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Vicaría      de Pastoral

Escudo Cardenal Norberto Rivera Carrera

Por una Nueva Cultura de la Tercera Edad. Norberto Rivera Carrera

CARTA A LOS ANCIANOS DE LA CIUDAD DE MÉXICO,
CON OCASIÓN DEL AÑO DEL PADRE
Y DE LA CARIDAD 1999

Hermanas y hermanos muy queridos:

Les saludo con mucho afecto pastoral en este año dedicado a impulsar la vida caritativa entre los hermanos, expresión del amor de nuestro Padre Dios. Mi saludo es también con ocasión del día internacional de las personas adultas mayores, que se celebrará el próximo día 28 de agosto.

Nos estamos preparando en la Arquidiócesis a la Misión Evangelizadora 2000 y es por ello que quiero, en primer lugar, hacer un reconocimiento a muchos de ustedes que son ya, en la vida diaria, misioneras y misioneros de sabia experiencia entre nosotros, de compañía y cuidado de los niños, de unidad en el seno de las familias y de acendrando y sólido espíritu religioso.

Gracias a muchos de ustedes, en las familias, en los barrios, en las parroquias, en las fábricas y en general en diversas instituciones, se puede tener memoria de quiénes somos y de cuáles son nuestros valores. A partir de una identidad viva, que es como una cadena de experiencia generacional, los jóvenes de hoy pueden aprender de la sabiduría de la vida cotidiana de los viejos, de la que ustedes son testigos y portadores. En la época actual de crisis y conflictos, el encuentro entre personas de diferente edad y sexo es muy valioso; los necesitamos en un diálogo constructivo, de sentido comunitario e interfamiliar. Gracias por su aporte. Gracias por ser instrumentos del amor del Padre.

Gracias también a ustedes, muchas niñas y niños tienen compañía y afecto. Tantas veces en las familias, por circunstancias y problemas de los que todos hemos de sentirnos corresponsables, existe la ausencia del padre y la madre se ve obligada a trabajar; los niños quedan solos y, con frecuencia, son los viejos, regularmente las abuelas, las que guían, acompañan, y dan afecto a los niños. Gracias por ser misioneras y misioneros del acompañamiento a los niños y niñas y por ser pilares tan importantes en la vida de las familias. Gracias por ser instrumentos del amor del Padre.

Con frecuencia ustedes propician en la vida familiar y comunitaria, incluso en los momentos de su enfermedad y en los momentos de sufrimiento, valores tan importantes como la unidad, la solidaridad y la comprensión. A veces, en estas circunstancias, ustedes creen que son molestos a los que les rodean, piensan que son una carga para los suyos o, quizá a veces, así se los hacen sentir sus familiares y personas cercanas por la rudeza de su trato; pero déjenme decirles que en realidad sus familias, sus vecinos y amigos a través de ustedes, están teniendo la oportunidad de crecer en unidad, en solidaridad y en la recuperación del humanismo y fraternidad cristiana que tanto necesitan nuestra época en los umbrales de un nuevo siglo y nuevo milenio, marcados por la urgencia del respeto a la persona del otro. Gracias, en verdad, por ser instrumentos del amor del Padre.

Gracias, en fin, porque en medio de turbulencias que han oscurecido el alma religiosa de nuestro pueblo y han hecho que se vacíe el sentido trascendente de la vida, o se olvide que la esencia de la religión es el amor a Dios y al prójimo como una sola cosa, ustedes, hermanas y hermanos ancianos, han sido fieles a la oración, a los sacramentos y a la más pura tradición religiosa que dice: "el ayuno que Yo quiero es: desatar los lazos de maldad, deshacer los lazos del yugo, dar libertad a los quebrantados… partir al hambriento tu pan, y a los pobres sin hogar recibir en casa…" (Is 58,6-8).

No puedo dejar de mencionar mi preocupación por todos los ancianos indigentes, los olvidados, los maltratados y humillados, los pobres y pobres en extremo, los que padecen enfermedades largas y penosas, los que están próximos a la muerte sin cuidados, compañía y afecto… ustedes hermanas y hermanos son un Cristo crucificado viviente entre nosotros, la Iglesia en verdad, quiere abrazar sus vidas, sus personas.

Me quiero comprometer a luchar con ustedes, de manera que así como en los templos los sacerdotes y los agentes de pastoral se preocupan porque los manteles del altar, que han de envolver el Cuerpo y la Sangre de Jesús, estén limpios y sean dignos, también así la habitación de ustedes, su vestido, sus alimentos y su seguridad social sean dignos. Ustedes son también el Cuerpo y la Sangre de Cristo.

La Iglesia en este campo, realiza algunos signos de solidaridad y justicia, hago un llamado a todos los responsables de la comunidad cristiana para intensificar esta labor, pero sobre todo, la Iglesia deberá hacerse eco de ustedes, voz de los que han sido expropiados de ella, a fin de hacer valer el respeto a la persona, su dignidad y sus derechos inalienables.

Quiero también dirigirme a los responsables de la vida pública, a los universitarios y hombres de ciencia, a las organizaciones sociales dedicadas al cuidado y promoción de las personas ancianas y a todos en general: debemos abrir paso a una nueva cultura que incluya a las personas adultas mayores. Ellos tienen derecho de participar en la vida familiar, en la vida laboral, en la vida social, en la vida política y, en general, en todos los ámbitos del desarrollo humano. Su papel es fundamental, sobre todo si tomamos en cuenta que la composición misma de la población en los próximos años se verá marcada por la presencia cada vez más numerosa de las personas mayores.

A ustedes hermanas y hermanos mayores que están en condiciones saludables, que han tenido acceso a una educación superior y que incluso ocupan puestos de gran importancia en la vida social, les corresponde ser protagonistas de esta nueva cultura de la ancianidad para nuestra Ciudad, marcada por la promoción de los ancianos, su organización, su participación y por la defensa de los derechos de los más débiles.

Que nuestro Padre Dios, que es amor, les bendiga a todos ustedes, hermanas y hermanos de edad avanzada y que la caridad fraternal sea la actitud desde la cual construyamos una nueva cultura de la tercera edad.

† Cardenal Norberto Rivera Carrera.
Arzobispo Primado de México.

México, D. F., a 5 de agosto de 1999.

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