V.
LA PARTICIPACIÓN
a)
Significado y valor
189
Consecuencia característica de la subsidiaridad es la participación,402
que se expresa, esencialmente, en una serie de actividades mediante
las cuales el ciudadano, como individuo o asociado a otros, directamente
o por medio de los propios representantes, contribuye a la vida cultural,
económica, política y social de la comunidad civil a
la que pertenece.403
La participación es un deber que todos han de cumplir conscientemente,
en modo responsable y con vistas al bien común.404
La
participación no puede ser delimitada o restringida a algún
contenido particular de la vida social, dada su importancia para el
crecimiento, sobre todo humano, en ámbitos como el mundo del
trabajo y de las actividades económicas en sus dinámicas
internas,405
la información y la cultura y, muy especialmente, la vida social
y política hasta los niveles más altos, como son aquellos
de los que depende la colaboración de todos los pueblos en
la edificación de una comunidad internacional solidaria.406
Desde esta perspectiva, se hace imprescindible la exigencia de favorecer
la participación, sobre todo, de los más débiles,
así como la alternancia de los dirigentes políticos,
con el fin de evitar que se instauren privilegios ocultos; es necesario,
además, un fuerte empeño moral, para que la gestión
de la vida pública sea el fruto de la corresponsabilidad de
cada uno con respecto al bien común.
b)
Participación y democracia
190
La participación en la vida comunitaria no es solamente una
de las mayores aspiraciones del ciudadano, llamado a ejercitar libre
y responsablemente el propio papel cívico con y para los demás,
sino también uno de los pilares de todos los ordenamientos
democráticos,407
además de una de las mejores garantías de permanencia
de la democracia. El gobierno democrático, en efecto, se define
a partir de la atribución, por parte del pueblo, de poderes
y funciones, que deben ejercitarse en su nombre, por su cuenta y a
su favor; es evidente, pues, que toda democracia debe ser participativa.408
Lo cual comporta que los diversos sujetos de la comunidad civil, en
cualquiera de sus niveles, sean informados, escuchados e implicados
en el ejercicio de las funciones que ésta desarrolla.
191
La participación puede lograrse en todas las relaciones posibles
entre el ciudadano y las instituciones: para ello, se debe prestar
particular atención a los contextos históricos y sociales
en los que la participación debería actuarse verdaderamente.
La superación de los obstáculos culturales, jurídicos
y sociales que con frecuencia se interponen, como verdaderas barreras,
a la participación solidaria de los ciudadanos en los destinos
de la propia comunidad, requiere una obra informática y educativa.409
Una consideración cuidadosa merecen, en este sentido, todas
las posturas que llevan al ciudadano a formas de participación
insuficiente o incorrectas, y al difundido desinterés por todo
lo que concierne a la esfera de la vida social y política:
piénsese, por ejemplo, en los intentos de los ciudadanos de
contratar con las instituciones las condiciones más
ventajosas para sí mismos, casi como si éstas estuviesen
al servicio de las necesidades egoístas; y en la praxis de
limitarse a la expresión de la opción electoral, llegando
aun en muchos casos, a abstenerse.410
En
el ámbito de la participación, una ulterior fuente de
preocupación proviene de aquellos países con un régimen
totalitario o dictatorial, donde el derecho fundamental a participar
en la vida pública es negado de raíz, porque se considera
una amenaza para el Estado mismo;411
de los países donde este derecho es anunciado sólo formalmente,
sin que se pueda ejercer concretamente; y también de aquellos
otros donde el crecimiento exagerado del aparato burocrático
niega de hecho al ciudadano la posibilidad de proponerse como un verdadero
actor de la vida social y política.412
VI.
EL PRINCIPIO DE SOLIDARIDAD
a)
Significado y valor
192
La solidaridad confiere particular relieve al intrínseca sociabilidad
de la persona humana, a la igualdad de todo en dignidad y derechos,
al camino común de los hombres y de los pueblos hacia una unidad
cada vez más convencida. Nunca como hoy ha existido una conciencia
tan difundida del vínculo de interdependencia entre los hombres
y entre los pueblos, que se manifiesta a todos los niveles.413
La vertiginosa multiplicación de las vías y de los medios
de comunicación en tiempo real, como las telecomunicaciones,
los extraordinarios progresos de la informática, el aumento
de los intercambios comerciales y de las informaciones son testimonio
de que por primera vez desde el inicio de la historia de la humanidad
ahora es posible, al menos técnicamente, establecer relaciones
aun entre personas lejanas o desconocidas.
Junto
al fenómeno de la interdependencia y de su constante dilatación,
persisten, por otra parte, en todo el mundo, fortísimas desigualdades
entre países desarrollados y países en vías de
desarrollo, alimentadas también por diversas formas de explotación,
de opresión y de corrupción, que influyen negativamente
en la vida interna e internacional de muchos Estados. El proceso de
aceleración de la interdependencia entre las personas y los
pueblos debe estar acompañado por un crecimiento en el plano
ético-social igualmente intenso, para así evitar las
nefastas consecuencias de una situación de injusticia de dimensiones
planetarias, con repercusiones negativas incluso en los mismos países
actualmente más favorecidos.414
b)
La solidaridad como principio social y como virtud moral
193
Las nuevas relaciones de interdependencia entre hombres y pueblos,
que son, de hecho, formas de solidaridad, deben transformarse en relaciones
que tiendan hacia una verdadera y propia solidaridad ético-social,
que es la exigencia moral ínsita en todas las relaciones humanas.
La solidaridad se presenta, por tanto, bajo dos aspectos complementarios:
como principio social415
y como virtud moral.416
La
solidaridad debe captarse, ante todo, en su valor de principio social
ordenador de las instituciones, según el cual las estructuras
de pecado,417
que dominan las relaciones entre las personas y los pueblos, deben
ser superadas y transformadas en estructuras de solidaridad, mediante
la creación o la oportuna modificación de leyes, reglas
de mercado, ordenamientos.
La
solidaridad es también una verdadera y propia virtud moral,
no un sentimiento superficial por los males de tantas personas,
cercanas o lejanas. Al contrario, es la determinación firme
y perseverante de empeñarse por el bien común; es decir,
por el bien de todos y cada uno, para que todos seamos verdaderamente
responsables de todos.418
La solidaridad se eleva al rango de virtud social fundamental, ya
que se coloca en la dimensión de la justicia, virtud orientada
por excelencia al bien común, y en la entrega por el
bien del prójimo, que está dispuesto a perderse,
en sentido evangélico, por el otro en lugar de explotarlo,
y a servirlo en lugar de oprimirlo para el propio provecho
(Cf. Mt 10, 40-42; 20, 25; Mc 10, 42-45; Lc 22, 25-27).419
c)
Solidaridad y crecimiento común de los hombres
194
El mensaje de la doctrina social acerca de la solidaridad pone en
evidencia el hecho de que existen vínculos estrechos entre
solidaridad y bien común, solidaridad y destino universal de
los bienes, solidaridad e igualdad entre los hombres y los pueblos,
solidaridad y paz en el mundo.420
El término solidaridad, ampliamente empleado por
el Magisterio,421
expresa en síntesis la exigencia de reconocer en el conjunto
de los vínculos que unen a los hombres y a los grupos sociales
entre sí, el espacio ofrecido a la libertad humana para ocuparse
del crecimiento común, compartido por todos. El compromiso
en esta dirección se traduce en la aportación positiva
que nunca debe faltar a la causa común, en la búsqueda
de los puntos de posible entendimiento incluso allí donde prevalece
una lógica de separación y fragmentación, en
la disposición para gastarse por el bien del otro, superando
cualquier forma de individualismo y particularismo.422
195
El principio de solidaridad implica que los hombres de nuestro tiempo
cultiven aún más la conciencia de la deuda que tienen
con la sociedad en la cual están insertos: son deudores de
aquellas condiciones que facilitan la existencia humana, así
como del patrimonio, indivisible e indispensable, constituido por
la cultura, el conocimiento científico y tecnológico,
los bienes materiales e inmateriales, y todo aquello que la actividad
humana ha producido. Semejante deuda se salda con las diversas manifestaciones
de la actuación social, de manera que el camino de los hombres
no se interrumpa, sino que permanezca abierto para las generaciones
presentes y futuras, llamadas unas y otras a compartir, en la solidaridad,
el mismo don.
d)
La solidaridad en la vida y en el mensaje de Jesucristo
196
La cumbre insuperable de la perspectiva indicada es la vida de Jesús
de Nazaret, el Hombre nuevo, solidario con la humanidad hasta la muerte
de cruz (Flp 2, 8): en Él es posible reconocer el signo
viviente del amor inconmensurable y trascendente del Dios con nosotros,
que se hace cargo de las enfermedades de su pueblo, camina con él,
lo salva y lo constituye en la unidad.423
En Él, y gracias a Él, también la vida social
puede ser nuevamente descubierta, aun con todas sus contradicciones
y ambigüedades, como lugar de vida y de esperanza, en cuanto
signo de una Gracia que continuamente se ofrece a todos y que invita
a las formas más elevadas y comprometedoras de comunicación
de bienes.
Jesús
de Nazaret hace resplandecer ante los ojos de todos los hombres el
nexo entre solidaridad y caridad, iluminando todo su significado.424
A la luz de la fe, la solidaridad tiende a superarse a sí
misma, al revestirse de las dimensiones específicamente cristianas
de gratitud total, perdón y reconciliación. Entonces
el prójimo no es solamente un ser humano con sus derechos y
su igualdad fundamental con todos, sino que se convierte en la imagen
viva de Dios Padre, rescatada por la sangre de Jesucristo y puesta
bajo la acción permanente del Espíritu Santo. Por tanto,
debe ser amado, aunque sea enemigo, con el mismo amor con que le ama
el Señor, y por él se debe estar dispuesto al sacrificio,
incluso extremo: dar la vida por los hermanos (Cf. Jn
15, 13).425
VII.
LOS VALORES FUNDAMENTALES
DE LA VIDA SOCIAL
a)
Relación entre principios y valores
197
La doctrina social de la Iglesia, además de los principios
que deben presidir la edificación de una sociedad digna del
hombre, indica también valores fundamentales. La relación
entre principios y valores es indudablemente de reciprocidad, en cuanto
que los valores sociales expresan el aprecio que se debe atribuir
a aquellos determinados aspectos del bien moral que los principios
se proponen conseguir, ofreciéndose como puntos de referencia
para la estructuración oportuna y la conducción ordenada
de la vida social. Los valores requieren, por consiguiente, tanto
la práctica de los principios fundamentales de la vida social,
como el ejercicio personal de las virtudes y, por ende, las actitudes
morales correspondientes a los valores mismos.426
Todos
los valores sociales son inherentes a la dignidad de la persona humana,
cuyo auténtico desarrollo favorecen; son esencialmente: la
verdad, la libertad, la justicia, el amor.427
Su práctica es el camino seguro y necesario para alcanzar la
perfección personal y una convivencia social más humana;
constituyen la referencia imprescindible para los responsables de
la vida pública, llamada a realizar las reformas sustanciales
de las estructuras económicas, políticas, culturales
y tecnológicas, y los cambios necesarios en las instituciones.428
El respeto de la legítima autonomía de las realidades
terrenas lleva a la Iglesia a no asumir competencias específicas
de orden técnico y temporal,429
pero no le impide intervenir para mostrar cómo, en las diferentes
opciones del hombre, estos valores son afirmados o, por el contrario,
negados.430
b)
La verdad
198
Los hombres tienen una especial obligación de tender continuamente
hacia la verdad, respetarla y atestiguarla responsablemente.431
Vivir en la verdad tiene un importante significado en las relaciones
sociales: la convivencia de los seres humanos dentro de una comunidad,
en efecto, es ordenada, fecunda y conforme a su dignidad de personas,
cuando se funda en la verdad.432
Las personas y los grupos sociales cuanto más se esfuerzan
por resolver los problemas sociales según la verdad, tanto
más se alejan del arbitrio y se adecuan a las exigencias objetivas
de la moralidad.
Nuestro
tiempo requiere una intensa actividad educativa433
y un compromiso correspondiente por parte de todos, para que la búsqueda
de la verdad, que no se puede reducir al conjunto de opiniones o a
alguna de ellas, sea promovida en todos los ámbitos y prevalezca
por encima de cualquier intento de relativizar sus exigencias o de
ofenderla.434
Es una cuestión que afecta particularmente al mundo de la comunicación
pública y al de la economía. En ellos, el uso sin escrúpulos
del dinero plantea interrogantes cada vez más urgentes, que
remiten necesariamente a una exigencia de transparencia y de honestidad
en la actuación personal y social.
c)
La libertad
199
La libertad es, en el hombre, signo eminente de la imagen divina y,
como consecuencia, signo de la sublime dignidad de cada persona humana:435
La libertad se ejercita en las relaciones entre los seres humanos.
Toda persona humana, creada a imagen de Dios, tiene el derecho natural
de ser reconocida como un ser libre y responsable. Todo hombre debe
prestar a cada cual el respeto al que éste tiene derecho. El
derecho al ejercicio de la libertad es una exigencia inseparable de
la dignidad de la persona humana.436
No se debe restringir el significado de la libertad, considerándola
desde una perspectiva puramente individualista y reduciéndola
a un ejercicio arbitrario e incontrolado de la propia autonomía
personal: Lejos de perfeccionarse en una total autarquía
del yo y en la ausencia de relaciones, la libertad existe verdaderamente
sólo cuando los lazos recíprocos, regulados por la verdad
y la justicia, unen a las personas.437
La comprensión de la libertad se vuelve profunda y amplia cuando
ésta es tutelada, también a nivel social, en la totalidad
de sus dimensiones.
200
El valor de la libertad, como expresión de la singularidad
de cada persona humana, es respetado cuando a cada miembro de la sociedad
le es permitido realizar su propia vocación personal; es decir,
puede buscar la verdad y profesar las propias ideas religiosas, culturales
y políticas; expresar sus propias opiniones; decidir su propio
estado de vida y, dentro de lo posible, el propio trabajo; asumir
iniciativas de carácter económico, social y político.
Todo ello debe realizarse en el marco de un sólido contexto
jurídico,438
dentro de los límites del bien común y del orden público
y, en todos los casos, bajo el signo de la responsabilidad.
La
libertad, por otra parte, debe ejercerse también como capacidad
de rechazar lo que es moralmente negativo, cualquiera que sea la forma
en que se presente,439
como capacidad de desapego efectivo de todo lo que puede obstaculizar
el crecimiento personal, familiar y social. La plenitud de la libertad
consiste en la capacidad de disponer de sí mismo con vistas
al auténtico bien, en el horizonte del bien común universal.440
d)
La justicia
201
La justicia es un valor que acompaña al ejercicio de la correspondiente
virtud moral cardinal.441
Según su formulación más clásica, consiste
en la constante y firme voluntad de dar a Dios y al prójimo
lo que les es debido.442
Desde el punto de vista subjetivo, la justicia se traduce en la actitud
determinada por la voluntad de reconocer al otro como persona, mientras
que desde el punto de vista objetivo, constituye el criterio determinante
de la moralidad en el ámbito intersubjetivo y social.443
El
Magisterio social invoca el respeto de las formas clásicas
de la justicia: la conmutativa, la distributiva y la legal.444
Un relieve cada vez mayor ha adquirido en el Magisterio la justicia
social,445
que representa un verdadero y propio desarrollo de la justicia general,
reguladora de las relaciones sociales según el criterio de
la observancia de la ley. La justicia social es una exigencia vinculada
con la cuestión social, que hoy se manifiesta con una dimensión
mundial; concierne a los aspectos sociales, políticos y económicos
y, sobre todo, a la dimensión estructural de los problemas
y las soluciones correspondientes.446
202
La justicia resulta particularmente importante en el contexto actual,
en el que el valor de la persona, de su dignidad y de sus derechos,
a pesar de las proclamaciones de propósitos, está seriamente
amenazado por la difundida tendencia a recurrir exclusivamente a los
criterios de la utilidad y del tener. La justicia, conforme a estos
criterios, es considerada de forma reducida, mientras que adquiere
un significado más pleno y auténtico en la antropología
cristiana. La justicia, en efecto, no es una simple convención
humana, porque lo que es justo no está determinado
originariamente por la ley, sino por la identidad profunda del ser
humano.447
203
La plena verdad sobre el hombre permite superar la visión contractual
de la justicia, que es una visión limitada, y abrirla al horizonte
de la solidaridad y del amor: Por sí sola, la justicia
no basta. Más aún, puede llegar a negarse a sí
misma, si no se abre a la fuerza más profunda que es el amor.448
En efecto, junto al valor de la justicia, la doctrina social coloca
el de la solidaridad, en cuanto vía privilegiada de la paz.
Si la paz es fruto de la justicia, hoy se podría decir,
con la misma exactitud y análogo fuerza de inspiración
bíblica (Cf. Is 32, 17; St 32, 17), opus solidaritatis pax,
la paz como fruto de la solidaridad.449
La meta de la paz, en efecto, sólo se alcanzará
con la realización de la justicia social e internacional, y
además con la práctica de las virtudes que favorecen
la convivencia y nos enseñan a vivir unidos, para construir
juntos, dando y recibiendo, una sociedad nueva y un mundo mejor.450
VIII.
LA VÍA DE LA CARIDAD
204
Entre las virtudes en su conjunto y, especialmente entre las virtudes,
los valores sociales y la caridad, existe un vínculo profundo
que debe ser reconocido cada vez más profundamente. La caridad,
a menudo limitada al ámbito de las relaciones de proximidad,
o circunscrita únicamente a los aspectos meramente subjetivos
de la actuación a favor del otro, debe ser reconsiderada en
su auténtico valor de criterio supremo y universal de toda
la ética social. De todas las vías, incluidas las que
se buscan y recorren para afrontar las formas siempre nuevas de la
actual cuestión social, la más excelente
(1 Co 12, 31) es la vía trazada por la caridad.
205
Los valores de la verdad, de la justicia y de la libertad, nacen y
se desarrollan de la fuente interior de la caridad: la convivencia
humana resulta ordenada, fecunda en el bien y apropiada a la dignidad
del hombre, cuando se funda en la verdad; cuando se realiza según
la justicia, es decir, en el efectivo respeto de los derechos y en
el leal cumplimiento de los respectivos deberes; cuando es realizada
en la libertad que corresponde a la dignidad de los hombres, impulsados
por su misma naturaleza racional a asumir la responsabilidad de sus
propias acciones; cuando es vivificada por el amor, que hace sentir
como propias las necesidades y las exigencias de los demás
e intensifica daca vez más la comunión en los valores
espirituales y la solicitud por las necesidades materiales.451
Estos valores constituyen los pilares que dan solidez y consistencia
al edificio del vivir y del actuar: son valores que determinan la
cualidad de toda acción e institución social.
206
La caridad presupone y trasciende la justicia: esta última
ha de complementarse con la caridad.452
Si la justicia es de por sí apta para servir de árbitro
entre los hombres en la recíproca repartición de los
bienes objetivos según una medida adecuada, el amor en cambio,
y solamente el amor (también ese amor benigno que llamamos
misericordia), es capaz de restituir el hombre a sí
mismo.453
No
se pueden regular la relaciones humanas únicamente con la medida
de la justicia: La experiencia del pasado y nuestros tiempos
demuestra que la justicia por sí sola no es suficiente y que,
más aún, puede conducir a la negación y al aniquilamiento
de sí misma
Ha sido ni más ni menos la experiencia
histórica la que entre otras cosas ha llevado a formular esta
aserción: summum ius, summa iniuria.454
La justicia, en efecto, en todas las esferas de las relaciones
interhumanas, debe experimentar, por decirlo así, una notable
corrección por parte del amor que como proclama
San Pablo es paciente y benigno, o dicho
en otras palabras, lleva en sí los caracteres del amor misericordioso,
tan esenciales al evangelio y al cristianismo.455
207
Ninguna legislación, ningún sistema de reglas o de estipulaciones
lograrán persuadir a hombres y pueblos a vivir en la unidad,
en la fraternidad y en la paz; ningún argumento podrá
superar el apelo de la caridad. Sólo la caridad, en su calidad
de forma virtutum,456
puede animar y plasmar la actuación social para edificar la
paz, en el contexto de un mundo cada vez más complejo. Para
que todo esto suceda es necesario que se muestra la caridad no sólo
como inspiradora de la acción individual, sino también
como fuerza capaz de suscitar vías nuevas para afrontar los
problemas del mundo de hoy y para renovar profundamente desde su interior
las estructuras, organizaciones sociales y ordenamientos jurídicos.
En esta perspectiva la caridad se convierte en caridad social y política:
la caridad social nos hace amar el bien común457
y nos lleva a buscar efectivamente el bien de todas las personas,
consideradas no sólo individualmente, sino también en
la dimensión social que las une.
208
La caridad social y política no se agota en las relaciones
entre las personas, sino que se despliega en la red en la que estas
relaciones se insertan, que es precisamente la comunidad social y
política, e interviene sobre ésta, procurando el bien
posible para la comunidad en su conjunto. En muchos aspectos, el prójimo
que tenemos que amar se presenta en sociedad, de modo
que amarlo realmente, socorrer su necesidad o su indigencia, puede
significar algo distinto del bien que se le puede desear en el plano
puramente individual: amarlo en el plano social significa, según
las situaciones, servirse de las mediaciones sociales para mejorar
su vida, o bien eliminar los factores sociales que causan su indigencia.
La obra de misericordia con la que se responde aquí y ahora
a una necesidad real y urgente del prójimo es, indudablemente,
un acto de caridad; pero es un acto de caridad igualmente indispensable
el esfuerzo dirigido a organizar y estructurar la sociedad de modo
que el prójimo no tenga que padecer la miseria, sobre todo
cuando ésta se convierte en la situación en que se debaten
un inmenso número de personas y hasta de pueblos enteros, situación
que asume, hoy, las proporciones de una verdadera y propia cuestión
social mundial.
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