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Vicaría      de Pastoral

Te presentamos una síntesis del

Plan Pastoral para
el año 2002

que el Sr. Cardenal ha dado
a todos los fieles de la Arquidiócesis.
Que esta síntesis te sirva como una invitación
a profundizar directamente en el documento
y en colaboración con otros agentes de pastoral

Preámbulo (nn. 1-2)

Hermanas y hermanos que peregrinan en esta ciudad:

A partir del mandato misionero de Jesucristo a sus apóstoles: «Vayan por todo el mundo y anuncien el Evangelio a toda criatura» (Mc 16,15), cada año en la vida de la Iglesia es un tiempo de misión, hasta la manifestación gloriosa de nuestro Señor Jesucristo.

En la VII Asamblea Diocesana, en la visita pastoral y en otros encuentros, he escuchado reflexiones, inquietudes y sugerencias. Ahora los invito a seguir impulsando la evangelización en la Arquidiócesis, siguiendo el Plan Pastoral de este año 2002.

Primera Parte: Consolidar el Proceso Misionero
En el horizonte del II Sínodo Diocesano (nn. 3-9)


Sin importar los diversos ministerios, todos somos coresponbables de la misión que Dios Padre encomendó a su Hijo Único

Desde que llegué a esta Iglesia hemos continuado el proceso que inició el II Sínodo Diocesano: Evangelizar las culturas en la arquidiócesis, buscando que los valores del Reino inspiren la vida diaria.

Somos corresponsables en la misión que Dios Padre encomendó a su Hijo Jesucristo. Nos hemos puesto en camino, vamos utilizando los medios de evangelización. Así realizamos un "nuevo y vigoroso proyecto misionero".

Animados por el Gran Jubileo realizamos la Misión 2000 con sus tres etapas: preparación, misión intensiva y proyección misionera. Ahora, la Misión Permanente implica repetir cíclicamente estas tres etapas.

En este documento se señalan el objetivo, los criterios y las líneas prioritarias de acción. Invito a todos a la conversión y a la generosidad escogiendo cada uno el lugar, el tiempo y el modo de cooperar en la misión de Cristo.

La Misión, vocación permanente de la Iglesia de Jesucristo (nn. 10-13)

Puesto que la misión constituye la vocación permanente de la Iglesia, en la Arquidiócesis se ha optado por una pastoral misionera como forma usual de evangelizar: en el año 2000 se impulsó, en el 2001 se perseveró, y en el 2002 hemos de consolidar este proceso.

La tarea pastoral para el 2002 (nn.14-20)

"¡Remen mar adentro!" es la orden que Cristo da a esta Iglesia arquidiocesana a través del sucesor de Pedro. Mar adentro, afrontando los desafíos de esta ciudad porque confiamos en la presencia permanente de Jesucristo entre nosotros (Cf Mt 28,20).

En nuestro caminar han sido muchas las gracias con las que Dios nos ha bendecido: la misión intensiva sensibilizó a los agentes de los diversos niveles: A los sacerdotes, a las comunidades religiosas de vida apostólica y a las contemplativas, a los laicos en el ámbito político, de las empresas, de los servicios públicos, de la cultura. A grupos y movimientos laicales.

No obstante, hemos llegado sólo a algunas familias, jóvenes, pobres, y alejados, en el mar de esta humanidad necesitada de redención.

Renovar el entusiasmo siguiendo los caminos del Espíritu (nn.21-24)

La palabra de Jesús, tan poderosa hoy como ayer, sigue resonando: "Como el Padre me envió así yo los envío a ustedes" (Jn 20,21). "Vayan y anuncien la Buena Nueva todos los pueblos, bautícenlos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, enseñándoles todo lo que les he mandado. Y sepan que yo estoy con ustedes todos los días hasta el final de los tiempos" (Mt 28,19-20).

"¡Remen mar adentro!" (Lc 5,4). Cuando esta palabra es acogida con fe suceden los prodigios: "Los apóstoles recogieron tal cantidad de peces, que las redes se rompían y las barcas casi se hundían". (Cf Lc 5,6-7). A la reacción de Pedro: "Apártate de mí, Señor, que soy un pecador", contesta Jesús: "¡No temas! Desde ahora serás pescador de hombres" (Cf. Lc 5,8.10)

Jesús sigue invitándonos a encontrarnos con Él, a experimentar el amor misericordioso del Padre, a confesar que somos pecadores, a aceptarlo como nuestro Salvador y Señor. Algunos aspectos de nuestro compromiso cristiano son:

a) Ser santos en la ciudad (nn. 25-31)

La voz del Padre se manifiesta en los acontecimientos de la ciudad, el Espíritu Santo nos ayuda a interpretarlos, y Jesús camina con nosotros. Así nosotros, los miembros de esta Iglesia Arquidiocesana, podemos dar testimonio de comunidad de amor en una ciudad donde impera el egoísmo.

Somos pecadores, pero el Señor nos llama a ser santos. Por su bondad y misericordia, Dios nos ofrece su amor y su perdón. Nuestra respuesta supone el comprometernos en la misión.

b) Orar para evangelizar (nn. 32-36)

Para Jesús la oración era: Encuentro con su Papá, diálogo amoroso, alabanza y bendición, abandono confiado a su voluntad, reclamo amoroso, súplica de perdón, e intercesión por los hermanos. Lo impulsaba el Espíritu Santo.

También a nosotros, misioneros del tercer milenio, nos mueve el Espíritu a dejarnos amar por el Padre, y a responder con una oración que es discernimiento y disponibilidad, es atracción y adhesión a Cristo. En este clima se capta el proyecto del Padre y las voces de la ciudad, y brotan propósitos y líneas de acción en cada nivel pastoral.

c) En una espiritualidad de comunión (nn. 37-39)

Fieles al designio de Dios y a las esperanzas de todos, trataremos de hacer de nuestra Iglesia la casa y la escuela de la fraternidad y de la comunión. Esta espiritualidad radica en el misterio de la Trinidad que habita en nosotros y en cada prójimo, y nos lleva a descubrir, acoger y valorar a cada persona como don de Dios. Así se irán cultivando y ampliando los espacios de comunión entre todos los agentes de pastoral.

d) Dentro de una variedad de vocaciones (nn. 40-45)

Las legítimas diversidades —gran riqueza de nuestra Arquidiócesis— han de ser integradas orgánicamente. Que cada bautizado responda a su vocación específica, y que todos trabajemos en la promoción de las demás vocaciones en la Iglesia. Las asociaciones y movimientos apostólicos estén en plena sintonía eclesial, en espíritu de comunión y en obediencia a los pastores.

En la familia —destinataria y al mismo tiempo agente de evangelización— se dé testimonio de relación personal recíproca, total, única e indisoluble entre los esposos, según el plan de Dios. Los jóvenes, que constituyen una de las mayores riquezas en nuestra sociedad, son también el espejo de la crisis generalizada que vivimos. Si los contagiamos con el interés por la Misión, se convertirán en agentes de gran dinamismo apostólico.

Segunda Parte: Líneas de Acción

Propongo algunas orientaciones concretas como medios de comunión diocesana que den continuidad e impulso a los avances logrados.

Proceso Misionero (nn. 47-57)

Los pastores han de interesarse por conocer el sentido de las etapas del proceso evangelizador: Primer anuncio, reiniciación cristiana, catequesis y apostolado.

El primer anuncio es la proclamación de que el reino de Dios se ha hecho presente en Jesús. Los misioneros y misioneras lo realizan cuando, de palabras y con hechos, muestran el amor misericordioso de Dios.

La reiniciación cristiana es un camino para el bautizado que quiere compartir su experiencia en comunidad y comprometerse en las tareas de la Iglesia.

La catequesis, el acto catequético: Parte de una situación concreta que, interpretada a la luz del evangelio lleva a un compromiso personal y grupal, hasta lograr la maduración de la fe. La catequesis ha de ser integral, en cuanto a los contenidos de la fe, el compromiso y la celebración litúrgica.

Metodología Pastoral (nn. 58-62)

Es necesario fomentar la cultura de la planeación pastoral. Los agentes den continuidad a la misión, evalúen los resultados, ayuden a conocer la situación actual, para potenciar los logros y superar las dificultades.

Analícese a qué ambientes y tipos de personas no se ha llegado. Promuévase el intercambio de experiencias y subsidios. Los programas y acciones de apoyo pastoral lleguen al decanato oportunamente. Las propuestas sean abordadas por áreas de pastoral: anuncio de la Palabra, liturgia y caridad.


  La comunidad eclesial tiene una gruía   segura en la voz de sus pastores. El Sr.   Cardenal nos ofrece líneas de   trabajo en conjunto en el programa para el 2002

Formación de Agentes (nn. 63-68)

Es de vital importancia contar con agentes debidamente preparados. Dos aspectos fundamentales: La convocación de agentes laicos y su proceso de formación. Los pastores han de prepararse para responder a los nuevos retos. Los consagrados integrarán el propio carisma dentro del plan pastoral arquidiocesano.

Cada vicario episcopal, con sus decanos, establezca un seguimiento de la formación específica de los agentes laicos. La parroquia cuente con un curso introductorio según el esquema de la comisión coordinadora de los Cefalaes. Los presbíteros valoren el sentido de su vocación y las exigencias de su ministerio, el apoyo fraterno y el diálogo con el propio obispo.

Ministerios (nn. 69-75)

Dios ha querido y la Iglesia ha desarrollado gran variedad de servicios como ministerios. Estos son un don del Señor a la comunidad, y exigen fidelidad a la vocación de servicio.

Junto con el ministerio ordenado pueden florecer otros, como la catequesis, la animación litúrgica, la educación, los servicios de caridad. Los Vicarios de agentes y de áreas de pastoral propongan la viabilidad de reconocer los servicios de catequista y de misionero como ministerios laicales.


Los ministerios están orientados al crecimiento de la comunidad.
Ordinariamente entendemos como ministros a quienes reciben el
orden sacerdotal; el Sr. Cardenal nos invita a fomentar ministerios
entre los laicos

El Decanato (nn. 76-87)

Debe reafirmar su papel como eje de la pastoral, simplificando su estructura y fortificando el trabajo de equipo y de conjunto. Su plan operativo ha de responder a la realidad sociocultural. El decano requiere un equipo de colaboradores.

Los Equipos Misioneros Decanales y los Equipos Misioneros Parroquiales se han de constituir o fortalecer. Son medio de comunión, intercambio y consulta, no de decisión. Colaboren a favor de la continuidad en el trabajo evangelizador.

Que haya al menos un Cefalae decanal, y promuévanse los Cefalaes parroquiales.

La Caridad (nn. 88-94)

Los planes pastorales den una importancia armónica a la pastoral profética, la litúrgica y la social o de la caridad.

El amor activo y concreto a cada persona debe caracterizar la vida cristiana, el estilo eclesial y la programación pastoral. La opción preferencial por los pobres es el signo del amor providente y misericordioso de Dios, al estilo de Jesús.

Los cristianos requerimos nuevas estrategias de caridad ante todo tipo de pobrezas: la falta de esperanza, droga, abandono en la edad avanzada o en la enfermedad, marginación, discriminación.

Cada comunidad pida asesoría y otros tipos de apoyo a las correspondientes instancias diocesanas, promueva la formación de agentes específicos de pastoral social y caritativa, e incorpore más orgánicamente sus servicios a las actividades parroquiales.


Es en los decanatos y en las parroquias donde los planes pastorales han de tener una resonancia privilegiada. Ahí se da el encuentro del pueblo de Dios con el trabajo evangelizador

Piedad y Religiosidad Popular (nn. 95-104)

Ratifico lo expuesto en la VII Asamblea Diocesana y en el Decreto General del II Sínodo:

Motivar a los agentes a valorar la religiosidad popular como un don de Dios, y a dinamizar y purificar sus manifestaciones. Aprovechar las fiestas y celebraciones para evangelizar. Propiciar que terminen en una acción litúrgica. Respaldar la acción y la formación de los líderes natos para que sean verdaderos agentes de evangelización (Cf. DG 136-139).

Las instancias diocesanas diseñen programas como subsidios a las comunidades en la evangelización. Particularmente las comisiones de piedad y religiosidad popular, de liturgia, de música sacra y de catequesis.

El calendario religioso del pueblo ha de ser asumido desde la liturgia, la catequesis y otras formas de evangelización. Los agentes conozcan más las prácticas de religiosidad y piedad popular, su origen, tradición y contenido, para fomentar y transmitir su riqueza cristiana.

Ante los nuevos fenómenos religiosos con apariencias católicas, los agentes de pastoral expliquen las exigencias del seguimiento de Jesús y de la pertenencia a la Iglesia católica.

Conclusión (nn. 105-107)

Contemplando la obra del Espíritu de Jesús entre nosotros, los exhorto a dar gracias a Dios Padre por sus dones. El Cristo contemplado en su Palabra, recibido en la comunión eucarística, con el que caminamos y del que somos testigos, nos invita una vez más a la gran aventura de la evangelización.

Contemplamos también a la Madre del Redentor. Su misión de Madre se hizo flor y canto en el Tepeyac en 1531, por el servicio del beato Juan Diego. Su mirada protectora de Madre nos tranquiliza, y su voz nos envía a esta ciudad como mensajeros de paz y de justicia, las que nos mereció el Crucificado, Resucitado y Glorificado a la derecha del Padre.

Ciudad de México, 12 de diciembre del año 2001, Solemnidad de Nuestra Señora de Guadalupe.

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