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Del encuentro con Jesucristo a la solidaridad con todos. CEM

PARTE II

DEL ENCUENTRO CON JESUCRISTO A LA CONVERSIÓN,
Y LA COMUNIÓN ECLESIAL, EL DIÁLOGO
Y EL SERVICIO EVANGÉLICO AL MUNDO

"Se dedicaban con perseverancia a escuchar
la enseñanza de los apóstoles,
vivían unidos y participaban en la fracción del pan y en las oraciones.
Tenían un solo corazón y una sola alma,
y nadie consideraba como propio nada de lo que poseía,
sino que tenían en común todas las cosas.
No había entre ellos necesitados.
Daban testimonio delante de todo el pueblo
y gozaban de su simpatía."
Hch 2, 42; 4, 32.34a

INTRODUCCIÓN

93. Hemos reconocido con gratitud la presencia de Jesucristo en nuestra Patria a través de la intervención maternal de la Virgen María y en las diversas vicisitudes que ha enfrentado la Iglesia a lo largo de su historia. Ahora, es preciso mirar con atención al interior de la vida de la Iglesia en México, haciéndonos eco de la invitación del Papa Juan Pablo II a revisar, con ocasión del Gran Jubileo que abre el Nuevo Milenio, la vida eclesial a la luz del Concilio Vaticano II. Los obispos mexicanos queremos asumir y aplicar, con fidelidad y creatividad, las riquezas del Concilio y vivir una profunda renovación integral. Esta es, sin duda, una dimensión esencial de la nueva evangelización de nuestro país y del continente americano.

94. Con esta luz, apoyados en la exhortación Ecclesia in America y frente a los desafíos pastorales de la realidad presente, son tres los aspectos eclesiales que pensamos revisten especial importancia:

I. Cómo vivir e integrar mejor un proceso evangelizador y catequético de conversión, comunión, solidaridad y misión.

II. Cómo vivir una comunión con Cristo y con los hermanos a través de una experiencia eclesial más profunda.

III. Cómo vivir, como Iglesia misionera, una apertura al diálogo ecuménico e interreligioso y al diálogo y servicio evangélico al mundo, especialmente a los más pobres.

Expondremos estos aspectos en tres secciones manteniendo en cada una de ellos un momento de:

  • Contemplación a la luz de la fe.
  • Reconocimiento de la situación actual.
  • Planteamiento de desafíos pastorales.

SECCIÓN I

CÓMO VIVIR E INTEGRAR MEJOR UN PROCESO
EVANGELIZADOR Y CATEQUÉTICO
QUE FORTALEZCA LA CONVERSIÓN

1. CONTEMPLACIÓN A LA LUZ DE LA FE

La Iglesia de Cristo continuadora de la Historia de Salvación

95. El día de Pentecostés, el Espíritu de Jesús llenó los corazones de María, de los apóstoles y de los que se encontraban ahí reunidos en oración. Pedro, con los Once, dio testimonio ante todos los pueblos en ese momento representados, del acontecimiento central de la historia: la victoria de Jesús de Nazaret sobre el pecado y la muerte y su gloriosa Resurrección de entre los muertos (Cf. Hch 2).

96. La Iglesia, asamblea de los creyentes reunida en torno a Jesucristo muerto y resucitado, es el lugar sacramental de encuentro con el Señor Jesús. Ella lo hace presente a lo largo de la historia a través del anuncio, de la celebración y del testimonio del amor con que nos amó y dio su vida por la salvación del mundo (Cf. Jn 13,35).

97. La experiencia cristiana es descrita en los Hechos de los Apóstoles como seguimiento de Cristo que atrae a quienes no lo conocen por medio del testimonio de los que estuvieron con Él desde el principio de su predicación, y por medio de quienes, después de su Resurrección, quedaron llenos del Espíritu Santo para hacerlo presente en todas partes (Hch 2 y ss.).

98. Dicha experiencia comienza con el testimonio de vida de la comunidad, acompañado por el anuncio alegre de la persona de Jesús, de su mensaje y de su obra. El fruto, obra del Espíritu de Jesús y de la respuesta humana, es el proceso de conversión y la pertenencia a la comunidad en la que se aprende a escuchar la Palabra, se participa en la comunión con la pascua de Cristo, a través de la liturgia sacramental, y se invita a comprometerse en una forma de vida nueva que se distingue por el modo de amarse los hermanos, de compartir los bienes y servir a los demás, especialmente a los más pobres.

99. Jesucristo, después de su Resurrección, está con su Iglesia, la acompaña todos los días hasta el final de los tiempos; se hace presente a través de los testigos que lo han encontrado y han sido enviados a todas partes a llevar la Buena Nueva (Cf. Mt 28; Mc 16). Jesús se hizo presente explícitamente en nuestro continente hace quinientos años, a través del testimonio y predicación de los primeros evangelizadores y del acontecimiento guadalupano. Desde entonces, la fe en Jesucristo forma parte de nuestra historia y configura la identidad de nuestra nación, pues está arraigada en el alma de los mexicanos.

Evangelizar siempre, a todos y en todas partes

100. También hoy nosotros hemos sido llamados a conocer al Señor y a ser testigos de su resurrección en todos los rincones de la tierra, con el fin de "dirigir la mirada del hombre, orientar la conciencia y la experiencia de toda la humanidad hacia el misterio de Cristo, ayudar a todos los hombres a tener familiaridad con la profundidad de la Redención, que se realiza en Cristo Jesús". Llevar a todos al encuentro con Jesucristo, su Salvador y Redentor para llenarse de la fuerza de su Espíritu, es el "cometido fundamental" de la Iglesia.

101. En efecto, ha escrito Pablo VI: "Es en la evangelización donde se concentra y se despliega la entera misión de la Iglesia, cuyo caminar en la historia avanza movido por la gracia y el mandato de Jesús: «Vayan por todo el mundo y proclamen la buena noticia a toda criatura« (Mc 16,15) y «sepan que yo estoy con ustedes todos los días hasta el fin de los tiempos« (Mt 28,20). Evangelizar es la gracia y la vocación propia de la Iglesia, su identidad más profunda".

102. Jesús nos pregunta también hoy a los católicos mexicanos: "¿Para ustedes quién soy yo?" (Mt.16,13-20; Mc 8, 27-30; Lc 9,18-21). La respuesta vital que damos a esta pregunta es lo que nos define en medio del mundo. La identidad cristiana consiste en reconocer a Jesucristo como Hijo de Dios hecho hombre y Salvador del universo, "centro del cosmos y de la historia". Significa también conocer "el poder de su resurrección y la comunión en sus padecimientos" (Fil 3,10). El signo eficaz de su presencia resucitada es la comunión y el amor fraterno y solidario que nos da por medio de su Espíritu.

103. ¿Hasta dónde somos una Iglesia que da testimonio, con la vida y la palabra, de la Resurrección del Señor? ¿Cómo anunciar a Jesucristo a todas las personas en todos los ambientes donde se encuentran? ¿Cómo convertirnos a Él de todo corazón e invitar a una conversión permanente, personal, comunitaria y socialmente? ¿Cómo celebrarlo como la fuente y el culmen de toda nuestra vida y santificarnos en todo? ¿Cómo vivir su amor entre nosotros y entregar la vida por el prójimo a la manera que Él nos ha amado hasta la muerte? ¿Cómo descubrirlo en los rostros de todos, y servirlo especialmente en los más pobres?

2. RECONOCIMIENTO DE LA SITUACIÓN ACTUAL

Frutos positivos y esperanzadores

104. Estas interrogantes tienen que ver con el gran desafío contemporáneo de adquirir una completa y madura experiencia cristiana. Ecclesia in America nos da una respuesta integral al indicarnos que el encuentro con Jesucristo nos lleva necesariamente a la conversión, la comunión, la solidaridad y la misión; y que no hay verdadera experiencia cristiana, personal y comunitaria, que no implique todos esos aspectos.

105. Con gozo y agradecimiento a Dios, podemos afirmar que la mayoría de nuestro pueblo posee una fe en Cristo que es fruto de la primera evangelización y de una serie de experiencias y procesos de formación y maduración, cuya savia ha impregnado la vida, la cultura y las expresiones más características de nuestra identidad como nación. Entre las expresiones más comunes y arraigadas de esta fe se encuentra la "religiosidad popular".

106. También reconocemos con agradecimiento que, a través de diversos métodos de evangelización, es cada día mayor el número de católicos que participan en comunidades, institutos, iniciativas, movimientos y responsabilidades pastorales diversas. Para ellos, Jesucristo y su Evangelio ocupan un lugar central en su vida y significan una sólida esperanza para la nueva evangelización. Señalamos algunas de sus expresiones más significativas:

  • Múltiples formas de anunciar, celebrar y dar testimonio de Cristo en las diversas culturas y ambientes a través de experiencias parroquiales, comunitarias y asociativas.
  • Ricas expresiones de religiosidad popular a las que se suman devociones locales y nacionales en los diversos santuarios del país.
  • Experiencias evangelizadoras y de inculturación de la fe entre los indígenas y campesinos .
  • Institutos mexicanos de vida consagrada e institutos seculares que atraen a jóvenes a vivir en comunidad, a ser misioneros y a comprometerse en la obra evangelizadora de la Iglesia.
  • Movimientos, grupos y asociaciones laicales apostólicas: para el crecimiento en la vida espiritual, para la evangelización en general, para la formación juvenil, para el fortalecimiento de las familias y de los matrimonios, para la pastoral en ambientes rurales y urbanos.
  • Iniciativas en el mundo de la educación católica en todos los niveles y asociando solidariamente en la educación a sectores diversos de la población.
  • Nuevos métodos de evangelización para empresarios, profesionistas y obreros.
  • Iniciativas comunitarias populares que buscan vivir su fe y participar en procesos solidarios para transformar la realidad de la pobreza y de la marginación.
  • Asociaciones y organismos civiles de inspiración cristiana que buscan hacer presente, bajo su propia responsabilidad, la Doctrina Social de la Iglesia y los valores del Evangelio en nuestra sociedad.

Los problemas, las dificultades y las deficiencias actuales

107. Sin embargo, vemos con preocupación que muchos católicos mexicanos, habiendo recibido el don de la fe en el bautismo, carecen del sentido de encuentro permanente con Jesucristo vivo; no tienen una adecuada formación en la doctrina cristiana que les permita dar razón de su esperanza y anunciar el Evangelio; no participan de manera estable en la vida comunitaria y eclesial, y viven sin suficiente compromiso en la transformación de la sociedad, que es exigencia del seguimiento de Cristo.

108. Vivimos, además, una profunda y compleja transformación nacional e internacional que afecta la vida de fe de los miembros de la Iglesia. Los creyentes, como nunca antes, están sometidos a la influencia de innumerables propuestas de pensamiento y modelos de vida que, muchas veces, son indiferentes o contrarios a la visión cristiana de la vida y al sentido de pertenencia a la comunidad eclesial.

109. Por todo lo anterior, constatamos que:

  • En algunos ambientes, la fe vivida como tradición familiar y social, si bien contiene expresiones y valores humanos y cristianos, no llega a convertirse en una madura experiencia personal de encuentro con Jesucristo vivo, capaz de transformar la vida y llevar al compromiso social. A pesar de los valiosos esfuerzos de los últimos años, carecemos en algunas ocasiones de propuestas adecuadas de evangelización kerigmática acordes a las nuevas situaciones y ambientes.
  • Existe una falta generalizada de formación integral en la vida de fe, que ha llevado a asociar la vida cristiana con el cumplimiento de ciertos ritos, en particular con la asistencia a la misa dominical; a aceptar formas laicistas que identifican inconscientemente lo religioso con el culto privado, y en la dificultad creciente de comprender la dimensión social de la fe. Así, el divorcio entre la fe y la vida, se ha agravado, dando origen a una difícil situación que va desde la incapacidad de comprender y responder a la luz de la fe a las diversas realidades y propuestas que surgen en la sociedad contemporánea, hasta el abandono de la misma fe, incluso por el deseo de encontrar solución a problemas espirituales y morales diversos.
  • La situación de pobreza y la falta de oportunidades para el desarrollo orillan a numerosos mexicanos a dejar su tierra, su cultura y tradiciones, incluso a salir del país, con el subsiguiente desarraigo social, cultural y religioso. Sin embargo, dentro de estos difíciles procesos no faltan experiencias benéficas que incorporan nuevas formas de evangelización e inculturación del Evangelio.
  • Hay quienes, especialmente entre los jóvenes, han perdido el sentido mismo de la fe y no tienen ya la comprensión cristiana básica de la vida. Estamos en una etapa de fuerte búsqueda de sentido en la que aparecen tanto necesidades profundas de espiritualidad y trascendencia, como expresiones sincretistas neo-paganas de religiosidad, supersticiones, consulta a los astros, cultos esotéricos y hasta demoníacos.

3. PLANTEAMIENTO DE DESAFÍOS PASTORALES

Los desafíos a los que debemos responder

110. Los desafíos que esta realidad nos plantea y a los que nuestra conciencia y nuestro compromiso pastoral deben responder, son los siguientes:

  • Cómo atender prioritariamente a los católicos que necesitan descubrir la novedad del encuentro con Jesucristo, y madurar su fe de manera que profundicen en un encuentro permanente con Él, que es camino de conversión, comunión, solidaridad y misión.
  • Cómo fortalecer los espacios institucionales en los que estamos presentes y que requieren una renovación de métodos y expresiones y de sus propuestas evangelizadoras y catequéticas.
  • Cómo mejorar y compartir las formas evangelizadoras que están respondiendo favorablemente a la nueva evangelización.
  • Cómo desarrollar nuevas propuestas evangelizadoras y catequéticas que sean capaces de incidir en los diversos ambientes en los que se mueven la mayoría de las personas, sobre todo en las zonas urbanas.

111. Todos estos desafíos tienen que ver con la misión fundamental de la Iglesia de anunciar el Evangelio y formar en la fe a sus propios miembros. Se trata de que seamos una Iglesia permanentemente evangelizada y evangelizadora. Este es el momento oportuno para que hagamos una revisión de nuestros métodos y criteriosde la iniciación cristiana y de la formación integral y madura de la vida en Cristo como encuentro permanente con Él que nos mueve a la conversión, a la comunión con los hermanos, a la solidaridad y la misión en todas partes.

La atención prioritaria a los católicos

112. Es necesario atender prioritariamente a los católicos que necesitan descubrir la novedad del encuentro con Jesucristo y madurar su fe, de manera que profundicen en un encuentro permanente con Él como camino de conversión, comunión, solidaridad y misión.Se trata de fortalecer a los católicos como sujetos creyentes, conscientes, formados y responsables dentro de un camino de acompañamiento en la vida cristiana en la que los pastores ayudamos a:

  • Conocer, amar y servir a Jesús, novedad absoluta, como la fuente y culmen de toda la vida en todos los momentos y circunstancias. Para ello, es muy importante redescubrir el significado de la vida cristiana como experiencia sobrenatural bajo los impulsos del Espíritu Santo, como un camino de oración, de ascésis y de compromiso en la caridad.
  • Redescubrir la permanente necesidad de una respuesta personal madura y constante en la que los dones-virtudes de la fe, la esperanza y la caridad; y los dones-virtudes cardinales de la fortaleza, la justicia, la prudencia y la templanza, sean los principios de vida sobrenatural y humana que conducen a la santificación real en la vida ordinaria.
  • Acompañar los procesos de maduración en el compromiso cristiano, abriéndole al creyente espacios de participación en la vida parroquial y animándolo en su compromiso social mediante experiencias comunitarias significativas.
  • Favorecer actitudes de colaboración y corresponsabilidad en la propia formación para superar la pasividad que sirve de premisa a la inmadurez humana y cristiana. El católico debe ir formando su propio pensamiento y normando sus actitudes de acuerdo con su fe y sus responsabilidades temporales. Ello implica no sólo un proceso catequético básico, sino también una formación teológica general, y en la Doctrina Social de la Iglesia en lo particular.

113. Dentro de este mismo tema, es preciso considerar a la familia como primera escuela de la fe.El Papa Juan Pablo II ha hecho hincapié en que el desarrollo de la fe comienza en la familia, y que corresponde al padre y a la madre ser los primeros evangelizadores de sus hijos. Urge retomar el desafío pastoral que implica esta enseñanza fundamental de la familia entendida como iglesia doméstica, el primer espacio de formación de la persona como tal, la primera escuela de la vida, del trabajo y, por ende, comunidad insustituible en la capacidad de integrar naturalmente la fe con la vida.

Fortalecer los espacios institucionales

114. Es preciso fortalecer los espacios institucionales en los que estamos presentes y que requieren de renovación en sus métodos y en sus expresiones evangelizadoras y catequéticas. Es indispensable que, en los diversos ambientes en los que tenemos posibilidad de anunciar el Evangelio, revisemos:

  • El lugar que ocupa la Sagrada Escritura en la vida y formación de los fieles, ya que ella es sustento y vigor de la Iglesia, firmeza de fe para sus hijos, alimento del alma, fuente límpida y perenne de vida espiritual. Sin el alimento sólido de la Palabra de Dios, no puede haber madurez en la fe y, por tanto, vida cristiana.
  • Los métodos catequéticos parroquiales y la enseñanza de la religión y de la moral en las escuelas católicas y de inspiración cristiana. Debemos superar el reduccionismo que se vive en algunos ambientes y que se caracteriza por la identificación de la fe con ciertas ceremonias y con enseñanzas puramente humanas sobre los valores. Es preciso siempre partir de la experiencia del encuentro y del conocimiento de Jesucristo vivo a través del testimonio de quienes lo han encontrado para, así, educar en un estilo de vida de acuerdo a los valores específicos del Evangelio.
  • La liturgia como fuente de vida ya que su significado más original y auténtico comprende el culto divino (Cf. Hch 13, 2; Lc 1, 23), el anuncio del Evangelio (Cf. Rm 15, 16; Flp 2, 14-17.30) y la caridad operante (Cf. Rm 15, 27; 2 Co 9,12; Flp 2, 25), mostrándose así que es un servicio a Dios y a los hombres que nos introduce a la vida nueva de la comunidad.
  • La formación en los seminarios como propuesta cristiana integral que implica tanto la profundización en la propia experiencia espiritual, moral y humana de Cristo y la docilidad al Espíritu Santo, como la formación de todos esos aspectos, además de una sólida preparación intelectual, afectiva y comunitaria, capaz de responder a la cultura contemporánea de acuerdo a las enseñanzas recientes de la Iglesia.
  • La formación para la vida consagrada que, de acuerdo a las particularidades del carisma fundacional de cada comunidad, debe en todos los casos ser signo escatológico para la sociedad y para la Iglesia, así como mostrar un testimonio de comunión plena que permita a todos, tanto en los institutos de vida contemplativa como en los institutos de vida activa, colaborar en la evangelización y santificación del mundo.
  • En las universidades e instituciones donde se forman los jóvenes, además del testimonio que se exige a una comunidad universitaria que afirma fundarse en Cristo y en su Evangelio, deben ofrecerse diversos métodos para proponer, como intrínseca al conocimiento de la realidad, la comprensión cristiana de la misma, de manera que descubran cómo la fe en Cristo, no sólo no impide sino que abre la inteligencia a nuevos y amplios significados teológicos, filosóficos, antropológicos y sociales, en diálogo permanente con la ciencia y la técnica. Es importante que los jóvenes encuentren en dichas iniciativas, una fuerte motivación y formación para su compromiso cívico y social.
  • En las diversas experiencias de promoción humana es necesario revisar la relación que siempre debe existir entre éstas y la evangelización, de manera que, superando todo proselitismo, el servicio a las personas, especialmente a las más pobres, sea siempre expresión del amor de Cristo, que sirva para llevarlas al encuentro con el Señor resucitado.

Mejorar las propuestas de evangelización

115. Requerimos mejorar las propuestas de evangelización que buscan responder a los nuevos desafíos. En las diversas experiencias parroquiales, en las nuevas fundaciones apostólicas y en los movimientos, asociaciones y grupos católicos debe cuidarse la integralidad de la fe que incluye, necesariamente, el encuentro con Jesucristo, la conversión personal y social, el sentido de pertenencia y comunión eclesial, el compromiso misionero y la permanente solidaridad con todos, especialmente con los más pobres. Cualquier parcialidad u omisión, so pretexto del carisma o de la espiritualidad específica, no corresponde a la naturaleza de la nueva evangelización.

116. Los movimientos eclesiales poseen una enorme responsabilidad en el seno de la Iglesia. Contribuyen a la renovación eclesial ya que suelen reproponer los contenidos esenciales de la experiencia de la fe en ambientes diversos y con métodos nuevos. Sin embargo, es preciso que trabajen permanentemente en comunión con el obispo diocesano y con el presbiterio dentro del plan de pastoral.

Desarrollar nuevas propuestas evangelizadoras y catequéticas

117. Es necesario desarrollar nuevas propuestas evangelizadoras y catequéticas que sean capaces de incidir en los diversos ambientes en los que se mueven la mayoría de las personas, sobre todo en las zonas urbanas, para que puedan encontrarse con Jesucristo y su Evangelio a través de propuestas, lenguajes y referentes adecuados que faciliten su comprensión y transformación en vida.

  • Incidir en los medios de comunicación y en otros espacios de encuentro, a través de métodos informales de educación en la fe, que sean capaces de asumir, purificar y mejorar las tradiciones, la religiosidad popular, la cultura oral, simbólica, y los ambientes más comunes donde se mueven las personas.
  • Ampliar y hacer pedagógicos los métodos de formación en el Catecismo de la Iglesia Católica y en la Doctrina Social de la Iglesia para los diferentes ambientes y públicos.

Actitudes que necesitamos cambiar para una mejor formación

118. Los responsables de la vida de las comunidades estamos llamados a una conversión pastoral, dejando atrás mentalidades, actitudes y conductas que no favorecen el crecimiento en la fe y en la corresponsabilidad de los fieles laicos, hombres y mujeres, en la vida eclesial y en el compromiso social. Es frecuente encontrar falta de interés y apoyo proporcionándoles conocimientos que les sirvan en la formación de sus conciencias y en las tareas temporales.

Ecclesia in America invita a reconocer y promover la vocación y misión propia de los fieles laicos como miembros a pleno derecho del Cuerpo de Cristo y partícipes de su triple ministerio. Este reconocimiento es en la actualidad de tal importancia, que "la renovación de la Iglesia en América no será posible sin la presencia activa de los laicos. Por eso, en gran parte, recae en ellos la responsabilidad del futuro de la Iglesia".

El encuentro con Cristo conduce a la conversión

119. La conversión es fruto del encuentro y de la adhesión a Jesucristo, el Hijo de Dios, quien hace presente la misericordia del Padre, nos rescata de la esclavitud del pecado y de la muerte y nos hace volver a la vida de los hijos de Dios por medio de su Espíritu: "Dios envió a nuestros corazones el Espíritu de su Hijo que grita: 'Abba', es decir, 'Padre'. De modo que ya no eres siervo, sino hijo, y como hijo, también heredero por gracia de Dios " (Gal 4, 6-7).

120. La conversión es un don que implica necesariamente un proceso personal de reencuentro y reconciliación con Dios, de reincorporación a la comunidad y de compromiso social, que lleva a la búsqueda del perdón a través del arrepentimiento sincero, el propósito de enmienda, el rechazo del mal y del desorden y orienta al rescate de los valores perdidos.

121. La adhesión a Cristo por medio de la fe, exige romper los lazos que nos esclavizan. Los apóstoles y quienes se han encontrado en verdad con Cristo, debieron dejar los apegos que les impedían vivir como hombres nuevos. Sólo el corazón libre puede adherirse y seguir a Cristo; necesita vivir la libertad de los Hijos de Dios: "Hoy los hombres desean sobremanera liberarse de la necesidad y del poder ajeno. Pero esta liberación comienza por la libertad interior, que ellos deben recuperar de cara a sus bienes y a sus poderes". Más aún, "Para ser libres nos ha liberado Cristo" (Gal 5, 1).

122. La conversión es también una tarea ininterrumpida para toda la Iglesia que "siendo santa al mismo tiempo que necesitada de purificación constante, busca sin cesar la penitencia y la renovación." Este esfuerzo de conversión no es sólo una obra humana. Es el movimiento del "corazón contrito" (Sal 51, 19), movido y atraído por la gracia (Cf. Jn 6, 44; 12, 32) a responder al amor misericordioso de Dios que nos ha amado primero (Cf. 1 Jn 4, 10).

123. La conversión personal también tiene dimensiones eclesiales que interpelan a todos los miembros de la Iglesia a una creciente "identificación con el estilo personal de Jesucristo, que nos lleva a la sencillez, a la pobreza, a la cercanía, a la carencia de ventajas, para que, como Él, sin colocar nuestra confianza en los medios humanos, saquemos, de la fuerza del Espíritu, y de la Palabra, toda la eficacia del Evangelio, permaneciendo primariamente abiertos a aquellos que están sumamente lejanos y excluidos".

124. Pero también el pecado personal tiene dimensiones sociales. Como miembros de la Iglesia, estamos llamados a reconocer y denunciar que todo lo que daña la dignidad humana, sus derechos fundamentales y, en general, a la creación, tiene como raíz última al pecado y ofende al Creador. Se trata de verdaderos "pecados sociales", que "manifiestan una profunda crisis debido a la pérdida del sentido de Dios y a la ausencia de los principios morales que deben regir la vida de todo hombre. Sin una referencia moral se cae en un afán ilimitado de riqueza y de poder, que ofusca toda visión evangélica de la realidad social".

125. Por lo tanto, los cristianos estamos llamados no sólo a una honestidad ética individual, sino a la búsqueda de una permanente conversión que lleva a cambios reales en nuestras relaciones sociales, políticas, económicas, culturales, de manera que transformemos este mundo a la luz del Reino de Dios y de sus bienaventuranzas.

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