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Vicaría      de Pastoral

LA PAJA en el ojo ajeno

Siempre me ha gustado observar la naturaleza de los elementos de la creación. He visto cómo se mezclan para formar un compuesto o un nuevo elemento, o en la vida animal o vegetal, un nuevo ser. Oxígeno e hidrógeno se mezclan para formar el agua. Los elementos fueron creados por Dios desde un principio para un uso y fin específico.

De manera semejante hombre y mujer se unen en el sacramento del matrimonio para formar una familia, un solo cuerpo: "De manera que ya no son dos, sino uno solo" (Mc 10, 8). He ahí la naturaleza del hombre y la mujer.

Hace ya días que llegó a la Asamblea de Representantes del Distrito Federal una iniciativa de ley llamada de Sociedades de Convivencia, que tiene como fin darle reconocimiento jurídico a la unión entre homosexuales, sean hombres o mujeres, y equipararlo con el matrimonio de hombre y mujer.

Este tipo de unión tiene en sí mismo un elemento contrario a la naturaleza humana, basado en desviaciones con raíces muy diversas. Remontémonos al libro del Génesis que nos dice: "Y Dios creó al ser humano a su imagen; a imagen de Dios lo creó; varón y mujer lo creó. Y los bendijo diciéndoles: Crezcan y multiplíquense; llenen la tierra y sométanla; dominen sobre los peces del mar, las aves del cielo y todos los animales que se mueven sobre la tierra". No los creó de otro modo. Podremos buscar "razones"y con ellas tratar de justificar desde el punto de vista político esta nueva "ley", pero desde el punto de vista de la creación de Dios, no las hay.

Hoy como siempre, ante los ataques a la dignidad del ser humano y la santidad e integridad de la familia, debemos levantar la voz. ¡No tengan miedo!, como tantas y tantas veces el Papa nos dice y exhorta. No tengamos miedo en hablar ni al hablar, "pues no serán ustedes los que hablen, sino el Espíritu del Padre hablará a través de ustedes" (Mt 10, 20).

Rafael de la Re

LA VIGA en el propio ojo

Me preguntó un joven evangelizador, Saúl, que cuál sería el más grave de los pecados. El conocimiento que tenía de su fe le ayudó a repetirme los siete pecados capitales; supuse que por ahí quería que fuera mi respuesta. El diálogo se hizo interesante pero me pareció que la reflexión se quedaba en un plano individualista de la vida moral: yo peco cuando hago tal cosa. Como joven evangelizador, Saúl se está esforzando por llevar una vida de coherencia entre lo que dice la fe y lo que vive en su persona y en su comunidad. Le preocupa una realidad común en grupos, en parroquias, en ambientes de crecimiento en la fe: todos queremos jalar el agua para el propio molino. De ahí tomé cauce para hablar de lo que me parece uno de los más graves pecados en la vida personal y en la vida de la Iglesia: la división.

Es significativo que antes de su pasión, Jesucristo pidiera al Padre que librara del mal a sus discípulos; y ese mal lo concretizó en la falta de unidad: "Que sean uno, para que el mundo crea". Pecar no es la infracción de una ley civil o social, ni la sola manifestación de las limitaciones humanas. Pecar es actuar directamente contra lo que Dios nos pide. Pecar es ponerse de tú a tú contra Dios y tratar de imponerle nuestra voluntad. La vida, el diálogo, la justicia, el respeto... nos llevan a la unidad. La guerra, la mentira, el abuso... nos llevan a la división y al pecado. Si Jesucristo quiso para sus discípulos la unidad, ¿no será la división el más grave de los pecados de quienes hemos aceptado seguirle de cerca?

La misión permanente exige una actitud de unidad y colaboración muy estrecha entre los agentes de pastoral. Ciertamente estamos comprometidos en un trabajo común, pero no dejan de estorbar los prejuicios y perdemos el tiempo si es que nos quedamos en la uniformidad superficial o a regañadientes aceptamos un plan que no va de acuerdo con el proyecto personal. Si la división es así de grave en la vida de la Iglesia, ¿por qué no empeñarnos en conseguir la unidad, que en sí ya es una gracia? "Te pido que sean uno, como tú en mí y yo en ti somos uno". (Jn 20, 21)

Hilda Franco

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