CAPÍTULO
SÉPTIMO
LA
VIDA ECONÓMICA
I.
ASPECTOS BÍBLICOS
a)
El hombre, pobreza y riqueza
323
En el Antiguo Testamento se encuentra una doble postura frente a los
bienes económicos y la riqueza. Por un lado, de aprecio a la
disponibilidad de bienes materiales considerados necesarios para la
vida: en ocasiones, la abundancia pero no la riqueza o el lujo
es vista como una bendición de Dios. En la literatura sapiencial,
la pobreza se describe como una consecuencia negativa del ocio y de
la falta de laboriosidad (Cf. Pr 10, 4), pero también como
un hecho natural (cf. PR 22, 2). Por otro lado, los bienes económicos
y la riqueza no son condenados en sí mismos, sino por su mal
uso. La tradición profética estigmatiza las estafas,
la usura, la explotación, las injusticias evidentes, especialmente
con respecto a los más pobres (cf. Is 58, 3-11; Jr 7, 4-7;
Os 4, 1-2; Am 2, 6-7; Mt 2, 1-2). Esta tradición, si bien considera
un mal la pobreza de los oprimidos, de los débiles, de los
indigentes, ve también en ella un símbolo de la situación
del hombre delante de Dios; de Él proviene todo bien como un
don que hay que administrar y compartir.
324
Quien reconoce su pobreza ante Dios, en cualquier situación
que viva, es objeto de una atención particular por parte de
Dios: cuando el pobre busca, el Señor responde; cuando grita,
Él lo escucha. A los pobres se dirigen las promesas divinas:
ellos serán los herederos de la alianza entre Dios y su pueblo.
La intervención salvífica de Dios se actuará
mediante un nuevo David (cf. Ez 34, 22-31), el cual, como y más
que el rey David, será defensor de los pobres y promotor de
la justicia; Él establecerá una nueva alianza y escribirá
una nueva ley en el corazón de los creyentes (cf. Jr 31, 31-34).
La
pobreza, cuando es aceptada o buscada con espíritu religioso,
predispone al reconocimiento y a la aceptación del orden creatural;
en esta perspectiva, el rico es aquel que pone su confianza
en las cosas que posee más que en Dios, el hombre que se hace
fuerte mediante las obras de sus manos y que confía sólo
en esta fuerza. La pobreza se eleva al valor moral cuando se manifiesta
como humilde disposición y apertura a Dios, confianza en Él.
Estas actitudes hacen al hombre capaz de reconocer lo relativo de
los bienes económicos y de tratarlos como dones divinos que
hay que administrar y compartir, porque la propiedad originaria de
todos los bienes pertenece a Dios.
325
Jesús asume toda la tradición del Antiguo Testamento,
también sobre los bienes económicos, sobre la riqueza
y la pobreza, confiriéndole una definitiva claridad y plenitud
(cf. Mt 6, 24 y 13, 22; Lc 6, 20-24 y 12, 15-21; Rm 14, 6-8 y 1 Tm
4, 4). Él, infundiendo su Espíritu y cambiando los corazones,
instaura el Reino de Dios, que hace posible una nueva
convivencia en la justicia, en la fraternidad, en la solidaridad y
en el compartir. El Reino inaugurado por Cristo perfecciona la bondad
originaria de la creación y de la actividad humana, herida
por el pecado. Liberado del mal y reincorporado en la comunión
con Dios, todo hombre puede continuar la obra de Jesús con
la ayuda de su Espíritu: hacer justicia a los pobres, liberar
a los oprimidos, consolar a los afligidos, buscar activamente un nuevo
orden social, en el que se ofrezcan soluciones adecuadas a la pobreza
material y se contrarrestan más eficazmente las fuerzas que
obstaculizan los intentos de los más débiles para liberarse
de una condición de miseria y de esclavitud. Cuando esto sucede,
el Reino de Dios se hace ya presente sobre la tierra, aun no perteneciendo
a ella. En él encontrarán finalmente cumplimiento las
promesas de los Profetas.
326
A la luz de la Revelación, la actividad económica ha
de considerarse y ejercerse como una respuesta agradecida a la vocación
que Dios reserva a cada hombre. Éste ha sido colocado en el
jardín para cultivarlo y custodiarlo, usándolo según
unos límites bien precisos (cf. Gn 2, 16-17), con el compromiso
de perfeccionarlo (Cf. Gn 1, 26-30; 2, 15-16; Sb 9, 2-3). Al hacerse
testigo de la grandeza y de la bondad del Creador, el hombre camina
hacia la plenitud de la libertad a la que Dios lo llama. Una buena
administración de los dones recibidos, incluidos los dones
materiales, es una obra de justicia hacia sí mismo y hacia
los demás hombres: lo que se recibe ha de ser bien usado, conservado,
multiplicado, como enseña la parábola de los talentos
(cf. Mt 25, 14-31; Lc 19, 12-27).
La
actividad económica y el progreso material deben ponerse al
servicio del hombre y de la sociedad: dedicándose a ellos con
la fe, la esperanza y la caridad de los discípulos de Cristo,
la economía y el progreso pueden transformarse en lugares de
salvación y de santificación. También en estos
ámbitos es posible expresar un amor y una solidaridad más
que humanos y contribuir al crecimiento de una humanidad nueva, que
prefigure el mundo de los últimos tiempos.683
Jesús sintetiza toda la Revelación pidiendo al creyente
enriquecerse delante de Dios (cf. Lc 12, 21): y la economía
es útil a este fin, cuando no traiciona su función de
instrumento para el crecimiento integral del hombre y de las sociedades,
de la calidad humana de la vida.
327
La fe en Jesucristo permite una comprensión correcta del desarrollo
social, en el contexto de un humanismo integral y solidario. Para
ello resulta muy útil la contribución de la reflexión
teológica ofrecida por el Magisterio social: La fe en
Cristo redentor, mientras ilumina interiormente la naturaleza del
desarrollo, guía también en la tarea de colaboración.
En la carta de san Pablo a los Colosenses leemos que Cristo es el
primogénito de toda la creación y que todo
fue creado por Él y para Él (1, 15-16). En efecto,
todo tiene en Él su consistencia porque Dios
tuvo a bien hacer residir en Él toda la plenitud y reconciliar
por Él y para Él todas las cosas (Ibíd.,
1, 20). En este plan divino, que comienza desde la eternidad en Cristo,
Imagen perfecta del Padre, y culmina en Él, Primogénito
de entre los muertos (Ibíd.., 1, 15.18), se inserta nuestra
historia, marcada por nuestro esfuerzo personal y colectivo por elevar
la condición humana, vencer los obstáculos que surgen
siempre en nuestro camino, disponiéndonos así a participar
en la plenitud que reside en el Señor y que él
comunica a su cuerpo, la Iglesia (Ibíd., 1, 18;
Cf. Ef 1, 22-23), mientras el pecado, que siempre nos acecha y compromete
nuestras realizaciones humanas, es vencido y rescatado por la reconciliación
obrada por Cristo (cf. Col. 1, 20)684
b)
La riqueza existe para ser compartida
328
Los bienes, aun cuando son poseídos legítimamente, conservan
siempre un destino universal. Toda forma de acumulación indebida
es inmoral, porque se halla en abierta contradicción con el
destino universal que Dios creador asignó a todos los bienes.
La salvación cristiana es una liberación integral del
hombre, liberación de la necesidad, pero también de
la posesión misma: Porque la raíz de todos los
males es el afán de dinero, y algunos, por dejarse llevar de
él, se extraviaron en la fe (1 Tm 6, 10). Los Padres
de la Iglesia insisten en la necesidad de la conversión y de
la transformación de las conciencias de los creyentes, más
que en la exigencia de cambiar las estructuras sociales y políticas
de su tiempo, instalando a quien desarrolla una actividad económica
y posee bienes a considerarse administrador de cuanto Dios le ha confiado.
329
Las riquezas realizan su función de servicio al hombre cuando
son destinadas a producir beneficios para los demás y para
la sociedad:685
¿Cómo podríamos hacer el bien al prójimo
se pregunta Clemente de Alejandría si nadie poseyese
nada?686
En la visión de San Juan Crisóstomo, las riquezas pertenecen
a algunos para que estos puedan ganar méritos compartiéndolas
con los demás.687
Las riquezas son un bien que viene de Dios: quien lo posee lo debe
usar y hacer circular, de manera que también los necesitados
puedan gozar de él; el mal se encuentra en el apego desordenado
a las riquezas, en el deseo de acapararlas. San Basilio el Grande
invita a los ricos a abrir las puertas de sus almacenes y exclama:
Un gran río se vierte, en mil canales, sobre el terreno
fértil: así, por mil caminos, tú haces llegar
la riqueza a las casas de los pobres.688
La riqueza, explica San Basilio, es como el agua que brota cada vez
más pura de la fuente si se bebe de ella con frecuencia, mientras
que se pudre si la fuente permanece inutilizada.689
El rico, dirán más tarde San Gregorio Magno, no es sino
un administrador de lo que posee; dar lo necesario a quien carece
de ello es una obra que hay que cumplir con humildad, porque los bienes
no pertenecen a quien los distribuye. Quien tiene las riquezas sólo
para sí no es inocente; darlas a quien tiene necesidad significa
pagar una deuda.690
II.
MORAL Y ECONOMÍA
330
La doctrina social de la Iglesia insiste en la connotación
moral de la economía. Pío XI, en un texto de la encíclica
Quadragesimo anno, recuerda la relación entre la economía
y la moral: Aun cuando la economía y la disciplina moral,
cada cual en su ámbito, tienen principios propios, a pesar
de ello es erróneo que el orden económico y el moral
estén tan distanciados y ajenos entre sí, que bajo ningún
aspecto dependa aquél de éste. Las leyes llamadas económicas,
fundadas sobre la naturaleza de las cosas y en la índole del
cuerpo y del alma humanos, establecen, desde luego, con toda certeza
qué fines no y cuáles sí, y con qué medios,
puede alcanzar la actividad humana dentro del orden económico;
pero la razón también, apoyándose igualmente
en la naturaleza de las cosas y del hombre, individual y socialmente
considerado, demuestra claramente que a ese orden económico
en su totalidad le ha sido prescrito un fin por Dios Creador. Una
y la misma es, efectivamente, la ley moral que nos manda buscar, así
como directamente en la totalidad de nuestras acciones nuestro fin
supremo y último, así también en cada uno de
los órdenes particulares esos fines que entendemos que la naturaleza
o, mejor dicho, el autor de la naturaleza, Dios, ha fijado a cada
orden de cosas factibles, y someterlos subordinadamente a aquél.691
331
La relación entre moral y economía es necesaria e intrínseca:
actividad económica y comportamiento moral se compenetran íntimamente.
La necesaria distinción entre moral y economía no comporta
una separación entre los dos ámbitos, sino al contrario,
una reciprocidad importante. Así como en el ámbito moral
se deben tener en cuenta las razones y las exigencias de la economía,
la actuación en el campo económico debe estar abierta
a las instancias morales: También en la vida económico-social
deben respetarse y promoverse la dignidad de la persona humana, su
entera vocación y el bien de toda sociedad. Porque el hombre
es el autor, el centro y el fin de toda la vida económico-social.692
Dar el justo y debido peso a las razones propias de la economía
no significa rechazar como irracional toda consideración de
orden metaeconómico, precisamente porque el fin de la economía
no está en la economía misma, sino en su destinación
humana y social.693
A la economía, en efecto, tanto en el ámbito científico,
como en el nivel práctico, no se le confía el fin de
la realización del hombre y de la buena convivencia humana,
sino una tarea parcial: la producción, la distribución
y el consumo de bienes materiales y de servicios.
332
La dimensión moral de la economía hace entender que
la eficiencia económica y la promoción de un desarrollo
solidario de la humanidad son finalidades estrechamente vinculadas,
más que separadas o alternativas. La moral, constitutiva de
la vida económica, no es ni contraria ni neutral: cuando se
inspira en la justicia y la solidaridad, constituye un factor de eficiencia
social para la misma economía. Es un deber desarrollar de manera
eficiente la actividad de producción de los bienes, de otro
modo se desperdician recursos; pero no es aceptable un crecimiento
económico obtenido con menoscabo de los seres humanos, de grupos
sociales y pueblos enteros, condenados a la indigencia y a la exclusión.
La expansión de la riqueza, visible en la disponibilidad de
bienes y servicios, y la exigencia moral de una justa difusión
de estos últimos deben estimular al hombre y a la sociedad
en su conjunto a practicar la virtud esencial de la solidaridad,694
para combatir con espíritu de justicia y de caridad, dondequiera
que existan, las estructuras de pecado695
que generan y mantienen la pobreza, el subdesarrollo y la degradación.
Estas estructuras están edificadas y consolidadas por muchos
actos concretos de egoísmo humano.
333
Para asumir un perfil moral, la actividad económica debe tener
como sujetos a todos los hombres y a todos los pueblos. Todos tienen
el derecho de participar en la vida económica y el deber de
contribuir, según sus capacidades, al progreso del propio país
y de la entera familia humana.696
Si, en alguna medida, todos son responsables de todos, cada uno tiene
el deber de comprometerse en el desarrollo económico de todos:697
es un deber de solidaridad y de justicia, pero también es la
vía mejor para hacer progresar a toda la humanidad. Cuando
se vive con sentido moral, la economía se realiza como prestación
de un servicio recíproco, mediante la producción de
bienes y servicios útiles al crecimiento de cada uno, y se
convierte para cada hombre en una oportunidad de vivir la solidaridad
y la vocación a la comunión con los demás
hombres, para lo cual fue creado por Dios.698
El esfuerzo de concebir y realizar proyectos económico-sociales
capaces de favorecer una sociedad más justa y un mundo más
humano representa un desafío difícil, pero también
un deber estimulante, para todos los agentes económicos y para
quienes se dedican a las ciencias económicas.699
334
Objeto de la economía es la formación de la riqueza
y su incremento progresivo, en términos no sólo cuantitativos,
sino cualitativos: todo lo cual es moralmente correcto si está
orientado al desarrollo global y solidario del hombre y de la sociedad
en la que vive y trabaja. El desarrollo, en efecto, no puede reducirse
a un mero proceso de acumulación de bienes y servicios. Al
contrario, la pura acumulación, aun cuando fuese en pro del
bien común, no es una condición suficiente para la realización
de la auténtica felicidad humana. En este sentido, el Magisterio
social pone en guardia contra la insidia que esconde un tipo de desarrollo
sólo cuantitativo, ya que la excesiva disponibilidad
de toda clase de bienes materiales para algunas categorías
sociales, fácilmente hace a los hombres esclavos de la posesión
y del goce inmediato
Es la llamada civilización del consumo
o consumismo
.700
335
En la perspectiva del desarrollo integral y solidario, se puede apreciar
justamente la valoración moral que la doctrina social hace
sobre la economía de mercado, o simplemente economía
libre: Si por capitalismo se entiende un sistema
económico que reconoce el papel fundamental y positivo de la
empresa, del mercado, de la propiedad privada y de la consiguiente
responsabilidad para con los medios productivos, de la libre creatividad
humana en el sector de la economía, la respuesta es ciertamente
positiva, aunque quizá sería más apropiado hablar
de economía de empresa, economía de
mercado o simplemente de economía libre.
Pero si por capitalismo se entiende un sistema en el cual
la libertad, en el ámbito económico, no está
encuadrada en un sólido contexto jurídico que la ponga
al servicio de la libertad humana integral y la considere como una
particular dimensión de la misma, cuyo centro es ético
y religioso, entonces la respuesta es absolutamente negativa.701
De este modo queda definida la perspectiva cristiana acerca de las
condiciones sociales y políticas de la actividad económica:
no sólo sus reglas, sino también su calidad moral y
su significado.
III.
INICIATIVA PRIVADA Y EMPRESA
336
La doctrina social de la Iglesia considera la libertad de la persona
en campo económico un valor fundamental y un derecho inalienable
que hay que promover y tutelar: Cada uno tiene el derecho de
iniciativa económica, y podrá usar legítimamente
de sus talentos para contribuir a una abundancia provechosa para todos,
y para recoger los justos frutos de sus esfuerzos.702
Esta enseñanza pone en guardia contra las consecuencias negativas
que se derivarían de la restricción o de la negación
del derecho de iniciativa económica: La experiencia nos
demuestra que la negación de tal derecho o su limitación
en nombre de una pretendida igualdad de todos en la sociedad
reduce o, sin más, destruye de hecho el espíritu de
iniciativa, es decir, la subjetividad creativa del ciudadano.703
En este sentido, la libre y responsable iniciativa en campo económico
puede definirse también como un acto que revela la humanidad
del hombre en cuanto sujeto creativo y relacional. La iniciativa económica
debe gozar, por tanto, de un espacio amplio. El estado tiene la obligación
moral de imponer vínculos restrictivos sólo en orden
a las incompatibilidades entre la persecución del bien común
y el tipo de actividad económica puesta en marcha, o sus modalidades
de desarrollo.704
337
La dimensión creativa es un elemento esencial de la acción
humana, también en el campo empresarial, y se manifiesta especialmente
en la aptitud para elaborar proyectos e innovar: Organizar ese
esfuerzo productivo, programar su duración en el tiempo, procurar
que corresponda de manera positiva a las necesidades que debe satisfacer,
asumiendo los riesgos necesarios: todo esto es también una
fuente de riqueza en la sociedad actual. Así se hace cada vez
más evidente y determinante el papel del trabajo humano, disciplinado
y creativo, y el de las capacidades de iniciativa y de espíritu
emprendedor, como parte esencial del mismo trabajo.705
Como fundamento de esta enseñanza hay que señalar la
convicción de que el principal recurso del hombre es,
junto con la tierra, el hombre mismo. Es su inteligencia la que descubre
las potencialidades productivas de la tierra y las múltiples
modalidades con que se pueden satisfacer las necesidades humanas.706
a)
La empresa y sus fines
338
La empresa debe caracterizarse por la capacidad de servir al bien
común de la sociedad mediante la producción de bienes
y servicios útiles. En esta producción de bienes y servicios
con una lógica de eficiencia y de satisfacción de los
intereses de los diversos sujetos implicados, la empresa crea riqueza
para toda la sociedad: no sólo para los propietarios, sino
también para los demás sujetos interesados en su actividad.
Además de esta función típicamente económica,
la empresa desempeña también una función social,
creando oportunidades de encuentro, de colaboración, de valoración
de las capacidades de las personas implicadas. En la empresa, por
tanto, la dimensión económica es condición para
el logro de objetivos no sólo económicos, sino también
sociales y morales, que deben perseguirse conjuntamente.
El
objetivo de la empresa se debe llevar a cabo en términos y
con criterios económicos, pero sin descuidar los valores auténticos
que permiten el desarrollo concreto de la persona y de la sociedad.
En esta visión personalista y comunitaria, la empresa
no puede considerarse únicamente como una sociedad de
capitales; es, al mismo tiempo, una sociedad de personas,
en la que entran a formar parte de manera diversa y con responsabilidades
específicas los que aportan el capital necesario para su actividad
y los que colaboran con su trabajo.707
339
Los componentes de la empresa deben ser conscientes de que la comunidad
en la que trabajan representa un bien para todos y no una estructura
que permite satisfacer exclusivamente los intereses personales de
alguno. Sólo esta conciencia permite llegar a construir una
economía verdaderamente al servicio del hombre y elaborar un
proyecto de cooperación real entre las partes sociales.
Un
ejemplo muy importante y significativo en la dirección indicada
procede de la actividad de las empresas cooperativas, de la pequeña
y mediana empresa, de las empresas artesanales y de las agrícolas
de dimensiones familiares. La doctrina social ha subrayado la contribución
que estas empresas ofrecen a la valoración del trabajo, al
crecimiento del sentido de responsabilidad personal y social, a la
vida democrática, a los valores humanos útiles para
el progreso del mercado y de la sociedad.708
340
La doctrina social reconoce la justa función del beneficio,
como primer indicador del buen funcionamiento de la empresa: Cuando
una empresa da beneficios significa que los factores productivos han
sido utilizados adecuadamente.709
Esto no puede hacer olvidar el hecho que no siempre el beneficio indica
que la empresa esté sirviendo adecuadamente a la sociedad.710
Es imposible, por ejemplo, que los balances económicos
sean correctos y que al mismo tiempo los hombres, que constituyen
el patrimonio más valioso de la empresa, sean humillados y
ofendidos en su dignidad.711
Esto sucede cuando la empresa opera en sistemas socioculturales caracterizados
por la explotación de las personas, propensos a rehuir las
obligaciones de justicia social y a violar los derechos de los trabajadores.
Es
indispensable que, dentro de la empresa, la legítima búsqueda
del beneficio se armonice con la irrenunciable tutela de la dignidad
de las personas que a título diverso trabajan en la misma.
Estas dos exigencias no se oponen en absoluto, ya que, por una parte,
no sería realista pensar que el futuro de la empresa esté
asegurado sin la producción de bienes y servicios y sin conseguir
beneficios que sean el fruto de la actividad económica desarrollada;
por otra parte, permitiendo el crecimiento de la persona que trabaja,
se favorece una mayor productividad y eficacia del trabajo mismo.
La empresa debe ser una comunidad solidaria712
no encerrada en los intereses corporativos, tender a una ecología
social713
del trabajo, y contribuir al bien común, incluida la salvaguardia
del ambiente natural.
341
Si en la actividad económica y financiera la búsqueda
de un justo beneficio es aceptable, el recurso a la usura está
moralmente condenado: Los traficantes cuyas prácticas
usurarias y mercantiles provocan el hambre y la muerte de sus hermanos
los hombres, cometen indirectamente un homicidio. Este les es imputable.714
Esta condena se extiende también a las relaciones económicas
internacionales, especialmente en lo que se refiere a la situación
de los países menos desarrollados, a los que no se pueden aplicar
sistemas financieros abusivos, si no usurarios.715
El Magisterio reciente ha usado palabras fuertes y claras a propósito
de esta práctica todavía dramáticamente difundida:
La usura, delito que también en nuestros días
es una infame realidad, capaz de estrangular la vida de muchas personas.716
342
La empresa se mueve hoy en el marco de escenarios económicos
de dimensiones cada vez más amplias, donde los Estados nacionales
tienen una capacidad limitada de gobernar los rápidos procesos
de cambio que afectan a las relaciones económico-financieras
internacionales; esta situación induce a las empresas a asumir
responsabilidades nuevas y mayores con respecto al pasado. Su papel,
hoy más que nunca, resulta determinante para un desarrollo
auténticamente solidario e integral de la humanidad e igualmente
decisivo, en este sentido, su aceptación del hecho que el
desarrollo o se convierte en un hecho común a todas las partes
del mundo o sufre un proceso de retroceso aun en las zonas marcadas
por un constante progreso. Fenómeno este particularmente indicador
de la naturaleza del auténtico desarrollo: o participan de
él todas las Naciones del mundo, o no será tal, ciertamente.717
b)
El papel del empresario y del dirigente de empresa
343
La iniciativa económica es expresión de la inteligencia
humana y de la exigencia de responder a las necesidades el hombre
con creatividad y en colaboración. En la creatividad y en la
cooperación se halla inscrita la auténtica noción
de la competencia empresarial: un cum-petere, es decir, un buscar
juntos las soluciones más adecuadas para responder del modo
más idóneo a las necesidades que van surgiendo progresivamente.
El sentido de responsabilidad que brota de la libre iniciativa económica
se configura no sólo como virtud individual indispensable para
el crecimiento humano del individuo, sino también como virtud
social necesaria para el desarrollo de una comunidad solidaria: En
este proceso están implicadas importantes virtudes, como son
la diligencia, la laboriosidad, la prudencia en asumir los riesgos
razonables, la fiabilidad y la lealtad en las relaciones interpersonales,
la resolución de ánimo en la ejecución de decisiones
difíciles y dolorosas, pero necesarias para el trabajo común
de la empresa y para hacer frente a los eventuales reveses de fortuna.718
344
El papel del empresario y del dirigente revisten una importancia central
desde el punto de vista social, porque se sitúan en el corazón
de la red de vínculos técnicos, comerciales, financieros
y culturales, que caracterizan la moderna realidad de la empresa.
Puesto que las decisiones empresariales producen, en razón
de la complejidad creciente de la actividad empresarial, múltiples
efectos conjuntos de gran relevancia no sólo económica,
sino también social, el ejercicio de las responsabilidades
empresariales y directivas exige, además de un esfuerzo continuo
de actualización específica, una constante reflexión
sobre los valores morales que deben guiar las opciones personales
de quien está investido de tales funciones.
Los
empresarios y los dirigentes no pueden tener en cuenta exclusivamente
el objetivo económico de la empresa, los criterios de la eficiencia
económica, las exigencias del cuidado del capital
como conjunto de medios de producción: el respeto concreto
de la dignidad humana de los trabajadores que laboran en la empresa,
es también su deber preciso.719
Las personas constituyen el patrimonio más valioso de
la empresa,720
el factor decisivo de la producción.721
En las grandes decisiones estratégicas y financieras, de adquisición
o de venta, de reajuste o cierre de instalaciones, en la política
de fusiones, los criterios no pueden ser exclusivamente de naturaleza
financiera o comercial.
345
La doctrina social insiste en la necesidad de que el empresario y
el dirigente se comprometan a estructurar la actividad laboral en
sus empresas de modo que favorezcan la familia, especialmente a las
madres de familia en el ejercicio de sus tareas;722
que secunden, a la luz de una visión integral del hombre y
del desarrollo, la demanda de calidad de la mercancía
que se produce y se consume; calidad de los servicios públicos
que se disfrutan; calidad del ambiente y de la vida en general,723
que inviertan, en caso de que se den las condiciones económicas
y de estabilidad política para ello, en aquellos lugares y
sectores productivos que ofrecen a los individuos y a los pueblos
la ocasión de dar valor al propio trabajo.724