INTRODUCCIÓN

1. Al comienzo del tercer milenio damos gracias a Dios Padre por el don de la creación, y a Nuestro Señor Jesucristo por el don de la salvación. Elevamos nuestra plegaria al Espíritu Santo para que nos fortalezca y nos guíe en nuestra responsabilidad de cumplir todo aquello que el Señor nos ha mandado. Al discernir los signos de los tiempos, percibimos al incremento de la emigración entre los pueblos del Continente Americano, como parte del fenómeno mundial denominado como globalización. Vemos también el fenómeno de la migración dentro de un horizonte esperanzador, aunque unido a grandes desafíos.

 

2. Hablamos como Obispos de dos Conferencias Episcopales pero como una sola Iglesia, unidos en la opinión de que la migración entre nuestras dos naciones es necesaria y benéfica. A la vez reconocemos que algunos aspectos de la experiencia del migrante se encuentran lejos de la visión del Reino de Dios que  Jesús proclamó: muchas personas que intentan migrar están sufriendo, y en algunos casos muriendo; se vulneran los derechos humanos; se separan las familias; y continúan existiendo actitudes racistas y xenofóbicas.

 

3. El 23 de enero de 1999, en la Basílica de Nuestra Señora de Guadalupe, el Papa Juan Pablo II entregó la Exhortación Apostólica Ecclesia in America, fruto del Sínodo de los Obispos de América. 1 En el espíritu de solidaridad eclesial iniciado en este Sínodo y expresado en dicha Exhortación —y conscientes de la realidad de las migraciones que viven nuestras dos naciones— nosotros, los Obispos de los Estados Unidos y de México, buscamos despertar en nuestros pueblos la misteriosa presencia del Señor crucificado y resucitado en la persona del migrante, y renovar en ellos los valores del Reino de Dios que Él proclamó.

 

4. Como Obispos, pastores de más de noventa millones de católicos mexicanos y sesenta y cinco millones de católicos estadounidenses, somos testigos de las consecuencias humanas de la migración en la vida diaria de la sociedad. También somos testigos de la vulnerabilidad de nuestros pueblos al estar involucrados en todos los aspectos del fenómeno migratorio, como las familias devastadas por la pérdida de aquellos seres queridos que han emprendido el camino de la migración, y los niños que viven en la soledad desde el momento que sus padres les son arrancados. Observamos el esfuerzo de los propietarios de tierras y de las autoridades que buscan la protección del bien común, sin violar la dignidad del migrante. Y compartimos la preocupación de los prestadores de servicios sociales y religiosos, quienes intentan responder al migrante que toca a su puerta sin violar los principios de la ley.

 

5. Estando los migrantes presentes en las parroquias y comunidades de nuestros dos países, vemos demasiada injusticia y violencia en su contra; y entre ellos, bastante sufrimiento y desesperanza porque las estructuras civiles y eclesiales siguen siendo insuficientes para dar respuesta a sus necesidades más elementales.

 

6. Como comunidad en la fe nos debemos cuestionar por el trato que brindamos a los más vulnerables entre nosotros.  Esta actitud hacia los migrantes desafía la conciencia de los servidores públicos, de las autoridades, de los que definen políticas públicas, de los habitantes de las comunidades fronterizas y de los prestadores de servicios jurídicos y sociales, muchos de los cuales comparten nuestra fe católica.

 

7. Para preparar esta Carta Pastoral hemos desarrollado un proceso de dos años de duración, en el que nos hemos reunido tanto en México como en los Estados Unidos con migrantes, servidores públicos, funcionarios, autoridades, promotores de la justicia social, párrocos, feligreses, y líderes de las comunidades. Nuestros diálogos han revelado el anhelo común de un sistema migratorio más ordenado, que reconozca la realidad de la migración y promueva la justa aplicación de la ley civil. Deseamos analizar los intereses de todas las partes involucradas en el fenómeno migratorio a la luz de la Doctrina Social de la Iglesia, y ofrecer un marco moral para aceptar, no para rechazar, la realidad de la migración entre nuestras dos naciones.  Invitamos a todo católico y a toda persona de buena voluntad a que viva su fe y use sus recursos y dones para, verdaderamente,  acoger al forastero entre nosotros (Cfr. Mt 25, 35).

 

8. En años recientes se han desarrollado señales esperanzadoras tanto en México como en Estados Unidos en torno al fenómeno migratorio: una creciente conciencia que ve a los migrantes como portadores de fe y cultura; un aumento de hospitalidad y servicios sociales, incluyendo los albergues para migrantes; una creciente red de defensores de sus derechos; una mayor organización de esfuerzos cuyo fin es lograr la acogida y la comunión intercultural; un mejor desarrollo de la conciencia social; y un mayor reconocimiento por parte de ambos gobiernos de la importancia del tema migratorio.  Cada una de nuestras  Conferencias Episcopales ha expresado su gran preocupación por apoyar estos signos esperanzadores. 2 Reiteramos nuestro aprecio y apoyo a los compromisos por la solidaridad inspirados en la visión de Ecclesia in America.

 

9. Nos dirigimos a los migrantes que se ven forzados a dejar sus tierras para mantener a sus familias o escapar de la persecución.  Estamos a su lado en solidaridad.  Nos comprometemos a su atención pastoral y al trabajo necesario para lograr cambios en las estructuras eclesiales y sociales que impiden el ejercicio de su dignidad como hijos e hijas de Dios.

 

10. Nos dirigimos a los funcionarios públicos de ambas naciones, desde las máximas autoridades hasta quienes se encuentran diariamente con el migrante. Así mismo agradecemos a los Presidentes de nuestras Naciones el diálogo que han tenido con el objetivo de humanizar el fenómeno migratorio.

 

11. Nos dirigimos a las autoridades gubernamentales de ambos países cuya labor es hacer cumplir,  implementar y ejecutar las leyes migratorias.

 

12. Finalmente, nos dirigimos a los pueblos de los Estados Unidos y de México: nuestras naciones viven una interdependencia jamás vista en su historia, comparten valores sociales y culturales, intereses y esperanzas para el futuro; tienen una oportunidad singular para actuar como verdaderos vecinos, y para trabajar juntos en la elaboración de un sistema migratorio más justo y generoso.

 

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