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Vicaría      de Pastoral

SÍNTESIS Y COMENTARIOS
DE LA CONSULTA A LAS VICARÍAS

                          Elaborada por los Delegados de Pastoral

Revisión de nuestro caminar juntos en la Misión

1. La Asamblea Diocesana constituye un momento privilegiado para el encuentro, para el diálogo, para la oración en común y para la evaluación de nuestro ser Iglesia. Por ello, buena parte de nuestra reflexión en la Asamblea de este año se centrará en la revisión de lo que ha sido hasta ahora el caminar en la Misión 2000. Queremos vernos a nosotros mismos, tocar la realidad lo más objetivamente posible, tratar de iluminarla con la Palabra de Dios, primero, y con las directrices de los Magisterios Universal y Local, después, para poder tomar juntos decisiones que nos lleven a vivir más a fondo nuestra vocación cristiana en medio de las circunstancias complejas que se dan en nuestra Ciudad.

2. Las ocho Vicarías territoriales en las que se divide nuestra Arquidiócesis han celebrado sus respectivas asambleas vicariales, en las que han reflexionado a través del instrumento de consulta que para tal efecto preparó la Comisión Central. El presente documento presenta las aportaciones de las Vicarías en una visión de conjunto que intenta ayudar a nuestra mejor concientización de lo que Dios nos está pidiendo desde que nuestro obispo nos invitó a involucrarnos todos en el proyecto de la Misión.

La situación actual

3. Las asambleas vicariales han coincidido en que la Misión 2000 ha logrado despertar en la mayoría de los miembros de la comunidad arquidiocesana una nueva conciencia misionera, lo que ha motivado a todos, especialmente a los laicos, a vivir mejor su compromiso bautismal. En muchas parroquias, la Misión ha traído consigo una gozosa renovación espiritual y pastoral que en si misma es ya un fruto del que podemos dar gracias a Dios. Los Equipos Misioneros Parroquiales están siendo una riqueza nueva en el seno de nuestra Iglesia. En algunos puntos de la Arquidiócesis se ha involucrado decididamente a los jóvenes en el proyecto misionero, y ha resultado un éxito. Por otro lado, descubrimos cada vez con mayor claridad, la importancia que tiene en nuestro pueblo la religiosidad popular. Creemos que bien enfocada, puede ésta ser un valioso medio de evangelización. En vez de rehuirla o, lo que sería peor, de atacarla necesitamos centrarla en Cristo y en el acontecimiento pascual para que sea verdadero vehículo de acercamiento al Evangelio y a la vida en el Espíritu. Además, creemos que la devoción guadalupana debe ser un elemento no descuidado a la hora de impulsar la evangelización en el nuevo milenio, toda vez que fue a través de Guadalupe como se hizo presente y abrió brecha el cristianismo en estas tierras.

4. La polifacética realidad de nuestra Arquidiócesis se ve reflejada también en la pluralidad de respuestas a la invitación misionera. Los ritmos son distintos en cada parroquia, así como los medios utilizados para evangelizar. Es parte de nuestra riqueza. Las iniciativas arquidiocesanas no se proponen violentar los procesos comunitarios ni imponer métodos específicos, sino animar a todos a tornar en serio su papel misionero en la apremiante hora que nos ha tocado vivir.

5. Sin embargo, existen sombras que necesitamos encarar abiertamente. Es un consenso doloroso el que la mayoría de los sacerdotes han mostrado, cuando no una clara oposición o indiferencia ante la Misión, sí una gran resistencia y falta de entusiasmo para un proyecto que quizás no acaban de ubicar dentro de su propia vida ministerial. Algunos ni siquiera han dado el primer paso: el de la formación del Equipo Misionero Parroquial; otros lo han formado, para abandonarlo después a su suerte. Los agentes laicos descubren con razón que no pueden colaborar eficazmente en la Misión sin el total involucramiento de sus pastores, sin su asesoría, su motivación, su acompañamiento: en una palabra, sin su compromiso.

6. El papel del sacerdote en la comunidad cristiana es insustituible, motor fundamental para que cualquier iniciativa eclesial prospere y dé frutos. Por ello, creemos que hace falta una profunda conversión, en primer lugar, en nuestros mismos pastores. Ellos son los primeros que tienen que recordar que la misión no es una actividad más, sino el espíritu, la actitud de fondo que debe penetrar toda la vida de la comunidad y de la persona misma. Se trata de una espiritualidad misionera, que no es sino la misma espiritualidad bautismal vivida con todas sus aplicaciones naturales.

7. Es cierto que la mayoría de nuestros sacerdotes se encuentran prácticamente rebasados por las celebraciones litúrgicas, y que no se dan abasto frente a la gran cantidad de servicios que las comunidades demandan. Pero deben recordar, hoy con más urgencia que nunca, que el sacramentalismo termina por asfixiar la labor evangelizadora, y que las celebraciones litúrgicas no pueden ser un fin en sí mismas, ni absolutizar la actividad de una comunidad cristiana; ellas deben ser, más bien, la culminación de un proceso de encuentro con Cristo, propiciado por el anuncio kerigmático, sostenido por la catequesis y por la vivencia de comunidad y expresado por la experiencia de la caridad, del servicio a los demás.

El proceso misionero es tarea de todos

8. Necesitamos todos asumir el proceso misionero como un nuevo caminar, es decir, como ruptura con aquellas formas pastorales del pasado que no consiguen acercar el hombre a Jesucristo. De la misma manera como necesitamos una actitud constante de conversión personal, necesitamos una conversión ("cambio de mentalidad") a la Misión, que es la razón de ser de la Iglesia. Para ello, el contacto dócil con la Palabra de Dios, así como la apertura a las orientaciones del magisterio de la Iglesia resultan ayudas irremplazables.

9. Muchos sacerdotes sienten que se les está pidiendo demasiado, que ya tienen bastante con el trabajo que desempeñan. Pero, precisamente por ello, es urgente cambiar la mentalidad e involucrar de lleno a los laicos en el trabajo misionero y en la misma actividad pastoral de la comunidad. Muchas veces, el trabajo de la evangelización resulta imposible por una mala organización. Sin una metodología adecuada resulta imposible llevar adelante las grandes empresas. No sólo debemos aprender a trabajar en equipo, rompiendo todo tipo de prejuicios, sino haciendo uso de una adecuada planeación estratégica que involucre a todos para que cada uno, según el propio carisma y los propios dones, asuma su propia responsabilidad en la misión que Jesús confía a su Iglesia. Además, debemos revisar nuestras prioridades. Y esto se nota en la manera como se administran hasta los bienes materiales. Invertir la propia persona, el propio tiempo y la propia creatividad, así como los bienes económicos de la comunidad, en la formación espiritual, catequética y evangelizadora de los laicos expresa, por parte del pastor, una opción más clara por la instauración del Reino.

10. Y no hace falta inventar nada nuevo. Las estructuras pastorales de la Arquidiócesis pueden bastar si se saben potenciar adecuadamente. En concreto, el Decanato aparece, hoy por hoy, como la principal instancia para lograr una pastoral orgánica y un creciente sentido de solidaridad y subsidiariedad, por el que las parroquias más avanzadas o con mejores recursos humanos y materiales pueden ayudar a las que se ven menos favorecidas. Es el Decano quien puede lograr, poco a poco, con una labor fraterna de acompañamiento y motivación de sus hermanos sacerdotes, la toma de conciencia de éstos y su gradual incorporación al camino misionero de la Iglesia. Y el Decano no puede actuar solo. Las asambleas de las vicarías han insistido en la importancia del papel del Vicario Episcopal, como motivador cercano y autoritativo de la misión. En pocas palabras: el compromiso es de todos, cada uno en el lugar que ocupa.

11. Los laicos, por su parte, deben asumir más decididamente su papel protagónico en la labor evangelizadora de la Iglesia, siendo conscientes de que el Evangelio no se recibe de una vez por todas, sino que exige un proceso gradual de apertura a sus aplicaciones y dinamismos, y de que sólo en esta apertura constante se puede anunciar eficazmente a los demás.

12. Muchos laicos viven su ser Iglesia a través de alguno de los diversos movimientos que enriquecen la vida de la Iglesia arquidiocesana con su carisma propio. A ellos les recordamos que tienen siempre el reto de crecer en una conciencia más amplia de pertenencia a la Iglesia, que no se agota en ningún movimiento concreto, y por lo tanto de superar actitudes de suficiencia, de capillismo y encerramiento dentro de los propios límites que el movimiento, por su propia naturaleza, tiene. Suele ser un reclamo de los pastores el que los movimientos no se abren fácilmente a los proyectos parroquiales o diocesanos, mostrando una gran resistencia para adaptarse a las necesidades concretas de la Iglesia local o a las exigencias del tiempo presente.

Propuestas para corto y mediano plazos

13. Creemos que, a la luz de la consulta diocesana a la que hemos intentado responder como preparación para la Asamblea, debemos asumir un mayor compromiso en los siguientes rubros que nos parecen más urgentes:

14. Crear y fortalecer los CEFALAES. La formación de los Agentes Laicos debe ser eclesial, permanente, gradual, continua, activa, actualizada y evaluada. Por ello, nos parece que estos centros de formación resultan fundamentales en el momento actual de la Misión. Sin una adecuada formación, los Agentes Laicos, principales misioneros de la Arquidiócesis, serán incapaces de inculturar el evangelio en los diversos ambientes, terminarán por cansarse y por abandonar el esfuerzo misionero. Para la creación y consolidación de estos centros de formación es indispensable el compromiso y la generosa colaboración de los pastores y de los catequistas más cualificados de la comunidad arquidiocesana.

15. Recordar que el II Sínodo Arquidiocesano definió como destinatarios prioritarios de la acción evangelizadora de la Iglesia a los alejados, a los pobres, a las familias y a los jóvenes,

16. Actualizar la catequesis, para que responda mejor a la identidad misionera que deseamos alcanzar en todos los ambientes y a todos los niveles en nuestra comunidad eclesial.

17. Formar o fortalecer los Equipos Misioneros Parroquiales y Decanales, sin los cuales será imposible un trabajo sostenido, sistemático y eficaz.

18. Insistir en la elaboración de los planes de pastoral parroquial, decanal y vicarial, involucrando a los laicos en la elaboración de dichos planes.

19. Implementar cursos de planeación estratégica en los decanatos, para aprender a trabajar en la corresponsabilidad y en la evaluación metódica.

20. Crear el Consejo Pastoral Arquidiocesano, como la instancia que podrá garantizar la continuidad y el progreso del trabajo evangelizador de la Arquidiócesis.

21. Insistir en el crecimiento espiritual, requisito indispensable para el despertar misionero. Para ello debernos propiciar más la experiencia del retiro, el aprendizaje de la oración, el conocimiento de la Sagrada Escritura.

22. Para evangelizar al hombre de hoy, necesitamos estar a la altura de los tiempos. Por ello, debemos utilizar más decididamente los medios que el avance tecnológico pone a nuestro alcance, conscientes, sin embargo, del papel prioritario que el testimonio y la experiencia de comunidad fraterna, evangelizada y evangelizadora, tienen en la labor misionera.

Para concluir

23. "La evangelización de la cultura ha de ser un proyecto de corresponsabilidad integral de todos los miembros de esta Arquidiócesis; nadie está justificado para permanecer ajeno a esta responsabilidad que comprende tanto a quienes desarrollan su actividad eclesial principalmente en territorios determinados, como a quienes se ocupan más directamente de los nuevos ambientes sociales y de las áreas culturales. Cristo Jesús, que anunció el Reino, lo hizo presente en su persona y confió a su Iglesia la tarea exigente y fascinadora de difundirlo, eficaz y visiblemente; por todo el mundo hace resonar hoy su voz en medio de esta asamblea, para reiterarnos su mandato: 'Vayan por todo el mundo y anuncien la Buena Nueva a toda la creación" (Mc 16, 15). (Cardenal Ernesto Corripio Ahumada ECUCIM, 4601- 4602).

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