en todas las personas.

b) Desarrollar la indignación contra toda violencia presente en nosotros y en torno a nosotros. No podemos acostumbrarnos a la violencia ni asumirla como estilo de vida; ésta nos debe sorprender y nos tiene que llevar a la indignación que nos mueve a evitarla.

c) Expresar el amor a la paz. Es importante amar la paz, adherirse a ella de un modo espontáneo, disfrutarla y celebrarla cuando se tiene y también expresar el dolor y sufrimiento cuando nos vemos privados de ella.

d) Fomentar el sentido de pertenencia a la nación y el reconocimiento de que en nuestras diferencias está nuestra riqueza. Con nuestra nación se identifican nuestra familia y nuestros amigos; nuestros valores y nuestra cultura; nuestros recursos y la riqueza de nuestro entorno. Somos un solo pueblo, plural, diverso, pero un solo pueblo.

2.3 Impulsar gestos de paz

201. Lo que suscita horizontes de paz debe expresarse en gestos de paz. Cuando éstos están ausentes, las convicciones que se van gestando en el corazón humano se evaporan y cualquier esfuerzo a favor de la paz se vuelve inconsistente. La práctica de la paz arrastra a la paz. Ella enseña a los que buscan el tesoro de la paz que éste se descubre y se ofrece a quienes realizan modestamente, día tras día, todas las acciones de paz de que son capaces155.

Nos comprometemos a:

a) Proponer, por todos los medios, la reconciliación social y el perdón como alternativas a la violencia. Los conflictos humanos no se resuelven de forma duradera si no se introduce en ellos la dimensión del perdón. La verdadera paz no se logra cuando unos hombres vencen a otros, sino cuando todos juntos logramos vencer la recíproca incomprensión y la incapacidad para aceptar las diferencias de los demás.

b) Promover la no-violencia como alternativa en la vida civil y política. La no violencia consiste en llevar a sus últimas consecuencias el mensaje del amor universal de Jesús; optar por medios compatibles con el amor, incluso a los enemigos, para instaurar una sociedad justa y pacífica.

c) Proponer un estilo de vida austero y sencillo; en medio de una sociedad consumista que propicia violencia, tenemos que aprender a evitar lo superfluo y vivir con lo necesario. La búsqueda obsesiva de lo que haga más cómoda la vida nos debilita, nos hace frágiles y vulnerables, egoístas e insaciables.

d) Ofrecer, en los momentos propicios de la vida social y eclesial de nuestras comunidades, gestos de paz que consoliden los esfuerzos y condiciones de paz. La experiencia religiosa es propicia para ello, ya que facilita que en las distintas situaciones las personas se abran al misterio de Dios y descubran el anhelo compartido de una fraternidad universal y la necesidad de promover una cultura de solidaridad156.

2.4 Promover un lenguaje de paz

202. La educación para la paz nos pide un lenguaje pacífico y pacificador, que sea capaz de expresar la riqueza de nuestros pensamientos y sentimientos de paz y por ello, sea un lenguaje propicio para la comunión y la reconciliación.

Nos comprometemos a:

a) Invitar a todos a despojar de su carga bélica las formas ordinarias de expresión -palabras, signos, gestos- ya que éstas intimidan, aíslan y hacen difícil la comunicación y el encuentro entre las personas, y con ello nos acercan a la violencia y nos alejan de la paz.

b) Hacer conciencia de que la ironía acerba y la dureza en los juicios, la crítica irracional de los demás, la agresividad verbal en la manifestación de inconformidades y en la reivindicación de derechos no son el camino que lleva a la justicia, porque confunden en la búsqueda de la verdad, en la aplicación de la justicia y hacen más difícil la instauración de la paz.

c) Promover el diálogo como camino real para la superación de todas las confrontaciones. "El diálogo se presenta siempre como instrumento insustituible para toda confrontación constructiva tanto en las relaciones internas de los Estados como en las internacionales"157. La actitud dialogante no es innata. Se adquiere por la educación. Hemos de aprender a pasar de la violencia al grito y del grito a la palabra. El aprendizaje ha de ser desde la edad temprana. La familia y la escuela son dos espacios privilegiados para aprender a solventar los conflictos por vía pacífica y dialogal.

d) Capacitar y capacitarnos para la escucha. Constatamos que en ocasiones nuestra palabra, ofrecida para una respuesta humana y cristiana a los problemas, es recibida con recelo en ciertos ambientes sociales. Nos llama la atención que la invitación al diálogo, a la reconciliación, a la misericordia con los que sufren, y al perdón se vea envuelta en el manto de la sospecha. Los pastores de la Iglesia no podemos renunciar a ofrecer este servicio; si lo hiciéramos no cumpliríamos a cabalidad con nuestro ministerio y mutilaríamos sensiblemente el mensaje del Señor. Nosotros, por nuestra parte, tenemos el compromiso de escuchar las voces de los demás.

2.5 Los Medios de comunicación social al servicio de la paz

203. En el aprendizaje de un lenguaje de paz tienen también una importante función educativa de los medios de comunicación social158 ya que tienen un papel estratégico en la sociedad que es importante para el aprendizaje de un lenguaje de paz y para la difusión de los gestos de paz; sin embargo, como hemos señalado, muchas veces abonan más al clima de violencia y de inseguridad. Necesitamos conocer y valorar la cultura de la comunicación, poniéndola al servicio del evangelio de la paz.

Nos comprometemos a:

a) Promover la formación de comunicadores, profesionales, competentes, comprometidos con la verdad. La verdad tiene una fuerza pacificadora. La mentira no es la mejor estrategia ni tampoco lo es la manipulación de la verdad al servicio de los propios intereses. Por el contrario, el pensamiento claro y la palabra verdadera facilitan la paz.

b) Invitar a los jóvenes cristianos a utilizar los nuevos lenguajes de la era digital para que en ellos nunca estén ausentes los códigos que traduzcan el anhelo de la paz; a utilizar con creatividad las redes sociales encaminándolas a la experiencia de una fraternidad de alcance universal, desenmascarando los engaños del mal que destruye y llevando a todos los espacios virtuales la fuerza del bien. No olvidemos que los medios de comunicación no sustituyen las relaciones personales ni la vida comunitaria local159.

c) Esforzarnos por educar y educarnos para un uso crítico de los medios de comunicación social de manera que con su valioso auxilio, nuestro pueblo se construya, fortalezca, dignifique, abriéndole siempre el horizonte de la verdad, que debe ser dicha y transmitida con bondad, para que no tenga el efecto nocivo de la crueldad.

2.6 Educar para la legalidad

204. Un elemento importante de la educación para la paz es educar para la legalidad: las leyes legítimas y justas deben cumplirse. Ésta es la base y el presupuesto de la convivencia civil. La violación de las leyes lleva a una situación de ilegalidad, provoca roces y contraposiciones, que tienen repercusiones negativas duraderas en la vida social160.

Nos comprometemos a:

a) Hacer conciencia sobre la dimensión ética de toda actividad humana. La legalidad tiene su motivación radical en la moralidad de la persona. Por ello, primera condición para desarrollar el sentido de legalidad es la ética, como dimensión fundamental e irrenunciable de la persona. La actividad humana carente de ética no puede edificar ni pacificar ningún pueblo. La ética es la columna vertebral de una convivencia social verdaderamente humana. Sin ética, en la vida campea el oportunismo y corrupción. No se trata de cualquier ética. Nosotros proponemos una ética racional, coherente con el humanismo del Evangelio y orientada a alcanzar la paz.

b) Impulsar la formación cívica y política básica, fundada en las grandes afirmaciones de las ciencias y la ética políticas. En nuestra sociedad generalmente no se ofrece esta formación, y la que se ofrece muchas veces es parcial, afectada por intereses de grupo o de partido. La Iglesia, con su doctrina social, tiene la capacidad de ofrecer esta formación.

c) Animar a todos a reconocer que vivir en un Estado de Derecho nos exige actuar dentro del marco de la ley. El respeto de las normas y de la autoridad legítima nos garantizará paz, orden y progreso.

d) Invitar a todos a estar siempre atentos al marco legal de nuestro país para reformular, por la vía democrática, las leyes que nos lleven a la consolidación de una sociedad más humana y justa en la que haya condiciones para que todos tengan una vida digna.

e) Educar en el sentido de la legalidad; éste no se improvisa, exige un proceso educativo. Su afirmación y crecimiento es tarea de todos, particularmente de la familia, de la escuela, los espacios de animación juvenil, los medios de comunicación, las instituciones públicas y los partidos políticos.

2.7 Aprender de la historia

205. Educarnos para la paz nos pide el conocimiento crítico de la historia de México, que no es sin más una historia de héroes y villanos, sino un proceso de aciertos y errores que ha ido conformando la identidad de la nación mexicana.

206. Educarnos para la paz nos pide aprender las lecciones de la historia nacional y de la historia de la humanidad. La inminencia de las celebraciones del bicentenario del inicio de la Independencia y del centenario de la gesta revolucionaria en México, nos dan la ocasión para aprender que nuestra historia es algo más que el sucederse de guerras y revoluciones. Las treguas de la violencia, los momentos de paz, han sido en realidad los que han permitido realizar obras culturales duraderas.

207. Los factores de vida y progreso que se pueden encontrar en episodios violentos de la historia de México, provienen de aspiraciones que son de orden distinto a la violencia; han sido aspiraciones de naturaleza espiritual, tales como el deseo de ver reconocida la dignidad de todos los hombres y mujeres, y de salvar el espíritu y la libertad de nuestro pueblo. Estas aspiraciones han sido al mismo tiempo un regulador en el seno de los conflictos, con lo que se impidieron rupturas irremediables, se mantuvo la esperanza y se prepararon nuevas oportunidades para la paz.

208. Cuando faltan estas aspiraciones o se alteran, exaltando violencia o proponiéndola como solución de todos los problemas, se abre el campo a la sin razón de la destrucción que lleva a regresiones económicas y culturales duraderas. Educarnos para la paz nos pide discernir y hacer brillar las grandes páginas de nuestra historia nacional y seguir el ejemplo de quienes han creído en el pueblo de México y han luchado por su dignificación, buscando ante todo hacer germinar los frutos de paz161.

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