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Vicaría      de Pastoral

La Misión:
un servicio de amor

La tarea de evangelizar siempre ha acontecido como proclamación. Así nos lo relata el Nuevo Testamento, así cada uno de los veinte siglos de la Iglesia de Jesucristo.

Las características de la proclamación evangélica se mantienen, en tanto que los entornos vivos o escenarios humanos van cambiando.

La proclamación siempre ha sido alegre, fuerte por su transparencia, persuasiva, motivante, contagiante.

Naciendo del corazón, sube por la voluntad del evangelizador, se asienta en su inteligencia y se manifiesta en su mirada, en su voz. Esto se mantiene así, porque Jesús mismo es quien ha llamado a algunos y algunas, los ha seducido, los ha introducido en sus misterios de salvador y los ha enviado a "proclamar con poder" que el "Reino de Dios está cerca.

Con poder de pacificar, consolar, reconciliar, sanar corazones afligidos, voluntades deprimidas mentes desorientadas, cuerpos enfermos.

Jesús mismo se hace presente en la voz y el gozo de sus enviados, porque Él es el Reino de Dios que se nos ha acercado y cambiado al sentido de vida.

La urgencia e importancia de la evangelización no disminuyen jamás pues nada ni nadie pueden suplir al Hijo unigénito de Dios, único salvador de los hombres. La experiencia humana nos enseña a todos que sólo el amor nos satisface y plenifica. Idolatrar el dinero, el poder, el placer, nos humilla y empobrece, en tanto que los derivados M amor, tales como compartir, colaborar, compadecer, convivir fraternamente nos hacen gozar y nos revelan para Qué somos y qué esperamos.

Cuando salimos de nuestro ego para servir, complacer, ayudar a otros, entonces nos enteramos de quién es Jesús de Nazareth, en quien Dios ha puesto la plenitud del amor.

Los servicios del amor a los demás son variados e insospechables: orar, investigar la naturaleza, asistir inválidos, enseñar todo tipo de conocimientos y de habilidades, mantener la fidelidad a cuantos nos han sido encomendados, trabajar responsablemente, acompañar, acoger y hospedar, aconsejar, perdonar a quienes nos han despreciado u ofendido, pacificar y respetar, invitar y festejar, alegrarnos con el gozo de otros o compartir sus penas y dolores, administrar y organizar para el bien común, mandar con humildad y obedecer con dignidad, escuchar a los afligidos, etc.

Pero el más trascendental servicio del amor es proclamar la fe, pues desde la fe se desata irresistible la confianza y la paz, la fortaleza ante las dificultades de la vida tal deseo del Dios vivo que ya no queremos existir sino para complacer a nuestros prójimos, a quienes veremos como hermanos.

P. Xavier Cacho Vázquez, S.J.
Vicario Episcopal para la Vida Consagrada

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