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Vicaría      de Pastoral

Monseñor

Rogelio

Esquivel

Medina


— El 15 de agosto Usted será ordenado Obispo, quisiéramos que nos platicara un poco de sus orígenes

Soy provinciano, de una familia de campesinos. Nací en Peribán de Ramos, Mich., pueblo que pertenece a la Diócesis de Zamora. Estudié en las escuelas primarias del pueblo, de las rancherías y de otros lugares a donde se cambiaban mis papás. Terminé mis estudios en el pueblo, en un colegio del Sagrado Corazón de Jesús, con religiosas.

En ese tiempo, el Seminario Conciliar de Zamora tenía su casa de vacaciones en mi pueblo, porque la parroquia contaba con un amplio claustro. Era un buen lugar para que los seminaristas pasaran allá dos meses de vacaciones. En una de esas ocasiones yo andaba con ellos: nos daban catecismo, hacían mucho deporte y todo eso me encantaba; algunas familias los invitaban a comer en una huerta; me atraía su forma de vivir y por ahí fue surgiendo mi deseo de incorporarme al seminario.

Pregunté a uno de los superiores del seminario: "Si yo deseara ingresar al seminario, ¿qué requisitos hay que cubrir…?" Me dijo que lo primero que se requeriría era esperar 4 años, porque eran tantos los que están anotados en listas anteriores, que no era posible que sucediera antes. ¡Cuatro años de espera! Yo ya no comenté nada. Las religiosas del colegio sabían que yo había manifestado mis deseos de ingresar al seminario, así que cuando llegó un sacerdote del Seminario Conciliar de México, una de ellas le comentó que por ahí había un muchacho que quería ingresar al seminario, que si iban a ver a mis papás. El sacerdote no fue directamente a visitar a mis papás, sino que hicieron un escrito, se lo dieron a mi abuelo que andaba por ahí.

Mi abuelo se llevó ese escrito muy bien guardado, pero cuando llegó a la casa de mis papás ya no lo tenía. Se le había extraviado. Regresó por el caminito y lo encontró tirado por ahí. En él, el padre les pedía a mis papás que se vieran en tal fecha y determinado lugar; así se hizo y todo se facilitó. Ingresé al Seminario Conciliar de México, en Temascalcingo, Méx. Allí duré 3 años. Noté diferencia de lo que conocía en aquellos seminaristas del pueblo cuando iban a vacacionar. Ahora, acá, la disciplina era algo rígida. O bastante rígida…

En el Seminario Mayor continué mi vida. Fui viendo que Dios era muy misericordioso conmigo, porque notaba que yo no era muy capaz en cuanto a estudios, sin embargo, no reprobé ninguna materia, ni repetí ningún año. Llegó el tiempo en que me eligieron para ir a hacer estudios en Roma y obtener una licenciatura en Teología y acepté con gusto, también con miedo, porque yo sabía que eso no era sencillo.

El señor Arzobispo, don Miguel Darío Miranda y Gómez nos motivó muy bien, nos orientó perfectamente para que nos sintiéramos muy comprometidos con la Iglesia de la Arquidiócesis al realizar esos estudios. Así fue, y gracias a Dios los que íbamos en ese grupo obtuvimos la licenciatura. De regreso a México, el Sr. Cardenal me ordenó sacerdote el 13 de septiembre de 1970.

— ¿Cuál fue su primera labor pastoral como sacerdote?

Me nombraron vicario cooperador en la parroquia de San Agustín, en Tlalpan. Ahí estuve hasta julio de 1976. Entonces el señor Arzobispo me cambió como párroco en la Unidad Plateros, Mixcoac, en la parroquia de San Jerónimo Emiliani. Prácticamente completé ahí 16 años.

Tenía un vicario, con él empezamos a desarrollar una acción pastoral. No sabíamos cómo empezar, porque yo creía que como era una unidad, ya teníamos a la gente casi juntita, muy fácil de reunir, pero no fue así. Todos somos muy aislados; hubo pérdida de tiempo para idear cuál sería el método para lograr reuniones para la evangelización. Elaboramos un plan que nos llevara a un trabajo con los matrimonios, a consolidar esa unión matrimonial a través de encuentros matrimoniales, retiros espirituales, comunidades matrimoniales en las casas, en donde teníamos reuniones cada 15 días con un coordinador. Yo me dedicaba a visitarlos y a darles los temas de reflexión; cada mes teníamos una reunión con todas las comunidades y así iba creciendo aquello. Me tocó tener hasta 24 comunidades de matrimonios. Luego siguió el trabajo con los jóvenes, hijos de esos matrimonios. Los integramos al movimiento de Jornadas de Vida Cristiana; después a otros adolescentes y a niños.

— ¿Alguna experiencia particularmente significativa?

Crear un ambiente fraternal entre todos los matrimonios que colaboraron, que fueron aproximadamente 400. Realmente tuve experiencias extraordinarias, donde sentía esa presencia de Dios y que de verdad era obra del Espíritu Santo.

— Ahora que lo van a ordenar obispo, ¿cuál cree Usted que debe ser una prioridad en la misión de los laicos?

La tarea principal debe ser la evangelización y la catequesis; la Iglesia fue instituida por Cristo para anunciar el Evangelio a toda la humanidad, y precisamente los laicos tienen su misión primordial en el mundo, también en la Iglesia.

— A veces me he preguntado ¿cómo despertar en nosotros ese espíritu misionero que todos deberíamos tener?¿Cómo entender que si vamos a misa, o leemos la Biblia, o sabemos rezar, debemos vivir en realidad ese amor que nos pide Cristo?

Necesitamos ser verdaderamente humildes, sencillos, reconocernos pequeñitos, muy limitados, de manera que estamos requiriendo que muy frecuentemente se nos motive, y otra vez recibiendo la gracia de Dios para tener más fuerza y tener más perseverancia, porque de lo contrario, si no nos motivamos ni nos alimentamos de la Palabra de Dios, de la oración, de los sacramentos, de los servicios a los necesitados... rápidamente caemos, rápidamente empezamos a vivir el antitestimonio. Como nos decía el Santo Padre, el Papa Pablo VI, casi al final de su vida: "Miren, estamos en tiempos en que se pide mucho testimonio; ahora se cree más a los testigos que a los maestros; y si se cree en los maestros, es porque en verdad son testigos". El testimonio es un medio muy importante para difundir el Evangelio.

— ¿Cómo llegar diariamente a los que en esta gran ciudad nos movemos con prisa, con el tiempo contado, en medio del tráfico...?

Ciertamente es un reto muy grande que tenemos en la Iglesia: ¿cómo llegar a tanta gente que es indiferente, que está muy involucrada en el materialismo y que no le interesa nada de esta cuestión más espiritual, más evangelizadora? Creo que tenemos que ir cambiando nuestra metodología, de lo contrario, si nos quedamos como estamos acostumbrados, no lograremos nada. Si nos quedamos en los templos y en las instalaciones parroquiales, si esperamos que venga la gente, lograremos muy poquito. Necesitamos estar saliendo a casa por casa; y aún así no podemos abarcarlos a todos. Entonces creo que tenemos que buscar los centros y los lugares en donde se pueda tener algo de esta reflexión…

— ¿Medios de comunicación?

Los medios de comunicación son muy importantes, nada más que estamos algo restringidos por nuestras leyes; no obstante es urgente que los utilicemos en la evangelización.

— El Evangelio dice: Pide y se te dará…

Sí, tenemos que buscar vivir en ese espíritu de oración constante y de labor insistente. Nuestro Señor Jesucristo nos dijo: Pide y se te dará, busca y encontrarás, toca y se te abrirá. Entonces, no te conformes con pedir una sola vez. Y San Pablo también nos dice: Insiste a tiempo y a destiempo, dando a entender que debemos ser muy insistentes.

Hay ocasiones que nos choca lo que hacen las sectas: nos insisten tanto y tanto: eso nos fastidia. Pero probablemente por ahí hay un método que el Señor está esperando que nosotros empleemos para ir logrando que más gente conozca a Dios, se una más a la comunidad.

— Me vienen a la mente unas palabras del Papa: "No tengan miedo". Son palabras de esperanza, de ánimo, pero ¿por qué seguimos teniendo miedo? Me parece que seguimos teniendo miedo a Dios que es todo amor.

Probablemente por costumbres que tenemos de tiempo atrás, en las que se inculcaba que Dios era como un juez, como que Dios era justicia, tal vez hasta vengado, y teníamos menos conocimiento de que Dios es amor. Quizá se había reflexionado menos la Palabra de Dios sobre esos puntos. En el Concilio Vaticano II se resaltó más esa particularidad de Dios, que es Amor, que no es juez; ciertamente es justicia, pero no acabamos de ver que el culmen de su justicia es su misericordia. Dios es Amor, es el más comprensivo de todos, el más misericordioso, al que debemos acudir, porque Él nos da su misericordia, nos acoge por más que hayamos sido contrarios a Él. Nos acoge porque es un Padre amoroso. Y nos sigue dando su amistad y su paz, a pesar de que hayamos fallado tanto.

— Usted dijo que le cayó de sorpresa que lo nombraran para ser ordenado obispo, ¿qué fue lo primero que pasó por su mente en ese momento?

Lo primero fue que realmente era Dios el que me estaba llamando: Dios Padre me está llamando. Nunca pensé que pudiera ser el hombre. Estando en mi fue que el señor Arzobispo me pidió que viniera a esta VIII Vicaría, como Vicario Episcopal. El señor Arzobispo me dijo de una manera muy especial, que me provocó el asombro: "Mira, he cambiado a unos vicarios episcopales, he nombrado a unos canónigos de la Basílica y de la Catedral; a los que nombré para la Basílica les pido que estén allá de tiempo completo. He consultado y decidí. Quiero pedirte que me ayudes en el gobierno de la VIII Vicaría, ¿estás de acuerdo, sí o no?" Respondí: "Sí, sí estoy de acuerdo; si me acepta con mis debilidades y con mis defectos, estoy de acuerdo", y como en ese momento yo no tenía una enfermedad grave o una operación en puerta, tenía que decir que sí, porque si eso es lo que he estado predicando a la gente, que hay que comprometerse y poner a trabajar los dones que Dios nos ha dado... ¿cómo ahora le voy a decir al Señor que no? Ahí comprendí perfectamente que era voz de Dios, a través del señor Cardenal. Es Dios, sin duda, quien estará conmigo. Él me dará los medios que necesite para servirle lo mejor que pueda, en medio de mis limitaciones.

— Siento que muchas veces nos falta a los laicos orar y comprometernos con la Iglesia; exigimos, pero no damos

Todos necesitamos de la oración: Quizás en este tiempo en especial, yo necesito más de la oración de ustedes. Pero todos necesitamos de esa oración porque tenemos una misión del Señor. Debemos orar para que seamos lo más fieles que sea posible, debemos responder a los encargos que Él nos encomienda. Que de veras seamos testigos de su amor en la Iglesia y en el mundo.

— ¿Algún mensaje que quiera mandar a los agentes misioneros de la Arquidiócesis?

Sí. Todos recibimos desde el bautismo, por el Espíritu Santo, la misión que Cristo nos dio: "Ve y anuncia el Evangelio a toda criatura, para que todo aquel que crea y sea bautizado, pueda salvarse". Esa misión la tienen especialmente los laicos, ¿cómo procurar que se persevere en ese compromiso? Son difíciles las realidades que vivimos de violencia, de materialismo, de alejamiento de Dios… son muchos problemas. Que eso nos sensibilice para que los laicos vivan ese compromiso bautismal, incorporados aquí, en nuestra Arquidiócesis de México, sobre todo a esta Misión Permanente que nos ha pedido nuestro Arzobispo.

Después de haber hecho la evaluación de lo que se logró en la Misión 2000, realmente se ve que apenas se pusieron bases, y que hay que aprovecharlas para consolidar una misión permanente, con más agentes evangelizadores, que de veras puedan abarcar todos los hogares de la ciudad. Y así se puedan difundir más ampliamente nuestros valores, no nada más en la Iglesia, sino en todas partes, en el mundo, en todos los ambientes.

— ¿Cómo pedir al Espíritu Santo para que nos dé esos métodos, esas estrategias, para llegar a más personas?

La verdad es que llegamos a muy poquita gente; y muchos son sólo católicos de nombre; necesitan recibir una formación cristiana más amplia. Es labor de todos, y esa misión del laico debe procurar vivirse siempre, como cristiano en la Iglesia y en el mundo, involucrando a otros cristianos, con su testimonio, con su palabra. Que realmente se conviertan en agentes evangelizadores, dinámicos, para seguir difundiendo ese Evangelio que Cristo desea, para su Iglesia y para el mundo.

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