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Vicaría      de Pastoral
El primer criterio de la Misión

Intervención del Sr. Cardenal el viernes 24

Buenas tardes a todos:

El domingo pasado, en la homilía en la Catedral, mencionaba que la Gran Misión tendrá las dificultades de siempre y quizá algunas nuevas, y tal vez contaremos con la indiferencia de muchos. Esta tarde he escuchado, de parte de ustedes, cómo ya están descubriendo algunas de esas dificultades para la comunión, para la Misión.

Ayer por la mañana me visitaron dos expertos en comunicación, que no son de aquí de la Ciudad, porque están informados de que tenemos el proyecto de lanzar este nuncio de la Gran Misión en los medios masivos, y me advertían: Sr. Arzobispo, ¿de verdad están preparados para hacer eso?

— Por supuesto, les respondí.

Y me cuestionó: Pero, ¿saben lo que significan las repercusiones que Va ha tener lanzar ese anuncio misionero en los medios de comunicación? Si sus parroquias, si sus movimientos, si sus agentes, no responden, esto puede ser contraproducente. Si se le invita a alguien que acuda a colaborar a la parroquia y no hay quien lo reciba, no hay quien lo informe, no hay quien lo encauce, quizá se Va a alejar más de lo que está.

Sé que hay esos problemas pero queremos arriesgarnos, porque si no esta Iglesia no Va a dar el paso que el Señor Jesús espera de ella al lanzarse a la Misión, al lanzarse a esa nueva evangelización a la cual el Santo Padre nos ha venido preparando, entonces estamos siendo infieles a Jesucristo.

Todos somos cocientes de que hay verdaderos retos, hay situaciones difíciles que vamos a enfrentar, si nos decidimos, como nos hemos decidido, a lanzarnos en público y en grande a esta Misión.

Para vencer todas esas dificultades, todas esas resistencias y esas indiferencias que a veces pesan mucho, debemos distinguir el dinamismo del misterio Pascual de la muerte y de la resurrección que aquí con toda oportunidad se nos ha ido recordando: realmente creer en la muerte del Señor, realmente creer que Jesús descendió a los infiernos, a lo más terrible del dolor humano, que se entregó por nosotros a la muerte y una muerte de cruz.

El crucificado es el que tiene que ser anunciado. A Cristo crucificado, como dice San Pablo, poro que él no es alguien que muere por un accidente sociopolítico o socioreligioso. Jesús dijo: A mí nadie me quita la vida, Yo la doy porque Yo quiero.

Él se nos presenta, el crucificado, como el poder de Dios, como la fuerza de Dios. Sabemos que esa cruz no solamente es un símbolo de identificación, para nosotros es todo un poder del Señor. Ese Cristo que contemplamos en la Cruz sabemos que recibe el poder del Padre que lo resucita de entre los muertos. Cristo que está vivo y presente en medio de nosotros y no simplemente como una energía, como una fuerza, sino como una persona que realmente ha vencido a la muerte; ese dinamismo nos tiene que llevar a enfrentar el dolor, a enfrentar las dificultades, a enfrentar el sufrimiento, pero con una perspectiva de que el triunfo está asegurado, de que el Señor ha vencido el pecado, de que tenemos un destino.

Por eso, para nosotros es imposible separar la Cruz de la resurrección del misterio de la nueva vida que se nos ha dado en Cristo Resucitado. La Misión tiene que vivir ese dinamismo y tiene que saber anunciar a Cristo muerto y resucitado.

Por supuesto que las Sagradas Escrituras nos hablan de muchos aspectos doctrinales, de muchos aspectos de fe, de muchas manifestaciones que Dios ha hecho al hombre, pero la máxima expresión de ese misterio que se revela es la muerte y la resurrección del Señor. Eso es lo primero que se escribe en los evangelios, es lo primero que anuncian los apóstoles, es lo primero que nosotros tenemos que presentar a aquel que está lejos. A todos nosotros, sobre todo en este Continente, se nos ha venido insistiendo que el primer criterio, el criterio más importante de la evangelización, del anuncio de la buena nueva de la Misión, es la comunión.

La comunión es el primer criterio, el principal criterio de la Misión. Alguien podría preguntar: ¿Ese criterio de dónde sale? ¿Quién lo inventó? ¿De dónde se les ocurrió a los Obispos del Continente sacar que ese es el criterio fundamenta.

Sencillamente de lo que ayer se nos decía: que sean uno, que sean perfectamente uno para que el mundo crea el anuncio, para que otros crean. Tiene que partir de ahí, de vivir la comunión para que ese anuncio sea creíble. Por eso la insistencia de vivir la comunión, esa comunión que se tiene que vivir en la pluralidad de carismas, en la pluralidad de quehaceres, en la pluralidad de situaciones; que nadie se sienta dueño de la iglesia del Señor sino que todos nos sintamos servidores de esa Iglesia que el Señor ha congregado, que ha reunido, que es suya, que Él conquistó, que Él consagró con su propia sangre.

Por supuesto que en nuestro proceder partimos de lo que tenemos. La estructura tiene que estar al servicio de ese anuncio, de esa Misión, de esa evangelización, y nuestra Iglesia parte en su estructura de la parroquia. Aquí en concreto, decanatos, vicarías y la Arquidiócesis por supuesto, tendrán que seguir siendo punto de referencia. Nosotros sabemos que en esta gran ciudad, y lo hemos escuchado muchas veces no podemos quedarnos encerrados en esa estructura: hay muchos niveles, hay muchas realidades a las cuales, de hecho, nuestras parroquias, nuestras vicarías no están llegando. Los motivos, las situaciones quizá los puedan explicar los sociólogos o quizá otros que tengan conocimientos de otras ciencias humanas, porque estamos hablando de estructuras humanas,, pero el anuncio de¡ Evangelio, valiéndose de esta estructura, tiene que ser mucho más dinámico. Por eso tenemos que convocar a todos aquellos que tienen capacidad de dar ese anuncio ya sea en instituciones educativas, ya sea en organizaciones o movimientos, ya sea a través de otros hermanos nuestros que están anunciando al mismo Señor Jesús. Así nos invita el Santo Padre cuando nos convoca a celebrar el Año Jubilar. Todos y cada uno de nosotros lo acabamos de sentir, sabemos cuál es nuestro lugar en la Iglesia, cuál es nuestra misión en esa Iglesia en la cual Cristo nos ha convocado: por supuesto que el Obispo tiene una tarea delicada, imprescindible, pero también es delicada e imprescindible la tarea de todos y cada uno de los sacerdotes, la tarea de todos y cada uno de los consagrados; y acabamos de escuchar cómo esto sería una utopía, sería un sueño si nuestra Iglesia no cuenta con el compromiso, con el trabajo efectivo de los laicos en cada uno de sus lugares en donde el Señor los ha llamado para anunciar el Evangelio.

Que el Señor a todos nos anime, que Santa María de Guadalupe que supo congregar, que supo unificar y supo formar un pueblo de los que no éramos pueblo, ella misma nos siga alentado para vivir esta comunión.

Muchas Gracias.

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