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Vicaría      de Pastoral

La Iglesia
aprendió
de su Maestro

HOMILÍA del Cardenal Norberto Rivera
Arzobispo Primado de México
en la Catedral Metropolitana

Tres temas, y los tres muy importantes, reclaman nuestra atención en el pasaje evangélico de hoy. Jesús nos habla de su pasión, muerte y resurrección, como acontecimiento esencial para entender su mesianismo. Después nos enseña que el sentido de la autoridad cristiana no es la ambición de poder, sino el espíritu de servicio. En tercer lugar, Jesús muestra su predilección y su identificación con los niños. Por las circunstancias y fenómenos que más adelante brevemente describiré, quisiera detenerme a reflexionar junto con ustedes sobre los niños.

El evangelista San Marcos nos ha dicho que los discípulos se quedaron callados ante la pregunta que Jesús les hizo: “¿De qué discutían por el camino?” Sencillamente se quedaron callados porque en el camino habían discutido sobre quién de ellos era el más importante. Los discípulos creyendo que era inminente la inauguración del Reino de Dios, que concebían en ese momento como un reino terrenal con puestos de poder y con honores, comienzan a candidatearse para los puestos mejores. Entonces Jesús se sentó, llamó a los Doce y les dijo: “Si alguno quiere ser el primero, que sea el último de todos y el servidor de todos”. Y como en la casa en donde se hospedaba estaba un niño, Jesús lo tomó, lo puso en sus brazos y continuó su discurso diciéndoles: “El que reciba en mi nombre a uno de estos niños, a mí me recibe. Y el que me recibe a mí, no me recibe a mí, sino a aquel que me ha enviado”.

Esta es una de las frases pronunciadas por Jesús en relación a los niños, pero ciertamente no es la única. En este mismo contexto San Mateo nos transmite otra frase más fuerte y exigente: Si no cambian y si no se hacen como niños, ciertamente no van a entrar al Reino de los cielos. Son episodios y frases sencillas, cargadas de profundidad y de luz, en donde se nos muestra ciertamente el amor y la predilección de Jesús por los niños, pero también es un llamado a ver y realizar el proyecto primordial de Dios sobre el hombre, pues cambiar, convertirse en niño, significa llegar a ser el hombre y la mujer tal y como salieron de las manos de Dios en el principio, llegar a ser verdaderamente imagen y semejanza de Dios.

Lo primero que debemos reconocer, historia en mano, es que se ha ganado mucho en el aprecio del niño por parte de la sociedad. Desde los tiempos remotos en que los hijos eran considerados dos como objetos de los padres, que podían disponer de ellos a su antojo, desde el cercano siglo XIX en que la creciente industrialización encontraba en los menores de edad mano de obra eficaz y barata, hemos llegado a una, todavía reciente, “Declaración universal de los derechos del Niño”, firmada por la mayoría de los países.

Sin embargo, por desgracia, esta “Declaración” se queda muchas veces en el papel, mientras el niño sigue siendo víctima de la sociedad adulta. Oigamos la voz de los obispos reunidos en Santo Domingo: “El niño, concebido, no nacido, es el ser más pobre, vulnerable e indefenso que hay que defender y tutelar. La Iglesia debe ejercer el ministerio profético denunciando toda violación contra los niños nacidos y no nacidos. Niños de la calle, que deambulan día y noche sin hogar ni futuro. Niños sin familia, sin amor, sin acceso a la educación, es decir, niños en extrema miseria física y moral, muchas veces consecuencia de la desintegración familiar. Incluso se presenta un aberrante comercio de niños y niñas, tráfico de órganos y hasta niños utilizados para cultos satánicos”. Niños explotados laboralmente en condiciones infrahumanas. Niños víctimas del despliegue masivo de iniciación a las drogas. Niños indefensos ante la exaltación de la violencia, el erotismo y el materialismo de la sociedad de consumo.

Gracias a Dios, junto a este panorama negativo de la sociedad actual sobre el niño, se puede colocar otro cuadro con los logros conseguidos a favor de la infancia. Pero mientras estas lacras manchen nuestra civilización, no podemos estar con los brazos cruzados y con la conciencia tranquila. Los cristianos tenemos que acercarnos a Jesús, que en el evangelio de hoy y en diversas ocasiones se muestra tan amante de los niños, para inspirarnos en su ejemplo y magisterio.


    El que no reciba el reino de Dios
      como un niño, no entrará en
               él
(Lc 18,17)
El máximo exponente del amor de Jesús a la infancia es que él mismo quiso ser niño, pasando por los trámites de la encarnación, en el seno de María, hasta la juventud en Nazareth a través del nacimiento en Belén. Y ya en su vida pública reprende a sus discípulos cuando impedían la cercanía de los pequeños: “Dejen que los niños se acerquen a mí y no se lo impidan, porque de ellos es el Reino de los cielos”. Una de las pocas veces que Jesús estalla en cólera se registra cuando piensa en el que escandaliza a los niños: “Más le valdría que le colgaran al cuello una piedra de molino y lo echaran al mar”.

La Iglesia ha aprendido de su Maestro esta predilección por los niños. Cuando las sociedades y los Estados ni soñaban con la educación de la infancia, órdenes y congregaciones religiosas se dedicaron abnegadamente a la enseñanza de las jóvenes generaciones desde las primeras letras. Pero esto no es cosa del pasado solamente, en la actualidad, en esta gran ciudad, nadie tiene tantas instituciones y personas dedicadas a cuidar de los niños pobres y de la calle como la Iglesia Católica. La hija predilecta de Carlos Marx ha escrito en sus memorias: “Recuerdo que mi padre decía que podemos perdonar muchas cosas al cristianismo porque enseñó a amar a los niños”.

Ingente labor nos queda por realizar a los cristianos, si queremos seguir las huellas de Jesús y neutralizar el panorama sombrío de la sociedad frente a la infancia. Defender y proteger al niño desde el kilómetro cero de su concepción luchando contra la cultura de la muerte en sus expresiones más variadas. Descubrir la riqueza del bautismo infantil, pues si los padres pueden regalar al hijo la vida natural, también pueden procurar la filiación divina. Proclamar el derecho de los padres a elegir la educación de sus hijos, pues si son responsables de su desarrollo físico, también lo son de su crecimiento espiritual. Defender el derecho de los niños a un hogar feliz y armonioso, donde los padres se quieran y les quieran y donde crezcan en edad, sabiduría y gracia, como Jesús.

24 de septiembre del 2000
XXV Domingo Ordinario

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