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Vicaría      de Pastoral

¡Te amaré
        toda mi vida!

Pbro. Sergio G. Román
IV Vicaría


Los jóvenes que pretenden el matrimonio
deberían ser formados en esta conciencia:
"Me caso para ser santo"

Pistas para conocer a Dios

¿Quién ha visto a Dios? ¡Nadie!; sólo su Hijo que en la plenitud de los tiempos se hizo humano para hablarnos de su Padre con palabras humanas. Él es la plenitud de la gradual revelación de Dios que se ha empeñado en que nosotros lo conozcamos.

Y para que lo conozcamos mejor, Él ha buscado una serie de imágenes, de signos, que muestran, al modo humano, lo que es Él y sus sentimientos divinos para con nosotros, los hombres.

Así, se nos muestra como Padre, para darnos a entender su providencia sobre nosotros, su comprensión, su clemencia, su ternura. Pero, para darnos a entender la permanencia eterna de su amor, Él escogió la unión del hombre y de la mujer: el matrimonio.

"Te amaré toda mi vida", nos dice Dios, "como un esposo ama a su esposa, con una alianza que, de mi parte, jamás se romperá".

Se necesita ser Dios para amar de esa manera, con un amor que no es voluble, con un amor infinito y eterno.

Con un amor que, para medio entenderlo, tenemos que recurrir al amor humano: al matrimonio.

Y Dios instituyó el matrimonio

Desde la creación, en Adán y Eva, Dios instituyó el matrimonio, y Jesucristo y su Iglesia lo ratificaron como sacramento comunicador de las gracias divinas.

Por eso cuando un hombre y una mujer se unen en santo matrimonio están siendo signo humano de una realidad divina: el amor de Dios a los hombres y el amor de Cristo a su Iglesia, a la que tanto ama que da su vida por ella. ¡El amor de los esposos es signo del amor de Dios!

Con cuanta razón Jesús rechaza el divorcio y lo califica de adulterio. ¿Saben cuándo Jesús va a permitir el divorcio?, pues cuando Dios deje de amarnos, es decir: Nunca.

El amor de Dios es eterno. Permanece aunque falle el amor humano.

Esta característica del matrimonio católico ha llevado a algunos paganos, en Japón, a solicitar casarse por la Iglesia Católica. No son católicos, tan sólo quieren casarse para siempre.

"Te amaré toda mi vida", se dicen mutuamente los esposos ante el altar. ¡Imposible hacerlo con un amor simplemente humano!, pero, entonces, Dios toma el corazón de carne, el corazón humano, y lo transforma en un corazón divino, y los esposos humanos se aman con amor de Dios. A esto le llamamos gracia, y la gracia es un regalo hecho por Dios a los recién casados. La gracia de Dios para ser buenos esposos y buenos padres.

"Ya no te quiero"

Son las palabras más crueles que pueden oírse en un matrimonio. Son el rompimiento de una promesa hecha ante Dios. Son el signo de un rechazo a la gracia de Dios.

Es la ausencia de Dios en el amor humano. Y la ausencia de Dios se llama infierno. Se ha roto el signo. Se ha pecado contra el cónyuge y contra Dios. Pero el sacramento permanece, la alianza permanece aunque se haya atentado contra ella.

El cónyuge inocente, dolorosamente traicionado, tendrá que seguir siendo fiel a su promesa de "te amaré toda mi vida".

Quizás encuentre consuelo en saber que se parece al Padre Dios que sigue siendo fiel a su amor hacia nosotros, a pesar de que nosotros lo traicionamos y lo engañamos con otros dioses: El dios dinero, el dios placer, el dios poder, el dios fama.

¡Qué duro es que un católico traicionado en su matrimonio tenga que permanecer fiel a un cónyuge que no lo es! Sólo puede entenderse en la dimensión del amor divino que es siempre fiel. Y ese amor le ha sido dado a los esposos.

Me caso para ser santo

El matrimonio es un camino de santidad, y no necesariamente porque uno de los cónyuges se santifique por medio del martirio de soportar las imperfecciones humanas del otro, sino porque es medio por el cual Dios enriquece a los esposos y a sus hijos con la gracia de una vida santa.

Los jóvenes que pretenden el matrimonio deberían ser formados en esta conciencia: "Me caso para ser santo".

Y la santidad matrimonial tiene su propia espiritualidad que los esposos deberían practicar: una comunión de vida y de fe.

Queridos esposos: oren juntos. Únanse en esa experiencia hermosa de platicar los dos con Dios, háblenle de su amor y de las dificultades que van encontrando por su camino. Háblenle juntos de sus hijos.

Cuando un hombre y una mujer se unen en santo matrimonio están siendo signo humano de una realidad divina

Queridos esposos: comulguen juntos. Conéctense a esa fuente inagotable de amor que es el Corazón ardiente de Cristo. No cierren la llave del amor.

Queridos esposos: su hogar es la primera Iglesia y tiene la misma misión que Cristo mismo y que la Iglesia Católica toda: Evangelizar. ¡Háganlo! Evangelicen como matrimonio, no tanto con la palabra como con las obras. ¿Se han puesto a pensar que cada vez que ustedes se muestran unidos por el amor, son un evangelio vivo en medio de los hombres que nos habla del amor de Dios?

Por favor, háblennos del amor de Dios y de su santa alianza.

La fe de la Iglesia se expresa y tiene su plenitud en la caridad. Así, la fe de su Iglesia doméstica llegará a plenitud en su caridad con los hermanos más necesitados.

Sean un matrimonio preocupado en los problemas de los demás. Acompañen, apoyen, escuchen, aconsejen, consuelen, todo esto como esposos. La caridad es la mejor escuela de la santidad.

Los hijos, signo de su unión

El amor mutuo y los hijos son las finalidades del matrimonio.

"Un hijo, dice Juan Pablo II, es un don de Dios único e irrepetible".

"El que recibe a un niño, dice Jesús, a mí me recibe".

Dios ha llenado de dicha su hogar con el don de los hijos, agradezcan día a día esa deferencia divina hacia ustedes y traten de corresponder a tanto amor enseñando a sus hijos a amar a Aquél que nos ama tanto.

Ustedes, esposos, son sacramento vivo de Dios. Signo del amor de Dios ante los hombres. Y deben ser, ante todo, signo de amor del Padre ante sus hijos.

¿Se han puesto a pensar que sus hijos llamarán a Dios "Padre nuestro" y que, para decirlo, la primera referencia humana que tienen es el amor de ustedes? ¡Qué responsabilidad!

Unan a sus hijos a esa espiritualidad santificadora del matrimonio. El hogar es la escuela de la fe, y del amor, y de la esperanza.

¡Ya no tienen vino!

En las bodas de Caná la Virgen María descubre que se había acabado el vino. Ella obtiene de su Hijo el primer milagro: convertir el agua en vino.

Si a ustedes, en su vida conyugal, ya se les acabó el vino, es decir, la gracia, el gozo de su mutuo amor, ¿por qué no invitar a María a su boda, a su vida, para que ella les consiga de Jesús el que les convierta su vida en gozo y gracia? ¡Invítenla!

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