CAPÍTULO
TERCERO
LA PERSONA HUMANA Y SUS DERECHOS
I. DOCTRINA SOCIAL Y PRINCIPIO
PERSONALISTA
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La Iglesia ve en el hombre, en cada
hombre, la imagen viva de Dios mismo; imagen que encuentra, y está
llamada a descubrir cada vez más profundamente, su plena razón de
ser en el misterio de Cristo, Imagen perfecta de Dios, Revelador de
Dios al hombre y del hombre a sí mismo. A
este hombre, que ha recibido de Dios mismo una incomparable e inalienable
dignidad, es a quien la Iglesia se dirige y le presta el servicio
más alto y singular recordándole constantemente su altísima vocación,
para que sea cada vez más consciente y digno de ella. Cristo, Hijo
de Dios, “con su encarnación se ha unido, en cierto modo, con todo
hombre”;
por ello, la Iglesia reconoce como una tarea principal hacer que esta
unión pueda actuarse y renovarse continuamente. En Cristo Señor, la
Iglesia señala y desea recorrer ella misma el camino del hombre,
e invita a reconocer en todos, cercanos o lejanos, conocidos o desconocidos,
y sobre todo en el pobre y en el que sufre, un hermano “por quien
murió Cristo” (1 Co 8, 11; Rm 14, 15).
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Toda la vida social es expresión
de su inconfundible protagonista: la persona humana. De esta conciencia, la Iglesia ha sabido hacerse intérprete
autorizada, en múltiples ocasiones y de diversas maneras, reconociendo
y afirmando la centralidad de la persona humana en todos los ámbitos
y manifestaciones de la sociabilidad: “La sociedad humana es, por
tanto objeto de la enseñanza social de la Iglesia desde el momento
que ella no se encuentra ni fuera ni sobre los hombres socialmente
unidos, sino que existe exclusivamente por ellos y, por consiguiente,
para ellos”.
Este importante reconocimiento se expresa en la afirmación de que
“lejos de ser un objeto y un elemento puramente pasivo de la vida
social”, el hombre “es, por el contrario, y debe ser y permanecer,
su sujeto, su fundamento y su fin”.
Del hombre, por tanto, trae su origen la vida social que no puede
renunciar a reconocerlo como sujeto activo y responsable, y a él deben
estar finalizadas todas las expresiones de la sociedad.
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El hombre, comprendido en su realidad
histórica correcta, representa el corazón y el alma de la enseñanza
social católica.
Toda la doctrina social se desarrolla, en efecto, a partir del principio
que afirma la inviolable dignidad de la persona humana.
Mediante las múltiples
expresiones de esta conciencia, la Iglesia ha buscado, ante todo,
tutelar la dignidad humana frente a todo intento de proponer imágenes
reductivas y distorsionadas y además, ha denunciado repetidamente
sus muchas violaciones. La historia demuestra que en la trama de las
relaciones sociales emergen algunas de las más amplias capacidades
de elevación del hombre, pero también allí se anidan los más execrables
atropellos de su dignidad.
II.
LA PERSONA HUMANA “IMAGO DEI”
a)
Criatura a imagen de Dios
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El mensaje fundamental de la Sagrada
Escritura anuncia que la persona humana es criatura de Dios (Cf. Sal 139, 14-18) y especifica el elemento que la
caracteriza y la distingue en su ser a imagen de Dios: “Creó, pues, Dios al ser humano a imagen suya, a imagen de Dios le creó, macho
y hembra los creó” (Gn
1, 27). Dios coloca la criatura humana en el centro y en la cumbre
de la creación: al hombre (en hebreo “adam”), plasmado con la tierra (“adamah”), Dios insufla en las narices el aliento de la vida
(cf. Gn 2, 7). De ahí que, “por haber sido hecho a imagen de Dios,
el ser humano tiene la dignidad de persona; no es solamente algo,
sino alguien.
Es
capaz de conocerse, de poseerse y de darse libremente y entrar en
comunión con otras personas; y es llamado, por la gracia, a una alianza
con su Creador, a ofrecerle una respuesta de fe y de amor que ningún
otro ser puede dar en su lugar”.
109
La semejanza con Dios revela que
la esencia y la existencia del hombre están constitutivamente relacionadas
con Él del modo más profundo.Es
una relación que existe por sí misma y no llega, por tanto, en un
segundo momento ni se añade desde fuera. Toda la vida del hombre es
una pregunta y una búsqueda de Dios. Esta relación con Dios puede
ser ignorada, olvidada o removida, pero jamás puede ser eliminada.
Entre todas las criaturas del mundo visible, en efecto, sólo el hombre
es “’capaz’ de Dios” (“homo est Dei capax”).
La persona humana es un ser personal creado por Dios para la relación
con Él, que sólo en esta relación puede vivir y expresarse, y que
tiende naturalmente hacia Él.
110
La relación entre Dios y el hombre
se refleja en la dimensión relacional y social de la naturaleza humana.
El hombre, en efecto, no es un ser solitario,
ya que “por su íntima naturaleza, es un ser social, y no puede vivir
ni desplegar sus cualidades, sin relacionarse con los demás”.
a este respecto resulta significativo el hecho de que Dios haya creado
al ser humano como hombre y mujer
(cf. Gn 1, 27):
“Qué elocuente es la insatisfacción de la que es víctima la vida del
hombre en el Edén, cuando su única referencia es el mundo vegetal
y animal (cf. Gn 2, 20). Sólo la aparición de la mujer, es decir,
de un ser que es huesos y carne de su carne (cf. Gn 2, 23), y en quien
vive igualmente el espíritu de Dios creador, puede satisfacer la exigencia
de diálogo interpersonal que es vital para la existencia humana. En
el otro, hombre o mujer, se refleja Dios mismo, meta definitiva y
satisfactoria de toda persona”.
111
El hombre y la mujer tienen la misma
dignidad y son de igual valor,
no sólo porque ambos, en su diversidad, son imagen de Dios, sino,
más profundamente aún, porque el dinamismo de reciprocidad que anima
el “nosotros” de la pareja humana es imagen de Dios.
En la relación de
comunión recíproca, el hombre y la mujer se realizan profundamente
a sí mismos reencontrándose como personas a través del don sincero
de sí mismos.
Su pacto de unión es presentada en la Sagrada Escritura como una imagen
del Pacto de Dios con los hombres (Cf. Os 1-3; Is 54; Ef 5, 21-33)
y, al mismo tiempo, como un servicio a la vida.
La pareja humana puede participar, en efecto, de la creatividad de
Dios: “Y los bendijo Dios y les dijo: ‘Sed fecundos y multiplicaos,
y llenad la tierra’” (Gn 1, 28).
112
El hombre y la mujer están en relación
con los demás ante todo como custodios de sus vidas:
“a todos y a cada
uno reclamaré el alma humana” (Gn 9, 5), confirma Dios a Noé después
del diluvio. Desde esta perspectiva, la relación con Dios exige que
se considere la vida del hombre sagrada e inviolable.
El quinto mandamiento: “No matarás” (Ex 20,
13; Dt 5, 17) tiene valor porque sólo Dios es Señor de la vida y de
la muerte.
El respeto debido a la inviolabilidad y a la integridad de la vida
física tiene su culmen en el mandamiento positivo: “Amarás a tu prójimo
como a ti mismo” (Lv 19, 18), con el cual Jesucristo obliga a hacerse
cargo del prójimo (Cf. Mt 22, 37-40; Mc 12, 29-31; Lc 10, 27-28).
113
Con este particular vocación a la
vida, el hombre y la mujer se encuentran también frente a todas las
demás criaturas. Ellos pueden y deben someterlas a su servicio y gozar
de ellas, pero su dominio sobre el mundo requiere el ejercicio de
la responsabilidad, no es una libertad de explotación arbitraria y
egoísta. Toda la creación, en efecto, tiene el valor de “cosa
buena” (Cf. Gn 1, 10.12.18.21.25) ante la mirada de Dios, que es su
Autor. El hombre debe descubrir y respetar este valor; es éste un
desafío maravilloso para su inteligencia, que lo debe elevar como
un ala
hacia la contemplación de la verdad de todas las criaturas, es decir,
de lo que Dios ve de bueno en ellas. El libro del Génesis enseña,
en efecto, que el dominio del hombre sobre el mundo consiste en dar
un nombre a las cosas (cf. Gn 2, 19-20): con la denominación, el hombre
debe reconocer las cosas por lo que son y establecer para con cada
una de ellas una relación de responsabilidad.
114
El hombre está también en relación
consigo mismo y puede reflexionar sobre sí mismo. La Sagrada Escritura habla a este respecto
del corazón
del hombre. El corazón
designa precisamente la interioridad espiritual del hombre, es decir,
cuanto lo distingue de cualquier otra criatura: Dios “ha hecho todas
las cosas apropiadas a su tiempo; también ha puesto el afán en sus
corazones, sin que el hombre llegue a descubrir la obra que Dios ha
hecho de principio a fin” (Qo 3, 11). El corazón indica, en definitiva,
las facultades espirituales propias del hombre, sus prerrogativas
en cuanto creado a imagen de su Creador: la razón, el discernimiento
del bien y del mal, la voluntad libre.
Cuando escucha la aspiración profunda de su corazón, todo hombre no
puede dejar de hacer propias las palabras de verdad expresadas por
San Agustín: “Tú lo estimulas para que encuentre deleite en tu alabanza;
nos creaste para ti y nuestro corazón andará siempre inquieto mientras
no descanse en ti”.
b)
El drama del pecado
115
La admirable visión de la creación
del hombre por parte de Dios es inseparable del dramático cuadro del
pecado de los orígenes. Con
una afirmación lapidaria el apóstol Pablo sintetiza la narración de
la caída del hombre contenida en las primeras páginas de la Biblia:
“por un solo hombre entró el pecado en el mundo y por el pecado la
muerte” (Rm 5, 12). El hombre, contra la prohibición de Dios, se deja
seducir por la serpiente y extiende sus manos al árbol de la vida,
cayendo en el poder de la muerte. Con este gesto el hombre intenta
forzar su límite de criatura, desafiando a Dios, su único Señor y
fuente de la vida. Es un pecado de desobediencia (cf. Rm 5, 19) que
separa al hombre de Dios.
Por
la Revelación sabemos que Adán, el primer hombre, transgrediendo el
mandamiento de Dios, pierde la santidad y la justicia en que había
sido constituido, recibidas no sólo para sí, sino para toda la humanidad:
“cediendo al tentador, Adán y Eva comenten
un pecado
personal, pero este pecado afecta a la naturaleza humana, que transmitirán en un estado caído. Es un pecado que será transmitido por propagación a
toda la humanidad, es decir, por la transmisión de una naturaleza
humana privada de la santidad y de la justicia originales”.
116
En la raíz de las laceraciones personales
y sociales, que ofenden en modo diverso el valor y la dignidad de
la persona humana, se halla una herida en lo íntimo del hombre: “Nosotros, a la luz de la fe, la llamamos
pecado; comenzando por el pecado original que
cada uno lleva desde su nacimiento como una herencia recibida de sus
progenitores, hasta el pecado que cada uno comete, abusando de su
propia libertad”.
La consecuencia del pecado, en cuanto acto de separación de Dios,
es precisamente la alienación, es decir, la división del hombre no
sólo de Dios, sino también de sí mismo, de los demás hombres y del
mundo circundante: “la ruptura con Dios desemboca dramáticamente en
la división entre los hermanos. En la descripción del “primer pecado”,
la ruptura con Yahvéh rompe al mismo tiempo el hilo de la amistad
que unía a la familia humana, de tal manera que las páginas siguientes
del Génesis
nos muestran al hombre y a la mujer como
si apuntaran su dedo acusando el uno hacia el otro (cf. Gn 3, 12);
y más adelante el hermano que, hostil a su hermano, termina por arrebatarle
la vida (cf. Gn 4, 2-16). Según la narración de los hechos de Babel,
la consecuencia del pecado es la desunión de la familia humana, ha
iniciada con el primer pecado, y que llega ahora al extremo en su
forma social”.
Reflexionando sobre el misterio del pecado es necesario tener en cuenta
esta trágica concatenación de causa y efecto.
117
El misterio del pecado comporta
una doble herida, la que el pecador abre en su propio flanco y en
su relación con el prójimo. Por ello se puede hablar de pecado personal
y social: todo pecado es personal bajo un aspecto;
bajo otro aspecto, todo pecado es social, en cuanto tiene también
consecuencias sociales. El pecado, en sentido verdadero y propio,
es siempre un acto de la persona, porque es un acto de libertad de
un hombre en particular, y no propiamente de un grupo o de una comunidad,
pero a cada pecado se le puede atribuir indiscutiblemente el carácter
de pecado social, teniendo en cuenta que “en virtud de una solidaridad
humana tan misteriosa e imperceptible como real y concreta, el pecado
de cada uno repercute en cierta manera en los demás”.
No es, por tanto, legítima y aceptable una acepción del pecado social
que, más o menos conscientemente, lleve a difuminar y casi a cancelar
el elemento personal, par admitir sólo culpas y responsabilidades
sociales. En el fondo de toda situación de pecado se encuentra siempre
la persona que peca.
118
Algunos pecados, además, constituyen,
por su objeto mismo, una agresión directa al prójimo. Estos pecados,
en particular, se califican como pecados sociales. Es social todo pecado cometido contra la
justicia en las relaciones entre persona y persona, entre la persona
y la comunidad, y entre la comunidad y la persona. Es social todo
pecado contra los derechos de la persona humana, comenzando por el
derecho a la vida, incluido el del no-nacido, o contra la integridad
física de alguien; todo pecado contra la libertad de los demás, especialmente
contra la libertad de creer en Dios y de adorarlo; todo pecado contra
la dignidad y el honor del prójimo. Es social todo pecado contra el
bien común y contra sus exigencias, en toda la amplia esfera de los
derechos y deberes de los ciudadanos. En fin, es social el pecado
que “se refiere a las relaciones entre las distintas comunidades humanas.
Estas relaciones no están siempre en sintonía con el designio de Dios,
que quiere en el mundo justicia, libertad y paz entre los individuos,
los grupos y los pueblos.
119
Las consecuencias del pecado alimentan
las estructuras de pecado. Estas tienen su raíz en el pecado personal
y, por tanto, están siempre relacionadas con actos concretos de las
personas, que las originan, las consolidan y las hacen difíciles de
eliminar. Es así como se fortalecen, se difunden, se
convierten en fuente de otros pecados y condicionan la conducta de
los demás.
Se trata de condicionamientos y obstáculos, que duran mucho más que
las acciones realizadas en el breve arco de la vida de un individuo
y que interfieren también en el proceso del desarrollo de los pueblos,
cuyo retraso y lentitud han de ser juzgados también bajo este aspecto.
Las acciones y las posturas opuestas a la voluntad de Dios y al bien
del prójimo y las estructuras que éstas general, parecen ser hoy sobre
todo dos: “el afán de ganancia exclusiva,
por una parte; y por otra, la sed de poder, con el propósito de imponer a los demás
la propia voluntad. A cada una de estas actitudes podría añadirse,
para caracterizarlas aún mejor, la expresión: “a cualquier precio”.
c)
Universalidad del pecado y universalidad de la salvación
120
La doctrina del pecado original,
que enseña la universalidad del pecado, tiene una importancia fundamental:
“Si decimos: ‘No tenemos pecado’, nos engañamos
y la verdad no está en nosotros” (1 Jn 1, 8). Esta doctrina induce
al hombre a no permanecer en la culpa y a no tomarla a la ligera,
buscando continuamente chivos expiatorios en los demás y justificaciones
en el ambiente, la herencia, las instituciones, las estructuras y
las relaciones. Se trata de una enseñanza que desenmascara tales engaños.
La
doctrina de la universalidad del pecado, sin embargo, no se debe separar
de la conciencia de la universalidad de la salvación en Jesucristo.
Si se aísla ésta, genera una falsa angustia
por el pecado y una consideración pesimista del mundo y de la vida,
que induce a despreciar las relaciones culturales y civiles del hombre.
121
El realismo cristiano ve los abismos
del pecado, pero lo hace a la luz de la esperanza, más grande de todo
mal, donada por la acción redentora de Jesucristo, que ha destruido
el pecado y la muerte (Cf.
Rm 5, 18-21; 1 Co 15, 56-57): “En Él, Dios ha reconciliado al hombre
consigo mismo”.
Cristo, imagen de Dios (cf. 2 Co 4, 4; Col 1, 15), es Aquel que ilumina
plenamente y lleva a cumplimiento la imagen y semejanza de Dios en
el hombre. La Palabra que se hizo hombre en Jesucristo es desde siempre
la vida y la luz del hombre, luz que ilumina a todo hombre (Cf. Jn
1, 4.9). Dios quiere que el único mediador, Jesucristo su Hijo, la
salvación de todos los hombres (cf. 1 Tm 2, 4-5). Jesús es al mismo
tiempo el Hijo de Dios y el nuevo Adán, es decir, el hombre nuevo
(Cf. 1 Co 15, 47-49; Rm 5, 14): “Cristo, el nuevo Adán, en la misma
revelación del misterio del Padre y de su amor, manifiesta plenamente
el hombre al propio hombre y le descubre la sublimidad de su vocación”.
En Él, Dios nos “predestinó a reproducir la imagen de su Hijo, para
que fuera Él el primogénito entre muchos hermanos” (Rm 8, 29).
122
La realidad nueva que Jesucristo
ofrece no se injerta en la naturaleza humana, no se le añade desde
fuera; por el contrario, es aquella realidad de comunión con el Dios
trinitario hacia la que los hombres están desde siempre orientados
en lo profundo de su ser, gracias a su semejanza creatural con Dios;
pero se trata también de una realidad que los hombres
no pueden alcanzar con sus solas fuerzas. Mediante el Espíritu de
Jesucristo, Hijo de Dios encarnado, en el cual esta realidad de comunión
ha sido ya realizada de manera singular, los hombres son acogidos
como hijos de Dios (cf. Rm 8, 14-17; Ga 4, 4-7). Por medio de Cristo,
participamos de la naturaleza de Dios, que nos dona infinitamente
más “de lo que podemos pedir o pensar” (Ef 3, 20). Lo que los hombres
ya han recibido no es sino una prueba o una “prenda” (2 Co 1, 22;
Ef 1, 14) de lo que obtendrán completamente sólo en la presencia de
Dios, visto “cara a cara” (1 Co 13, 12), es decir, una prenda de la
vida eterna: “Esta es la vida eterna: que te conozcan a ti, el único
Dios verdadero, y a tu enviado, Jesucristo” (Jn 17, 3).
123
La universalidad de la esperanza
cristiana incluye, además de los hombres y mujeres de todos los pueblos,
también el cielo y la tierra: “Destilad,
cielos, como rocío de lo alto, derramad, nubes, la victoria. Ábrase
la tierra y produzca salvación, y germine juntamente la justicia.
Yo, Yahvéh, lo he creado” (Is 45, 8). Según el Nuevo Testamento, en
efecto, la creación entera, junto con toda la humanidad, está también
a la espera del Redentor: sometida a la caducidad, entre los gemidos
y dolores del parto, aguarda llena de esperanza ser liberada de la
corrupción (cf. Rm 8, 18-22).