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Vicaría      de Pastoral

Santos
Mártires
Mexicanos

En el pensamiento mágico-supersticioso-desinformado de algunos contemporáneos, ciertamente los santos son el equivalente a "dioses chiquitos" o genios que cumplen el deseo de quienes los invocan. Parecería que son parte de una mitología que debe atender a los mortales, de ahí que no es raro que la comadre recomiende a este o aquel santo según el problema que se tenga. ¡Hay quienes invocan a la "santa muerte" sin saber a qué se están refiriendo!

Para algunos otros que acaso han tenido un elemental cultivo de su fe, los santos están en el cielo y hacen milagros. San Judas Tadeo, San Charbel, San Antonio de Padua y de ellos se espera un milagro, la concesión de un favor, la salud del ser amado. Algunos se ponen "de moda" y otros tienen popularidad permanente. Se piensa que el milagro lo hacen por una fuerza propia y no por gracia de Dios. ¿Cuántos habrá que se quedan con "su santo" sin llegar a la fuente de la santidad que es Dios mismo?

Para otros, los santos son personajes de la historia, héroes religiosos, gente que vivió haciendo el bien a pesar de incomprensiones o burlas, que rezaba mucho y realizaba penitencias y ayunos. "¡Te vas a hacer santo", le decimos a quien frecuenta el templo y se preocupa por los demás.

Se nos olvida que los santos son tales no porque hayan hecho un milagro, sino porque dejaron que Dios hiciera un milagro en ellos: transformarlos según el misterio de redención en Jesucristo, el Salvador. La santidad es la nueva creación que Dios obra en el creyente para comunicarle más profundamente su vida divina. La santidad es don de Dios.

La santidad no es el reconocimiento oficial de la Iglesia, ni la conclusión de los trámites eclesiásticos debidos en orden a tal reconocimiento; a esto le llamamos proceso de canonización. La santidad es la vivencia del Evangelio hasta el extremo, hasta que duela de amor.

En el lenguaje popular la palabra mártir se mueve en dos extremos: o es el héroe o es el sufrido sin más. Es palabra de lujo poético o de desprecio popular. ¿Quién no sabe que el mártir de la democracia es Francisco I. Madero? ¿Quién no habrá visto a la suegra que se hace la mártir para chantajear a su yerno?

Pobre la palabra mártir. ¡Hasta en el lenguaje católico la destinamos exclusivamente para quien se ha enfrentado a la muerte por Cristo?

Mártir es el testigo, el que puede dar fe de la verdad. Los nuevos santos mexicanos llegaron a ser testigos (mártires) de Cristo antes de morir por Él. Es más: su vida de entrega a Dios y a los hermanos se rubricó con su sangre derramada. Fueron mártires (testigos) de Cristo antes de que la soga, la bala o el cuchillo les abriera la puerta del cielo al cerrar sus ojos para la tierra.

Terminemos de jugar con la palabra mártir. San José María de Yermo y Parres y Santa María de Jesús Sacramentado Venegas no fueron mártires (testigos de su fe que murieron con violencia), pero sí fueron testigos de Cristo (mártires-testigos que vivieron con profundidad su vida cristiana).

Nadie nace en una patria determinada como fruto de una elección personal. Somos mexicanos o chinos o madagascareños porque nuestros padres ciertamente han tenido esa nacionalidad. Y tener una patria implica vivir en medio de una cultura, de una sociedad, de un tiempo determinado. Los santos mártires que fueron canonizados el pasado 21 de mayo son mexicanos no sólo porque nacieron en los Altos de Jalisco o en el Estado de México. Son mexicanos que asumieron una cultura y vivieron en una época particularmente violenta de nuestra historia.

El ambiente de fuerte persecución religiosa que vivieron (1914-1939) tuvo momentos álgidos que desataron una guerra entre mexicanos a causa de la fe en Jesucristo. Es conveniente aclarar que los nuevos santos son muy mexicanos y muy católicos sin que hayan tenido necesidad de tomar las armas para defender sus derechos a profesar una fe religiosa. Particularmente, los tres nuevos santos que fueron laicos se organizaron dentro de la ley y del respeto a las autoridades para hacer efectiva la libertad religiosa con la paz en el corazón.

Son mexicanos, además, por una razón popularmente ontológica expresada en aquel canto que evoca los días en que nacía nuestra nacionalidad: "Desde entonces para el mexicano, ser guadalupano es algo esencial". En efecto, llevaron a Santa María de Guadalupe tan en lo profundo de su corazón, que luego de gritar ¡Viva Cristo Rey!, les brotaba la alabanza a la Morenita. Son mexicanos porque así como María nos dio rosas y se quedó siempre con nosotros, también ellos sembraron la rosa de su sangre para mantener viva la llama de la fe.

Rueguen por nosotros

Pbro. Eduardo Lozano
Comisión central de la Misión 2000

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