CapÍtulo III
DESAFÍOS y propuestas pastorales
40. Nuestra preocupación como pastores, por la dignidad
y los derechos de los migrantes, abarca tanto las respuestas pastorales como
los asuntos de política migratoria. La Iglesia en nuestros dos países debe
enfrentar el reto de ver en el forastero presente entre nosotros el rostro de
Cristo Crucificado y Resucitado. La Iglesia entera está llamada a vivir la
experiencia de los discípulos de Emaús (Lc 24, 13-35), para como ellos
convertirse en testigos de Cristo Resucitado al darle la bienvenida como
extranjero. La fe en la presencia de Cristo en el migrante, conlleva así a la
conversión de corazón y mente, a un espíritu renovado de comunión, y a la
construcción de estructuras de solidaridad para acompañar al migrante. El
proceso de conversión de corazón y mente tiene como consecuencia la necesidad
de superar actitudes de superioridad cultural, indiferencia y racismo; de no
ver al forastero como un extranjero con malas intenciones, a un terrorista o
una amenaza económica, sino como una persona plena en dignidad y derechos que
revela la presencia de Cristo, portadora de profundos valores culturales y de
tradiciones ricas en la fe. Hacemos un llamado a todos los líderes de la
Iglesia en ambos países, para que comuniquen esta enseñanza, así como para que
den a conocer el fenómeno migratorio, sus causas y el impacto que tiene en todo
el mundo. Esta instrucción debe estar fundada en las Escrituras y en la
Doctrina Social de la Iglesia.
41. La auténtica conversión conduce a vivir la comunión
mediante expresiones de hospitalidad por parte de las comunidades receptoras, y
mediante un sentir de pertenencia y bienvenida por parte de las comunidades
inmigrantes. El Nuevo Testamento aconseja frecuentemente practicar la
hospitalidad como virtud necesaria en todo discípulo de Jesús. Muchos migrantes
han buscado consuelo fuera de la Iglesia, al haber sentido el rechazo o la
indiferencia de comunidades católicas, sufriendo así la triste suerte de Jesús,
quien como lo recuerda el Evangelio de Juan: “Vino a los suyos, pero los
suyos no lo recibieron” (Jn 1, 11). La necesidad de ofrecer hospitalidad y de
crear un sentido de pertenencia compete a la Iglesia en todos sus niveles, pues
como el Papa Juan Pablo II declaró durante su Mensaje del Día del Migrante de
1993: “Las familias de migrantes deben tener la posibilidad de encontrar
siempre en la Iglesia su patria”. 16
42. Nosotros Obispos tenemos la responsabilidad primera
de construir el espíritu de comunión y hospitalidad para con los migrantes que
pasen o se asienten en la región. Por ello:
43. La construcción de la comunidad con nuevos migrantes
requiere un mayor sentido de solidaridad. El Obispo como pastor de la Iglesia
particular debe ser guía de los sacerdotes, diáconos, religiosos y laicos en la
promoción de la justicia, y en la denuncia de los abusos que sufren los
migrantes, defendiendo con valor sus derechos humanos elementales. Este debe
ser el caso tanto en las iglesias de origen como en las receptoras. Además,
como levadura en la sociedad, los agentes de pastoral deben ser promotores de
justicia y paz en la transformación estructural, concientizando a los
legisladores y a las autoridades de lo que perciben en su comunidad. Por medio
de una estrecha relación con los defensores de los trabajadores y las
organizaciones no gubernamentales, la Iglesia debe ser instrumento idóneo en el
desarrollo e introducción de iniciativas que busquen conseguir una transformación
social en beneficio de los miembros más vulnerables de la comunidad.
44. La Iglesia debe alentar estos amplios esfuerzos con
el objeto de crear una extensa red dedicada a la defensa y los servicios
sociales en favor de las familias migrantes. Otro importante recurso que las
comunidades pueden ofrecer a los migrantes —especialmente a aquellos que
busquen el asilo o la reunificación familiar— son los servicios jurídicos a
bajo costo o gratuitos. Hacemos un llamado en particular a los abogados de ambos
países para que apoyen a individuos y a familias enteras durante su difícil
proceso migratorio, y ayuden en la defensa de los derechos humanos de los
migrantes, especialmente a quienes estén detenidos. Los fieles cristianos
deben trabajar unidos para prestar los servicios indispensables en su
comunidad, haciendo todo lo posible por invitar a sus parroquianos
profesionistas (abogados, médicos, trabajadores sociales, etc.) a que aporten
su valioso apoyo, cuando les sea posible.
45. La realidad de la migración, en particular cuando el
camino lleva al cruce clandestino de las fronteras, está llena de
incertidumbres y peligros. En el momento que los migrantes estén por dejar sus
hogares, es necesario aconsejarlos pastoralmente para ayudarles a entender
plenamente estas realidades, y para que consideren todas sus opciones,
incluyendo la búsqueda de medios legales de inmigración.
46. Conviene entregar a los migrantes folletos de
oración y guías de servicios sociales y religiosos disponibles, a lo largo del
camino y en la comunidad receptora. Es necesario recordarles que son
evangelizadores, pues tienen la capacidad de evangelizar a sus prójimos con el
testimonio diario de su vida cristiana. También es necesario alentarlos a que
vivan el sacramento del matrimonio, permaneciendo fieles a su cónyuge y a su
familia. Debe también tenerse en cuenta la necesidad de apoyar a la familia que
permanece, pues las emigraciones bajo ciertas condiciones pueden tener efectos
devastadores en ella, y en ciertas situaciones, en pueblos enteros cuya
población queda sin gente joven.
47. Las diócesis de los Estados Unidos y México
trabajaremos estrechamente con el fin de asegurar la vida sacramental de los
migrantes. Bajo situaciones ideales, las parroquias del lugar deben asegurar
que la preparación sacramental esté al alcance de aquellos que transiten por su
comunidad, adoptando las medidas que su situación requiera, pues van a donde el
trabajo los lleve. Los Sacramentos de la Reconciliación y Eucaristía deben
estar disponibles en lugares y en el horario que faciliten la participación de
los trabajadores migrantes y sus familias.
48. La Exhortación Apostólica Ecclesia in America recomienda la colaboración entre
Conferencias Episcopales para dar respuestas pastorales más efectivas. El área
que requiere mayor cooperación es aquélla que motive el desarrollo de un
acercamiento más sistemático al acompañamiento pastoral de los migrantes.
Son tantos los que llegan a Estados Unidos procedentes de Centroamérica y de
México, que es indispensable una mejor coordinación en la preparación de
sacerdotes, religiosos, y laicos que acompañen a los migrantes.
49. En siglos pasados, cuando los inmigrantes de Europa
Oriental y Occidental llegaron al Continente americano, la Iglesia estableció
seminarios nacionales en algunos países para preparar a sacerdotes que
servirían en tierras donde personas de su misma cultura se iban estableciendo,
particularmente en Norte y Sudamérica. En otros países, la Iglesia
promovió comunidades religiosas masculinas y femeninas que acompañaran a los
migrantes en su camino, para atenderles a su llegada y ayudarles a integrarse
en sus nuevos hogares, desde una posición segura formando parroquias
personales. En otros países la Iglesia ha establecido programas de intercambio
en los cuales se hacen compromisos para proporcionar sacerdotes por un período
de tres a cinco años. A la fecha, ha habido intercambios de sacerdotes
entre diócesis de Centro y Sudamérica, México y Estados Unidos. Los
Obispos de Centro, Sudamérica y México han visitado las diócesis
estadounidenses a donde esos sacerdotes y sus pueblos inmigraron, y los Obispos
de Estados Unidos han visitado sus diócesis de origen, manifestando así la
enseñanza del Concilio Vaticano II de que toda Iglesia local ha de ser
misionera, tanto las diócesis que envían como las que reciben a los migrantes.
50. Es esencial que la colaboración entre las diócesis
sea generosa y razonable, para que los sacerdotes y religiosos que participen
en estos intercambios sean los indicados para un ministerio tan importante. Es
necesario desarrollar y establecer conjuntamente políticas claras para su
capacitación y recepción por parte de las diócesis de envío y recepción,
incluyendo una etapa de orientación y bienvenida para sacerdotes y religiosos
por parte de la diócesis receptora. Debido a que ellos mismos son inmigrantes
en tierras extrañas, pierden el ambiente familiar que les respalda en casa. Por
eso los sacerdotes y religiosos también requieren apoyo para que se adapten al
nuevo medio y cultura en el que viven. Mientras los recursos lo permitan, debe
alentarse a que regresen a sus diócesis de origen o a sus casas provinciales
con cierta periodicidad, para que descansen y recuperen los lazos con su
comunidad y su familia. Este intercambio ha fortalecido el espíritu de
colaboración impulsado por la Exhortación Apostólica Ecclesia in America.
Estos esfuerzos han sido muy positivos, aunque los resultados han sido
diversos.
51. El siguiente paso consistiría en estudiar la
posibilidad de lograr una distribución y preparación más eficaz de sacerdotes,
religiosos y laicos dedicados al acompañamiento pastoral de los migrantes. Tal
estudio ha de llevarse a cabo por representantes de ambas Conferencias
Episcopales, debiendo considerar:
El estudio también
debe incluir algunas recomendaciones relacionadas al diseño de programas de
intercambio entre diócesis, así como de programas efectivos de orientación
cultural para los ministros. Esta formación debe considerarse como parte de un
proceso integral de desarrollo humano, enriquecimiento educativo, adquisición
del idioma, comunicación intercultural y formación espiritual. Se recomienda
con particular ánimo la cooperación con seminarios, escuelas de teología e
institutos pastorales para satisfacer a la brevedad posible esta urgente necesidad.
Este estudio también debe investigar cómo apoyar a los inmigrantes para que
continúen activos como agentes de pastoral en sus nuevos entornos, así como
modos para que las iglesias receptoras los alienten y los apoyen, especialmente
a los que prestaron su servicio como catequistas y agentes de pastoral en sus
países de origen. Recomendamos que en los programas de seminarios y casas de
formación, se imparta un curso sobre pastoral migratoria.
52. Otra área de colaboración puede consistir en la preparación
de materiales catequéticos culturalmente apropiados para los trabajadores
migrantes. Ya existen varias experiencias que reflejan la colaboración
entre diócesis fronterizas de Estados Unidos con México, y de México con
Guatemala.
53. Esta cooperación transfronteriza ya ha tenido
resultados positivos, como el desarrollo de servicios jurídicos, servicios
sociales, cooperación con albergues a lo largo de las fronteras, cuadernos de
oración para el camino, y momentos de oración conjuntos en la frontera: las
posadas, vigilias de Viernes Santo, y ritos del Día de los Muertos en memoria
de los que han fallecido durante su camino.
54. Para desarrollar y continuar la colaboración entre
la Iglesia en los Estados Unidos y México, nosotros Obispos deseamos alentar
los encuentros entre Obispos y agentes de pastoral fronterizos procedentes de
nuestras diócesis, y las reuniones entre la Comisión Episcopal para la Pastoral
de la Movilidad Humana de la CEM, y el Comité de Migración de la USCCB.
55. Ecclesia in
America resume las recomendaciones pastorales anteriores de la
siguiente forma:
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Juntos en el Camino de la Esperanza. CEM |
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