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Monseñor
Francisco
Clavel
Gil
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El
Papa Juan Pablo II lo ha nombrado Obispo Auxiliar de nuestra Arquidiócesis.
Por favor, háblenos un poco de
Usted...
Nací
en Tlacotepec, Edo. de México, situado a 5 kms. al sur de Toluca,
el 3 de diciembre de 1935. Ahí realicé mis primeros
estudios. Fui un chamaco como cualquier otro de mi barrio. Crecí
en las diversiones, juegos, travesuras, en la vida de un niño
de campo.
De
niño fui apegado a la Iglesia, pero un apego como un sentimiento.
Yo participaba en la Iglesia en diversas actividades, como el Grupo
de Niños Vanguardias, Acción Católica. Participé
en algunas actividades, como son los retiros espirituales. Ahí
mismo fui al catecismo. Hice
mi Primera Comunión con los otros muchachitos de la escuela
de acuerdo a la tradición del pueblo. Ese día se vivía
una tradición: teníamos que pasarlo en la casa del padrino.
De alguna manera se manifestaba como una "pertenencia" a
la familia del padrino.
Su vida religiosa, de niño
Fui
acólito con todas las travesuras que uno hace en esa situación.
¿Qué solíamos hacer?. Casi siempre era acompañar
al sacerdote. Él era un hombre muy grande y la parroquia tenía
otros pueblos, filiales, a los que íbamos a acompañar
al padre que iba a celebrar misa. Como acólitos, nosotros nos
adelantábamos para que ya todo estuviera preparado para cuando
el padre llegara a celebrar.
¿Cuándo ingresó
al seminario?
Ingrese
al seminario menor en Temascalcingo el 9 de diciembre de 1947. Ahí
comenzábamos todos los que queríamos iniciar este camino.
Ese día me llevó un hermano mío, un hermano sacerdote,
Pedro Clavel. Lo vi poco, pues él era maestro del Seminario.
Ahí
estudié dos años: primero y segundo de latín.
¿Qué es lo que más recuerdo? Hay recuerdos de
diferentes aspectos: cuando íbamos al campo y pasábamos
junto a unos árboles de duraznos, y como no teníamos
fácil la fruta, nos poníamos de acuerdo para ver cómo
nos hacíamos de unos duraznos ajenos.
Como
estudiante recuerdo que el padre que nos daba clase de latín
tenía un método que nos ayudaba. Nos ponía competencias
en las clases y hacíamos dos equipos, unos eran los "romanos"
y otros los "cartagineses". Eran batallas para ver quién
aprendía esto o aquello. Y luego venían las tareas.
Uno no estaba acostumbrado a hacerlas todos los días pero teníamos
que ejercitar lo que se estaba aprendiendo. Era algo que no me gustaba
mucho, pero había que hacerlo.
Algo
que me llamaba la atención era aquella casa tan inmensa y el
canto en la capilla. Yo había sido niño cantor en la
catedral y tenía un cierto hábito de cantar los salmos.
Ahí me encontré con que se cantaban los salmos cada
8 días con mucha solemnidad y eso a mí me gustaba.
Durante
esos primeros años de formación sacerdotal teníamos
poco contacto con la gente. Vivíamos dentro del Seminario.
Ahí teníamos todo, todo. Salíamos al campo, o
al río, o de excursión una vez al mes, y lo único
que hacíamos era atravesar el pueblo. No teníamos contacto
con la gente. De ahí pasé a la parroquia de Tlalpan,
ahí estudié tercero y cuarto año de latín.
Recuerdos agradables de su estancia en el Seminario...
Recuerdo
varios maestros. El padre "Toto", Rodolfo Ruiz, que nos
daba latín. También el padre Gaspar Campuzano que nos
daba clase de francés; el P. Sergio Méndez Arceo, que
nos dio clases de griego. El padre espiritual, Ruperto Mendoza, que
estaba encargado directamente de nosotros; el padre José Esparza
que se adaptaba a nosotros, a nuestra vida de adolescentes. Por las
noches nos juntábamos con él y nos hacía preguntas
de cualquier cosa, y nos daba boletitos según contestabas;
con ellos podías adquirir una paleta, un refresco, una golosina.
No era nada formal, era una plática, sólo una conversación.
Esos eran los maestros que recuerdo. Se me pasan algunos. Comencé
a estudiar Filosofía como a los 17 años y luego la Teología.
Siempre fui el más chico del curso y también el más
chico del Seminario Conciliar.
Y luego de los estudios de teología, ciertamente lo ordenaron
presbítero...
Sí.
Terminé mis estudios y fui al seminario menor como profesor.
Fui ordenado sacerdote el 29 de junio de 1959 junto con mis compañeros.
Nor ordenó el Sr. Arzobispo Don Miguel Darío Miranda
en la Catedral de México.
La
primera misa, que todos esperábamos, era en la Antigua Basílica
de Guadalupe. Al otro día, ya ordenados, era la concelebración.
Todos hicimos nuestra primera misa el día 30 de junio, uno
después del otro. Mi primer misa solemne, la canté en
mi pueblo el 26 de agosto de ese mismo año.
Lo acompañó su hermano sacerdote...
No.
Mi hermano no estuvo en la ordenación presbiteral. Como era
un día festivo, él no pudo dejar la parroquia. Era párroco
de un pueblo. Fue por eso que le pedí al director espiritual
que me acompañara en la misa, porque mi hermano no iba venir.
Me hubiera gustado. Pero sí me acompañó al día
siguiente, para la misa primera. Y aunque habíamos entrenado,
al estar ahí, llegó un momento en que algo se me olvidó.
Al preguntarle a él me dijo que también se le había
olvidado. Otro sacerdote percibió lo que sucedía, se
acercó y nos dijo cómo continuar.
Ya
ordenados contábamos con un mes de vacaciones para luego presentarnos
a la Curia y recibir los nombramientos. A mí me mandaron de
maestro y prefecto al seminario menor, donde había yo estado.
Este fue mi primer destino y duró 9 años. Después,
en 1969, el Sr. Miranda, me encargó que fuera su secretario
particular y así estuve un año. Luego me enviaron a
Roma a estudiar Ciencias de la Educación durante tres
años. Y regresé como Vice-Rector al Seminario Mayor.
¿Alguna ves fue párroco?
Nunca
he sido párroco. Después de tres años como Vice-Rector,
salí del Seminario y me incorporé al equipo de sacerdotes
que atendía el Apostolado Seglar. Éramos doce.
Debíamos
atender todos los movimientos de laicos: los Cursillos de Cristiandad,
el Movimiento Familiar Cristiano, las Jornadas de Vida Cristiana...
Y para poder atender eso nos dijo el el Señor Miranda: "No
les voy a dar parroquia para que puedan movilizarse en toda la diócesis
con este trabajo". Y nos dio dos capellanías, una fue
la Capilla de Nuestra Señora de Lourdes y la otra está
en Ribera de San Cosme. Empecé a trabajar con la encomienda
de crear un centro para la formación de seglares. No se hablaba
mucho de esa formación, o si se hablaba, no era de una forma
sistemática. Y a eso me dediqué: a ir creando este centro
de formación de laicos. Y en eso me pasé la vida, en
el movimiento los seglares, en el equipo de la formación de
los agentes y lo más que fui, fue ser rector de una capilla;
pero párroco, nunca.
¿Y en todo este tiempo que ha estado en la formación
de seglares, ¿qué es lo que más le ha gustado?
Que
el seglar descubra su lugar en la Iglesia, su vocación, para
que de ahí sepa cómo influir como cristiano en el mundo
donde está viviendo, de tal suerte que vaya teniendo conciencia
de su ser de persona, de sus deberes, de sus derechos en la Iglesia
y su responsabilidad hacia la vida civil, todo esto impregnado con
el Evangelio. Que vaya desarrollando un sentimiento que le permita
vivir en armonía, en justicia, dentro de su vida social. Que
sepa buscar la igualdad, la fraternidad... especialmente, como dice
el Señor, con aquellos que están más desprotegidos.
Cuando esto comenzó teníamos la encíclica del
Papa Paulo VI "Evangelii Nuntiandi". De ahí
recuerdo mucho el número 70, que me parece clave: "el
vasto mundo de la evangelización de los seglares es el campo
de la economía, la política, la cultura, las ciencias
y las artes". Ese es para nosotros el programa.
El
laico tiene que vivir ahí, tiene que evangelizar ahí.
Y para lograrlo vivimos tres momentos en la formación. Uno
que es el de sensibilización, otro de concientización
y el tercero es el de la acción. ¿Cómo
debe vivir el cristiano en este mundo? No al margen, sino metido.
No teniéndole miedo al mundo, sino incrustándose en
él para irlo sanando con su propia vida. Eso es lo que he vivido.
Mi punto de referencia ha sido Jesús.
¿Cuáles son los principales obstáculos con los
que Usted se va a enfrentar ahora como Obispo?
Hay
un materialismo desaforado y me parece que ahí hay un gran
problema. El sentido de Dios se ha perdido y, claro, por eso se ha
perdido el sentido del hombre. De ahí se ha generado el egoísmo
que hoy vivimos y que nos lleva sólo a ver por mí y
para mí. Esto te lleva a la autosuficiencia como ser humano,
olvidándote del Señor. Lo que nosotros buscamos con
la formación de los seglares es que descubras en el prójimo
la presencia de Dios. Que vivas en la fraternidad, rompiendo el egoísmo,
creciendo. Pero lo que tienes que ver primero es el "otro".
Eso es lo fundamental de la ley de Jesús: "Amarás
a Dios sobre todas las cosas y a tu prójimo como a ti mismo".
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En
otro nivel veo una superficialidad de los cristianos. No somos
capaces de articular nuestra fe. Hay una superficialidad de
conocimiento. Conoces y reconoces las verdades, te llegan a
la cabeza, pero no al corazón; ellas no llevan a actuar.
No llegamos a vivir lo que creemos. Puedes pensar como cristiano
y eso no te ayuda para modificar el mundo en tu entorno. Uno
se hace santo y se salva especialmente afuera del templo, porque
es donde se ejercita el mandato del Señor, y eso no lo
entendemos. Luego tenemos el que pudiéramos llamar el
"minimalismo" del cristiano. Yo me preparo para la
primera comunión y punto. No llegamos a entender que
la catequesis es para un conocimiento más profundo de
Jesús. Tú te debes preparar para la vida y no
sólo para el acto de comunión. Eso no lo logramos
entender.
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¿Cuáles cree Usted que son las causas de esta fe tan
poco vivida?
Es
simplemente que el cristianismo lo estamos viviendo como una exigencia
y no como una expresión de amor a Dios y al prójimo.
¿Ha dejado de ser el hogar esa primera Iglesia, la Iglesia
Doméstica?
La
familia misma lo ha dejado de ser. Los educadores ya no son los papás;
es la televisión, es la prensa, es la calle. Además,
los padres han dejado de educar y han cedido su responsabilidad a
la escuela, a los maestros y con mucha frecuencia a los hijos no les
inculcan principios cristianos. Somos un pueblo bautizado pero no
evangelizado. No vivimos el Evangelio. Necesitamos una profundización
en la fe y también creer que la expresión sencilla es
válida. Descalificamos a la gente que nada más viene
y reza o sólo se persigna, cuando en realidad, allí
hay una expresión sencilla de fe, de una fe muy profunda. Me
parece que, por nuestros conocimientos, "escolarizamos"
mucho la vivencia de la fe.
Este es un tiempo muy difícil, duro de vivir, con mucha tentaciones.
Decían en un canal católico de televisión que
este es el tiempo de los grandes santos, porque hay muchas tentaciones
en el mundo...
Yo
creo que los hay. Y viven unas situaciones tan difíciles. Te
cuento la historia de un hombre que vino a visitarme ya hace tiempo.
Él es padre de familia. Este hombre trabajaba en una compañía
muy importante, y era el líder del sindicato de los obreros.
Un buen día vino a visitarme para decirme: "Padre, los
patrones me llamaron y me han pedido que abandone la parte del obrero
para asumir la parte del patrón. Si lo hago me van a mejorar
el sueldo, me dan una casa mejor, me dan otro coche... ¿Qué
hago? Yo le dije: "Es tu responsabilidad. Tú eres el el
que decide. Yo no voy a decirte qué hacer. Yo ya te dije los
principios que nuestro Padre Dios nos ha dado. Tú dirás".
Se fue y como a los cuatro o seis meses lo vi nuevamente y le pregunté:
"¿Qué pasó? Sólo me dijo esto: "Padre:
ya no tengo coche, ya no tengo casa. Ahora rento y mis hijos ya no
van a escuela particular". Con eso me dio a entender que había
hecho como Dios le pedía.
Otra historia es la de un viejito que me vino a decir en una ocasión:
"Mire, padrecito, me mataron a mi hijo. Yo sé quién
lo mató, y yo puedo vengarme sin que corra riesgos, ni peligro,
ni nada. Y el que mató a mi hijo lo encuentro todos los días
y lo saludo y todo mundo me dice: "Oye, no seas..., pero padrecito,
Diosito nos dijo que perdonáramos, y yo lo perdono". Yo
te digo que de que hay santos, los hay. Y hay muchos, muchos, que
dan la camisa por el otro, dan el tiempo por el otro, dan el dinero
por el otro, y nadie lo sabe.
¿Y cómo piensa Usted que sea posible superar las dificultades
que vivimos en el mundo y en la Iglesia?¿Qué propondría
Usted?
Yo
propondría una catequesis más de vivencia del Evangelio
que de conocimiento. Una catequesis que afecte lo que haces todos
los días, que afecte tu trabajo, tu relación familiar,
tu tarea en la escuela, tu trato con los demás. Para ello requerimos
más comunión entre nosotros, reflexión común
y vida familiar; que nos auxiliemos en la vida unos con otros para
ir teniendo referencias evangélicas.
Ayudar a entender nuestro compromiso cristiano es parte de la misión.
Ser misioneros con nuestra propia vida
Yo
pensaría lo siguiente. Que nosotros impulsáramos más
esta vivencia cristiana, ser evidencia evangélica, expresión
de la vida cristiana todos los días. El Evangelio tenemos que
llevarlo a la vida cotidiana, cultural, económica, porque son
los terrenos tan distantes del Evangelio que requieren presencia,
y los únicos que pueden hacer presencia son los seglares.
Para finalizar... Algún mensaje que quisiera enviar
a los agentes de pastoral
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Que
sean enamorados del envío que les ha hecho Jesús.
Que anuncien su palabra con sus obras, especialmente. Que sientan
el envío de Jesús. Son enviados de Jesús.
Hace poco en los ejercicios espirituales el Sr. Obispo nos decía
aquel pasaje cuando los gentiles se acercan a Felipe y le dicen:
"Queremos ver al Maestro". Que con la actitud esa
sea la respuesta. Que ellos sientan que la gente les dice: ahí
lo queremos ver, en ti. Que tú seas el Evangelio, que
puedan leer en ti la Palabra de Dios. Que el misionero sea un
enamorado de Jesús, y que él lo impulse a darlo
a conocer, especialmente con su forma de vivir, confiada, alegre.
Y que eso sea parte fundamental del anuncio del Evangelio que
no es sólo el pregón, ni sólo la catequesis
escolar. El anuncio es tu persona. Que la gente vea el Evangelio
en ti. Como con la Virgen de Guadalupe. Los antiguos vieron
el códice en el manto y dijeron: "Esto me quiere
decir esto y eso". Que no necesiten que le expliquen cosas.
Que tú seas el que con tu propia vida lo vas comunicando.
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