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Vicaría      de Pastoral

La Misión de la Parroquia:
Con toda el alma y
abarcando
al mundo entero

Extractos de la conferencia dada por el Cardenal Rogelio Mahony. Arzobispo de los Ángeles, Cal., el 30 de noviembre de 1999 en la Ciudad de México.

Estamos celebrando el milenio de Jesús, la Encarnación del Hijo de Dios que ha cambiado radical y eternamente nuestra condición humana. Desde entonces, nada es lo mismo. Pero cuántas distracciones hay que nos apartan de este hecho central. El milenio ha venido a ser una "palabreja comercializadora", un nuevo truco para vender viejos productos. Los medios de información lo han convertido en una señal para recordar toda clase de acontecimientos y sucesos... excepto aquel que cambió el curso de la historia en forma que trasciende la misma historia. Es Jesús, su entrada y la presencia de Jesús en nuestra vida y en nuestro mundo, eso es lo que celebramos. Es Jesús quien viene a ayudarnos a descubrir cuánto nos ama Dios y cuán preciosos son a los ojos de Dios todos los pueblos, no sólo los discípulos de Jesús. Es Jesús quien nos ha enseñado cómo debemos prepararnos para dar, por amor, nuestra misma vida, que es un don gratuito del Amor de Dios. Es muy importante que aprovechemos esta oportunidad para volver a descubrir el mensaje de Jesús, para ver que "El Amor de Jesús se extiende a todos y abarca más allá de los límites de la Iglesia, y nos hace a todos al uno". En las palabras del Sínodo: La Iglesia debe centrar su atención pastoral y su acción evangelizadora en Jesucristo crucificado y resucitado.

¿Dónde vamos a encontrar a Jesús? El Santo Padre menciona tres caminos hacia Jesús: la conversión, la comunión y la solidaridad. Encontramos a Jesús en lo más profundo de nosotros mismos, en la compañía de los Santos y a lo largo de la comunidad humana.

Me concentraré especialmente en el llamado a la conversión, la comunión y la solidaridad según son experimentadas y expresadas en nuestras comunidades parroquiales. Estos son los caminos para encontrar a Jesús, y es claro que esta relación con la persona de Jesús, siempre presente entre nosotros, es la que nos une también unos a otros, la que tendremos que ofrecer y que el pueblo debe desear ante todo.

Mutualidad de la Conversión, la Comunión y la Solidaridad

Quisiera empezar con un reflexión sobre cómo estos tres aspectos de nuestra misión se encuentran íntimamente entrelazados porque puede haber peligro de concentrarnos en uno u otro de estos aspectos y olvidar aquel. En pocas palabras, que no descuidemos la conversión individual que brota de nuestra comunión que compartimos en el Señor: la comunión, para ser auténtica debe expresar nuestra solidaridad con toda la familia humana. De hecho, para algunos, las obras de solidaridad serán las que abran los corazones a la conversión y a la comunión.

Permítanme insistir un poco en eso. Primero, respecto a la conversión. Como sabemos, los principios de una conversión pueden resultar de diferentes experiencias; algunas veces, una profunda experiencia de vulnerabilidad, otras veces una inmensa experiencia de amor o de compañerismo en relación a alguna causa. El principio de una conversión puede tener lugar en un momento dramático —como Pablo en el camino de Damasco— o ser el resultado de un largo proceso de ir entrando a un nuevo estilo de vida. Podemos confundir lo que puede llamarse "experiencia de conversión" con la conversión en sí misma, esos momentos intensamente emocionales de una vida o un programa cuando somos atrapados a pesar de nosotros mismos. Porque, por importante que sean estos momentos, la verdadera conversión debe infiltrar nuestro modo de pensar o de ver por las cosas: requiere un "catecumenado" de la conversión. Aún más, una verdadera conversión nos llama a salir de nosotros mismos y a entrar en una comunión más profunda con el cuerpo de los discípulos y una solidaridad más estrecha con la familia humana, especialmente los que se encuentran en mayor necesidad. Nunca puede ser algo solitario, ni algo por sí mismo. La prueba de la conversión está en sus consecuencias para la comunión y la solidaridad.

Igualmente la comunión —nuestro compartir en la unidad del Espíritu de Cristo y en la comunión de la Iglesia— debe, en un punto dado, hacerse profundamente personal y abiertamente pública. La comunión en la cual muchos de nosotros entramos como niños en el bautismo, debe ser ratificada, en un momento dado, por nuestra conversión personal, entrando en una relación tal con Jesús y en una respuesta a su llamado que recibimos como una herencia, y que confirma nuestro compromiso. También la comunión de los discípulos no es de sí misma, sino es para otros. Como un escritor lo notó, la prueba del discipulado que Jesús estableció no es "qué tanto cuidamos por los que están cerca de nosotros sino, qué tanto alcance tiene nuestro amor más allá de nuestra familia y de los que nos rodean. Estamos llamados no a una compañía donde nos sintamos a gusto y confortables, sino a una compañía de extraños". Especialmente una compañía de compasión para los más necesitados. Si vamos a encontrar a Cristo no basta buscar en nuestros propios corazones transformados por la conversión o en nuestras asambleas congregadas para la Eucaristía, sino en los lugares de los pobres y oprimidos con quienes Cristo se ha identificado.

Finalmente, la solidaridad no es una alternativa secular que nos exime de la comunión o de la conversión. La solidaridad se convierte en ideología cuando cambia a ser un substituto social de una profunda unión personal con Cristo, así como el compartir la comunión con el Cuerpo de Cristo. La solidaridad en sí misma es la realización de que la vida y el amor de Dios nos atraen a la comunión y a abrazar a la familia humana entera. En las palabras de otro escritor, la solidaridad es "cuando la caridad va más allá del círculo de la intimidad". Y es aún más que esto, la solidaridad es la urgencia por la justicia que viene del hecho de que en el género humano todos somos hermanos y hermanas en Dios. La solidaridad es en sí una expresión de comunión y constantemente exigirá de nosotros la más fundamental conversión, la adopción del modo de vida de Jesús que requiere estar dispuestos a dar la vida por los demás. La solidaridad sin la conversión puede resultar en una simple ideología, la solidaridad sin la comunión puede confundir fácilmente estructuras humanas por la realidad del Reino de Dios. La conversión y la comunión sin la solidaridad pueden fácilmente negar la Encarnación que precisamente celebramos en el milenio.

No podemos separar conversión, comunión y solidaridad, y aún ser fieles a nuestra tradición, o auténticos en nuestros esfuerzos pastorales. Así, algunos encontrarán a Cristo primeramente por medio de una experiencia repentina y enorme del amor de Dios, otros encontrarán a Cristo por comunión de bienvenida dentro de una verdadera comunidad parroquial. Sin embargo, el primer paso para otros puede ser la experiencia de Cristo en la acción de preocuparse y de servir a los pobres y a los que sufren injusticia, cuyas acciones les abrirá sus corazones a la experiencia del amor de Dios y de la comunión de la Iglesia.

Los Movimientos y la Parroquia

La tentación de aislar estas dimensiones entre sí puede tomar la forma de los movimientos, y quisiera distinguir entre la función de los movimientos y la función de la parroquia como parte de mi reflexión en cómo las parroquias pueden llevar a cabo su misión de conversión, comunión y solidaridad.

Lo que caracteriza un movimiento es el enfoque que tienen sobre un aspecto en particular de la vida de la Iglesia, una necesidad en especial, y en particular, por el método para enfrentarlos, llamando así a aquellos quienes toman parte en ello. Los movimientos requieren un serio compromiso, y con frecuencia se concentran en una área en particular. Los movimientos indican o sugieren una necesidad urgente de resolver un problema crítico o con frecuencia un valor vital que ha sido descuidado. Un movimiento no puede abarcar todos los aspectos de la vida de la Iglesia, pues su fuerza se encuentra en su mismo enfoque. En los movimientos no hay lugar para los que no quieren comprometerse ni para los incapaces de trabajar generosamente por una causa.

Como dije, los movimientos son importantes fuentes de renovación, de compromiso y de energía para los diversos aspectos de nuestra vida religiosa y social. Podemos discutir aún que se necesitan nuevos movimientos en donde el Espíritu Santo puede inspirar una nueva vida, una nueva creatividad, y un nuevo impulso para la misión de la Iglesia. Pero, la parroquia no es un movimiento. Está basada en el principio de la inclusión, la inclusión de muchas formas de espiritualidad, del llamado a la conversión personal y a la transformación social, a la comunión de la Iglesia, y a la solidaridad que compartimos con nuestros semejantes de nuestra parroquia, independientemente de su relación con Cristo. Como dice un escritor estadounidense, "la Iglesia está hecha para los pecadores, lo cual provoca consternación en el presuntuoso". Esto se aplica de una forma prominente a la parroquia. Todos tienen su lugar en la parroquia, tanto los que han sido bautizados, y en cierto aspecto, todos nuestros hermanos y hermanas de la familia humana.

Con estas palabras, quisiera añadir algunas ideas acerca de la conversión, comunión y solidaridad, en cuanto son vividas y expresadas en la vida parroquial. Con esto, se entiende que la parroquia es una parte necesaria en nuestro concepto de la Iglesia, pero en sí, la parroquia individual no expresa adecuadamente lo que es la Iglesia. La parroquia individual es parte de la Iglesia Universal al formar parte de la diócesis local. Esto debe expresarse concretamente en la colaboración entre las parroquias dentro de la diócesis, y más allá de las fronteras de la diócesis, y con otras parroquias a través del hemisferio y del mundo. Espero que las relaciones que hayan iniciado entre las parroquias representadas aquí en esta asamblea, encuentren métodos para continuar un apoyo mutuo.

Conversión

Las parroquias están encontrando que deben continuar ofreciendo oportunidades para la conversión como nuestro Santo Padre nos lo recuerda en Ecclesia in America. Se están uniendo en la preparación para los sacramentos a los padres con sus niños, para el Bautismo, la Confirmación y la Eucaristía. La instrucción en la fe va a dar forma al modo de pensar y a la experiencia en celebrar el amor de Dios. Aquí también, los aspectos personales, litúrgicos y comunitarios de la fe son expresados. Además, están presentando estos sacramentos no como algo que recibimos de la Iglesia, sino como pasos que damos en la jornada que nos conduce a una más profunda y amplia experiencia del amor de Dios, a una expresión del sentido del seguimiento de Cristo. Es en la relación con Cristo y en la relación de unos con otros en Cristo que encontramos la gracia y el ánimo para el discipulado. Es aquí donde el fervor y el entendimiento crecen y la fe viene a ser un modo de vida, y no solamente una membresía en una organización.

Las varias iniciativas reflejan una nueva manera de apreciar el hecho de que la conversión es un proceso continuo, una necesidad constante y una compleja realidad. Nuestras parroquias están llegando a ser lugares de conversión. La conversión, en sus numerosas dimensiones, debe continuamente caracterizar nuestro acercamiento a la liturgia, a la catequesis, al cuidado pastoral y a la vida entera de la parroquia. En las décadas pasadas, ayudaba recordar la distinción entre kerigma y didaché, entre proclamación del mensaje salvífico de Cristo y la formación en la fe de los que han aceptado la proclamación. Hay quienes distinguen entre evangelización y lo que han llamado pre-evangelización, que significa poner los cimientos que van a capacitar a las personas para escuchar el mensaje del Evangelio. Guiador por Evangelii Nuntiandi, del Papa Pablo VI, y el llamado a la Nueva Evangelización, del Papa Juan Pablo II, apreciamos la evangelización como una formación multidimensional en la fe y para la transformación del mundo. La evangelización implica conversión continua y supone transformación en el Señor Jesucristo, en atención al Cuerpo de Cristo, y en proseguir la Misión de Cristo. Este modo de entender la evangelización, y por consiguiente, la conversión, está comenzando a plasmar la vida de la parroquia.

Comunión

El Sínodo de América puso las raíces de nuestra comunión en la vida misma de Dios, con estas palabras: "Ante un mundo roto y deseoso de unidad es necesario proclamar con gozo y fe firme que Dios es comunión. Padre, Hijo y Espíritu Santo, unidad en la distinción, el cual llama a todos los hombres a que participen de la misma comunión trinitaria".

Una muy lamentable condición de la cultura moderna es un individualismo que invade todo, después de una lucha secular para reconocer los derechos y la dignidad de la persona humana. En muchas partes de nuestras sociedades el proceso ha alcanzado a erosionar los lazos de la comunidad que son esenciales para la vida humana y la responsabilidad social. Vemos también esta misma erosión en la vida de familia, en la Iglesia y en las comunidades locales. El individualismo toma la forma de sociedades anónimas en los negocios, y en la forma de mercados de acciones, y en la movilidad de compañías sin lealtad alguna a la comunidad.

Ya he mencionado al catecumenado como modelo de conversión por el aspecto comunitario que éste tiene, y por su apertura a la solidaridad. Hay otras formas en las que nuestras parroquias están expresando y fortaleciendo la comunión que compartimos en el Señor. De máxima importancia es, por supuesto, la celebración de la Eucaristía. Hemos llegado a apreciar que la participación activa en culto en la que el Concilio Vaticano II insistió no es sólo la participación de los individuos sino una expresión de comunión. La participación en los ministerios litúrgicos y en la música, que ya nos une en un cuerpo orante, y un estilo de presidir y predicar de acuerdo con la vida de la comunidad, son poderosos medios para expresar el hecho de que somos uno en el cuerpo de Cristo. Un segundo paso hacia la expresión y profundización de la comunión que ya existe en el Señor es la adopción de pequeñas comunidades como parte de la estructura de nuestras parroquias. Son las comunidades eclesiales de base —que en Norteamérica llamamos pequeñas comunidades cristianas— y que forman grupos de fieles que se reúnen en la fe y en la oración para apoyarse mutuamente y establecer lazos entre su fe y sus actividades en la familia, en la comunidad y en su trabajo, y para encontrar formas en que puedan llevar adelante la misión de Cristo en el mundo. Aún estos grupos deben encontrar un equilibrio entre lo personal, lo comunitario y lo social. Necesitamos encontrar mejores maneras de ayudar a los miembros de estos grupos a tener una mejor formación en la enseñanza de la Iglesia, y que ésta sea la base de sus reflexiones, y así puedan unir el apoyo personal que encuentran estos grupos con la reflexión que los capacite mejor para su misión social.

He dicho que es asunto de estructura y estilo, y he hablado de estructuras específicas. Pero el estilo que ha emergido en nuestras pequeñas comunidades —un estilo que incluye oración, reflexión en la fe, apoyo y capacitación para la acción— puede aplicarse también a los otros grupos parroquiales. Nuestros consejos pastorales y de finanzas, los grupos de ministerio y de liderazgo, aprovecharían también, si adoptan este estilo de tal manera que sus reuniones no sean sólo para atender asuntos de la parroquia, sino también ocasiones de crecimiento en su parroquia como comunidad de fe.

Otra área que quisiera mencionar para el mejoramiento de nuestras parroquias en la comunión es la colaboración entre los sacerdotes religiosos y laicos, hombres y mujeres, líderes y fieles. Una expresión que tomamos de ustedes —Pastoral de Conjunto— lo dice muy bien. Mientras que pastores y fieles tienen su propia función (y es un error confundir las distintas responsabilidades de unos y otros) no hay que olvidar que deben complementarse en un conjunto de ministerios. La parroquia debe ser una comunidad de ministerios, ejerce sus funciones en comunidad. En estos últimos tiempos hemos aprendido a hacer Pastoral de Conjunto y todavía nos queda bastante por aprender, pero ya hay un nuevo espíritu y práctica en las parroquias, un espíritu de responsabilidad compartida y un ministerio mutuo que contiene enormes promesas para el futuro.

La calidad de la comunión en la vida parroquial exige un nuevo liderazgo de parte de los párrocos. A este propósito, encuentro sumamente prácticas las palabras del Santo Padre: "Los presbíteros, en cuanto pastores del pueblo de Dios en América, deben además estar atentos a los desafíos del mundo actual, y ser sensibles a las angustias y esperanzas de sus gentes, compartiendo sus vicisitudes y sobre todo, asumiendo una actitud de solidaridad con los pobres. Procurarán discernir el carisma y las cualidades de los fieles que puedan contribuir a la animación de la comunidad, escuchándolos y dialogando con ellos, para impulsar así su participación y co-responsabilidad".

Este liderazgo pastoral es un último término, una cualidad personal del pastor. Como nuestro Santo Padre escribe: "Se necesitan pastores con una profunda experiencia del Cristo Vivo, un espíritu misionero y un corazón de padre capaz de promover la vida espiritual, predicar el Evangelio y fomentar la cooperación". Necesitamos ayudar a nuestros pastores, frecuentemente abrumados por las múltiples exigencias del tiempo presente, para que tengan la suficiente formación y logren la remodelación de sus parroquias, que al mismo tiempo los ayudarán en su liderazgo.

Solidaridad

"La Iglesia entera necesita recordar el vínculo entre la Eucaristía y la caridad: participar en la Eucaristía debe llevarnos a un más fervoroso ejercicio de la caridad". Estas son palabras del Papa Juan Pablo II que nos recuerdan sus enseñanzas en el Sínodo de América. La comunión que compartimos debe extenderse más allá del altar en que nos reunimos, de hecho, debe extenderse más allá de la comunidad que es la Iglesia. La plena expresión de comunión nos conduce a las obras de solidaridad. Con palabras del Sínodo de América que nuestro Santo Padre hace suyas: "La solidaridad es fruto de la comunión: se expresa en el amor del cristiano que busca el bien de los otros, especialmente de los más necesitados".

La solidaridad debe extenderse desde nuestra conciencia personal de miembros de nuestra parroquia, a los programas más amplios de la Iglesia y de la sociedad. Debe comenzar con un renovado sentido de servicio en el cual nuestras propiedades y talentos y los recursos de nuestra tierra no son vistos como propiedades sino como dones de Dios al servicio del bien común.

Las parroquias no pueden actuar aisladamente para poder cumplir las exigencias de la solidaridad. Frecuentemente tendrán que formar organizaciones que habiliten a los fieles para actuar con todas las gentes de buena voluntad, y enfrentar los retos contra la vida desde la concepción hasta la muerte. Las parroquias vienen a ser escuelas para la vida pública, al equipar a sus fieles con habilidades y confianza en sí mismos para ejercer liderazgo en la vida pública. Las parroquias invitan a sus fieles a aprovechar las oportunidades de ejercitar la caridad, por medio de las cuales, y con la debida reflexión, se darán cuenta de las exigencias de la justicia que van junto con la necesidad de la caridad. Esto ya está sucediendo, y necesitamos resaltar los ejemplos y celebrar las ocasiones de solidaridad, de tal manera que, las que se consideren prácticas, también se consideren posibles. Porque hay un gran peligro en nuestro mundo en el que unos pocos toman decisiones cada vez más fuera del alcance de nuestra gente, y hacen que se sientan impotentes de ejercer sus misiones de caridad y justicia, las cuales ellos desean cumplir fielmente.

Todos y cada uno

Nuestras parroquias, con todas sus diferencias, son el cimiento para estas dimensiones de discipulado. Las parroquias están suficientemente cercanas para darse cuenta del grado de intimidad del encuentro de Cristo con la persona, y enraizadas en la cultura, en la sociedad, y en la Iglesia Universal para fortalecer los lazos vitales que comparten con la familia humana. En todo lo que nuestras parroquias hacen deben formar comunidad de tal manera que la gente se sienta en casa y suficientemente organizada para llevar a cabo la misión de Cristo en el mundo de hoy. Deben siempre respetar la dignidad de cada individuo y la variedad de las legítimas espiritualidades a través de las cuales los cristianos han aprendido el lenguaje de la fe. Será con la experiencia de este respeto y hospitalidad como los fieles quedarán capacitados para respetar a otros que están todavía distantes de ellos.

La afirmación sobre la vida parroquial en la Iglesia y en América merece esta última cita: "La parroquia es un lugar privilegiado en que los fieles pueden tener una experiencia concreta de la Iglesia: la parroquia debe renovarse continuamente, partiendo del principio fundamental de que la parroquia tiene que seguir siendo primeramente Comunidad Eucarística".

Este principio implica que las parroquias están llamadas a ser receptivas y solidarias, lugar de la iniciación cristiana, de la educación y la celebración de la fe, abiertas a la diversidad de carismas, servicios y ministerios, organizadas de modo comunitario y responsable, integradoras de los movimientos de apostolado ya existentes, atentas a la diversidad cultural de sus habitantes, abiertas a los proyectos pastorales y superparroquiales y a las realidades circunstantes.

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