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Vicaría      de Pastoral

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Del encuentro con Jesucristo a la solidaridad con todos. CEM

SECCIÓN III

CÓMO VIVIR, COMO IGLESIA MISIONERA,
UNA APERTURA AL DIÁLOGO
ECUMÉNICO E INTERRELIGIOSO
Y AL DIÁLOGO Y SERVICIO EVANGÉLICO AL MUNDO,
ESPECIALMENTE A LOS MÁS POBRES

"Me ha sido dado todo poder
en el cielo y en la tierra. Vayan y hagan
discípulos a todas las gentes
bautizándolas en el nombre del Padre
y del Hijo y del Espíritu Santo, y enseñándoles
a guardar todo lo que yo les he mandado.
Y sepan que yo estoy con ustedes
todos los días hasta el fin del mundo."
Mt 28, 18b-20

1. CONTEMPLACIÓN A LA LUZ DE LA FE

Una Iglesia misionera

183. Los discípulos, que tuvieron la gracia de encontrarse con Jesucristo, "dejando inmediatamente las redes, la barca y a su padre", lo siguieron y recibieron la misión: "los haré pescadores de hombres" ( Mt 4, 21s). La misión prolonga el encuentro, autentifica la conversión, incrementa la comunión y hace efectiva la solidaridad con todos los hombres. Cristo, al final de su vida terrena, con toda la autoridad del Padre, envía a su Iglesia, allí constituida por los Once testigos de su Resurrección, a enseñar y consagrar a las gentes a la Santa Trinidad, prometiendo su presencia hasta el fin de los tiempos. Esta es la misión de la Iglesia: manifestar y hacer presente a Cristo vivo en el mundo de hoy.

184. La misión se constituye como tal al interior de la Trinidad Divina y se participa por medio de Jesucristo a todo el Pueblo de Dios. La naturaleza intrínsecamente misionera de la Iglesia brota del envío que Dios Padre hace de su Hijo para la salvación de la humanidad, que Él a su vez transmite a sus apóstoles con el soplo de su Espíritu y el mandato universal de ir a todas partes a llevar la Buena Nueva. Desde entonces el Espíritu Santo impulsa y acompaña a la Iglesia a testimoniar valientemente el Evangelio.

185. Desde sus inicios, la Iglesia lleva en su corazón el mandato misionero, consciente de ser depositaria y portadora de la salvación realizada por Jesucristo a favor de todos. Ni ella puede recusar su misión ni los hombres rechazar sin consecuencias su anuncio (Cf Mc 16, 16). La misión es obediencia a Dios. Por eso, la Iglesia requiere y exige la libertad religiosa para predicar el Evangelio, y los hombres la necesitan para responder con la fe. En esto la regla apostólica ha sido siempre "obedecer a Dios antes que a los hombres" (Hch 5, 29).

186. Los mexicanos católicos damos infinitas gracias a Dios por el don de la fe, recibida de los misioneros, fortalecida y anunciada sin descanso por los obispos, presbíteros, consagrados y consagradas, evangelizadores y catequistas, e inculturada por la presencia y mensaje de Santa María de Guadalupe. El don de la fe es compromiso evangelizador y misionero, porque la fe se fortalece dándola. La Iglesia en México asume este compromiso misionero y cada día quiere hacerlo con mayor eficacia y generosidad.

187. A la luz del Concilio Ecuménico Vaticano II, la dimensión misionera de la Iglesia se ha unido estrechamente a la del diálogo evangelizador. Superada una visión de la evangelización como mero adoctrinamiento, el diálogo se convierte en el medio más adecuado para hacer presente el Evangelio con actitudes, palabras y signos de encuentro. La Iglesia en México ha de dialogar con el mundo donde está sin ser de él. Debe hacerse "palabra", debe hacerse "mensaje", debe hacerse "coloquio". De este ejercicio de caridad brotarán nuevos desafíos y horizontes, nuevas oportunidades y espacios para la evangelización de la Nación.

2. RECONOCIMIENTO DE LA SITUACIÓN ACTUAL

La situación actual y los desafíos más urgentes

188. La actividad misionera de la Iglesia en el mundo "está aún en sus comienzos." No podemos caer en la tentación de pensar que los logros en materia de evangelización son suficientes como para detenernos en un momento donde sólo bastara "consolidar" o "proyectar". Tanto en el ámbito de quienes no han recibido la gracia del Bautismo, como en el ámbito de quienes ya participan de la comunión con Cristo y con su Iglesia, la tarea misionera posee un inmenso campo de compromiso y acción en la nación y en toda América.

189. En los espacios y ambientes donde la misión se ha detenido, encontramos, como causas principales, la disminución del sentido misionero como constitutivo de la experiencia cristiana; el indiferentismo religioso y el debilitamiento de la fe. A esto han contribuido las ideologías que sostienen que el ser humano se basta a sí mismo, la expulsión de la Iglesia de la vida pública y una lamentable automarginación surgida al interior de la propia Iglesia.

190. Dichos motivos nos invitan a que renovemos nuestro compromiso misionero, en la acepción más amplia del término, y vayamos a todos los ambientes a proponer y a afirmar que Jesucristo es el Salvador y Liberador de todo el hombre y de todos los hombres.

191. No debemos olvidar que la Iglesia en México ha sido siempre una comunidad misionera, en el sentido clásico del término. En esto habrá que crecer más. La Exhortación postsinodal Ecclesia in America propone un desafío misionero más amplio y completo al invitar a la recíproca solidaridad entre las Iglesias, a compartir toda clase de bienes espirituales y materiales y, también, a favorecer en nuestras Iglesias "la disponibilidad de personas para trabajar donde sea necesario".

3. PLANTEAMIENTO DE DESAFÍOS PASTORALES

Una Iglesia con propuesta ecuménica

192. El Concilio Ecuménico Vaticano II ha marcado la conciencia y el compromiso de todos los miembros de la Iglesia acerca de que la voluntad y oración de Jesús de que seamos uno como Él y el Padre son uno. Es una gracia que se busca en la oración incesante, pero, también, una tarea en la que debemos participar a través del diálogo, del estudio de la Sagrada Escritura, de la comprensión mutua de la historia y de la posible colaboración en expresiones que buscan el bien de los demás, especialmente de los más pobres.

193. Somos conscientes de que en México las relaciones entre los miembros de la Iglesia católica y los de otras iglesias evangélicas no han sido siempre fáciles. Es momento en que, distinguiendo con claridad las diferencias entre las iglesias evangélicas históricas y los grupos religiosos proselitistas y sectas, aprendamos a colaborar en el marco de un espíritu ecuménico adecuado.

194. Tanto la realidad de la presencia de las Iglesias evangélicas como el llamado del Papa Juan Pablo II en Ecclesia in America a construir la unidad del Continente partiendo de la fe común en Cristo Jesús, nos invitan a estudiar más a fondo la situación actual de las relaciones con las diversas iglesias y a buscar caminos de encuentro con Jesucristo que nos conduzcan a procesos de conversión, comunión y solidaridad.

195. Los grupos religiosos proselitistas y las sectas representan un problema para la evangelización debido a que los métodos coactivos que utilizan para ganar adeptos suprimen la libertad de la persona. Es preciso, por ello, que los católicos hagamos una revisión de nuestros propios métodos pastorales empleados, de modo que respetando siempre la libertad, formemos integralmente a nuestros hermanos en la fe en Jesucristo y los fortalezcamos en su capacidad de dar razón de la esperanza que afirman. Más aún, el Papa Juan Pablo II nos ha indicado que "para que la respuesta al desafío de las sectas sea eficaz, se requiere una adecuada coordinación de las iniciativas a nivel supradiocesano, con el objeto de realizar una cooperación mediante proyectos comunes que puedan dar mayores frutos".

Una Iglesia que contribuye a la construcción de la cultura

196. El Santo Padre Juan Pablo II ha enfatizado, desde el inicio de su ministerio pontificio, el nexo intrínseco que debe existir entre la fe y la cultura humana. El vínculo del Evangelio con el hombre es de suyo creador de cultura. La síntesis entre la cultura y la fe no es sólo una exigencia de la cultura sino también de la fe. Una fe que no se hace cultura, es una fe no plenamente acogida, no enteramente pensada, ni fielmente vivida.

197. La fe en Cristo, al mismo tiempo que trasciende la cultura, la penetra asumiéndola, purificándola y transformándola. En nuestra patria, la cultura ha estado vitalizada por el cristianismo. Esto es posible de constatar a través de innumerables signos entre los que destaca la religiosidad popular, el arte, el lenguaje, las costumbres y tradiciones que nos caracterizan tan profundamente. La fe católica ha formado el corazón del pueblo mexicano.

198. Sin embargo, desde mediados del siglo XIX la fe fue expulsada -a veces violentamente- de los espacios creadores de cultura. Más aún, en numerosos ambientes de nuestro país, se sembró la idea de que la propuesta cultural de origen cristiano era un signo contrario a la libertad, a la independencia y a la autonomía de la persona y de los pueblos.

199. El rechazo a la propuesta cultural de la fe se continuó con una suerte de automarginación de una gran parte del pueblo católico a ser presencia efectiva en medio del mundo a través de la cultura. En parte esto se debió a campañas sistemáticas de desprestigio contra la fe. Sin embargo, también se debió a que la comunidad eclesial perdió capacidad de hacer propuestas y ofrecer respuestas razonadas que le permitieran dialogar con el mundo de la cultura, que comenzó a construirse a partir del laicismo con premisas muchas veces adversas al cristianismo.

Una Iglesia que reconoce en el nuevo escenario una oportunidad para el anuncio de Jesucristo vivo

200. El nuevo escenario cultural que se nos ofrece a los creyentes en Cristo nos permite descubrir en la actualidad grandes oportunidades para hacer valer la riqueza de nuestra propuesta tanto por su originalidad como por su trascendencia. La fe que se incultura y la cultura que resulta evangelizada son dos dimensiones de una misma realidad: Cristo, que a través de la acción de sus miembros ofrece una espiritualidad encarnada, que transforma el entorno y lo vuelve más humano y abierto a la posibilidad de un encuentro con el Misterio de Dios.

201. Contrariamente a lo vaticinado por el racionalismo científico, la crisis de la razón materialista y autosuficiente despertó desbordante el sentido religioso intrínseco de la vida. Este es uno de los signos más claros de la crisis y fracaso de la modernidad inmanentista, que había puesto sus esperanzas en la propia capacidad humana de alcanzar la felicidad y el progreso a través de la técnica, la política y la economía, sin tener que recurrir a Dios e incluso contra Dios. Nos encontramos ante un desafío profundo que va más allá de situaciones inmediatas y alcanza el meollo mismo de la Revelación, del anuncio del Evangelio y del misterio de la persona.

202. Los mexicanos vivimos y nos enfrentamos a un pluralismo creciente de orden no sólo técnico, político o económico, sino cultural e incluso religioso que requiere nuestra atención.

203. En este contexto surgen nuevas propuestas que explicitan abiertamente el valor de lo religioso y ofrecen cosmovisiones que pretenden reorganizar la vida y responder a las necesidades espirituales y materiales con métodos y técnicas de muy variado valor. Mientras unas están contribuyendo a una búsqueda de renovación espiritual, otras ofrecen bienestar sin esfuerzo y a muy bajo costo, o incluso pervierten el mismo sentido religioso vaciándolo de significado.

204. Los riesgos que algunas de estas nuevas propuestas implican no sólo para la fe católica sino para la vida misma de la sociedad, exigen respuestas pastorales sabias y audaces que, rechazando los errores, presenten la riqueza existencial del cristianismo como acontecimiento que confiere sentido a la totalidad de la vida y genera actitudes de diálogo, de escucha y de colaboración con todos.

205. Es necesario que el verdadero humanismo cristiano cubra este vacío para evitar la proliferación de formas enfermizas de religiosidad. El sentido trascendente de la vida, el significado del gozo y del dolor, el deseo de superación de la muerte, la relación con la naturaleza, son realidades que necesitan una respuesta coherente y seria, como la que ha aportado el cristianismo a lo largo de los siglos.

206. Es deber de los pastores cuidar la fe de los hermanos y hermanas católicos y la dignidad y los derechos de todos ofreciéndoles propuestas significativas acerca de cómo vivir humana y cristianamente con alegría y osadía en medio del mundo. El testimonio de una fe vivida con gozo y empeñada en hacer el bien a los demás, es el mejor antídoto para evitar caer no sólo en la indiferencia religiosa sino en las diversas formas de apatía y nihilismo, hoy tan en boga.

207. En este contexto, muchos de los nuevos movimientos religiosos, más que un problema constituyen un desafío que exige que la cultura vivificada por el cristianismo pueda ofrecer una alternativa existencialmente válida y atractiva para los hombres y las mujeres de hoy. Es urgente que la evangelización de la cultura realmente culmine en una profunda inculturación del Evangelio que ofrezca referentes claros y elocuentes a las personas que buscan significado a su vida.

208. Un medio privilegiado para realizar tan urgente tarea es afirmar nuestra identidad a partir del Evangelio y asumir una actitud de diálogo y apertura permanentes. El conservadurismo que se cierra al diálogo y a abordar temas delicados o problemáticos, no es evangélico y atenta gravemente contra el mandato misionero.

Una Iglesia solidaria que sirve a todos

209. Ecclesia in America afirma que toda la Iglesia está llamada a promover, a partir del Evangelio, la construcción de una "cultura globalizada de la solidaridad" que haga presente, con el pensamiento y el testimonio de la vida, el amor de Cristo.

210. Construir dicha cultura implica para nuestras Iglesias particulares el deber de la recíproca solidaridad y de compartir nuestros dones espirituales y los bienes materiales con que Dios nos ha bendecido, favoreciendo la disponibilidad de las personas para trabajar donde sea necesario.

Una Iglesia que afirma la comunión y la solidaridad

211. A este respecto tenemos que reconocer que, si bien existen una gran cantidad de expresiones de pastoral social y de iniciativas sociales de parte de todos los miembros de la Iglesia, la falta de una adecuada articulación y organización interna nos impide potenciar mucho más nuestra capacidad de reflexión, de servicios y de respuestas organizadas que expresen ese testimonio de solidaridad intraeclesial.

212. Reconocemos también la dificultad que tenemos para organizar iniciativas diocesanas conjuntas con dimensión nacional, capaces de proponer a la comunidad eclesial y a todos los mexicanos valores sociales estables junto con el compromiso por la defensa de la dignidad de la persona humana, desde que es concebida hasta que el Señor la llame a su presencia.

213. Todo esto reclama de nosotros una verdadera conversión pastoral que nos conduzca a la más profunda comunión fraterna y solidaria.

214. Es tiempo de que los católicos mexicanos asumamos la propuesta del Papa de "rehabilitar" integralmente la caridad, superando una visión inmediatista y superficial, para comprenderla y vivirla como el Don-virtud teologal por excelencia, que Dios hace de sí mismo en Cristo al creyente por medio de su Espíritu para que la Trinidad habite en él.

215. También es tiempo de profundizar en la virtud de la caridad como el principio dinamizador de todo el ser y el quehacer de la Iglesia. La koinonía debe inspirar de múltiples formas la comunicación cristiana de los bienes debido a que la Iglesia es un Cuerpo orgánico y organizado en el que todos los miembros tienen una función, donde nadie es despreciable y todos participan en su edificación de acuerdo a los carismas y dones que han recibido (Cf. Rom 12; 1 Cor 11-13). Es precisamente la virtud de la caridad, como principio dinamizador, lo que hace que la comunidad eclesial comparta sus bienes y busque que nadie pase necesidad (Cf. Hch.2,42s; 4,32ss).

216. Para ello, se requieren iniciativas oportunas que sean capaces de abrazar en el amor de Cristo a las personas que viven dentro de las diversas formas de pobreza y marginación. Así mismo, se requiere la capacidad de articular proyectos para incidir con efectividad, tanto propositiva como críticamente, en los procesos fundamentales por los que atraviesa la vida de la sociedad incluyendo el ámbito internacional.

217. De ahí la urgencia öporque el amor de Cristo nos apremia-, de que nos empeñemos en la oración, el estudio y el compartir juntos, para que la pastoral de la caridad encuentre múltiples formas de expresión orgánica y organizada en todos los campos: desde la asistencia, pasando por la promoción, hasta la liberación integral y la aceptación fraterna.

218. En lo que se refiere a construir una comunión solidaria que trascienda nuestras fronteras, tenemos todavía que crecer. En relación a las iglesias del norte del continente queremos hacer mención especial de la enorme, compleja y muchas veces dramática realidad de diversos procesos migratorios -de mexicanos, de centro y sudamericanos e incluso de otros continentes-, que involucran a millones de seres humanos en busca de trabajo, con procesos de mejoría en muchos casos, pero también de desarraigo, marginación y hasta de muerte.

219. Hacia el cercano sur, se encuentran nuestros vecinos centroamericanos y caribeños, a quienes por deber de vecindad y cercanía tenemos que ayudar creativamente en muchos aspectos de nuestras tradicionales relaciones intereclesiales, superando los criterios puramente nacionales para potenciar la comunión y la solidaridad que nacen de la riqueza de la fe en Cristo Jesús.

220. Nos encontramos en un "año de gracia del Señor" (Lc 4, 19), invitación especial a asumir de múltiples formas la justicia jubilar que el Padre quiere derramar por todas partes. El Papa ha dicho a este respecto: "El compromiso por la justicia y por la paz en un mundo como el nuestro, marcado por tantos conflictos y por intolerables desigualdades sociales y económicas, es un aspecto sobresaliente de la preparación y celebración del jubileo".

221. Finalmente, para que dicha cultura de la solidaridad se consolide e impregne todos los ambientes, no podemos dejar de insistir en dos puntos fundamentales:

  • La formación de todos los agentes: obispos, sacerdotes, consagradas y consagrados y fieles laicos en la pastoral social y en la Doctrina Social de la Iglesia.
  • La misión imprescindible de los fieles laicos en la transformación de todas las realidades a la luz de Cristo:

"América necesita laicos cristianos que puedan asumir responsabilidades directivas en la sociedad. Es urgente formar hombres y mujeres capaces de actuar, según su propia vocación, en la vida pública, orientándola al bien común (...). Para ello es necesario que sean formados tanto en los principios y valores de la Doctrina Social de la Iglesia, como en nociones fundamentales de la teología del laicado. El conocimiento profundo de los principios éticos y de los valores morales cristianos les permitirá hacerse promotores en su ambiente, proclamándolos también ante la llamada neutralidad del Estado".

222. América no vivirá la cultura globalizada de la solidaridad sin fieles laicos maduros, llenos de Cristo, en proceso de conversión permanente, con una profunda vivencia de la comunión fraterna y solidaria, formados espiritual, doctrinal y moralmente a la luz de la Doctrina Social de la Iglesia, conscientes y comprometidos en la transformación de las realidades temporales como su vocación y misión propias. La formación integral del laicado es una de las prioridades fundamentales de la nueva evangelización.

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