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CONMEMORAR NUESTRA HISTORIA DESDE LA FE, PARA COMPROMETERNOS HOY CON NUESTRA PATRIA

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"Conmemorar Nuestra Historia desde la Fe, para Comprometernos Hoy con Nuestra Patria. CEM


PARTE III

PROTAGONISTAS TODOS,
EN LA CONSTRUCCIÓN
DE UN FUTURO CON ESPERANZA

97. En esta Tercera Parte, los Obispos mexicanos invitamos a renovar nuestra conciencia sobre la responsabilidad que tenemos ante los desafíos que el presente nos ofrece y que los signos de los tiempos nos muestran con tanta evidencia.

98. Como Pastores de la Iglesia Católica, y como ciudadanos de esta Nación, compartimos con todos los mexicanos nuestra reflexión sobre el futuro de nuestra Patria y nos comprometemos a seguir colaborando en su construcción con renovado ardor, convencidos de que todos debemos ser verdaderos protagonistas de los acontecimientos y no sólo espectadores de ellos.

99. La Iglesia tiene el derecho de participar a través de sus ministros y fieles laicos, según sus propias funciones y responsabilidades. Los ministros, como pastores de la comunidad cristiana, tienen una tarea específica hacia el interior de la Iglesia y son también ellos expresión pública de la misma en sus enseñanzas y sus acciones. Los fieles laicos poseen como vocación y misión propias transformar el mundo según Cristo. Así mismo, son ciudadanos, es decir, hombres y mujeres responsables del bien común de la sociedad a la que pertenecen, como una de las dimensiones del camino de la salvación.“El mandato de Cristo a la Iglesia no se agota en la evangelización de las personas. En efecto, es necesario también evangelizar la conciencia de un pueblo, su ethos, su cultura”44.

Ofrecemos una visión integral y trascendente del hombre

100. Junto con otros actores de la sociedad, participamos en la construcción de nuestra cultura. Ofrecemos la cultura de la vida, aportando lo que nos es más propio, a partir de la cosmovisión del mundo y sobre todo de la concepción que del hombre tenemos, que se caracteriza por su trascendencia, su dignidad inviolable y su realización eminentemente social. Como lo afirmó el Papa Juan Pablo II, en la ciudad de Puebla: “Cuando un pastor de la Iglesia anuncia con claridad y sin ambigüedades la verdad sobre el hombre, revelada por Aquel mismo que«conocía lo que en el hombre había» (Jn. 2,25), debe animarlo la seguridad de estar prestando el mejor servicio al ser humano”45.

101. Es nuestra visión del hombre la que queremos ofrecer, en tanto que reconocemos queél es el medio, sujeto y fin de toda cultura, de toda actividad humana y dinámica social. Creemos que el hombre es un ser complejo de eminente dignidad. Es un espíritu encarnado que con su inteligencia y libertad participa en la construcción del mundo. Que por su individualidad es idéntico a sí mismo y diferente a los demás. Por su sociabilidad se encuentra vinculado esencialmente a la comunidad, al cosmos y por supuesto a Dios. Su bien personal y el bien de la comunidad son sus objetivos. Recibe influencias exteriores e interiores que lo condicionan, pero no lo determinan. Posee derechos que emanan de su propia naturaleza, que siempre se le deben respetar.

102. El cristianismo, además, adiciona aspectos que presuponen la fe. La dignidad del hombre para nosotros no sólo se deriva de su naturaleza, sino de su calidad de hijo de Dios, así como de haber sido redimido por Cristo y llamado a la felicidad eterna. El hombre tiene como principal realización y expresión el amor por los demás y por ello debe preocuparse, no sólo por asistirlos en sus necesidades, sino también por promover todos los cambios que hagan posible un ambiente propicio para el desarrollo integral de todo el hombre y de todos los hombres. Se trata de un humanismo cristiano integral, como lo afirma la Doctrina Social de la Iglesia.

103. Lo debemos decir claramente: nuestros males no son de orden práctico u operativo solamente; no radican en la ausencia de una voluntad de cambio; sino que están principalmente en el modo de concebirnos, de entendernos, de mirarnos a nosotros mismos. Están en la cultura moderna que hemos heredado, que sin negar los múltiples aspectos positivos y avances que posee, adolece de limitaciones y desviaciones. Debemos ser críticos y propositivos con el fin de mejorarla y hacerla más acorde a la realidad trascendente del hombre.

104. Analizando la cultura moderna desde esta perspectiva, podemos decir queésta se ha caracterizado principalmente por un deseo desmedido de autonomía del hombre, lejos de referencia trascendente alguna. Hoy presenciamos manifestaciones culturales que hunden sus raíces en la crisis del sujeto que es cada vez más egocéntrico, contradictorio consigo mismo en tanto que busca afirmar“sus propios derechos”, rechazando todo elemento objetivo. Esta forma de ser y de expresarse se basa más en impulsos instintivos y en emociones que en una racionalidad y una concepción coherente sobre el hombre. Esta cultura llega incluso a una cierta concepción de Dios, entendido como una vaga e impersonal divinidad, o bien a “un creer sin pertenecer”, es decir una fe puramente subjetiva. La verdad en este contexto cultural tiene una connotación negativa, asociada con conceptos tales como dogmatismo, intolerancia o imposición.

105. Nosotros estamos convencidos de que el hombre debe reconocerse creado y partícipe de una realidad mucho más amplia que una visión individualista, relativista y egocéntrica. El hombre está llamado a reconocerse dentro de la historia, el cosmos, y en relación con un principio creador, que en nuestra experiencia cristiana es Aquel que tiene una identidad y entra en relación providente hasta darse a conocer como Padre, y no una simple energía impersonal. El hombre no es absoluto, no puede sustraerse de sus vínculos connaturales en los que está inmerso, ni del principio rector del que depende. Por ello, no puede pretender regir su vida sin dar cuenta, objetivamente, de sus razones y de su comportamiento. La superación de una visión fragmentada de la realidad, apoyada en un relativismo con que interpreta su propia naturaleza, sólo puede ser lograda a la luz de la razón humana llamada a conocer la verdad, y a la luz de la Revelación Divina que se manifiesta al corazón humano como plenitud del amor en Jesucristo.

106. Nosotros “hemos creído en el amor de Dios, así puede expresar el cristiano la opción fundamental de su vida. No se comienza a ser cristiano por una decisión ética o una gran idea, sino por el encuentro con un acontecimiento, con una Persona, que da un horizonte nuevo a la vida y, conello, una orientación decisiva. En su Evangelio, Juan había expresado este acontecimiento con las siguientes palabras: "Tanto amó Dios al mundo, que entregó a su Hijoúnico, para que todos los que creen en Él tengan vida eterna" (Jn 3, 16)”46. Así, el mandamiento del amor a Dios (Dt 6, 4-5) y el amor al prójimo (Lv 9, 18) se convierte en una respuesta al don del amor de Dios que ha venido a nuestro encuentro con Jesucristo (Cf. Lc. 10, 29-37).

107. Ante una cultura fragmentada en su camino hacia la verdad e imposibilitada para encontrarse con el sentido de trascendencia, la auténtica religiosidad abre espacios nuevos para la experiencia humana, necesitada siempre de algo más que respuestas inmediatas, que lo lleven a dar sentido pleno a su existencia. “La religión cristiana y las otras religiones pueden contribuir al desarrollo solamente si Dios tiene un lugar en la esfera pública, con específica referencia a la dimensión cultural, social, económica y, en particular, política. La Doctrina Social de la Iglesia ha nacido para reivindicar esa‘carta de ciudadanía’ de la religión cristiana”47.

108. La misión de la Iglesia no se reduce al aspecto político ni económico48; mediante su enseñanza social no entra en cuestiones técnicas, ni propone modelos o sistemas de organización social49. Tiene, en cambio, la competencia que le viene del Evangelio: ofrecer el mensaje anunciado y vivido por Jesucristo para la realización plena de todo ser humano que lo acepte y lo reciba.

109. Es una urgencia impostergable para los fieles laicos que su vida de fe se transforme en responsabilidad y creatividad ciudadanas. Son ellos quienes deben llevar al corazón de la cultura y de las instituciones la nueva humanidad que Cristo manifiesta y propone. Para llo, es urgente que existan nuevas formas de presencia organizada de los fieles laicos en la vida pública, que permitan construir ciudadanía, contribuir con el bien común y mostrar que la fe puede ser vivida y proclamada al interior de las realidades seculares, respetando la diversidad de otros pensamientos.

110. Además, todos como Iglesia debemos colaborar a construir nuevas formas de acompañamiento pastoral para quienes son protagonistas en la construcción de la sociedad enámbitos decisivos como son el político, económico, social y educativo. Todo movimiento y agrupación de fieles laicos debe ser una auténtica escuela para vivir la fe al servicio del mundo, transformando sus estructuras a la luz de las exigencias del Evangelio.

111. En la riqueza de nuestra historia, no sólo de doscientos años de Independencia sino de quinientos años de mestizaje, el influjo del Evangelio ha sido constante y ha iluminando nuestra cultura hasta sus más hondas raíces. Por ello seguimos encontrando en el México actual manifestaciones de un profundo respeto a la vida, una gran estimación por lafamilia, un sentido de hospitalidad y de fiesta en nuestra existencia, e incluso una esperanza ante el drama de la muerte, que dejan ver un pueblo de profunda religiosidad que se descubre unido a cada paso con Dios. Desde esta conciencia común, debemos renovar nuestra comprensión de la realidad.

Frente a los grandes desafíos sociales: justicia y solidaridad

112. Nuestra conciencia debe mantenerse sensible frente a los nuevos rostros de pobreza y a los rezagos históricos de nuestro País. Son muchos los mexicanos que han quedado excluidos del desarrollo. Su situación se ha visto agravada por el actual proceso de globalización que, en su dimensión económica“ha promovido una concentración de poder y de riqueza en manos de pocos, no sólo de los recursos físicos y monetarios, sino sobre todo de la información y los recursos humanos, lo que produce la exclusión de todos aquellos que no están suficientemente capacitados e informados”50.

113. Dentro de los nuevos rostros de pobreza, nos afligen y preocupan sobre todo los millones de migrantes que no han encontrado las oportunidades para una vida mejor y se ven obligados a dejar lo más propio, una familia, un pueblo, o incluso la Patria que los vio nacer. Los desempleados, víctimas de la economía utilitarista; los campesinos desplazados por no pertenecer al mundo de la tecnología y del mercado global, y los indígenas, que siguen siendo los grandes excluidos del progreso y objeto de múltiples discriminaciones. Los niños en condición de calle en las ciudades y la situación de muchos jóvenes y adolescentes que desde su temprana edad son reclutados por el crimen organizado para participar en actividades ilícitas, sembrando en ellos gérmenes de maldad.

114. Los ideales de libertad, justicia e igualdad, por los que lucharon nuestros compatriotas en la Independencia y la Revolución Mexicana, nos siguen interpelando hoy con mayor fuerza, dado que las exigencias actuales son mucho más amplias y profundas. Somos una sociedad marcada por graves y escandalosas desigualdades sociales y por nuevos rostros de violencia criminal que impiden nuestra reconciliación. No basta un desarrollo unilateral que beneficia de manera inmediata sólo a unos pocos y pospone casi indefinidamente el progreso de las mayorías. Es necesario encontrar caminos de solidaridad que incluyan a todos los mexicanos.

115. En el lenguaje de la Iglesia hablar de solidaridad implica incorporar la caridad en el horizonte de la justicia, ya que “la caridad representa el mayor mandamiento social… Exige la práctica de la justicia y es la única que nos hace capaces de ésta”51. Por otra parte, la caridad supone también la exigencia de la verdad como “la principal fuerza impulsora del auténtico desarrollo de cada persona y de toda la humanidad”52.

116. Solamente bajo la lógica de la justicia, la caridad y la verdad, seremos capaces de colaborar en la construcción de una sociedad solidaria y fraterna que supere los límites que nos caracterizan, comenzando por la consolidación de la democracia y el fortalecimiento de las instituciones.

117. Ante esta realidad que nos apremia en el tiempo presente, proponemos a todos los sectores que conforman nuestra sociedad asumir tres prioridades fundamentales en el camino de nuestro desarrollo como Nación:

a) Queremos un México en el que todos sus habitantes tengan acceso equitativo a los bienes de la tierra. Un México en el que se promueva la superación y crecimiento de todos en la justicia y la solidaridad; por lo que necesitamos entrar decididamente en un combate frontal a la pobreza.

b) Queremos un México que crezca en su cultura y preparación con una mayor conciencia de su dignidad y mejores elementos para su desarrollo, con una educación integral y de calidad para todos.

c) Queremos un México que viva reconciliado, alcanzando una mayor armonía e integración en sus distintos componentes sociales y con sus diferentes orientaciones políticas, pero unificado en el bien común y en el respeto de unos y otros.

118. Los Obispos mexicanos subrayamos algunas implicaciones de cada una de estas prioridades y ofrecemos algunos criterios de juicios y líneas de acción.

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