CAPÍTULO
SEXTO
EL
TRABAJO HUMANO
I.
ASPECTOS BÍBLICOS
a)
La tarea de cultivar y custodiar la tierra
255
El Antiguo Testamento presenta a Dios como Creador omnipotente (Cf.
Gn 2, 2; Jb 38-41; Sal 104; Sal 147), que plasma al hombre a su imagen
y lo invita a trabajar la tierra (cf. 2, 5-6), y a custodiar el jardín
de Edén en donde lo ha puesto (cf. Gn 2, 15). Dios confía
a la primera pareja humana la tarea de someter la tierra y de dominar
todo ser viviente (cf. Gn 1, 28). El dominio del hombre sobre los
demás seres vivos, sin embargo, no debe ser despótico
e irracional; al contrario, él debe cultivar y custodiar
(cf. Gn 2, 15) los bienes creados por Dios: bienes que el hombre no
ha creado sino que ha recibido como un don precioso, confiado a su
responsabilidad por el Creador. Cultivar la tierra significa no abandonarla
a sí misma; dominarla es tener cuidado de ella, así
como un rey sabio cuida de su pueblo y un pastor de su grey.
En
el designio del Creador, las realidades creadas, buenas en sí
mismas, existen en función del hombre. El asombro ante el misterio
de la grandeza del hombre hace exclamar al salmista: ¿Qué
es el hombre para que de él te acuerdes, el hijo de Adán,
para que de él te cuides? Apenas inferior a un dios le hiciste,
coronándole de gloria y de esplendor; le hiciste señor
de las obras de tus manos, todo fue puesto por ti bajo sus pies
(Sal 8, 5-7).
256
El trabajo pertenece a la condición originaria del hombre y
precede a su caída; no es, por ello, ni un castigo ni una maldición.
Se convierte en fatiga y pena a causa del pecado de Adán y
Eva, que rompen su relación confiada y armoniosa con Dios (cf.
Gn 3, 6-8). La prohibición de comer del árbol
de la ciencia del bien y del mal (Gn 2, 17) recuerda al hombre
que ha recibido todo como don y que sigue siendo una criatura y no
el Creador. El pecado de Adán y Eva fue provocado precisamente
por esta tentación: seréis como dioses (Gn
3, 5). Quisieron tener el dominio absoluto sobre todas las cosas,
sin someterse a la voluntad del Creador. Desde entonces, el suelo
se ha vuelto avaro, ingrato, sordamente hostil (cf. Gn 4, 12); sólo
con el sudor de la frente será posible obtener el alimento
(cf. Gn 3, 17.19). Sin embargo, a pesar del pecado de los primeros
padres, el designio del Creador, el sentido de sus criaturas y, entre
estas, del hombre, llamado a ser cultivador y custodio de la creación,
permanecen inalterados.
257
El trabajo debe ser honrado porque es fuente de riqueza o, al menos,
de condiciones para una vida decorosa, y, en general, instrumento
eficaz contra la pobreza (cf. PR 10, 4). Pero no se debe ceder a la
tentación de idolatrarlo, porque en él no se puede encontrar
el sentido último y definitivo de la vida. El trabajo es esencial,
pero es Dios, no el trabajo, la fuente de la vida y el fin del hombre.
El principio fundamental de la sabiduría es el temor del Señor;
la exigencia de justicia, que de Él deriva, precede a la del
beneficio: Mejor es poco con temor de Yahvéh, que gran
tesoro con inquietud (PR 15, 16); Más vale poco,
con justicia, que mucha renta sin equidad (PR 16, 8).
258
El culmen de la enseñanza bíblica sobre el trabajo es
el mandamiento del descanso sabático. El descanso abre al hombre,
sujeto a la necesidad del trabajo, la perspectiva de una libertad
más plena, la del Sábado eterno (cf. Hb 4, 9-10). El
descanso permite a los hombres recordad y revivir las obras de Dios,
desde la Creación hasta la Redención, reconocerse a
sí mismos como obra suya (cf. Ef 2, 10), y dar gracias por
su vida y su subsistencia a Él, que de ellas es el Autor.
La
memoria y la experiencia del sábado constituyen un baluarte
contra el sometimiento humano al trabajo, voluntario o impuesto, y
contra cualquier forma de explotación, oculta o manifiesta.
El descanso sabático, en efecto, además de permitir
la participación en el culto a Dios, ha sido instituido en
defensa del pobre; su función es también liberadora
de las degeneraciones antisociales del trabajo humano. Este descanso,
que puede durar incluso un año, comporta una expropiación
de los frutos de la tierra a favor de los pobres y la suspensión
de los derechos de propiedad de los dueños del sueño:
Seis años sembrarás tu tierra y recogerás
su producto; al séptimo la dejarás descansar y en barbecho,
para que coman los pobres de tu pueblo, y lo que quede lo comerán
los animales del campo. Harás lo mismo con tu viña y
tu olivar (Ex 23, 10-11). Esta costumbre responde a una profunda
intuición: la acumulación de bienes en manos de algunos
se puede convertir en una privación de bienes para otros.
b)
Jesús hombre del trabajo
259
En su predicación, Jesús enseña a apreciar el
trabajo. Él mismo se hizo semejante a nosotros en todo,
dedicó la mayor parte de los años de su vida terrena
al trabajo manual junto al banco del carpintero,573
en el taller de José (cf. Mt 13, 55; Mc 6, 3), al cual estaba
sometido (cf. Lc 2, 51). Jesús condena el comportamiento del
siervo perezoso, que esconde bajo tierra el talento (cf. Mt 25, 14-30)
y alaba al siervo fiel y prudente a quien el patrón encuentra
realizando las tareas que se le han confiado (cf. Mt 24, 46). Él
describe su misma misión como un trabajar: Mi Padre trabaja
siempre, y yo también trabajo (Jn 5, 17); y a sus discípulos
como obreros en la mies del Señor, que representa a la humanidad
por evangelizar (cf. Mt 9, 37-38). Para estos obreros vale el principio
general según el cual el obrero tiene derecho a su salario
(Lc 10, 7); están autorizados a hospedarse en las casas donde
los reciban, a comer y beber lo que les ofrezcan (cf. ibídem).
260
en su predicación, Jesús enseña a los hombres
a no dejarse dominar por el trabajo. Deben, ante todo, preocuparse
por su alma; ganar el mundo entero no es el objetivo de su vida (cf.
MC 8, 36). Los tesoros de la tierra se consumen, mientras los del
cielo son imperecederos: a estos debe apegar el hombre su corazón
(cf. Mt 6, 19-21). El trabajo no debe afanar (cf. Mt 6, 25.31.34):
el hombre preocupado y agitado por muchas cosas, corre el peligro
de descuidar el Reino de Dios y su justicia (cf. Mt 6, 33), del que
tiene verdadera necesidad; todo lo demás, incluido el trabajo,
encuentra su lugar, su sentido y su valor, sólo si está
orientado a la única cosa necesaria, que no se le arrebatará
jamás (cf. Lc 10, 40-42).
261
Durante su ministerio terreno, Jesús trabaja incansablemente,
realizando obras poderosas para liberar al hombre de la enfermedad,
del sufrimiento y de la muerte. El sábado, que el Antiguo Testamento
había puesto como día de liberación y que, observado
sólo formalmente, se había vaciado de su significado
auténtico, es reafirmado por Jesús en su valor originario:
¡El sábado ha sido instituido para el hombre y
no el hombre para el sábado! (MC 2, 27). Con las curaciones,
realizadas en este día de descanso (cf. Mt 12, 9-14; MC 3,
1-6; Lc 6, 6-11; 13, 10-17; 14, 1-6), Jesús quiere demostrar
que es Señor del sábado, porque Él es verdaderamente
el Hijo de Dios, y que es el día en que el hombre debe dedicarse
a Dios y a los demás. Liberar del mal, practicar la fraternidad
y compartir, significa conferir al trabajo su significado más
noble, es decir, lo que permite a la humanidad encaminarse hacia el
Sábado eterno, en el cual, el descanso se transforma en la
fiesta a la que el hombre aspira interiormente. Precisamente, en la
medida en que orienta la humanidad a la experiencia del sábado
de Dios y de su vida de comunión, el trabajo inaugura sobre
la tierra la nueva creación.
262
La actividad humana de enriquecimiento y de transformación
del universo puede y debe manifestar las perfecciones escondidas en
él, que tienen en el Verbo increado su principio y su modelo.
Los escritos paulinos y joánicos destacan la dimensión
trinitaria de la creación y, en particular, la unión
entre el Hijo-Verbo, el Logos, y la creación (cf.
Jn 1, 3; 1 Co 8, 6; Col 1, 15-17). Creado en Él y por medio
de Él, redimido por Él, el universo no es una masa casual,
sino un cosmos,574
cuyo orden el hombre debe descubrir, secundar y llevar a cumplimiento.
En Jesucristo, el mundo visible, creado por Dios para el hombre
el mundo que, entrando el pecado, está sujeto a la vanidad
(Rm 8, 20; cf. Ibíd., 8, 19-22) adquiere nuevamente el
vínculo original con la misma fuente divina de la Sabiduría
y del Amor.575
De esta manera, es decir, esclareciendo en progresión ascendente,
la inescrutable riqueza de Cristo (Ef 3, 8) en la creación,
el trabajo humano se transforma en un servicio a la grandeza de Dios.
263
El trabajo representa una dimensión fundamental de la existencia
humana no sólo como participación en la obra de la creación,
sino también de la redención. Quien soporta la penosa
fatiga del trabajo en unión con Jesús coopera, en cierto
sentido, con el Hijo de Dios en su obra redentora y se muestra como
discípulo de Cristo llevando la Cruz cada día, en la
actividad que está llamado a cumplir. Desde esta perspectiva,
el trabajo puede ser considerado como un medio de santificación
y una animación de las realidades terrenas en el Espíritu
de Cristo.576
El trabajo, así presentado, es expresión de la plena
humanidad del hombre, en su condición histórica y en
su orientación escatológica: su acción libre
y responsable muestra su íntima relación con el Creador
y su potencial creativo, mientras combate día a día
la deformación del pecado, también al ganarse el pan
con el sudor de su frente.
c)
El deber de trabajar
264
La conciencia de la transitoriedad de la escena de este mundo
(1 Co 7, 31) no exime de ninguna tarea histórica, mucho menos
del trabajo (2 Ts 3, 7-15), que es parte integrante de la condición
humana, sin ser la única razón de la vida. Ningún
cristiano, por el hecho de pertenecer a una comunidad solidaria y
fraterna, debe sentirse con derecho a no trabajar y vivir a expensas
de los demás (cf. 2 Ts 3, 6-12). Al contrario, el apóstol
Pablo exhorta a todos a ambicionar vivir en tranquilidad
con el trabajo de las propias manos, para que no necesitéis
de nadie (1 Ts 4, 11-12), y a practicar una solidaridad, incluso
material, que comparta los frutos del trabajo con quien se halle
en necesidad (Ef 4, 28). Santiago defiende los derechos conculcados
de los trabajadores: Mirad; el salario que no habéis
pagado a los obreros que segaron vuestros campos está gritando;
y los gritos de los segadores han llegado a los oídos del Señor
de los ejércitos (St 5, 4). Los creyentes deben vivir
el trabajo al estilo de Cristo, convirtiéndolo en ocasión
para dar un testimonio cristiano ante los de fuera 1 Ts
4, 12).
265
Los Padres de la Iglesia jamás consideran el trabajo como opus
servile, como era considerado, en cambio, en la cultura
de su tiempo, sino siempre como opus humanum, y
tratan de honrarlo en todas sus expresiones. Mediante el trabajo,
el hombre gobierna el mundo colaborando con Dios; junto a Él,
es señor y realiza obras buenas para sí mismo y para
los demás. El ocio perjudica el ser del hombre, mientras que
la actividad es provechosa para su cuerpo y su espíritu.577
El cristiano está obligado a trabajar no sólo para ganarse
el pan, sino también para atender al prójimo más
pobre, a quien el Señor manda dar de comer, de beber, vestirlo,
acogerlo, cuidarlo y acompañarlo (Cf. Mt 25, 35-36).578
Cada trabajador, afirma San Ambrosio, es la mano de Cristo que continúa
creando y haciendo el bien.579
266
Con el trabajo y la laboriosidad, el hombre, partícipe del
arte y de la sabiduría divina, embellece la creación,
el cosmos ya ordenado por el Padre;580
suscita las energías sociales y comunitarias que alimentan
el bien común,581
en beneficio sobre todo de los más necesitados. El trabajo
humano, orientado hacia la caridad, se convierte en medio de contemplación,
se transforma en oración devota, en vigilante ascesis y en
anhelante esperanza del día que no tiene ocaso. En esta
visión superior, el trabajo, castigo y al mismo tiempo premio
de la actividad humana, comporta otra relación, esencialmente
religiosa, que ha expresado felizmente la fórmula benedictina:
¡Ora et labora! El hecho religioso confiere al trabajo humano
una espiritualidad animadora y redentora. Este parentesco entre trabajo
y religión refleja la alianza misteriosa, pero real, que media
entre el actuar humano y el providencial de Dios.582
II.
EL VALOR PROFÉTICO DE
LA RERUM NOVARUM
267
El curso de la historia está marcado por las profundas transformaciones
y las grandes conquistas del trabajo, pero también por la explotación
de tantos trabajadores y las ofensas a su dignidad. La revolución
industrial planteó a la Iglesia un gran desafío, al
que el Magisterio social respondió con la fuerza profética,
afirmando principios de validez universal y de perenne actualidad,
para bien del hombre que trabaja y de sus derechos.
Durante
siglos, el mensaje de la Iglesia se dirigía a una sociedad
de tipo agrícola, caracterizada por ritmos regulares y cíclicos;
ahora había que anunciar y vivir el Evangelio en un nuevo areópago,
en el tumulto de los acontecimientos de una sociedad más dinámica,
teniendo en cuenta la complejidad de los nuevos fenómenos y
de las increíbles transformaciones que la técnica había
hecho posibles. Como punto focal de la solicitud pastoral de la Iglesia
se situaba cada vez más urgentemente la cuestión obrera,
es decir el problema de la explotación de los trabajadores,
producto de la nueva organización industrial del trabajo de
matriz capitalista, y el problema, no menos grave, de la instrumentalización
ideológica, socialista y comunista, de las justas reivindicaciones
del mundo del trabajo. En este horizonte histórico se colocan
las reflexiones y las advertencias de la encíclica Rerum
novarum de León XIII.
268
La Rerum novarum es, ante todo, una apasionada defensa
de la inalienable dignidad de los trabajadores, a la cual se une la
importancia del derecho de propiedad, del principio de colaboración
entre clases, de los derechos de los débiles y de los pobres,
de las obligaciones de los trabajadores y de los patronos, del derecho
de asociación.
Las
orientaciones ideales expresadas en la encíclica reforzaron
el compromiso de animación cristiana de la vida social, que
se manifestó en el nacimiento y la consolidación de
numerosas iniciativas de alto nivel civil: uniones y centros de estudios
sociales, asociaciones, sociedades obreras, sindicatos, cooperativas,
bancos rurales, aseguradoras, obras de asistencia. Todo esto dio un
notable impulso a la legislación laboral en orden a la protección
de los obreros, sobre todo de los niños y de las mujeres; a
la instrucción y a la mejora de los salarios y de la higiene.
269
A partir de la Rerum novarum, la Iglesia no ha dejado
de considerar los problemas del trabajo como parte de una cuestión
social que ha adquirido progresivamente dimensiones mundiales.583
La encíclica Laborem exercens enriquece la visión
personalista del trabajo, característica de los precedentes
documentos sociales, indicando la necesidad de profundizar en los
significados y los compromisos que el trabajo comporta, poniendo de
relieve el hecho que surgen siempre nuevos interrogantes y problemas,
nacen siempre nuevas esperanzas, pero nacen también temores
y amenazas relacionados con esta dimensión fundamental de la
existencia humana, de la que la vida del hombre está hecha
cada día, de la que deriva la propia dignidad específica
y en la que a la vez, está contenida la medida incesante de
la fatiga humana, del sufrimiento, y también del daño
y de la injusticia que invaden profundamente la vida social, dentro
de cada Nación y a escala internacional.584
En efecto, el trabajo, clave esencial585
de toda la cuestión social, condiciona el desarrollo no sólo
económico, sino también cultural y moral, de las personas,
de la familia, de la sociedad y de todo el género humano.
III.
LA DIGNIDAD DEL TRABAJO
a)
La dimensión subjetiva y objetiva del trabajo
270
El trabajo humano tiene una doble dimensión: objetiva y subjetiva.
En sentido objetivo, es el conjunto de actividades, recursos, instrumentos
y técnicas de las que el hombre se sirve para producir, para
dominar la tierra, según las palabras del libro del Génesis.
El trabajo en sentido subjetivo, es el actuar del hombre en cuanto
ser dinámico, capaz de realizar diversas acciones que pertenecen
al proceso del trabajo y que corresponden a su vocación personal:
El hombre debe someter la tierra, debe dominarla, porque, como
imagen de Dios, es una persona, es decir, un ser subjetivo
capaz de obrar de manera programada y racional, capaz de decidir acerca
de sí y que tiende a realizarse a sí mismo. Como persona,
el hombre es, pues, sujeto del trabajo.586
El
trabajo en sentido objetivo constituye el aspecto contingente de la
actividad humana, que varía incesantemente en sus modalidades
con la mutación de las condiciones técnicas, culturales,
sociales y políticas. El trabajo en sentido subjetivo se configura,
en cambio, como su dimensión estable, porque no depende de
lo que el hombre realiza concretamente, ni del tipo de actividad que
ejercita, sino sólo y exclusivamente de su dignidad de ser
personal. Esta distinción es decisiva, tanto para comprender
cuál es el fundamento último del valor y de la dignidad
del trabajo, cuanto para implementar una organización de los
sistemas económicos y sociales, respetuosa de los derechos
del hombre.
271
La subjetividad confiere al trabajo su peculiar dignidad, que impide
considerarlo como una simple mercancía o un elemento impersonal
de la organización productiva. El trabajo, independientemente
de su mayor o menor valor objetivo, es expresión esencial de
la persona, es actus personae. Cualquier forma de materialismo
y de economicismo que intentase reducir el trabajador a un mero instrumento
de producción, a simple fuerza-trabajo, a valor exclusivamente
material, acabaría por desnaturalizar irremediablemente la
esencia del trabajo, privándolo de su finalidad más
noble y profundamente humana. La persona es la medida de la dignidad
del trabajo: en efecto, no hay duda de que el trabajo humano
tiene un valor ético, el cual está vinculado completa
y directamente al hecho de que quien lo lleva a cabo es una persona.587
La
dimensión subjetiva del trabajo debe tener preeminencia sobre
la objetiva, porque es la del hombre mismo que realiza el trabajo,
aquella que determina su calidad y su más alto valor. Si falta
esta conciencia o no se quiere reconocer esta verdad, el trabajo pierde
su significado más verdadero y profundo: en este caso, por
desgracia frecuente y difundido, la actividad laboral y las mismas
técnicas utilizadas se consideran más importantes que
el hombre mismo y, de aliadas, se convierten en enemigas de su dignidad.
272
El trabajo humano no solamente procede de la persona, sino que está
también esencialmente ordenado y finalizado a ella. Independientemente
de su contenido objetivo, el trabajo debe estar orientado hacia el
sujeto que lo realiza, porque la finalidad el trabajo, de cualquier
trabajo, es siempre el hombre. Aun cuando no se puede ignorar la importancia
del componente objetivo del trabajo desde el punto de vista de su
calidad, esta componente, sin embargo, está subordinada a la
realización del hombre, y por ello a la dimensión subjetiva,
gracias a la cual es posible afirmar que el trabajo es para el hombre
y no el hombre para el trabajo y que la finalidad del trabajo,
de cualquier trabajo realizado por el hombre aunque fuera el
trabajo más corriente, más monótono
en la escala del modo común de valorar, e incluso el que más
margina, sigue siendo siempre el hombre mismo.588
273
El trabajo humano posee también una intrínseca dimensión
social. El trabajo de un hombre, en efecto, se vincula naturalmente
con el de otros hombres: Hoy, principalmente, el trabajar es
trabajar con otros y trabajar para otros: es un hacer algo para alguien.589
También los frutos del trabajo son ocasión de intercambio,
de relaciones y de encuentro. El trabajo, por tanto, no se puede valorar
justamente si no se tiene en cuenta su naturaleza social, ya
que, si no existe un verdadero cuerpo social y orgánico, si
no hay un orden social y jurídico que garantice el ejercicio
del trabajo, si los diferentes oficios, dependientes unos de otros,
no colaboran y se completan entre sí y, lo que es más
todavía, no se asocian y se funden como en una unidad la inteligencia,
el capital y el trabajo, la eficiencia humana no será capaz
de producir sus frutos. Luego el trabajo no puede ser valorado justamente
ni remunerado con equidad si no se tiene en cuenta su carácter
social e individual.590
274
El trabajo es también una obligación, es decir,
un deber.591
El hombre debe trabajar, ya sea porque el Creador se lo ha ordenado,
ya sea porque debe responder a las exigencias de mantenimiento y desarrollo
de su misma humanidad. El trabajo se perfila como obligación
moral con respecto al prójimo, que es en primer lugar la propia
familia, pero también la sociedad a la que pertenece; la Nación
de la cual se es hijo o hija; y toda la familia humana de la que se
es miembro: somos herederos del trabajo de generaciones y, a la vez,
artífices del futuro de todos los hombres que vivirán
después de nosotros.
275
El trabajo confirma la profunda identidad del hombre creado a imagen
y semejanza de Dios: Haciéndose mediante su trabajo
cada vez más dueño de la tierra y confirmando todavía
mediante el trabajo su dominio sobre el mundo visible,
el hombre, en cada caso y en cada fase de este proceso, se coloca
en la línea del plan original del Creador; lo cual está
necesaria e indisolublemente unido al hecho de que el hombre ha sido
creado, varón y hembra, a imagen de Dios.592
Esto califica la actividad del hombre en el universo: no es el dueño,
sino el depositario, llamado a reflejar en su propio obrar la impronta
de Aquél de quien es imagen.
b)
Las relaciones entre trabajo y capital
276
El trabajo, por su carácter subjetivo o persona, es superior
a cualquier otro factor de producción. Este principio vale,
en particular, con respeto al capital. En la actualidad, el término
capital tiene diversas acepciones: en ciertas ocasiones
indica los medios materiales de producción de una empresa;
en otras, los recursos financieros invertidos en una iniciativa productiva
o también en operaciones de mercados bursátiles. Se
habla también, de modo no totalmente apropiado, de capital
humano, para significar los recursos humanos, es decir las personas
mismas, en cuanto son capaces de esfuerzo laboral, de conocimiento,
de creatividad, de intuición de las exigencias de sus semejantes,
de acuerdo recíproco en cuanto miembros de una organización.
Se hace referencia al capital social cuando se quiere
indicar la capacidad de colaboración de una colectividad, fruto
de la inversión en vínculos de confianza recíproca.
Esta multiplicidad de significados ofrece motivos ulteriores para
reflexionar acerca de qué pueda significar, en la actualidad,
la relación entre trabajo y capital.
277
La doctrina social ha abordado las relaciones entre trabajo y capital
destacando la prioridad del primero sobre el segundo, así como
su complementariedad.
El
trabajo tiene una prioridad intrínseca con respecto al capital:
Este principio se refiere directamente al proceso mismo de producción,
respecto al cual el trabajo es siempre una causa eficiente primaria,
mientras el capital, siendo el conjunto de los medios
de producción, es sólo un instrumento o la causa instrumental.
Este principio es una verdad evidente, que se deduce de toda la experiencia
histórica del hombre.593
Y pertenece al patrimonio estable de la doctrina de la Iglesia.594
Entre
trabajo y capital debe existir complementariedad. La misma lógica
intrínseca al proceso productivo demuestra la necesidad de
su recíproca compenetración y la urgencia de dar vida
a sistemas económicos en los que la antinomia entre trabajo
y capital sea superada.595
En tiempos en los que, dentro de un sistema económico menos
complejo, el capital y el trabajo asalariado
identificaban con una cierta precisión no sólo dos factores
productivos, sino también y sobre todo, dos clases sociales
concretas, la Iglesia afirmaba que ambos eran en sí mismos
legítimos.596
Ni el capital puede subsistir sin el trabajo, ni el trabajo
sin el capital.597
Se trata de una verdad que vale también para el presente, porque
es absolutamente falso atribuir únicamente al capital
o únicamente al trabajo lo que es resultado de la efectividad
unida de los dos, y totalmente injusto que uno de ellos, negada la
eficacia del otro, trate de arrogarse para sí todo lo que hay
en el efecto.598
278
En la reflexión acerca de las relaciones entre trabajo y capital,
sobre todo ante las imponentes transformaciones de nuestro tiempo,
se debe considerar que el recurso principal y el factor
decisivo599
de que dispone el hombre es el hombre mismo y que el desarrollo
integral de la persona humana en el trabajo no contradice, sino que
favorece más bien la mayor productividad y eficacia del trabajo
mismo.600
El mundo del trabajo, en efecto, está descubriendo cada vez
más que el valor del capital humano reside en los
conocimientos de los trabajadores, en su disponibilidad a establecer
relaciones, en la creatividad, en el carácter emprendedor de
sí mismos, en la capacidad de afrontar conscientemente lo nuevo,
de trabajar juntos y de saber perseguir objetivos comunes. Se trata
de cualidades genuinamente personales, que pertenecen al sujeto del
trabajo más que a los aspectos objetivos, técnicos u
operativos del trabajo mismo. Todo esto conlleva un cambio de perspectiva
en las relaciones entre trabajo y capital: se puede afirmar que, a
diferencia de cuanto sucedía en la antigua organización
del trabajo, donde el sujeto acababa por equipararse al objeto, a
la máquina, hoy, en cambio, la dimensión subjetiva del
trabajo tiende a ser más decisiva e importante que la objetiva.
279
La relación entre trabajo y capital presenta, a menudo, los
rasgos del conflicto, que adquiere caracteres nuevos con los cambios
en el contexto social y económico. Ayer, el conflicto entre
capital y trabajo se originaba, sobre todo, por el hecho de
que los trabajadores, ofreciendo sus fuerzas para el trabajo, las
ponían a disposición el grupo de los empresarios, y
que éste, guiado por el principio del máximo rendimiento,
trataba de establecer el salario más bajo posible para el trabajo
realizado por los obreros.601
Actualmente, el conflicto presenta aspectos nuevos y, tal vez, más
preocupantes: los progresos científicos y tecnológicos
y la mundialización de los mercados, de por sí fuente
de desarrollo y de progreso, exponen a los trabajadores al riesgo
de ser explotados por los engranajes de la economía y por la
búsqueda desenfrenada de productividad.602
280
No debe pensarse equivocadamente que el proceso de superación
de la dependencia del trabajo respecto a la materia sea capaz por
sí misma de superar la alineación en y del trabajo.
Esto sucede no sólo en las numerosas zonas existentes donde
abunda el desempleo, el trabajo informal, el trabajo infantil, el
trabajo mal remunerado, o la explotación en el trabajo; también
se presenta con las nuevas formas, mucho más sutiles, de explotación
en los nuevos trabajos: el súper-trabajo; el trabajo-carrera
que a veces roba espacio a dimensiones igualmente humanas y necesarias
para la persona; la excesiva flexibilidad del trabajo que hace precaria
y a veces imposible la vida familiar; la segmentación del trabajo,
que corre el riesgo de tener graves consecuencias para la percepción
unitaria de la propia existencia y para la estabilidad de las relaciones
familiares. Si el hombre está alienado cuando invierte la relación
entre medios y fines, también en el nuevo contexto de trabajo
inmaterial, ligero, cualitativo más que cuantitativo, pueden
darse elementos de alineación, según que aumente
su participación [del hombre] en una auténtica comunidad
solidaria, o bien su aislamiento en un complejo de relaciones de exacerbada
competencia y de recíproca exclusión.603
c)
El trabajo, título de participación
281
La relación entre trabajo y capital se realiza también
mediante la participación de los trabajadores en la propiedad,
en su gestión y en sus frutos. Esta es una exigencia frecuentemente
olvidada, que es necesario, por tanto, valorar mejor: debe procurarse
que toda persona, basándose en su propio trabajo, tenga
pleno título a considerarse, al mismo tiempo, copropietario
de esa especia de gran taller de trabajo en el que se compromete con
todos. Un camino para conseguir esa meta podría ser la de asociar,
en cuanto sea posible, el trabajo a la propiedad del capital y dar
vida a una rica gama de cuerpos intermedios con finalidades económicas,
sociales, culturales: cuerpos que gocen de una autonomía efectiva
respecto a los poderes públicos, que persigan sus objetivos
específicos manteniendo relaciones de colaboración leal
y mutua, con subordinación a las exigencias del bien común,
y que ofrezcan forma y naturaleza de comunidades vidas, es decir,
que los miembros respectivos sean considerados y tratados como personas
y sean estimulados a tomar parte activa en la vida de dichas comunidades.604
La nueva organización del trabajo, en la que el saber cuenta
más que la sola propiedad de los medios de producción,
confirma de forma concreta que el trabajo, por su carácter
subjetivo, es título de participación: es indispensable
aceptar firmemente esta realidad para valorar la justa posición
del trabajo en el proceso productivo y para encontrar modalidades
de participación conformes a la subjetividad del trabajo en
la peculiaridad de las diversas situaciones concretas.605
d)
Relación entre trabajo y propiedad privada
282
El Magisterio social de la Iglesia estructura la relación entre
trabajo y capital también respecto a la institución
de la propiedad privada, al derecho y al uso de ésta. El derecho
a la propiedad privada está subordinado al principio del destino
universal de los bienes y no debe constituir motivo de impedimento
al trabajo y al desarrollo de otros. La propiedad, que se adquiere
sobre todo mediante el trabajo, debe servir al trabajo. Esto vale
de modo particular para la propiedad de los medios de producción;
pero al principio concierne también a los bienes propios del
mundo financiero, técnico, intelectual y personal.
Los
medios de producción no pueden ser poseídos contra
el trabajo, no pueden ser ni siquiera poseídos para poseer.606
Su posesión se vuelve ilegítima cuando o sirve
para impedir el trabajo de los demás u obtener unas ganancias
que no son fruto de la expansión global del trabajo y de la
riqueza social, sino más bien de su limitación, de la
explotación ilícita, de la especulación y de
la ruptura de la solidaridad en el mundo laboral.607
283
La propiedad privada y pública, así como los diversos
mecanismos del sistema económico, deben estar predispuestos
para garantizar una economía al servicio del hombre, de manera
que contribuyan a poner en práctica el principio del destino
universal de los bienes. En esta perspectiva adquiere gran importancia
la cuestión relativa a la propiedad y al uso de las nuevas
tecnologías y conocimientos que constituyen, en nuestro tiempo,
una forma particular de propiedad, no menos importante que la propiedad
de la tierra y del capital.608
Estos recursos, como todos los demás bienes, tienen un destino
universal; por lo tanto deben también insertarse en un contexto
de normas jurídicas y de reglas sociales que garanticen su
uso inspirado en criterios de justicia, equidad y respeto de los derechos
del hombre. Los nuevos conocimientos y tecnologías, gracias
a sus enormes potencialidades, pueden contribuir en modo decisivo
a la promoción del progreso social, pero pueden convertirse
en factor de desempleo y ensanchamiento de la distancia entre zonas
desarrolladas y subdesarrolladas, si permanecen concentrados en los
países más ricos o en manos de grupos reducidos de poder.
c)
El descanso festivo
284
El descanso festivo es un derecho.609
El día séptimo cesó Dios de toda la tarea
que había hecho (Gn 2, 2): también los hombres,
creados a su imagen, deben gozar del descanso y tiempo libre para
poder atender la vida familiar, cultural, social y religiosa.610
A esto contribuye la institución del día del Señor.611
Los creyentes, durante el domingo y en los demás días
festivos de precepto, deben abstenerse de trabajos o actividades
que impidan el culto debido a Dios, la alegría propia del día
del Señor, la práctica de las obras de misericordia
y el descanso necesario del espíritu y del cuerpo.612
Necesidades familiares o exigencias de utilidad social pueden legítimamente
eximir del descanso dominical, pero no deben crear costumbres perjudiciales
para la religión, la vida familiar y la salud.
285
El domingo es un día que se debe santificar mediante una caridad
efectiva, dedicando especial atención a la familia y a los
parientes, así como también a los enfermos y a los ancianos.
Tampoco se debe olvidar a los hermanos que tienen las mismas
necesidades y los mismos derechos y no pueden descansar a causa de
la pobreza y la miseria.613
Es además un tiempo propio para la reflexión, el silencio
y el estudio, que favorecen el crecimiento de la vida interior y cristiana.
Los creyentes deberán distinguirse, también en este
día, por su moderación, evitando todos los excesos y
las violencias que frecuentemente caracterizan las diversiones masivas.614
El día del Señor debe vivirse siempre como el día
de la liberación, que lleva a participar en la reunión
solemne y asamblea de los primogénitos inscritos en los cielos
(Hb 12, 22-23) y anticipa la celebración de la Pascua definitiva
en la gloria del cielo.615
286
Las autoridades públicas tienen el deber de vigilar para que
los ciudadanos no se vean privados, por motivos de productividad económica,
de un tiempo destinado al descanso y al culto divino. Los patronos
tienen una obligación análoga con respecto a sus empleados.616
Los cristianos deben esforzarse, respetando la libertad religiosa
y el bien común de todos, para que las leyes reconozcan el
domingo y las demás solemnidades litúrgicas como días
festivos: Deben dar a todos un ejemplo público de oración,
de respeto y de alegría, y defender sus tradiciones como una
contribución preciosa a la vida espiritual de la sociedad humana.617
Todo cristiano deberá evitar imponer sin necesidad a
otro lo que le impediría guardar el día del Señor.618