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Vicaría      de Pastoral

La santificación
del presbítero
en la Misión


Ustedes son la luz del mundo...
Mt 5, 14

La Misión venida de fuera

Es difícil aceptar que las experiencias de los demás valgan más que las mías. Necesito mucha humildad para reconocer que hay personas que saben más que yo de lo mío. A lo largo del tiempo he ido perfeccionando mi forma de pastoral y actualmente estoy satisfecho con los resultados. Yo sólo quiero trabajar a mi modo, con los medios que he experimentado y con los resultados que me gustaría tener. Reconozco que mi parroquia se va convirtiendo cada vez más en un club de la tercera edad ante la ausencia gradual de adultos, jóvenes y niños. Pero me siento a gusto. Hay estabilidad en mi vida y, realmente, no me gusta la aventura.

Pero...

De pronto llega la famosa Misión 2000. Año Jubilar. Significativo aniversario de la redención. Y como si no tuviera yo ya demasiado trabajo, nos echan encima una extraña Misión 2000. Al principio pensé que podría hacerme el disimulado y no tomarla en serio. Decir que sí, pero no decir cuándo. Y la Misión 2000 pasaría en mi parroquia sin pena ni gloria. Pero no me dejaron. Lo tomaron muy en serio desde el Cardenal, pasando por los Vicarios Episcopales para terminar con el Decano. Reunión tras reunión nos motivaron, nos alentaron, nos subieron al tren casi a fuerzas.

¿Cómo decir que no con una cruz de misionero pendiente del pecho? ¿Cómo decir que no cuando han alborotado a mis laicos y ellos dicen que sí? ¿Cómo zafarse del compromiso de la Misión si contínuamente nos infunden nuevos ánimos para realizar nuevas metas?

Después de todo no es una misión que venga de fuera

Yo soy el pastor de mi parroquia. Pero mi Obispo lo es más. Él es el pastor nato. Él pastorea el rebaño con la ayuda de los presbíteros. Mi presbiterado está en función de mi Obispo. Fui ordenado no a título de mi propia persona sino a título de mi Diócesis a cuyo Obispo y sucesores juré, muy en serio, fidelidad, respeto y obediencia.

El papel del Obispo no puede limitarse a ser tan sólo un administrador de la Diócesis y un encargado de relaciones públicas en nombre de la Iglesia. El papel del Obispo no puede limitarse a ser el gerente de una agencia de empleos clericales ni a ser tan sólo el celebrador obligado en las fiestas parroquiales y en las confirmaciones. Tampoco puede ser el que nos saque las castañas del fuego cuando nos metemos en problemas que no podemos resolver.

El Obispo es eminentemente un pastor. Y como tal, si es responsable, debe tener una injerencia directa en la pastoral de la de la Diócesis. Él es el factor de toda pastoral. Y como buen pastor, debe tener un plan de pastoral. Como pastor prudente elaborará dicho plan con la ayuda y consejo de su presbiterio para que responda a la realidad de la Diócesis. Una vez hecho el plan puede lanzarlo, implementarlo. Es su derecho.

Y mi obligación de párroco es aceptar que el Obispo es el Pastor propio de mi parroquia y que tiene ingerencia en ella. Acepto su plan como propio aunque, lógicamente, adaptado a las necesidades de mi parroquia a la que nadie conoce mejor que yo. Y a mi vez, hago un plan parroquial con la prudencia necesaria que me lleva, a aceptar el consejo y a buscar la ayuda de los laicos más comprometidos de mi comunidad.

Así, la Misión 2000 no vino de fuera, es propia de mi comunidad y es parte de la pastoral ordinaria de mi parroquia. Puedo esperar a que me suban al tren a fuerzas y la Misión 2000 fracasará irremediablemente. O puedo subirme con entusiasmo y, entonces, transformará mi parroquia y le dará color de Iglesia. Esa es la diferencia entre un plan pastoral, si lo hay, individualista y personalista, y un plan pastoral parroquial con sentido eclesial personalizado e individualizado.

De la desilusión a la derrota

En mi Decanato hay una parroquia que tiene la suerte de tener al frente a un pastor al que yo admiro por su dinamismo y por su trabajo. Excelente párroco.

Hace unos meses, en una de esas reuniones que se han vuelto cada vez más frecuentes para evaluar el trabajo junto con nuestros laicos más comprometidos, tuve la oportunidad de admirar una nueva faceta de mi hermano sacerdote, a la vez que recibí un consuelo que me alentó a seguir adelante.

Desde antes de que comenzara el 2000, yo había advertido y admirado el trabajo que él realizaba en su parroquia: colaboró con un equipo nutrido de sus laicos para la formación del Equipo Misionero Decanal. Su parroquia fue sede de uno de los centros de formación para los Equipos Misioneros Parroquiales. Su Equipo Parroquial recibió formación extra, exigente y profunda. Siguió al pie de la letra y a la perfección el plan de la Arquidiócesis.

Llevaron a tierra las barcas y, dejándolo todo, lo siguieron
Lc 5, 11

Y yo seguía sus progresos con admiración y con santa envidia comparando su dinamismo, su organización, con mis métodos un tanto cuanto existenciales y desorganizados.

Llegó la junta de evaluación en la que cada parroquia presentó un informe del trabajo y del progreso logrado. Nuestro hermano sacerdote nos informó sobre el trabajo en su parroquia y yo escuchaba con admiración. Mi admiración creció cuando, con toda humildad, al final de su brillante informe, con sencillez confesó: "pero la gente no ha respondido".

Me consta que a pesar de la falta de respuesta, él ha seguido trabajando con el mismo entusiasmo, buscando y buscando esa respuesta que debe de estar por allí y que todo es cuestión de encontrarla. Mal de muchos, consuelo de tontos. Pero esa confesión sincera hecha con tanta sencillez me ayudó a no desanimarme.

Se me ocurre que es algo así como lo que pasó a los Apóstoles cuando después de intentar inútilmente pescar algo durante toda una noche, al amanecer escucharon a un Carpintero que les da el consejo de echar las redes al otro lado de la barca. "En tu nombre echaré las redes" ¡Y pescaron!

Cuando las fórmulas no funcionan

Las fórmulas fallan. En la pastoral 2 + 2 no son siempre 4. Los resultados no corresponden al esfuerzo invertido. Y eso desilusiona. Dan ganas de botar las redes y dedicarse a otra cosa. Regresar a las prácticas pastorales ya experimentadas y que dan menos resultados, ¡pero resultan!

Y entonces llega el Carpintero, que no sabe nada de pesca y nos da el consejo: "lanza la red al otro lado de la barca". ¿Escucharé el consejo? ¿Confiaré en el Carpintero?

Pienso que soy tan importante, que sé tanto, que se me olvida aquello de que "si no es Dios quien construye la casa, en vano trabajan los albañiles".

Sin Dios, es fácil pasar de la desilusión a la derrota. Con Dios: "en tu nombre echaré las redes". A final de cuentas, Jesús es el Pastor, suyo es el plan y suya mi parroquia.

O Dios camina con nosotros en la ciudad o no hay misión

Lo que dijimos del Obispo también se aplica a nosotros los párrocos. ¿Qué somos? ¿Simples administradores de los bienes materiales de una Parroquia? ¿Celebradores por encargo de sacramentos, fiestas y pompas fúnebres? ¿Funcionarios establecidos en una oficina convertida en baluarte inexpugnable defendido por una secretaria? ¿Dueños de la feligresía?

¡Somos pastores! Somos misioneros enviados: tenemos que ir, no quedarnos. Vamos de paso, no nos establezcamos. Vivimos en casa de campaña, no la hagamos de piedra porque ya no nos atreveremos a dejarla. Somos pregoneros, no acallemos la voz.

¿Perseveramos en la misión? Al paso del tiempo, puede haberse enfriado mi primer fervor. Hoy puedo estar convencido de que aquella audacia primera era tan sólo fruto de mi inexperiencia.

Ya he aprendido: no vale la pena ser audaz.

En la medida en que relego la presencia de Dios en mi vida, en esa medida mi sacerdocio va pasando a ser un simple oficio ejercido con cierto profesionalismo, pero sin ilusión y sin pasión.

Si pierdo el sentido de lo sobrenatural no seré más que un aficionado a la psicología o a la sociología desempeñando un papel que no me corresponde porque estoy usurpándolo. Estoy dando de gato por liebre, porque los fieles buscan en mí al sacerdote, al hombre de Dios, no al psicólogo ni al orientador social. Si pierdo la dimensión espiritual de mi vida, mi sacerdocio será una carga que estaré dispuesto a aliviar en la primera ocasión que se me presente. Si Dios no camina conmigo en mi vida... ¡Qué difícil perseverar!

¿Cómo podré ser misionero si he silenciado en mí la voz de Aquel que es el que envía?

La perseverancia viene del convencimiento de que "mi" trabajo es obra de Dios

Debo ser evangelizado, para poder evangelizar. Para poder ser evangelizado, debo dar lo mismo que le pido a mis fieles: mi tiempo. Tiempo para aprender, para meditar, para orar. Para poder ser evangelizador debo abrirme con sencillez. Mucho es lo que puedo recibir de mis hermanos obispos y de mis hermanos sacerdotes. Mucho lo que me enriquecen los testimonios de mis hermanos los laicos.

El Evangelio no es para que yo lo lea. Es para que yo lo reciba proclamado por mis hermanos. En cierta ocasión me visitaron unos hermanos laicos del movimiento Neocatecumenal. Habían recibido el encargo de evangelizar a los sacerdotes. Yo soy muy educado y los traté con amabilidad; pero dentro de mí me reí de ellos. ¡Cómo van a enseñarle el Padre Nuestro al señor Cura!

Lamento no haber sido humilde

Necesito ser evangelizado para volver a vivir con ilusión mi ministerio. Mi trabajo es obra de Dios en mis hermanos. Soy sacerdote. Actúo "in persona Christi". Así debe ser.

Pero si así fuera no me desanimaría ante mis fracasos humanos ni me gloriaría tanto por mis triunfos. El protagonista de mi Misión es Jesús, no yo. Mi fe en la acción de Cristo en mi trabajo de todos los días me ayudará a perseverar, en las buenas y en las malas.

¿Sabes cuántos seminaristas hay por Vicaría?

Aquí te presentamos el número de los alumnos por Vicaría inscritos en el Seminario:

I Vicaría = 25
II Vicaría = 6
III Vicaría = 29
IV Vicaría = 9
V Vicaría = 12
VI Vicaría = 39
VII Vicaría = 39
VIII Vicaría = 36

Si en tu Vicaría son pocos seminaristas, haz oración para que aumente su número. Si acaso son muchos, sigue orando para que lleguen a ser santos sacerdotes.




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